16.6.11

El pasaje del terror

James Wan, el responsable directo de la saga Saw, en Insidius, su nuevo film, deja a un lado los horrores sanguinolentos para centrarse en un terror más psicológico en donde fantasmas y poltergeists campan a su libre albedrío. La excusa: un matrimonio con tres hijos empieza a sospechar que la nueva casa a la que se han mudado podría estar embrujada.

Una línea argumental de lo más tópico le servirá al realizador malayo para buscar la originalidad a través del juego que propone al espectador: ir cambiando de estilos dentro del acotado género en el que se mueve. Así, su primera parte, en la que logra una atmósfera terrorífica que consigue atemorizar de verdad, se muestra mucho más clásica y formal, recurriendo, en todo momento, al espíritu de las cintas con mansiones malditas como grandes protagonistas.

En su parte central, aún conservando la misma esencia de su inicio, apuesta por una ensalada llena de espíritus malignos y efectos especiales totalmente acorde con el Poltergeist de Tobe Hooper, abriendo además la posibilidad de que el culpable de los fenómenos extraños que se suceden sean cosa de su comatoso hijo mayor, postrado en cama debido a un accidente doméstico. El ambiente sigue siendo igual de enrarecido e inquietante que en su magnífico prólogo.

La pena es que, en su último pasaje, Wang pierde los papeles y transforma todo su milimetrado trabajo anterior en un circo sin sentido. Un viaje a un universo paralelo es su justificación. La serie zetosa invade de lleno Insidius, rematando su entrada al otro lado del espejo de manera banal y sin esa atmósfera tensa y acojonante con la que se mantenía hasta el momento.

De un producto elegante, filmado con inteligencia y lleno de imágenes realmente aterradoras, da un salto de método y de calidad y se adentra en una especie de peliculilla barata, muy a lo Roger Corman de los 60, pero sin la desbordante imaginación que caracterizó la filmografía del citado director. Una manera como otra de desmontar un planteamiento ciertamente prometedor.

Personalmente, su última media hora, aparte de denotar una falta de ingenio tremenda, me dio la impresión de estar realizando una visita a un Pasaje del Terror, esas casetas de feria en donde un grupo de comediantes disfrazados asustan a los parroquianos que han pagado su billete de entrada.

9.6.11

De madre no hay más que dos

Los seguidores de The Beatles están de enhorabuena. Por fin, tras un retraso de dos años, se estrena en España Nowhere Boy, ópera prima como realizadora de la pintora británica Sam Taylor-Wood en la que se narra la tormentosa relación que mantuvo John Lennon, en su adolescencia, con su madre Julia y su tía Mimi, mujer esta última que se hizo cargo de su educación tras ser abandonado por la primera.

Basada en la novela Imagine This: Growing Up Whith My Brother John Lennon escrita por una de las hermanas del músico, se trata de un film melodramático que da un repaso a la adolescencia de Lennon centrándose, ante todo, en un turbio asunto familiar que le marcó para el resto de sus días. La relación de amor y odio con una madre que renunció a su tutela a muy temprana edad y la tensa tirantez que mantuvo con su madre adoptiva, están perfectamente reflejadas en la cinta. En un segundo plano quedan sus pinitos en el mundo de la música y su naciente amistad con Paul McCartney, ambos temas tratados casi de manera episódica aunque de modo recurrente a lo largo de la proyección.

Viendo Nowhere Boy, queda claro que el principal interés de su directora es remarcar el carácter melodramático del relato, centrándose en la lucha psicológica del cantante para sobrellevar una situación que está a punto de escapársele de las manos. Una historia a tres bandas, siempre a ritmo de rock, en la que el dolor, el amor y la muerte cobran proporciones cercanas a las de las grandes tragedias griegas.

Una película sencilla y sin muchas pretensiones en donde lo mejor se encuentra en la fuerza interpretativa de las actrices que dan vida a las dos mujeres que estigmatizaron la adolescencia de John Lennon. Por un lado la sobriedad siempre deslumbrante de una impresionante Kristin Scott Thomas, capaz de llevar a buen término el papel sobre el que Taylor-Wood ha cargado en demasía las tintas: el de la tía Mimi, una señora exageradamente severa y totalmente convencida de sus decisiones. Y, por el otro, la desenvoltura (casi histérica) de la no muy conocida Anne-Marie Duff quien, con su impecable trabajo, logra ganarse el beneplácito del espectador dando vida a la casquivana y no muy centrada Julia, la madre biológica del músico.

Por su parte, Aaron Johnson se acerca de forma correcta a la figura de un joven Lennon, aunque su labor queda bastante apagada debido a la potencia desbordante del trabajo de las actrices anteriormente citadas, verdaderas almas maters de la cinta.

Un film pequeño y casi anecdótico que, para narrar uno de los capítulos más dolorosos de la biografía de John Lennon, se sustenta de un sinfín de guiños, casi imperceptibles, sobre el particular mundo del músico y, por extensión, de The Beatles. Justo aquí, en este apartado un tanto subliminal, es en donde más van a disfrutar los fans de la mítica banda.

7.6.11

Grandes vacaciones

Con Pequeñas Mentiras Sin Importancia, es la tercera vez que el actor y director Guillaume Canet se coloca tras las cámaras, en esta ocasión para enfrentarse a la más personal de sus películas. Contando con la presencia de actores como el excelente François Cluzet o la cada día más cotizada y estupenda Marion Cotillard (pareja del director en la vida real), Canet habla de la amistad y los sentimientos, enmarcando su historia en una casa de verano, cercana al mar, en donde un grupo de amigos se dispone a pasar sus vacaciones estivales a pesar de que uno de ellos haya sido hospitalizado, en estado grave, tras haber sufrido un aparatoso accidente de motocicleta.

Pequeñas Mentiras Sin Importancia pertenece al mismo grupo de películas corales a las que pertenecen Reencuentro o Los Amigos de Peter. Todas ellas tienen un denominador en común: una reunión de amigos en la que, poco a poco, irán aflorando sentimientos y rencores, aunque no siempre punteados por la sinceridad que se espera de una verdadera amistad. Las relaciones de pareja, el temor a formalizar una relación indefinida, la búsqueda de la identidad sexual, el egoísmo o los recelos, son sólo algunos de los temas que irán asomando a lo largo de su metraje.

A pesar de su claro tono de comedia, la cinta de Canet posee un punto de melodrama y de acidez que la hace aún más interesante. La naturalidad con la que expone y filma los vínculos establecidos entre los miembros del grupo de amigos, hace del todo creíble las tensas vacaciones que están viviendo. Unas vacaciones -llenas de mentiras, reproches y malentendidos- que cada uno de ellos vivirá de un modo distinto. Desde el estrés y la furibundez del personaje de Cluzet al aislamiento depresivo del de Cotillard.

Comidas a pleno sol, cenas a la luz de la luna, excursiones en barco y alguna que otra borrachera. Un poco de todo para una película afable y emotiva que, a pesar de sus dos largas dos horas y media de proyección, se digiere con facilidad. Lástima de esos lacrimógenos, y nada naturales, diez minutos finales. Y es que nadie es perfecto.

2.6.11

El mayor (y ya será menos) espectáculo del mundo

Años 30 en los Estados Unidos. La Gran Depresión ha azotado a todo el país y la pobreza inunda sus calles. Allí, en medio de tanto desasosiego, un joven huérfano, a punto de terminar sus estudios de veterinaria, encontrará empleo y cobijo en un circo ambulante, el Benzini Bros. Circus, lugar en el que quedará prendado de la esposa del propietario, un tipo irascible, violento y celoso que vela para potenciar la estela de su mujer y la de la nueva estrella de la pista, una elefanta a la que habrá que adiestrar. Ésta es, a grandes rasgos, la trama principal de Agua Para Elefantes, el nuevo trabajo de Francis Lawrence, título con el que se aleja de sus inicios en el mundo del fantástico (Constantine y Soy Leyenda).

Agua Para Elefantes sigue el modelo del melodrama más clásico. Pocas sorpresas hay a lo largo de la historia de amor que plasma, totalmente previsible y enmarcada en un enclave (más o menos) exótico. No es más que un producto montado para el lucimiento casi exclusivo de Robert Pattinson, ese jovenzuelo escuálido y blanquecino que, nacido al amparo de la saga Crepúsculo (esa visión del mundo de los vampiros dirigida a niñitos enamoradizos), lleva de culo a la mayoría de quinceañeras del planeta.

Para compensar la poca fuerza interpretativa de Pattinson (¡que pena da verlo fingiendo una borrachera!), Lawrence le ha colocado dos partenaires de lujo. Por un lado, la Reese Mentones Whiterspoon quien, valiéndose de su veteranía ante las cámaras, se merienda enterito al vampiro en cada uno de los planos que comparten. Y, por el otro, Christoph Waltz el cual, desde que ganó el Oscar por dar vida a un nazi en Malditos Bastardos, se pasa el día metiéndose en la piel de los más hijoputas del lugar: en este caso, en el del alterable marido de la Whiterspoon. Y allí, en medio de tanta estrellita, dominando el cotarro y como (gran) invitada de la función está Rosie, una elefanta que tendrá que soportar un poco de todo en su paso por el circo.

No le pidan peras al olmo. La película funciona hasta cierto punto. No aburre, pero tampoco ofrece nada nuevo. Más de lo de siempre, aunque con la peculiaridad de estar dotada de un look visual ciertamente atractivo. Su dirección artística es encomiable. La ambientación, sus decorados e incluso su cuidada fotografía, logran transportar al espectador hasta esa Norteamérica tocada de los años de la Gran Depresión.


Por cierto, una duda me invade tras la proyección: ¿Qué resulta más desproporcionada: la mandíbula de Reese o la trompa de Rosie?

31.5.11

Ventrílocuo por accidente

El Castor es el tercer título como realizadora de Jodie Foster tras su espléndido debut con El Pequeño Tate y su ya más irregular A Casa Por Vacaciones. 15 largos años han trascurrido para que la actriz vuelva a colocarse tras la cámara. Y lo hace acompañada en la interpretación por Mel Gibson, actor con el que conserva una gran amistad desde el rodaje de Maverick

Walter Black es un yuppie de la industria juguetera y padre de familia que está pasando por un momento debido a una tremenda depresión. Sumido en un oscuro pozo sin fondo y a punto del suicidio, recobrará poco a poco la animosidad debido al descubrimiento en un contenedor de un títere con forma de castor al que adoptará y utilizará como su más fiel portavoz expresándose a través de él. Una terapia un tanto surrealista que, con el tiempo, podría volverse en su contra y en la del resto de integrantes de su familia.

Mel Gibson, tocado en su vida real por distintos problemas de convivencia, se alza como el actor ideal para dar vida al tal Black, personaje al que le unen varias constantes personales. Un regalo éste, el de su amiga Jodie, servido en bandeja de plata justo en la época en la que muchos estudios de Hollywood le están dando la espalda. De hecho, mientras el castor parlante le sirve de terapia a Walter Black, el trabajo del propio Gibson se transforma para él en una especie de autosalvación terapéutica.

Un film diferente y extraño, salpicado por esporádicas (aunque contundentes) gotas de humor negro y que cuenta con un prometedor arranque. La disfuncionalidad metida de lleno en el seno de una familia acomodada a punto de irse al garete. Lástima que, a pesar de sus buenas intenciones iniciales, se encalla y termina por convertirse en una cinta acomodaticia. Su toque surrealista se diluye y da paso a un melodrama estándar y, en demasiados aspectos, casi de formato televisivo. Un bache que sin embargo y en sus últimos minutos logra superar, recuperando incluso ese tonillo negro que lucía en su arranque.

La familia de nuevo en el punto de mira de la directora. Ahora a través de una mirada tan crítica como ácida y desmontando (por enésima vez) la estructura del llamado sueño americano. Un poco más de mala uva le hubiera sentado de maravilla.

26.5.11

EN RESUMIDAS CUENTAS: De letrados y amnésicos

Con El Inocente (el disparatado título español de The Lincoln Lawyer), un eficiente thriller judicial dirigido con mano firme por Brad Furman, Matthew McConaughey, tras un largo periodo interpretando a personajes insulsos en comedias de medio pelo, dando vida al abogado Mick Haller se acerca al mismo espíritu con el que Paul Newman recreó al letrado acabado de la espléndida Veredicto Final del desaparecido Sidney Lumet.

Basada en la novela de Michael Connelly, la cinta de Furman se acerca a la crisis emocional y profesional de un abogado de Beverly Hills un tanto crápula que, tras pasarse la mayor parte de su carrera defendiendo a delincuentes de tres al cuarto, aceptará llevar el caso de un joven adinerado al que se le acusa de haber maltratado a una joven prostituta. El carácter manipulador de su defendido y la creencia de que éste pueda albergar un pasado bastante turbio, inducen a Haller a creer en su culpabilidad y en la posibilidad de haber cometido un error garrafal en la defensa de un cliente anterior.

La sobriedad del guión escrito por John Romano, lleno de sorpresas y giros a lo largo de su metraje, sumada a la excelencia interpretativa de todo su casting (en el que se encuentran nombres como los de Marisa Tomei, William H. Macy o Ryan Phillippe) hacen de este un thriller de género imprescindible, casi al mismo nivel de la citada película de Lumet e incluso, salvando las distancias, de la magistral Anatomía de un Asesinato de Otto Preminger, título con el que mantiene cierto paralelismo al plantear la dualidad moral y ética de un abogado con respecto a un cliente del que no se acaba de fiar. Un film que, a buen seguro, volverá a situar a su protagonista principal en el lugar que se merece.

Sin Identidad es el otro thriller que, en los últimos días, está acaparando la atención del público en la cartelera española. Dirigida por Jaume Collet-Serra tras su correcta La Huérfana, el catalán afincado en la industria de Hollywood hurde una intriga con cierto mimetismo con el Frenético de Roman Polanski. Si en la cinta del realizador de ascendencia polaca Harrison Ford se pateaba las calles de París en busca de su desaparecida esposa, en ésta, un brillante Liam Neeson, también un norteamericano en una desconocida ciudad europea, hará lo mismo a través de un gélido y gris Berlín en busca de su propia identidad tras haber sufrido un accidente a bordo de un taxi. Tanto será su desconcierto que ni su propia pareja lo llegará a reconocer como su marido.

Collet-Serra, fan confeso del cine de Hitchcock y de Polanski, demuestra perfectamente el dominio del suspense y, ante todo, de las escenas de acción. Una trepidante persecución automovilística por las calles de un Berlín nocturno así lo acreditan. Urde bien su rocambolesca trama, evitando dejar cabos sueltos a lo largo de su construcción y salvando con cierta solvencia los pasajes menos creíbles. Liam Neeson cumple a la perfección con su papel, al igual que hace el resto del reparto, del que vale la pena resaltar el trabajo de Bruno Ganz en la piel de un viejo agente de la Stasi metido a detective privado.

Todo funciona bien, milimetrado y a la perfección, incluso con más fuerza que en Frenético, su claro referente. Pero la fuerza y el magnetismo de la historia no da para todo su metraje. A mi parecer, un (forzadísimo y alucinado) giro de guión en su último cuarto de hora rompe un tanto con la propuesta, adentrándose en un delirio final más propio de un telefilm barato que de sus pretensiones de gran cine de acción a la americana. Aburrir, lo que se dice aburrir, no aburre. Su ritmo narrativo y el impacto de las imágenes atrapan al espectador, pero su historia se deshincha por culpa de un desenlace muy poco ingenioso y redentor.

19.5.11

Cualquier tiempo pasado fue mejor

El déjà vu anual de Woody Allen ya está en cartelera. Midnight in Paris es su título. Con éste, ya es su segundo film, tras Todos Dicen I Love You, con el que el director neoyorquino se pasea por la ciudad de las luces. De hecho, pese a la elevada dosis de pedantería que amaga, se trata de un homenaje onírico de Allen a París, reflejando en sus fotogramas la idealización de una época y de un lugar, concretamente de ese hervidero de intelectuales que, en los años 20, coqueteaban con la jet set del momento.

Al igual que en La Rosa Púrpura de El Cairo (o, tal y como apuntan los gafapastas, al Brigadoon de Minnelli), Allen transporta a su protagonista principal al pasado, justo a los años veinte, cuando la ciudad europea bullía de sabiduría y esplendor, viendo inundadas sus calles de gente como Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Dalí, Buñuel, Cole Porter o T. S. Eliot, entre otros muchos. Así Gil, el personaje de Owen Wilson, claro alter ego de Woody Allen, aprovechará sus fantasiosas incursiones en el ayer para opinar sobre literatura y otras artes con sus ídolos de toda la vida. En este caso, los fantasmas del director de Annie Hall huelen a petulancia que tumba de espaldas.


Las relaciones de pareja, el sexo, el sentido de la vida o la muerte, son temas eternos (y ya diría que enfermizos) en el cine del realizador. Sobre ellos, inevitablemente, da una y mil vueltas por enésima vez. Por mucha pincelada quimérica que le haya querido otorgar, siempre acaba siendo lo mismo. Woody Allen fue uno de los mejores: su cine ha sido grande, inmenso, pero hace unos cuantos años que no arranca y permanece encallado en un bucle del que le cuesta escapar.

El frescor de sus diálogos ha desaparecido por completo. Sus chistes ya no son agudos e incluso, como sucede durante el aparte de Gil con Luis Buñuel, resultan de lo más fácil y pueril. La falta de ideas (posiblemente debida a la obligación de estrenar un título cada año) hace que se repita hasta la saciedad, tal y como demuestra la creación del personaje del citado Gil, de nuevo un guionista de Hollywood que, frustrado por su empleo, decide escribir un libro a pesar de la falta de inspiración por la que está pasando. ¿Cuántas veces ha recurrido Allen en su filmografía a esta misma figura? La verdad es que ya cansa.


Después de su horripilante Vicky Cristina Barcelona, quizás haya descubierto su verdadera faceta actual. Confeccionar atractivos folletos turísticos europeos se le da de maravilla. Y es que lo mejor de Midnight in Paris, aparte del atractivo cartel publicitario, del sorprendente trabajo de Owen Wilson y de la melancólica mirada de Marion Cotillard, son los minutos iniciales en los que, antes de entrar en materia, muestra Paris (y sus monumentos) desde todos los ángulos y a través de distintas tonalidades. Por la mañana, al atardecer, con lluvia y al anochecer. No se deja ni un solo rincón de la capital francesa por explorar. Luego, una vez finalizado el recorrido a golpe de postales, vuelve a lo de siempre, aunque con el forzadísimo añadido de un viaje onírico y temporal.


Una pareja en crisis, un escritor americano (también en crisis creativa) enamorado de la “poesía” que desprende París, un montón de gente bien a su alrededor (muy culta y muy cretina) y un desfile de fantasmas históricos a cual más tópico. El déjà vu está servido. Y la moraleja, muy aplicable a su propio cine, también: "cualquier tiempo pasado fue mejor".

18.5.11

LA ENTREVISTA: Jaume Collet-Serra (el catalán americanizado)

Con esta acercamiento al realizador Jaume Collet-Serra y a su última película, Sin Identidad, Spaulding’s blog inicia una serie de entrevistas cinematográficas realizadas por Victor Riverola, buen amigo y responsable principal del programa De la Terra a la Lluna de Punto Radio, espacio radiofónico semanal en el que colaboro todos los domingos al mediodía. Victor Riverola, junto a su esposa Jekaterina Nikitina, es fundador de Matterfilm, empresa especializada en la creación y producción de contenidos audiovisuales.

Sin más dilación, les dejo con el trabajo del amigo Riverola.

Al apagarse las luces y tras la aparición del logo de la Warner y las respectivas productoras, el espectador inmediatamente se deja seducir por las imágenes que desfilan ante sus ojos, gracias en parte a la credibilidad que transmiten Liam Neeson y January Jones. Es cierto que el inicio de Sin Identidad nos recuerda a la excelente Frenético de Roman Polanski, pero una vez dejamos atrás la escena de la llegada al hotel, las cosas se complican mucho mas que en el filme protagonizado por Harrison Ford.

Reconocido fan de Hitchcock y Polanski, el catalán afincado en Los Angeles, Jaume Collet-Serra nos presenta un thriller trepidante con un cierto regusto clásico, donde el protagonista no es quien parece ser y donde las conspiraciones, los intentos de asesinato y las persecuciones, cobran una importancia crucial en el desarrollo del guión. Basada en la novela La Doble Vida de Martin Harris, del escritor francés Didier van Cauwelaert, la película que protagoniza Liam Neeson se toma ciertas licencias con respecto al libro, pero mantiene en todo momento los tres o cuatro puntos principales que sostienen la historia. El reparto sorprende por su potencial y por la química existente entre todos y cada uno de los actores. Realmente uno se cree que Bruno Ganz ha trabajado en la Stasi toda su vida, quien, una vez terminada la Guerra Fría, se gana la vida como investigador en un Berlín que no es el suyo. Aidan Quinn, Karl Markovich, Frank Langella y una nutrida representación de actores alemanes de primer nivel, acompañan al Dr. Martins (Liam Neeson) y a la joven taxista interpretada por una convincente Diane Kruger a lo largo de todo el metraje, sin dar ni un minuto de respiro al espectador, aunque sin llegar a cansarle ni marearle. Todo en la película funciona como un perfecto engranaje, desde la relación lógica y necesaria que se forja entre Neeson y Kruger al imponente duelo interpretativo entre Ganz y Langella, demostrando que el cine de calidad con ínfulas ochenteras sigue vivo y con la moral muy alta.

Jaume Collet-Serra se nos muestra amable, sincero y muy educado, con una personalidad forjada en Hollywood y con muchas ganas de transmitir lo feliz que se siente al poder dirigir a Liam Neeson y Bruno Ganz. Hablar con él es hablar con alguien que siente y vive el cine con pasión y reconocimiento para todos los profesionales que trabajan en él. Su relación con la Warner Bross, fructífera y respetuosa hasta la fecha, le ha llevado a firmar un contrato para dirigir una versión “clásica” del Drácula de Bram Stoker, producida por Leonardo DiCaprio y con el personaje de Jonathan Harker como protagonista.

La película me ha traído a la memoria el estilo narrativo de Hitchcock y Polanski, con un arranque sorprendente y una trama donde nada es lo que parece. ¿Tenias en mente a Hitchcock y Polanski al rodar?

Sí. Personalmente he crecido disfrutando con las películas de Hitchcock y Polanski, son dos grandes maestros y su cine está repleto de pequeños detalles cuidados al máximo. Me encantan las películas de Alfred Hitchcock, soy un gran fan de su cine y, al preparar la película, tenia muy claro el look, el ritmo y la forma de narrar, acercándome al thriller de suspense clásico. Es un lujo poder trabajar con actores tan profesionales.

He leído que en ocasiones te reías de emoción al dirigir un reparto tan bueno.

Me reía de alegría, es impresionante ver como interpretan. Son tan buenos que a la hora de montar no te atreves a cortar casi nada, y eso que siempre procuras hacer la película lo más rítmica posible, sin alargarte en exceso. En una escena con Bruno Ganz y Frank Langella, disfruté tanto viéndoles trabajar que en la sala de montaje la dejé entera, no corté nada, pues no había nada que sobrase, todo era utilizable. Ganz y Langella no se habían visto nunca antes, no se conocían, pero a la hora de rodar, entraron en la misma habitación y empezaron a tirar el texto con una facilidad y una maestría que me quedé realmente impresionado.

Bruno Ganz era una de tus elecciones iniciales, al igual que Liam Neeson.

La película está escrita para Liam, quien demostró su absoluta profesionalidad durante todo el rodaje. Por desgracia, su esposa, Natasha Richardson (hija de Vanessa Readgrave), falleció en un accidente dos meses antes de empezar a rodar y todos pensamos que no habría película. Dejamos pasar un tiempo y Liam volvió preparado para rodar metiéndose en la piel del Dr. Martin con una seriedad y una fuerza impresionantes. A Bruno Ganz me costó mas convencerle. No suele trabajar mucho en producciones americanas, pero le hacia ilusión trabajar con Liam Neeson. Al enterarse que lo teníamos como actor principal, se apuntó y realizó un excelente trabajo. No es un papel muy extenso, pero se lo ofrecí y aceptó. Solo él podía aportar esas miradas y esa personalidad tan marcada a su personaje.

Berlín se convierte en un personaje mas de la película.

Me pasé mucho tiempo dando vueltas por Berlín, una ciudad maravillosa que no conocía, era mi primera vez en Berlín y me pareció fascinante. Tiene esa mezcla de modernidad y clasicismo que ayuda a situar el personaje dentro del filme. Berlín es una ciudad con dos personalidades muy marcadas por culpa de la Guerra Fría, todavía hoy en día puedes apreciar sus cicatrices, transmitiéndonos una atmósfera de película de espías muy interesante.

Si leemos la novela de Didier van Cauelaert, observamos que en la película habéis cambiado algún que otro detalle.

Si, principalmente adaptamos varias escenas, dándoles un aire más cinematográfico. Cambiamos Paris por Berlín, pues aunque la novela está ambientada en Paris, pensé que para contar la historia con mayor realismo, debía oscurecer la ciudad por donde van a moverse los protagonistas. Paris es la ciudad del amor, es muy romántica y queda muy bien, pero Berlín era la ciudad ideal para mostrar la ansiedad del protagonista. Y encima rodamos durante un invierno durísimo, muy gris, el mas frío de los últimos 30 años. Casi toda la nieve que aparece en la película es real y la atmósfera lúgubre y helada también.

¿Resultó fácil rodar en la capital de Alemania?

Inicialmente, cuando les pasamos el guión para rodar en la ciudad y entramos en contacto con las autoridades para pedir los permisos de filmación, su respuesta fue no. Lo veían imposible, por la cantidad de escenas de acción y alguna que otra persecución que implicaba lanzar un taxi desde un puente al rio. Tenían miedo que destrozáramos sus monumentos y sus calles. No obstante, cuando vieron el reparto, plagado de actores alemanes, empezaron a cambiar de opinión. Reconozco que la influencia de un productor como Joel Silver, que ya había trabajado en Berlín y la colaboración de los estudios Babelsberg (Postdam), donde se han rodado muchas películas norteamericanas, ayudaron a convencer al ayuntamiento de Berlín para dejarnos rodar. Cono anécdota, te contaré que Berlín es una ciudad que cuida muchísimo la ecología. Todas las farolas de la ciudad utilizan bombillas de bajo consumo y de noche hay muy poca luz, obligándonos a tener que iluminar muchas escenas con mas luz de la habitual. Los alemanes son muy metódicos y necesitan mucho tiempo para estudiar y planificar los rodajes. Llegamos casi un año antes con la idea del film y poco a poco nos ayudaron a da forma a las escenas mas complicadas. Una vez lo tuvimos todo coordinado, el rodaje salió francamente bien.

Hablemos un poco de los actores. ¿Que nos puedes contar del reparto alemán?

Junto a Liam Neeson, January Jones, Bruno Ganz y Diane Kruger, yo quería a Karl Markovics en el filme. Me encantan sus películas (Nanga Parbat, Los Falsificadores) y aunque solo le pude ofrecer un pequeño papel, él aceptó amablemente, demostrando su profesionalidad, igual que con Sebastian Koch (La Vida de los Otros, El Libro Negro), otro actor sensacional que interpreta un personaje secundario pero necesario en el film. Realmente he disfrutado mucho trabajando con actores de su calibre. Todo lo hacen fácil, es un verdadero lujo.

¿Trabajaste con un equipo europeo o eran todos americanos?

Menos una parte del reparto y algún técnico, todo el equipo era europeo, incluso teníamos algún sudafricano. Por fortuna, tuvimos una coordinación brutal, rodando en 40 localizaciones distintas en menos de 50 días.

Los filmes americanos rodados en Europa tienen una magia especial ¿estás de acuerdo?.

Es curioso el concepto que se tiene en el mundo sobre el cine europeo y el americano. En Europa dicen que nuestra película es cine americano y en Estados Unidos dicen que es cine europeo. Creo que todo depende de la historia que cuentas, como la cuentas y con quién la cuentas.

En España, últimamente llevamos una mala racha a nivel de cine, menos con Torrente 4, ¿qué crees que le pasa al cine español que no acaba de seducir al público?

En España hay buenos profesionales pero creo que falta industria a nivel general. Falta tener un criterio más exigente y realista a la hora de hacer cine. En Estados Unidos se hace una película, y si esta tiene éxito todo el equipo se beneficia pero si no funciona, todos se resienten. Es un capitalismo necesario a la hora de trabajar: si funcionas seguirás trabajando, pero si no paras de fracasar puedes hundirte, y eso te da fuerza para crecer y mejorar. En España hay mucha gente que estrena películas que no funcionan y siguen trabajando, nadie les dice nada. Si el público no te a va a ver, debes hacer algo, no se puede seguir financiando un tipo de cine (no todo) que no atrae al público.

¿Te veremos trabajando en nuestro país?

Actualmente estoy trabajando para iniciar un proyecto que ayude a jóvenes realizadores a la hora de dirigir sus películas. En España hay mucha gente con talento que quiere demostrar sus posibilidades, y creo que algo puedo hacer al respecto.

Muchas gracias Jaume por tu tiempo, enhorabuena por Sin Identidad y mucha suerte con tu adaptación de Drácula, con el personaje de Jonathan Harker como protagonista.

Muchas gracias a vosotros.

Fotografías: Jekaterina Nikitina

11.5.11

A Odin rogando y con el mazo dando

Con Thor, Kenneth Branagh cambia de tercio, da un giro a su carrera y se adentra en el mundo de los superhéroes de la casa Marvel. El dios vikingo del martillo, en manos del director británico, cobra una nueva dimensión.

En más de una ocasión he manifestado que el cine sobre superhéroes me la trae al pairo. Su despliegue desmesurado de efectos especiales, sus repetitivas tramas y su vacuidad argumental, en general, no me interesan en absoluto, me cansan, excepto en honradas excepciones tal y como ha sucedido con este Thor. Y es que Brannagh, aprovechando las luchas familiares y ese aire de conspiraciones palaciegas que caracterizan el reinado de Odin, ha sabido llevar la película a su terreno otorgándole un aire sorprendentemente shakesperiano.

La cinta transcurre a dos niveles: el primero y más sugestivo, ambientado a medias entre los planetas Asgard (reino de Thor, hijo de Odin) y Jotunheim, lugar este último habitado por los eternos enemigos de Odin (un Anthony Hopkins bastante más sosegado que en El Rito); mientras que el segundo nivel, mucho más rutinario, transcurre en la Tierra, enclave al que llega accidentalmente Thor tras haber sido desterrado de su mundo por su propio padre.

La ecuación espacio-tiempo marca buena parte del film de Branagh, así como la relación que se establece entre el dios caído y una joven científica embelesada por su presencia y sus poderes. Él es Chris Hemsworth (marido, en la vida real, de Elsa Pataki), un actorcillo de mantequilla con muy pocos recursos interpretativos en su haber que, sin embargo y por su aspecto físico, da el pego como Thor. Y ella, a través de un trabajo no muy esforzado ni remarcable, es Natalie Portman, esa Jane Foster del cómic original que pierde los papeles por el rubito del martillo.

Kenneth Branagh ha cumplido con profesionalidad el encargo. La cinta entretiene, aunque no deslumbra ni rompe esquemas. Apunta bastante alto cuando asoma su vertiente más shakesperiana, aunque se encalla un tanto a la hora de afrontar la historia más terrenal y de acción, en donde todos los tópicos que alberga el género aparecen por doquier y sin pudor.

Atención a los amantes del género, pues tras sus títulos de crédito fínales y contando con la presencia fugaz de un Samuel L. Jackson metido en la piel de Nick Fury, se apunta hacia Los Vengadores, esa prometida reunión de superhéroes de la Marvel que esperan con inquietud los entusiastas seguidores de este tipo de adaptaciones. No es mi caso: la única "vengadora" que me ha llamado la atención a lo largo de los años ha sido Emma Peel.

6.5.11

Los ojos de la hija de Julia

Desde la decepcionante Obaba, han tenido que pasar casi seis años para que el navarro Montxo Armendáriz vuelva a colocarse tras la cámara. No Tengas Miedo significa su regreso a la palestra: una historia de superación personal protagonizada por Silvia, una joven de 25 años marcada por los abusos sexuales que empezó a sufrir por parte de su padre a muy temprana edad. La televisiva Michelle Jenner (Los Hombres de Paco) asume de forma excelente el papel principal. Lluís Homar y Belén Rueda, quienes ya habían ejercido de matrimonio en Los Ojos de Julia, vuelven a repetir como pareja y padres de Silvia.

No Tengas Miedo es un film valiente y bienintencionado, primero por el arrojo de acercarse a un tema que muchos (erróneamente) prefieren considerar como tabú y, segundo, por reflejar a la perfección el dolor psíquico que arrastran sus víctimas durante el resto de sus días. Y ello, con nota alta, queda perfectamente definido en el nuevo título de Armendáriz.


Quizás, la poca empatía que tuve con la cinta, resida en su poca profundidad expositiva y en el frío distanciamiento con el que retrata a los personajes de los padres de la joven protagonista, así como en esa inseguridad que demuestra a la hora de apostar por un estilo narrativo concreto, debatiéndose entre la ficción pura y dura (aunque realista) y el docudrama, sin decantarse jamás por uno u otro y embarcándose en un (innecesario) desfile de testimonios que narran sus experiencias personales directamente a la cámara.

La lentitud con la que está planteada (tónica habitual en el cine de su director) hace que su escasa hora y media de metraje se acabe eternizando para el espectador. En lugar de explorar (y explotar) la hipocresía de una madre que prefiere ignorar a plantar cara o de vapulear la figura de un padre demoníaco, prefiere centrarse en la tristeza de Silvia, siguiéndola cámara en mano en sus largas caminatas en solitario y con la mirada perdida por las calles de su ciudad.

Nunca llega esa esperada escena que rompa con fuerza la monotonía de la que hace gala. La esboza, pero no la desarrolla hasta las últimas consecuencias, cuando deja solas, cara a cara, a madre e hija en la mesa de un restaurante. Y vuelve a asomar, brevemente, cuando por fin Silvia decide mirar directamente a los ojos de su padre. Dos escenas necesarias, perfectamente ideadas e insertadas, pero no finalizadas con la mala leche que muchos desearíamos para paliar el infierno que vive la joven Silvia.

A pesar de las irregularidades de un guión no muy contundente y del distanciamiento emotivo que demuestra con la mayor parte de sus personajes, hay que aplaudir a Montxo Armendáriz por descubrir abiertamente una verdad que sucede demasiado a menudo a nuestro alrededor.

3.5.11

EN RESUMIDAS CUENTAS: Dos thrillers atípicos

Tras conseguir, entre otros galardones, los premios a mejor película, guión y actor (Sam Rockwell) por Moon en la penúltima edición del Festival de Sitges, el británico Duncan Jones (hijo de David Bowie) se asoma de nuevo a las pantallas de todo el mundo con Código Fuente, un thriller de corte fantástico en la que se mezclan mundos paralelos, realidad virtual y atentados terroristas.

La explosión de una bomba en un ferrocarril alerta a las autoridades de la posibilidad de una serie de atentados en cadena en la ciudad de Chicago. Para atrapar al causante del siniestro, desde las altas esferas de un cuerpo militar de élite se pondrá en práctica el llamado Código Fuente, un programa de alto secreto que permitirá a un marine viajar hasta el pasado y, metiéndose en el cuerpo de una de las víctimas, intentar descubrir al culpable. Para ello, sólo dispondrá de 8 minutos antes que el artefacto explosivo se active de nuevo.

Una estimulante y vertiginosa mezcla entre Avatar, Origen y la original comedia de Harold Ramis Atrapado en el Tiempo. De las dos primeras coge su parte de realidad virtual y de mundos paralelos y, de la tercera, su memorable bucle temporal. Su buen ritmo narrativo y un excelente dominio del suspense hacen que el resto funcione por si mismo. Al frente del cotarro y en la piel de un estupefacto marine se encuentra Jake Gyllenhaal, un actor todoterreno que, con este papel, logra resarcirse de su presencia en un título tan caótico y olvidable como Prince Of Persia. Vera Farmiga, con uniforme militar, y Michelle Monagan, desde el otro lado, lo secundan a la perfección.

Sin Límites es otro sugerente título plagado de coordenas cercanas al género negro y con muchas referencias al fantástico. Dirige Neil Burger, el mismo de El Ilusionista, y cuenta con el protagonismo de un sorprendente Bradley Cooper que, con este papel, se distancia un tanto de los papeles cómicos en los que, desde Resacón en Las Vegas, se le estaba encasillando. Como secundario de lujo cuenta con la presencia de un Robert De Niro que, sin lograrlo del todo, intenta huir del histrionismo con el que aborda sus últimos trabajos.

Un escritor sin inspiración descubre la NZT, una nueva droga que hará que su cerebro, en lugar de rendir el habitual veinte por ciento, se acelere hasta conseguir el cien por cien de efectividad, convirtiéndole en un literato prolijo y acercándole, de forma exitosa, al mundo de las finanzas de Wall Street. La dependencia de la NZT será total ya que, sin ella, se transforma en un hombre enfermizo y muy corto de reflejos físicos y mentales.

Cercana al Concursante de Rodrigo Cortés en cuanto a concepto visual y ritmo narrativo se refiere, Sin Límites abre a golpe de comedia para, aceleradamente, adentrarse en un drama intrigante y con varios golpes de efecto en su haber. Apoyándose en un guión sólido y bien explicado, la cinta resulta tensa y misteriosa, atrapa al espectador en su propuesta y plasma, con todo lujo de detalles, los cambios físicos y mentales de su protagonista en su proceso de adicción.

Un recomendable y atípico thriller que, al igual que Código Fuente, busca desmarcarse de la norma a través de una propuesta no muy habitual.

29.4.11

Teología de baratillo

El Rito, dirigida por el sueco Mikael Hafström, es una película más enclavada dentro del sempiterno (y ya pesadísimo) género sobre exorcismos varios. Ésta, al igual que El Exorcismo de Emily Rose, pretende estar inspirada en un (nada creíble) caso real que narra las vivencias de un seminarista norteamericano, Michael Kovak, cuando es llamado al Vaticano para formar parte de un grupo de sacerdotes educados en la ceremonia del exorcismo.

Su introducción es francamente atractiva. Las dudas sobre la fe del protagonista y el planteamiento que le llevará hasta Roma parecen prometer un giro en el género que, por desgracia, nunca aparece. Al contrario, pasada media hora de proyección, El Rito se desvía y entra a saco con todos los tópicos habidos y por haber, con niña poseída incluida en el lote.

En la relación que se establece entre el tal Kovak y el padre Lucas Trevant, un experimentado sacerdote con miles de exorcismos practicados, se encuentra la clave del desmelene del film. Un histriónico e insoportable Anthony Hopkins es el encargado de dar vida al padre Lucas a través de una interpretación sin ningún tipo de límites. Hopkins, con este papel, aprovecha para montar su propio festival mediante un sinfín de guiños y piruetas a cual peor. El no va más del bufón, en el que grita, canta y solloza a su antojo.

Por si no hubiera suficiente con tal alarde de desmadre (interpretativo y de guión), El Rito se apunta a esa cansina corriente religiosa que aboga descaradamente por la existencia de Dios. Las dudas iniciales del protagonista se van totalmente al carajo en su parte final y filosoféa con ese dicho tan manido de que “si Satán existe, Dios también”. De una profundidad pasmosa, si señor.

A buen seguro, dentro de unos años, las cadenas de televisión más carcas contarán con este título en su programación de Semana Santa, compitiendo con joyas como Ben-Hur o Los Diez Mandamientos. Donde esté el padre Karras que se quiten todos los padres Lucas y sus posibles émulos. Al menos a Friedkin, en El Exorcista (pese a sus irregularidades), no le dio por esa vena religiosa tan retrógrada optando directamente por la visceralidad de la imagen y de la historia.

Por cierto, ¿quién se atrevería, al igual que Mikael Hafström, a contratar a un cacho mujer como la Cuccinota para utilizarla únicamente como un extra más?

19.4.11

David y Goliat

¿Qué sucede cuando un oficinista ya mayor, a punto de la jubilación, decide negarle un capricho a su nuevo jefe, un joven y agresivo yuppie que no está dispuesto a que sus trabajadores le planten cara? Una ecuación, ésta, que resuelve con ingenio el argentino Rodrigo Grande en su interesante y divertida Cuestión de Principios, uno de los títulos más atractivos estrenados en nuestro país durante los últimos meses.

Una comedia sobre la ética y la dignidad humana, sobre el no venderse a ningún precio. David contra Goliat. El pequeño contra el gigante. Cínica, divertida y demoledora. Un duelo, entre superior y empleado, que se saldará con resultados inesperados.

Un impagable Federico Luppi -una de las bazas más acertadas del film- es Adalberto Castilla, el empleado tozudo que antepone su ética personal a los antojos de su superior. Un Luppi entrañable y sobrio, capaz de hacer suyo el personaje de Castilla otorgándole una humanidad suprema y no exenta de humor. Al otro lado de la barrera la solvencia de Pablo Echarri, un actor que, tanto a uno como al otro lado del charco, se está imponiendo como secundario en papeles contundentes, casi siempre dando vida a personajes odiosos.

En el centro, intentando suavizar las dos posiciones enfrentadas, la gran e incuestionable Norma Aleandro, actriz que interpreta a Sarita, la desesperada esposa del empecinado Castilla, una mujer que actuará de mediadora en el conflicto sin tener la delicadeza de aparcar sus intereses particulares: una diplomática muy sui generis.

Un film intimista y afable, cuya sencillez y sentido del humor lo desmarcan por todo lo alto de otros productos más pretenciosos y sin embargo fallidos. Cuestión de Principios es un claro ejemplo de cómo hacer un trabajo interesante partiendo de una historia mínima, en este caso del material que ofrecía el cuento homónimo de Roberto Negro Fontanarrosa, un popular escritor y dibujante de Rosario (Argentina) que también se ha encargado del guión conjuntamente con Rodrigo Grande, su director.

15.4.11

Malditos bastardos

Como trabajador indignado de la Sanidad Pública en Catalunya, hay momentos en los que es necesario aparcar por un momento el cine y denunciar, sin tapujos, el desmantelamiento que de la misma pretende el Gobierno de CIU en la Generalitat. Con la excusa de la crisis por bandera, pretenden anular un montón de servicios básicos para el ciudadano.

El cierre de camas y de quirófanos, la suspensión de miles de intervenciones clínicas o el despido de buena parte del personal interino, entre otras, figuran entre los recortes presupuestarios presentados por los Gerentes de diversos hospitales catalanes. Dejar la Pública hecha añicos para que el usuario tenga que desviarse hacia las mutuas privadas es una intención que, desde hace muchos años, llevan metida en la cabeza los dirigentes de CIU. Lo típico de un gobierno de derechas: ahogar al de abajo y favorecer al de arriba.

Durante los últimos días, los trabajadores del ramo han protagonizado diversos actos de protesta, incluida la masiva concentración de ayer, con más de 10 mil manifestantes, ante el Palau de la Generalitat, movida ésta a la que también se sumaron otros trabajadores del sector público, como los de Educación, amenazados igualmente de fuertes recortes.

El conseller de Sanitat, Boi Ruiz (un tipejo que estuvo involucrado en un fraude económico en su anterior cargo como Presidente de la Unión Catalana de Hospitales), ante las numerosas protestas, ejerce de Pinocho y alega que se está creando alarma social y que no se van a cerrar camas ni quirófanos. La realidad, y él lo sabe muy bien, es que algunos hospitales, como el de Vall d’Hebron, ya han cerrado algunas plantas y despedido a personal interino antes incluso de la aprobación de los recortes por parte del Govern de la Generalitat.

No se puede paliar la falta de presupuesto para Sanidad privando al usuario de servicios básicos, tal y como se pretende. Lo que hay que hacer es sanearla eliminando centenares de cargos intermedios -con sueldos elevadísimos- que, con los años, se han ido triplicando y cuadriplicando: chupópteros profesionales metidos a dedo que, mientras van cerrándose camas y quirófanos, siguen en sus puestos de trabajo, tocándose literalmente los cojones y arremetiendo con lo poco que le queda a Sanidad. Lo que hace unas décadas era labor de un funcionario (llámesele Administrador o Gerente, tanto da), con su equipo correspondiente, ahora es cosa de cuatro o cinco impresentables, con sus respectivos equipos y con una eficiencia bastante menor que antaño. Éste sería el verdadero y más eficaz recorte: suprimir tanto derroche en base a mantener a sus múltiples sicarios en cargos innecesarios.

No quiero ni pensar en el incierto futuro que le espera a la Sanidad Pública, en el resto del país, cuando el PP se instale de nuevo en el poder. La puta crisis sólo ha servido para enriquecer aún más al rico hundiendo en la miseria a las clases sociales menos favorecidas.

Boi Ruiz (¿o debería apellidarse Ruin?), dimita de una puta vez. La Sanidad es un derecho inalienable: no dejaremos que nos lo robe impunemente.

13.4.11

Marcianada again

Las invasiones extraterrestres en el cine ya empiezan a resultar cansinas. Casi cada mes se estrena un título de coordenadas similares, por no decir idénticas. Hasta juraría que incluso aprovechan el mismo cartel publicitario. Ahora le toca el turno a Invasión a la Tierra, una cinta de ciencia-ficción alienígena que destila una descarada loa al cuerpo de marines norteamericanos. La imaginación en Hollywood va de capa caída.

El mundo está amenazado. La Tierra se ve sometido a una sangrienta ocupación llegada del espacio exterior. El despliegue de sofisticados ovnis sobre el planeta es impresionante. Los bombardeos sobre éste son continuos. Las calles de las principales ciudades del mundo se han llenado de extraterrestres robotizados y armados. El caos azota a la Humanidad. Sólo en Los Angeles, un esforzado pelotón de marines poseerá el valor suficiente para liberar al globo terrestre de tal dominio.

Lo del ataque alienígena no es más que una gigantesca excusa para, a través del retrato de un valeroso grupo de marines, entrar de lleno en un sinfín de vergonzantes consignas militaristas y fascistoides que poco tienen que envidiar a las que, en su día, soltó John Wayne en Boinas Verdes. De hecho, después de realizar un acto heroico, un sargento es comparado por uno de sus hombres con el legendario actor.

Es cierto que, debido a su acelerada narrativa, no deja mucho espacio para que el espectador menos exigente se aburra, lo cual no quiere decir que se trate de un buen producto. Invasión a la Tierra está cortado por el mismo patrón que cualquier otro sobre desastres de los que tanto gustan a Michael Bay y similares. Inventiva cero. O sea, todo un festival (gratuito) de efectos especiales, con multitud de helicópteros en danza, intrépidos militares, explosiones y desgracias varias. Igual que cualquier película bélica actual ambientada en Irak... pero con marcianos y en pleno corazón de Los Angeles. Una fórmula agotada (y agotadora) que inexplicablemente sigue funcionando.

Por cierto, me olvidaba: Jonathan Liebesman es su realizador, el mismo que en el 2006 se acercara a los orígenes de La Matanza de Texas. De hecho, tan impersonal es la cinta que la podría haber dirigido Perico de los Palotes y obtendría idénticos resultados.

11.4.11

La trampa de la muerte

Su academia fue la televisión, hasta que 12 Hombres Sin Piedad le acercaron hasta la gran pantalla, lugar en el que El Grupo citado le obligó a ejercer de Abogado del Diablo. El pasado sábado, tras un periodo En Estado Crítico que desembocó en una Tarde de Perros, se nos confirmó el temido Veredicto Final: la Llamada Para el Muerto acababa de sonar. A los 86 años de edad nos abandonaba Sydney Lumet, uno de los grandes maestros del cine.

Residente en Nueva York, ejerció de Príncipe de la Ciudad y sin caer jamás en La Ofensa, su Piel de Serpiente le acercó hasta el mítico Serpico para colocar en un brete el Poder del sistema judicial norteamericano y, de pasada, cuestionar la Corrupción Total que se escondía en el seno del cuerpo policial.

Estuvo implicado en un Asesinato en el Orient Express, dió un Supergolpe en Manhattan y, en horas bajas, engañó a su colega Cassavetes con Gloria. Para purgar sus pecados, subió hasta el Punto Límite de La Colina y obtuvo Una Cita con un Prestamista para organizar ciertos Negocios de Familia. A la Mañana Siguiente, después de una Larga Jornada Hacia la Noche y desde Un Lugar En Ninguna Parte, empezó a blindarse Un Mundo Implacable a su alrededor.

Antes Que el Diablo Sepa Que Ha Muerto y justo cuando La Noche Caiga Sobre Manhattan, Declaradme Culpable de amar a su cine sobre todas las cosas.

Descanse en paz.