

En más de una ocasión he manifestado que el cine sobre superhéroes me la trae al pairo. Su despliegue desmesurado de efectos especiales, sus repetitivas tramas y su vacuidad argumental, en general, no me interesan en absoluto, me cansan, excepto en honradas excepciones tal y como ha sucedido con este Thor. Y es que Brannagh, aprovechando las luchas familiares y ese aire de conspiraciones palaciegas que caracterizan el reinado de Odin, ha sabido llevar la película a su terreno otorgándole un aire sorprendentemente shakesperiano.

La ecuación espacio-tiempo marca buena parte del film de Branagh, así como la relación que se establece entre el dios caído y una joven científica embelesada por su presencia y sus poderes. Él es Chris Hemsworth (marido, en la vida real, de Elsa Pataki), un actorcillo de mantequilla con muy pocos recursos interpretativos en su haber que, sin embargo y por su aspecto físico, da el pego como Thor. Y ella, a través de un trabajo no muy esforzado ni remarcable, es Natalie Portman, esa Jane Foster del cómic original que pierde los papeles por el rubito del martillo.

Atención a los amantes del género, pues tras sus títulos de crédito fínales y contando con la presencia fugaz de un Samuel L. Jackson metido en la piel de Nick Fury, se apunta hacia Los Vengadores, esa prometida reunión de superhéroes de la Marvel que esperan con inquietud los entusiastas seguidores de este tipo de adaptaciones. No es mi caso: la única "vengadora" que me ha llamado la atención a lo largo de los años ha sido Emma Peel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario