22.4.06

Haga usted su propia película de David Cronenberg

Ante todo, quiero dejar bien claro que tengo un especial respeto por David Cronenberg. En primer lugar porque, físicamente, se parece en exceso al jefe de mi mujer, y en eso siempre hay que ir con pies de plomo. Y, en segundo lugar, porque el realizador me hizo descubrir que Jeff Goldblum, aparte de ser un tío largirucho y raro, tiene cara de díptero.

Pues nada. Si a usted le pirra el cine del canadiense y le apetece en cantidad hacer una película con su mismo estilo y elegancia (sobre todo, elegancia), déjese aconsejar por mi oronda persona y, tras el estreno de su ópera prima, logrará ser ensalzado por los críticos más sesudos y el público más culto.

Antes de tomar nota de los siguientes puntos, aposente sobre su nariz unas gafas de montura de pasta (aka gafapastas) y transforme su dicción en una exquisita mezcolanza entre el francés y el inglés de Norteamérica.

Vayamos al grano:

1) Piense en todo tipo de enfermedades degenerativas y, a ser posible, que impliquen una degradación tanto psíquica como física en el infortunado individuo que la padezca. Personalmente, me inclinaría por un delicioso combinado entre la lepra y la esquizofrenia.

2) Para darle más realeza al asunto, inocule unas cuantas bacterias portadoras del organismo Mycobacterium leprae al que haya elegido como protagonista de su film. Las citadas bacterias puede conseguirlas a buen precio en el mercado negro, en su farmacia habitual o hurgando en las tapas del esmerado Bar Manolo, Cocina Familiar. La última opción es la más efectiva y económica.

3) Su protagonista ha de ser un tipo alto, desgarbado y con pinta enfermiza. Sin ir más lejos y buscando en nuestro país, me inclinaría por una especie de Oscar Ladoire. Una vez dispuesto, llénelo de llagas, protuberancias y heridas abiertas.

4) Es indispensable que, en una de las escenas clave de la película, un fermoso y rollizo gusano asome lentamente por una de las heridas. Se trata del momento ideal para que la novia de Ladoire le dé un lascivo lametón al asqueroso gusarapo. Con ello, causará un efecto fenomenal a la platea

5) Su Oscar Ladoire particular ha de ser un personaje misterioso y gris; un funcionario empleado en los funestos y polvorientos sótanos de una oficina de Correos. Tras ver Ben-Hur en un cine de mala muerte -al tiempo que una puta vieja y desagradable le practica una manola-, quedará prendado de las familiares leprosas de Charlton Heston. Es tal su obsesión por esas dos mujeres que adquirirá irrefrenables deseos de contraer tan bíblica dolencia. Para ello, acude a la leprosería más cercana y le hace el amor, de manera altamente apasionada, a una paciente del centro médico.

6) La paciente ha de ser una mujer bella y sensual, pero purulenta y llagada. Él ha de meterle la lengua por todos los orificios de su cuerpo, hasta que descubra que la leprosa, aparte de las heridas causadas por su enfermedad, está dotada de un rabo rosado en forma de caracolillo al final de su coxis. Ello le causará tal trauma psicológico que, al empezar a notar los primeros síntomas del contagio, iniciará una sanguinaria e imparable carrera como serial-killer, acabando con la vida de todos los tocinos de su comarca.

7) La fotografía de la película ha de ser muy oscura, exageradamente tenebrosa. La ambientación intemporal, para que el espectador nunca sepa si se trata de un film futurista o del pasado. Es indispensable que la mayor parte de sus pasajes sean tratados de manera onírica. La mezcla entre realidad y sueño nunca falla: le dará prestancia a su producto.

8) Nunca han de quedar claras las intenciones por las que Ladoire mata a tantos puercos. Todo ha de ser confuso, aunque con sus actos (y siempre pensando en el espectador más curtido e inteligente) ha de apuntar sibilinamente hacia cierta crítica de la sociedad actual. El abuso del precio del jamón tras la instauración del euro, la similitud entre las pocilgas y los consejos de ministros o el malestar de los payeses por sus condiciones de trabajo, han de convertirse en segundas lecturas escondidas tras los crímenes cometidos por tan pusilánime leproso.

9) No se olvide jamás de colocar alguna que otra referencia a una posible rebelión de las máquinas (la aparición de una lavadora con voz propia o de un secador de pelo fabricado con piel de gallina, son dos buenas y alegóricas imágenes sobre el tema).

10) De vez en cuando, sin abusar demasiado, haga que algunas de las protuberancias e hinchazones de Ladoire vayan explotando. Un manchón de pus sobre un espejo siempre resulta de un efectismo tremendo. Y más si el impacto de la secreción va acompañado de un contundente efecto sonoro; algo así como un flashpruffffshi compuesto con la ayuda de un teclado electrónico. Con esa supuración expulsada a mucha velocidad contra el cristal, conseguirá una ingeniosa alegoría en la que el ser humano como individuo, único e intransferible (el pus), se vea reflejado (el espejo) como una partícula más de la ponzoñosa sociedad en la que se ve inmerso.

11) El final ha de ser inconcreto. Muy inconcreto. Le propongo una plano picado y alejándose hacia atrás en el que Ladoire, hecho trizas y con todos sus pellejos levantados, esté follando de nuevo con la leprosa. El marco escenográfico ha de ser el interior de una pocilga, mientras varios cerdos observan como copula la pareja. Ella, la leprosa, ya estará sanada: ni una sola llaga en su cuerpo. Y la cola de cerdo que la caracterizaba habrá desaparecido por completo.

Con estos ingredientes habrá logrado una película de culto, de esas que aguantan años y años en sesiones golfas de fines de semana. Centenares de internautas dedicarán páginas exclusivas a su título. Y tras unos diez o doce productos más con constantes similares, podrá filmar una obra maestra en la que no habrá ni una sola purulencia.