25.9.16

La fuerza de lo innecesario

En 1960, tres años antes de filmar La Gran Evasión, John Sturges dirigió Los Siete Magníficos, un clásico del western que, basado en Los Siete Samuráis de Kurosawa, recogía las andanzas de un grupo de pistoleros que, por un mísero sueldo y envueltos en un halo de idealismo social, decidían poner freno a los desmanes de un bandolero que tenía explotados y amenazados a los inofensivos habitantes de un pueblucho mejicano. Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, James Coburn y Eli Wallach, entre otros, formaron parte de un casting ciertamente atractivo, mientras que Elmer Bernstein componía una de las bandas sonoras más icónicas y contundentes de la historia del cine. El resultado final fue el de un trabajo compacto, amparado en un guión lleno de diálogos espléndidos y en donde la violencia, controladísima, aparecía a ráfagas fugaces en contadísimas ocasiones.


Ahora, 7 años más tarde, el director afroamericano Antoine Fuqua, vuelve a acercarse al mismo tema aunque con una óptica muy distinta. Los Siete Magníficos del 2016 deja aparcado a un lado el espíritu romántico que envolvía la cinta de Sturges y se centra en una historia muchísimo más violenta y en donde la acción, perfectamente filmada, se convierte en su principal protagonista.


Un correcto Denzel Washington, el indiscutible actor  fetiche del realizador, se pone en la piel de Yul Brynner para capitanear al grupo de expertos pistoleros que deciden aceptar el encargo de terminar con los desmanes de un especulador y violento industrial (excelente y malvado Peter Sarsgaard) que, empleando métodos extremadamente agresivos, pretende quedarse con todas las tierras de los vecinos de la pequeña localidad de Rose Creek. Y, para respaldarle, contará con las presencia de gente tan efectiva como Ethan Hawke (en el rol del cobarde que en la película original interpretaba Robert Vaughn), Chris Pratt (el claro sustituto de McQueen) o un orondo Vincent D’Onofrio, cuya oronda figura recuerda muchísimo a la del mismísimo Orson Welles. De propina, se saca de la manga el papel de Haley Benett, una viuda del pueblo que busca vengar el asesinato a sangre fría de su esposo.

A pesar de tratarse de un remake ciertamente innecesario (con la cinta primogénita había más que suficiente), hay que decir que estos Siete Magníficos poseen la suficiente fuerza narrativa y visual para atrapar al espectador desde su primera escena. Fuqua le imprime un ritmo desbordante a la historia, saca de sus actores lo mejor de todos ellos y filma sus numerosísimas escenas de acción de forma brillante, casi a la vieja usanza, pudiendo saber que sucede ante la cámara en cada una de sus distintas tomas; una buena manera de huir de esa cansina modalidad actual de rodar los pasajes de acción como si se tratara de un acelerado video clip que, por su rapidísimo y sincopado montaje, no permite al espectador visualizar a la perfección qué coño está pasando.


Trepidante y entretenida, logra que sus dos horas y cuarto de proyección transcurran en un abrir y cerrar de ojos. Y, de propina, unos créditos finales espléndidos que se convierten en todo un emotivo homenaje al film original y, por descontado (y de la mano del recientemente fallecido James Horner), a la excelente banda sonora que en su día escribió Elmer Bernstein. Lástima que, por el camino, se haya perdido el romanticismo del trabajo de John Sturges: eso sí que lo echo en falta.

21.9.16

Quien mucho abarca poco aprieta


Ayer, por fin, me decidí a ver Café Society, la nueva película de Woody Allen y, a pesar de las buenas intenciones que vuelca en ella, el realizador neoyorquino, falto de mejores ideas, vuelve a ofrecernos más de lo mismo. Encallado, una y otra vez más, en la misma cinta desde hace varios años (con la excepción de la brillante Blue Jasmin), Allen busca un mínimo punto de originalidad al contar con Vittorio Storaro como director de fotografía y en la (errónea) elección, como pareja protagonista principal, de unos desaboridos Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.

De hecho, Café Society es una historia de amor más en la filmografía del artífice de Manhattan; una historia (¡cómo no!) de amores frustrados, repleta de sus tics habituales, que sólo le funciona a trompicones y en la que aprovecha, sin mucho éxito, para desmembrar de manera muy anodina al star system del Hollywood de los años 30 y, de pasada, a la alta sociedad del Nueva York de esa misma década.


Un sinfín de forzadísimos guiños cinéfilos arropan unos diálogos sin fuerza y unas situaciones que se me antojan totalmente previsibles. El sentido del humor (excepto en contadísimas ocasiones) parece haberlo perdido por el camino (ya se sabe, los años no perdonan y el genio ya va por los 80 tacos), y sólo consigue alguna que otra escena mínimamente graciosa cuando se centra en la familia judía de Bobby Dorfman, el personaje de Eisenberg y, ante todo, cuando el protagonismo (demasiado esporádico) lo adquiere Ben Dorfman (al que da vida Corey Stoll), el hermano mafioso de Bobby y la manera expeditiva de afrontar ciertas situaciones.


Un déjà vu en el que, interpretativamente hablando, sólo se salvan de la quema un potentísimo Steve Carell y la muy funcional Blake Lively (recientemente vista en Infierno Azul). El resto, con muy poca convicción, hace lo que puede con las no muy inspiradas líneas de diálogos que les ha encargado un Woody Allen que se ha reservado para él la voz en off del narrador.


Lejos le quedan trabajos como Días de Radio (obra con la que Café Society tiene algunos puntos de contacto, tanto estéticos como argumentales), pero es que el hombre, a su edad, se ha empeñado en seguir con una película anual y, en esta ocasión, en paralelo con una serie televisiva de seis episodios. Quien mucho abarca, poco aprieta.

16.9.16

Nadar y salvar la ropa en pleno bombardeo


Diez años después de su debut con la irregular Bosque de Sombras y tras varias incursiones televisivas, el realizador bilbaíno Koldo Serra, vuelve a la carga con Gernika, un film que, al igual que en su ópera prima, peca de no poner toda la carne en al asador y acaba convirtiéndose en un largometraje sin fuerza ni carisma alguno.

Es una lástima que contando con un tema tan interesante como el del bombardeo de la Legión Cóndor alemana sobre el pueblo vizcaíno de Guernika (que nunca anteriormente se había llevado al cine), el director vasco se quede a medias tintas en todos sus aspectos, excepto en el técnico, ya que lo único sobresaliente de su trabajo son las contundentes y bien filmadas escenas del susodicho bombardeo.

Para empezar y siendo un tema tan delicado, el director vasco juega a nadar y guardar la ropa. Tratándose de dos bandos enfrentados, el republicano y el nacional, no toma partido por ninguno de los dos, dejando a entender (de forma errónea y altamente molesta), que tan malos eran unos como los otros, lapidando buena parte de su metraje con una insustancial historia de amor entre una editora de la oficina de prensa republicana y un periodista norteamericano en labores de corresponsal en tierra española; una historieta romanticona más cercana a las pretensiones de series televisivas al estilo de Amar en Tiempos Revueltos que a un film mínimamente serio sobre uno de los temas más polémicos sucedidos durante la Guerra Civil española. En un extremo, sin profundizar en absoluto y de forma bastante insultante, deja una mínima constancia de la presencia de los ejércitos italianos y alemanes en pleno conflicto bélico.


No contento con mantenerse feamente distanciado del conflicto real y político que se esconde tras la historia verídica, cuenta con la paupérrima labor de un grupo de actores ciertamente poco inspirados. María Valverde parece no sentirse nada cómoda en la piel de la periodista republicana Teresa a través de una fría e inexpresiva actuación totalmente alejada de otros trabajos suyos más contundentes, como los que hizo para La Flaqueza del Bolchevique o A Puerta Fría, mientras que su partenaire masculino, el británico James D’Arcy (físicamente una especie de Anthony Perkins venido a menos), hacer clamar a los cielos por su patética interpretación.


Mucha técnica pero nada de inspiración argumental y mucho menos interpretiva. En definitiva, un despropósito sin consistencia alguna que se muestra incapaz de añadir nada nuevo a un cruento bombardeo que llevó a la Segunda República española a encargar la confección de un cuadro sobre el tema a Pablo Picasso para ser expuesto en la Exposición Internacional de París en 1937.

3.9.16

El lado femenino de Celso Bugallo

Fuentes bien informadas comunican en exclusiva a este blog, la posibilidad de que el actor gallego Celso Bugallo se ponga en la piel de Ana Pastor, en el biopic que sobre la actual presidenta del Parlamento español está preparando una productora de Cubillos (Zamora), el pueblo natal de la militante del PP. Según avanzan, se tratará de una alocada comedia al más puro estilo del inspector Clouseau.


El parecido es ciertamente asombroso.

30.8.16

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Gene Wilder pero nunca se atrevió a preguntar.

Ayer, tras montarse en el expreso de Chicago, Gene Wilder traspasaba una frontera que le alejaba de un mundo de fantasía en el que llegó a flirtear con gente como Bonnie y Clyde y el hermano más listo de Sherlock Holmes.

Los productores de Hollywood, al descubrirlo, se volvieron locos de remate y la mujer de rojo en persona y tras vivir una terrorífica luna de miel, le definió como el mejor amante del mundo.

Empiecen la revolución sin mí”, nos aconsejó ayer antes de partir mediante una fuga muy chiflada. Antes de seguir su recomendación y en compañía de el jovencito Frankenstein, nos aposentaremos en unas sillas de montar calientes y le daremos un largo y cálido adiós.


Descanse en paz, buen hombre. Y muchísimas gracias por las horas de alegría que nos regaló.

23.8.16

El atasco de la Enterprise


La tercera entrega de las precuelas de Star Trek iniciadas por J. J. Abrams, Star Trek: Más Allá, no va en ningún momento más allá, tal y como parece indicar su título, sino que se queda estancada en una historia mínima que no ofrece absolutamente nada nuevo al espectador.

Dirigida en esta ocasión por Justin Lin (el mismo de algunos de los trepidantes capítulos de Fast & Furious) y producida por el propio Abrams, la cinta se queda estancada en una aventura tan nimia que, al salir de la proyección, lo más fácil es que el espectador olvide en un abrir y cerrar de ojos toda la explosión de cromas y efectos especiales que acaba de ver. Y es que, de guión, hay bien poco, por no decir que casi, casi, resulta inexistente.


Los tripulantes de la nave espacial Enterprise, en su deambular por confines de la galaxia en busca de pactos con otras especies, se enfrentarán a un nuevo enemigo que, como siempre, estará a punto de desmantelar toda su estructura. O sea, nada nuevo que degustar. Lo mismo de siempre aunque con el agravante de que, a pesar del imparable ritmo que intenta imprimirle Lin mediante de un montaje tan acelerado que resulta imposible saber qué narices está sucediendo en pantalla, la película terminó por aburrirme soberanamente.

Los personajes se han quedado atascados y no avanzan. Todo cuanto ocurre y dicen, no es más que un déjà vu extraviado de las dos entregas anteriores, en general muchísimo más loables y entretenidas que ésta. Y ello sin citar ese desgraciado empeño por intentar darle un toque de comedia mucho más subido de tono y hortera que de costumbre; un error que achaco, posiblemente, a la mano directa del graciosillo de turno, un Simon Pegg que, aparte de su presencia como actor, forma parte de la cuadrilla de guionistas del invento (¡cinco tíos se han necesitado para escribirlo!).


La Enterprise se ha quedado sin gasolina. Ni Spock ni el capitán Kirk se muestran capaces de llenar el depósito. Demasiado tiempo intentando sacar provecho de la serie televisiva creada por Gene Roddenberry en los años 60, aparte de quemar el combustible, acaba agotando las ideas al más pintado. La gallina de los huevos de oro empieza a oler a chamusquina.

9.8.16

La extraña pareja


La verdad es que me acerque a Dos Buenos Tipos, la nueva película de Shane Black, con cierto recelo. Me temía lo peor. Estaba convencido que se trataría de una fantochada sin sentido alguno. Y, a pesar de ser una locura, la cosa tiene cierto estilo, entretiene, es graciosa y, para más coña, está surtida de un sinfín de guiños cinéfilos ciertamente curiosos. Todo un homenaje a las buddy movies de una época muy concreta que, ambientada con mucho cariño en la década de los 70, nos acerca a la investigación que un par de detectives inusuales de Los Ángeles llevan a cabo para descubrir el paradero de una joven desaparecida.


De hecho, Dos Buenos Tipos, sigue el estilo y conserva el mismo tipo de humor que su interesante (y también sorprendente) Kiss Kiss Bang Bang. Cambia a la pareja protagonista de ésta (Robert Downey Jr. Val Kilmer) por Ryan Gosling y Russell Crowe; el primero dando vida a Holland March, un detective patoso con muchas reminiscencias a lo Jacques Clouseau y el segundo, Crowe, interpretando a Jackson Healy, un matón reconvertido a investigador privado. Dos buenas actuaciones que, al mismo tiempo, potencian las inesperadas dotes cómicas del extraño dueto.


Diálogos ingeniosos, asesinatos, tiroteos, peleas y un toque de cine negro, envuelven un producto que, ante todo, cuida al cien por cien la ambientación de los años 70, empezando por esos guateques en donde las grandes figuras del Hollywood de aquel entonces se mezclaban con las estrellas del porno y en los que era muy fácil que los anfitriones musicales fueran los mismísimos Earth, Wind & Fire.

Un producto gamberro, lleno de momentos delirantes que, en todo momento y sin distorsionar en absoluto, se muestra capaz de mezclar el humor más comercial y tontainas con el humor más negro y destructivo, en donde el gag visual al más puro estilo Blake Edwards cobra un protagonismo especial. Un entretenimiento en estado puro, filmado y escrito sin complejos, que acabó atrapándome por completo desde sus primeros minutos de proyección.

3.8.16

Buddy movie jazzística


Miles Ahead significa el debut como director, en el campo del largometraje, del actor Don Cheadle. Y lo hace con un atípico biopic sobre la figura del mítico trompetista Miles Davis. Y digo atípico ya que, de hecho, más que una biografía al uso es un retrato, un tanto anárquico, del virtuoso músico, en el que se mezclan muchas de las virtudes y de los defectos del personaje, a ritmo de jazz y plasmado de forma sincopada, huyendo siempre de la narración lineal que arropa normalmente a este tipo de productos.

Las intenciones de Don Cheadle son buenas: romper esquemas y acercarse al controvertido músico de forma diferente. Aunque, en el intento por sorprender, hay demasiadas cosas que se le escapan de las manos ya que, el episodio central de la historia, es una alucinada del propia Cheadle como guionista que jamás sucedió en la vida real del compositor; una historia que, a modo de inesperada buddy movie setentera, acerca al espectador a las aventuras (más que improbables) que vivieron Miles Davis y un reportero del Rolling Stones para recuperar una cinta robada al primero y que supondría su primer álbum tras cinco años alejado de los estudios de grabación.

Un poco de comedia (bastante insustancial y estúpida) y un mucho de melodrama (insertado a través de sus constantes flashbacks), conforman el cuerpo argumental de Miles Ahead y en donde, dejando a un lado sus numerosos y delirantes errores, lo mejor de la función radica en la caracterización e interpretación que el propio Cheadle hace del virtuoso Miles Davis; un Davis al que, a pesar de la irregularidad con la que se le aproxima, es tratado con un cariño muy especia y sin dejar de plasmar su difícil y complejo carácter, sus múltiples excentricidades y sus devaneos con las drogas y el alcohol, así como la fallida y torturada historia de amor que vivió con la bailarina Frances Taylor. En contrapartida a su cuidada actuación, está su pareja de baile, un Ewan McGregor totalmente perdido y excesivamente apayasado en el rol de Dave Braden.


Un quiero y no puedo que se queda a medias tintas en casi todos sus aspectos. Aburre, su ritmo resulta totalmente erróneo y se pierde en un sinfín de cuelgues sin sentido alguno. ¿Comedia, melodrama, biopic, musical? Sencillamente, un cajón de sastre pésimamente ordenado.

Una lástima no haber explotado mejor el siempre tentador personaje del gran Miles Davis.

24.7.16

A punto de hibernación


Mike Thurmeier y Galen T. Chu han sido los directores encargados de llevar a cabo la quinta entrega de Ice Age, Ice Age: El Gran Cataclismo, una serie de animación que se inició en el 2002 y que ha ido mostrando las aventuras y desventuras de un grupo de animales que intentan sobrevivir a todo tipo de catástrofes climatológicas y geológicas desde la formación de la Tierra. Mamuts, zarigüeyas, perezosos, tigres y ardillas, entre otras muchas especies, se agrupan para hacer frente a todo tipo de desastres, siempre bajo un prisma (bastante dulzón) de glorificación de la unidad familiar.


Este episodio, uno de los más irregulares (por no decir directamente malos) de la saga, ya empieza a pedir a gritos que los responsables de la misma empiecen a pensar en la hibernación de la misma. La originalidad de los primeros capítulos ha desaparecido por completo, cayendo en la repetición abusiva de un sinfín de tics y tópicos ya demasiado conocidos por los espectadores.

En esta ocasión, la interesada ardilla Scrat, en su imparable persecución de una bellota para beneficio propio, con sus peligrosas piruetas provocará una serie de sucesos cósmicos que terminarán por amenazar al mundo de Ice Age con la caída de un asteroide; una ardilla que, a pesar de seguir siendo lo mejor y más divertido de la entrega (y aun conservando ese toque de homenaje a los cartoons más clásicos), empieza a resultar también un tanto cansina.

Quizá sea por ello que, en compensación a la falta de inspiración que demuestran los guionistas con Scrat, recuperan a la comadreja tuerta Buck (una especie de alter ego de Rambo), un personaje que vio la luz en su tercer capítulo (El Origen de los Dinosaurios) y que se olvidaron de incluir en el episodio anterior, el trepidante y más entretenido La Formación de los Continentes.


Excepto por momentos muy concretos (y en exceso aislados) y algún que otro (aunque poco sorprendente) guiño cinéfilo, El Gran Cataclismo avanza a ritmo muy lento. Almibarado, aburrido y con muy pocos alicientes en su haber. A Ice Age ya le empieza a pesar esa inevitable sensación de déjà vu que desprende. Renovarse o morir. O, en este caso y tal como he dicho anteriormente, lo mejor sería congelarse. Cuando ya ni las locuras de Scrat animan la platea, es mejor tirar la toalla.

19.7.16

Tiburón minimalista


Cerrada la trilogía con Liam Neeson de protagonista (Sin Identidad, Non-Stop y Una Noche Para Sobrevivir), el barcelonés Jaume Collet-Serra, afincado ya en tierras norteamericanas, con Infierno Azul se embarca en una serie B, plagada de efectivas cromas, deslumbrantes efectos digitales y filmada, en buena parte y aunque no lo parezca, en estudio, tras la que se esconde un minimalista homenaje al Tiburón de Steven Spielberg.

Y digo minimalista porque, aparte de estar rodada bajo mínimos, en su mayor parte de su breve metraje cuenta tan sólo con dos únicos protagonista: una surfista que acaba de quedarse varada en las aguas de una playa secreta y un tiburón blanco que la acosa para zampársela enterita. Dos protagonistas a los que, sin embargo, se les une un tercero en discordia: una gaviota herida a la que muchos, por puro entretenimiento, le están buscando toda clase de simbologías a su presencia.


Infierno Azul (pésima traducción de su título original, The Shallows, o sea, "aguas poco profundas") busca, clara y llenamente, el entretenimiento, sin más; tal cual. Y Collet-Serra demuestra ser un buen dominador del cine entendido como espectáculo, aunque que sea desde su vertiente más minimalista. En ningún momento pretende la grandilocuencia y el efectismo de la cinta referente de Spielberg, pero sí que se muestra como todo un experto a la hora de crear tensión y suspense en el patio de butacas.

Su digna y trabajada fotografía, sumada al poderío del realizador en la sala de montaje, a la acertada e inquietante banda sonora de Marco Beltrami y a la buena interpretación de Blake Lively (la misma de El Secreto de Adaline), consiguen que la película logre su principal y único propósito: mantener al espectador pegado en su asiento de principio a fin.


Lástima, de todos modos, de poseer un desenlace muy poco trabajado y un tanto precipitado, así como de una coletilla final muy made in USA y un tanto ridícula, metida por narices, a buen seguro, para ganarse al público norteamericano, muy dado a los toques con moralina y a la exaltación de los valores familiares por encima de todo.

Ideal para verla durante una de estas tardes calurosas que se nos avecinan. Fresquito en un cine con aire acondicionado y disfrutando con el chapuzón de 86 minutejos que se pega la Lively.

15.7.16

La niña que susurraba a los gigantes


Mi Amigo el Gigante significa el retorno de Steven Spielberg al cine familiar, ese cine que normalmente domina a la perfección. El guión de la recientemente desaparecida Melissa Mathison (la misma de E.T.) sobre la novela The BFG del prestigioso Roal Dahl publicada en 1982, sumada a la elección del gran John Williams para componer su (magnífica) banda sonora, apuntaba a que íbamos a encontrarnos ante una nueva y brillante fantasía orquestada por el Rey Midas de Hollywood.

Nada más lejos de la realidad. Todo se queda en su exquisita técnica cinematográfica, en el acierto de la atractiva fotografía de Janusz Kaminski y en 15 divertidísimos e ingeniosos minutos, bastante próximos al final de la cinta, en donde la reina de Inglaterra posee un protagonismo especial. Y es que, para narrar la amistad que surge entre una niña huérfana, Sophie, y un gigante bonachón que le hablará de las ventajas y desventajas de vivir en el País de los Gigantes, a Spielberg se le ha ido la mano en demasiados aspectos.

Su ritmo lento significa una enorme traba para que el público infantil (y también el más adulto) pueda conectar con la propuesta, consiguiendo, tan sólo con ello, que los más pequeños de la casa (y los más mayores también) acaben aburriéndose como marmotas e implorando que se acabe cuanto antes un cuento de casi dos horas de duración que, por otra parte, carece de alma y de magnetismo alguno.

En su monótona primera parte, insulsa a más no poder, tan sólo se muestra la relación que surge entre la niña y el coloso. No hay más que eso: un montón de aterciopelados (e incluso ridículos) diálogos entre ambos, que acaban por resultar de lo más tedioso y reiterativo. La cosa, aparte de algún que otro flamante detalle técnico, no avanza hacia ninguna parte. Los primeros bostezos empiezan a aparecer en la platea.


Su segunda hora, tampoco es que mejore mucho. Siguen los diálogos cansinos, el ritmo amuermante y la poca (o, mejor dicho, nula) fuerza narrativa. Los bostezos siguen, y en aumento, hasta que Spielberg, consciente de que el espectador se puede quedar totalmente dormido, a la falta de media hora para finalizar, nos regala un aislado cuarto de hora magnífico y gracioso para, en su recta final, volverse a columpiar de peor manera posible.

Dos horas insostenibles que, sin lugar a dudas, hubieran dado para un fabuloso cortometraje de media horita de duración. Ni se les ocurra llevar a sus pequeños a un tedio como éste.

8.7.16

El color del dinero


Con Money Monster, Jodie Foster vuelve a colocarse detrás de la cámara y, con la ayuda, delante de ella, de unos efectivos George Clooney y Julia Roberts, urde un entretenido thriller pseudopolítico en donde la economía y la corrupción van cogidas de la mano.

La cinta arranca cuando un joven desesperado entra en un plató de televisión y secuestra, en directo, al presentador y a los técnicos de uno de los programas estrellas de la cadena; un show, en clave de humor, en el que su principal responsable habla de economía y recomienda cierto tipo de inversiones a su audiencia con el riesgo que ello conlleva.


De hecho, Money Monster es un híbrido resultón de un montón de títulos fáciles de asociar, desde el contunde Tarde de Perros de Sidney Lumet, pasando por el Mad City de Costa-Gavras y desembocando en los más recientes Plan Oculto de Spike Lee y Cien Años de Perdón de Calparsoro. No es un film brillante, pero se ve con agrado y destaca, ante todo, por el vibrante pulso narrativo que le impone Foster y un trepidante montaje que no deja tiempo al aburrimiento para el espectador.


Lo peor del film es que, en general, su trama no resulta muy creíble del todo. Jodie Foster logra mantener la atención de la platea pero, al terminar la proyección, uno sale con la extraña sensación de que algo no cuadra en la propuesta. La tensión acumulada durante su (controlado) metraje nunca llega a tener un golpe de efecto irrevocable, mientras que sus mínimos (y necesarios) apuntes críticos a la corruptela dentro del sistema económico actual, resultan en exceso descafeinados.


Un quiero y no puedo que, sin embargo, está filmado con garra y estilo y, al mismo tiempo, aparte de ser un estimulante ejercicio cinéfilo lleno de referentes, nos ofrece un par de interpretaciones de altos vuelos, Clooney y Roberts, que dejan al tercero en discordia, Jack O’Connell (el secuestrador), a unos puntos por debajo de ellos.

5.7.16

Marcianada

Ya en 1996 Roland Emmerich castigó a las plateas de todo el mundo con Independence Day, una cinta en la que se narraba, de forma muy desacertada y a través de un tono exacerbadamente pro yanqui, una invasión extraterrestre en todo regla; un producto lleno de ridiculeces y de metraje exagerado (casi dos horas y veinte de proyección) al que Tim Burton, ese mismo año y de manera genial, le dio la vuelta por completo a través de su divertida Mars Attacks!.


20 años después, Emmerich vuelve a probar fortuna con su secuela, Independence Day: Contraataque, una nueva vuelta de tuerca sobre el mismo tema, aunque en 3D y mediante un festival de efectos especiales mucho más conseguidos que en su primera entrega. El resto es más de lo mismo: las mismas ridiculeces, idéntico canto patriótico y alguna que otra gotita humorística de lo más patética.


Para aderezar la marcianada, repite con algunos de los personajes del film anterior. Bill Pullman, que en la primera encarnara a un presidente de los EE.UU. dispuesto a combatir en primera línea a los alienígenas, refrenda el mismo rol, aunque ahora desde el punto de visto de un ex presidente hippioso y de modo no muy convincente, mientras que Jeff Goldblum vuelve a interpretar a un experto científico al que nadie hace ni puto caso, al tiempo que, entre otros, vuelve a contar con la presencia del profesor chiflado al que ya diera vida Brent Spiner. De propina, hay que contar con un montón de actores de la nueva generación de lo más soso e inconsistente, aunque por suerte, sin la presencia de Will Smith, nos ahorramos las sarta de gracias y chistes malos con que los nos torturó en su día. La verdad es que es una pena ver pasearse por este circo y más perdida que un gusano en un plaza de toros a la pobre de Charlotte Gaingsbourg en un papel de lo más innecesario.


La película no va más allá de los efectos especiales. Pura digitalización sin más materia prima. Su guión resulta de lo más absurdo (¡y eso que constan 5 tíos acreditados como guionistas!) y, tratándose en teoría una película  fantástica de acción, su falta de ritmo acaba por aburrir hasta a las musarañas. 

Nada. Nada de nada. Mucho querer epatar con sus imágenes, pero Emmerich sigue sin dar pie con bola. Y amenaza con una tercera parte.