18.12.14

Más de lo de siempre


Por fin, con El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, Peter Jackson ha puesto fin a sus dos trilogías millonarias sacadas del universo literario de Tolkien. Y digo “por fin” porque he de reconocer que, personalmente y desde el primer El Señor de los Anillos, esta es una saga que me aburre de forma soberana, por mucha fantasía, acción y efectos especiales que la adornen.

Y es que, con La Batalla de los Cinco Ejércitos, Jackson se encalla otra vez y, aunque su film sea tremendamente acelerado y contenga centenares de escenas en donde la acción prima por encima de todo, la cosa no ofrece nada nuevo que no haya mostrado en los títulos precedentes. De hecho, tras su  entretenido prólogo, en donde el dragón Smaug arremete con furia y latigazos de fuego contra un pequeño poblado, la cosa se convierte en un eterno déjà vu, en donde sus personajes (más planos que nunca) entran a saco en un sinfín de aventuras (nada sorprendentes) que culminan en una larguísima lucha, cuerpo a cuerpo, entre enanos y orcos; lucha que, por otra parte, junto con la “encendida” entreda de Smaug, se alza como lo mejor de la (para mi) letárgica función.

Con la entretenida entrega anterior, La Desolación de Smaug, daba la impresión de que Peter Jackson se había quitado de encima la aplastante loza que significó el primer Hobbit, ese Viaje Inesperado que no aportó nada nuevo respecto a la primera trilogía. Ahora, tras ese capítulo central ciertamente potable, cierra la saga desde la nimiedad total y parece que habiéndolo realizado sin muchas ganas: es tal la despreocupación que desvela en el juego visual de las proporciones (la mayoría de ellas erróneas), que hace pensar que el director neozelandés empezaba a estar ya hasta el moño de tanto orco y elfo corriendo arriba y abajo, sin parar, desde hace casi 13 años.


Ánimo y que no les pasa nada. Dispónganse a bostezar, durante dos interminables horas y media, con la pájara dorada del rey Thorin, mientras el buenazo de Bilbo idea estrategias para frenar el mal rollo creado entre distintas razas de la Tierra Media. Suerte que entre tanta contienda belicosa, urdidas para vender descaradamente y con posterioridad diversas versiones de juegos para videoconsolas, al menos uno puede disfrutar con el buen hacer de gente como Ian McKellen (eterno Gandalf), Cate Blanchett (muy fugaz en esta ocasión) o, sin ir muy lejos, Martin Freeman, un sólido actor que día a día se ha ido labrando una atractiva carrera, aunque sea haciendo de hobbit por esos mundos de Tutatis. Algo es algo. Ya saben: menos da una piedra.

15.12.14

El Quijote afroamericano


En 2001, con la excelente Training Day, Antoine Fuqua consiguió una de las mejores interpretaciones de un Denzel Washington en plena forma quien, dando vida a un policía corrupto, acabó alcanzando el Oscar al mejor actor por ese trabajo. Ahora, más de una década más tarde, el realizador vuelve a contar con el actor para el papel principal de The Equalizer: El protector, un thriller basado (muy a su manera) en la ochentera serie televisiva de idéntico título.

La cinta narra una historia protagonizada por uno de esos justicieros urbanos que tanta fama le dieron a Charles Bronson. En este caso, el Bronson de turno es el amigo Washington, Robert McCall en el film, un tipo solitario, metódico e insomne que, en su retiro cuasi espartano, intenta dejar en el olvido un pasado un tanto tenebroso; un pasado que volverá a asumir cuando, en defensa de una joven prostituta maltratada por los esbirros de una red mafiosa moscovita, vuelve a usar sus métodos expeditivos para impartir justicia.


Un punto de partida un tanto fachenda que, a pesar de la tranquilidad y lentitud con la que se aproxima al personaje, atrapa al espectador en una trama llena de pasajes de lo más virulento que son capaces de contrastar con la parsimonia exquisita con la que se desenvuelve el tal McCall; parsimonia que, por otra parte, es un claro reflejo del modo de afrontar la nueva vida que se ha propuesto esa especie de ermitaño resolutivo que, prácticamente sin la ayuda de nadie y siguiendo los adoctrinamientos de MacGyver, se transforma en un destructivo ejército letal cuando se le encabrona.


La nueva propuesta de Fuqua está más cercana a los productos que el desaparecido Tony Scott orquestaba para Denzel Washington que a las intenciones y a la estética de la antes citada Training Day, dejando rienda suelta al actor para que, a pesar de sus años (que no le pasan en balde), encarne a la perfección a un héroe de acción atípico, reflexivo y devorador compulsivo, en su silenciosa soledad, de literatura clásica (Quijote incluido, en clara referencia a su quijotesco personaje).

Es tanta la devoción que el director afroamericano demuestra por su actor principal que, en su fervor, se olvida de darles más presencia a nombres como los de Bill Pullman, Melissa Leo o Chloë Grace Moretz y deja que incluso David Harbour se desmadre a sus anchas interpretando al malo maloso de la película.


Un entretenimiento en estado puro que peca, sin embargo, de un excesivo metraje (dos horas y cuarto de proyección) y de alguna que otra laguna en su guión. Pero todo es perdonable, incluido ese tono fascistoide que acompaña habitualmente a cuantos justicieros urbanos nos ha brindado el Séptimo Arte.

12.12.14

San Bill Murray


St. Vincent significa el debut en el campo del largometraje de Theodore Melfi, un hombre procedente del mundo del corto que, para su puesta de largo, ha contado con un excepcional Bill Murray para dar vida al peculiar protagonista de la misma, un perdedor nato; un hombre mayor que vive al límite en todos los aspectos: fuma como un carretero, bebe como un cosaco, alivia su soledad en compañía de una prostituta rusa embarazada y, de propina, ha dilapidado todos sus ahorros apostando en las carreras de caballos. El tipo atiende por Vincent (Vinnie para los amigos) y, con la llegada de una nueva vecina y el hijo de ésta, estará a punto de redescubrirse asimismo al convertirse en el atípico y accidental canguro del pequeño.


De hecho, St. Vincent no es más que una nueva vuelta de tuerca a los típicos folletines almibarados con los que tan a menudo nos castigan desde el cine norteamericano: un tipejo impresentable que, ante la presencia de un chaval inocente y ante un maremágnum de inconvenientes personales y emotivos, acabará redimiéndose y dejando al descubierto su gran e inmenso corazón. Salvando las distancias, es como el Eastwood de Gran Torino, pero en cutrillo y espolvoreado con una buena dosis de azúcar en polvo.

Suerte ha tenido el tal Melfi de poder echar mano de un grupo de actores en total estado de gracia para, en parte, suavizar el excesivo acaramelamiento de su propuesta; unos intérpretes que, con su buen hacer, le han cedido unos gramitos de acidez a lo que podría haber resultado una indigestión de melaza:  Bill Murray, genial como siempre, se mueve a sus anchas a través de su tosco y gruñón personaje, mientras que una sorprendente y desconocida Naomi Watts parece divertirse de lo lindo jugando con su cuerpo y explotando al máximo el acento ruso de su extraño rol, sin olvidar por ello el inesperado cambio de registro de una controladísima Melissa McCarthy (alejada, por suerte, de sus habituales comedias desmadradas) ni la contención con la que afronta su papel el debutante Jaeden Lieberher, el niño que da vida al pequeño  Oliver, el hijo de la vecina.


Algún que otro personaje que desaparece sin más de la trama (como el usurero al que Vinnie debe un buen fajo de billetes) o la inclusión de uno tan episódico e innecesario como el de la esposa enferma (tan sólo añadido para recalcar el "buen corazón" del protagonista), son algunos de los otros defectos de un film irregular y de temática en exceso manida al que, repito, salvan del olvido sus benditos actores.

Y es que, por ejemplo, tan sólo vale la pena acercarse a St. Vincent para disfrutar de sus insuperables créditos finales, en donde Bill Murray, al son del Shelter From the Storm de Bob Dylan, se marca una inolvidable perfomance que hace digerir, de golpe y porrazo, la sobredosis de azúcar endilgada. San Bill Murray.

10.12.14

La última marcianada de Ridley Scott


Está claro que a Ridley Scott, aparte de flirtear con aliens y replicantes, le encanta adentrarse en las coordenadas del cine de época e intentar (con mayor o menor fortuna) ese punto de gran espectáculo que implica ese tipo de títulos. Hace ya más de una década que abrió su particular caja de Pandora con el sobrevalorado Gladiator, para seguir posteriormente con ese desaguisado histórico de altas proporciones que significó El Reino de los Cielos, probando después fortuna con la leyenda popular sobre el arquero Robin Hood y sin olvidar sus pinitos en este tipo de cine con la aburridísima 1492: La Conquista del Paraíso. Ahora se nos pone bíblico e insiste en el tema poniendo al día Los Diez Mandamientos a través de Exodus:Dioses y Reyes.

Por tratarse de una película en la que tendría que primar el entretenimiento, se trata de una superproducción aburridísima. A la cosa le cuesta muchísimo arrancar, perdiendo el tiempo demasiado en mostrar la tensa relación que se crea entre Moisés y Ramsés, dos hermanastros criados en el seno de Egipcio y que, tutelados por un faraón que desprecia todo lo que huela a hebreo, acabarán enfrentados en un cruenta batalla. Moisés descubrirá sus verdaderas raíces hebreas y se dejará inspirar por la voz de Dios, mientras que Ramsés, convertido en faraón a la muerte de su progenitor, iniciará un cruento acoso al que fuera su compañero de juegos infantiles y ahora transformado en líder del pueblo judío.


Exodus parece no arrancar nunca. Su ritmo es lento, lentísimo y, de vez en cuando (sólo de vez en cuando), esgrime mínimos esbozos del cine que demanda a gritos este tipo de productos. Y lo hace a cuentagotas. Eso sí, de forma muy espectacular y con un estupendo uso del 3D. En este aspecto, hay que destacar la fuerza de algunos asombrosos planos que se acercan, con una profundidad elegantísima, a esa especie de tsunami que significó la apertura del Mar Negro. Pero lo triste es que sólo se queda en eso y nunca va más allá. En momento alguno, logra acercarse a ese sentido de la aventura que demostraba Cecil B. DeMille, en 1956, con sus magistrales Diez Mandamientos.

Ridley Scott se queda encallado en un montaje encorsetado y en un sinfín de frases que pretenden ser antológicas y no son más que un puro desaguisado del que no sabe escapar, ni siquiera cuando tiene la oportunidad de animar un poco el cotarro con la aparición de las esperadas plagas bíblicas, las cuales las resuelve de forma anodina y en cuatro planos retocados informáticamente,

Y todo ello sin hablar de la pésima elección de un casting que canta como una almeja. Resulta dificilísimo creerse a un impostado Christian Bale en la piel de Moisés, mientras que Joel Edgerton, dando vida a Ramsés, queda de lo más soso y deslucido. Un imposible John Turturro y una vista y no vista Sigourney Weaver, acaban por completar su nada creíble cuadro artístico, del que sólo puede salvarse el trabajo del casi siempre efectivo (aunque aquí nada aprovechado) Ben Kingsley.


Mucho ruido y pocas nueces. Lo peor de todo es que, de aquí unos cuantos años, la película de marras pasará a engrosar ese cansino listado de títulos que engrosan la programación cinematográfica de la mayoría de cadenas televisivas durante Semana Santa y Navidad. Tutatis nos pille confesados.

4.12.14

A la magia de Allen ya se le ve el plumero

 
Mañana se estrena Magia a la Luz de la Luna, el nuevo film anual de Woody Allen, un cineasta empeñado en estrenar un título cada año contra viento y marea. Tras la deslumbrante Blue Jasmine, ahora le toca el turno a un film menor; un film menor que, si hubiera sido realizado por otro director menos prestigioso, más de uno se atrevería a afirmar que se trata de un peñazo de mucho cuidado. Y es que, por mucha comedia romántica y ligera que pretende ser, la cosa se queda en un montón de situaciones previsibles y en un sinfín de diálogos y frases de lo más postizo aunque pretendidamente ingeniosas.


La historia nos presenta a Stanley, un famoso mago británico que, a finales de los años 20, causa sensación sobre los escenarios de todo el mundo con un espectáculo en el que se mezcla la magia más clásica con el escapismo. Caracterizado de chino y bajo el exótico nombre artístico de Wei Ling Soo, el tal Stanley, en su tiempo libre y despojado de su disfraz oriental, se dedica a dejar al descubierto a teóricos médiums que utilizan sus engaños para embaucar a gente de la alta sociedad. Es así como, a petición de un viejo compañero de profesión, tras su gira por Alemania, viaja hasta la Costa Azul francesa para intentar desenmascarar a Sophie, una joven norteamericana que se supone intenta timar a una aristocrática familia inglesa afincada en el lugar, al tiempo que acepta la propuesta de matrimonio del joven heredero de la misma.


Su premisa argumental parece prometer un ingenuo divertimento, pero la cosa no pasa de tal premisa y, ya con la llegada de Stanley a tierras francesas, el invento se queda encallado en un bucle del que Allen muestra cierta dificultad para escapar; un bucle que se balancea entre el escepticismo filosófico y religioso del mago y los aparentes poderes de la vidente, hasta que de pronto y de forma nada sorprendente, da un pequeño giro de guión para entrar a saco en una más que cantada historia romanticona.

Narrada a medio camino entre el Shakespeare de El Sueño de una Noche de Verano y las comedias teatrales de Noël Coward y haciendo hincapié en un tema recurrente en su filmografía como el de la magia, Allen hace todo lo posible por llenar la cinta de referencias intelectuales de lo más forzado, citando, entre otros y en diversas ocasiones, nombres como los de Nietzsche, Dickens y Beethoven e incluso urdiendo un pedantillo (e innecesario) homenaje al cabaret berlinés a través de la figura de una fugaz Ute Lemper en plan Marlene Dietrich. La gafapastada que no falte, aunque su película no vaya más allá de la medianía.


Si no había suficiente con tanto despropósito, Colin Firth, en la piel del mago achinado, está de un histrión subido, mientras que su partenaire femenina, Emma Stone, desvela una sosería interpretativa que tumba de espaldas, mostrándose ambos incapaces de destilar la química necesaria para resultar mínimamente creíble la relación entre ellos.


Como Woody Allen siga teniendo fans tan acérrimas y almibaradas como la protagonista de la también recién estrenada Paris-Manhattan, capaces de aceptarles positivamente todo cuanto haga, el hombre seguirá haciendo películas sin parar, como si se tratara de una cadena de producción automática. Y después, con honrosas excepciones (como esa grandiosa Blue Jasmine), pasa lo que pasa: que aburre hasta a las musarañas.

3.12.14

The Mad Doctor

Después de haber dirigido la interesante Efectos Secundarios, Steven Soderbergh se levantó un buen día y espetó: “¡Dejo el mundo del cine!”. Dicho y hecho. Pilló todos sus bártulos, cambió de escenario y, en primer lugar, realizó para la HBO Behind the Candelabra, un espléndido telefilm que, a modo de biopic y contando con la colaboración de unos transformados Michael Douglas y Matt Damon, entraba a saco en la vida del controvertido Liberace. Después, para alegría de los telespectadores, se embarcó en la creación de una de las mejores series de la actualidad, The Knick, cuya primera temporada ha constado de 10 contundentes episodios dirigidos todos ellos por él.

The Knick narra las relaciones del personal del Knickerbocker, un hospìtal neoyorquino de principios del siglo XX, así como las innovaciones médicas y técnicas que tuvieron lugar en ese centro, prestándole una atención especial a la figura de John Tackery, un innovador cirujano que, basado en el personaje real de William Stewart Halsted, nos muestra a un médico conflictivo marcado por su fuerte carácter y su desmesurada afición a la cocaína vía intravenosa. Un espléndido Clive Owen ha sido el encargado de dar vida al doctor Tackery, el actor ideal para dotar de todos los matices posibles a un médico atrapado entre la pasión por su profesión y su desmedida cocainomanía.


La serie, del primer al último capítulo, es sórdida e impactante. No escatima en mostrar imágenes brutales en aquellas escenas en las que el quirófano se convierte en su principal protagonista, al tiempo que se alza como testigo de excepción de una época convulsa, haciendo un retrato excepcional de la miseria, racismo y diferencia de clases sociales que se vivía en la Nueva York de esos años.


Soderbergh, en su serie, no deja títere con cabeza, incidiendo en diversos temas a cual más interesante y perfectamente expuestos. Corrupción, mafias, prostitución, fumaderos de opio, infecciones letales, abortos clandestinos… Un poco de todo y tratado de forma profunda, creíble e incluso, por momentos, ciertamente espeluznante.


Anteayer terminé de ver el décimo y último episodio de la primera temporada. Un gozo de serie. Dura y sin demasiadas concesiones. Ahora, al igual que el doctor Tackery clama ansioso por una nueva dosis de cocaína, espero con impaciencia esa prometida segunda temporada que, por desgracia mía, aún está en fase de gestación. No sé cómo aliviaré mi mono.


No se la pierdan.

2.12.14

Fascinada por Woody Allen


Si en Buscando a Eric Ken Loach utilizaba la figura del futbolista Eric Cantona como psicoanalista fantasma de su protagonista, en la recién estrenada París-Manhattan, la realizadora Sophie Lellouche hace algo similar con su idolatrado Woody Allen, convirtiendole en el consejero espiritual y sentimental de una joven farmacéutica a la que, apasionada por su cine desde pequeña, no le funcionan demasiado bien los asuntos del corazón.

La propuesta, en principio, puede parecer simpática. A pesar de no resultar muy original, siempre es interesante orquestar un homenaje (aunque sea pequeñito, como éste) a uno de los cineastas que más han influido durante las últimas décadas a varias generaciones de directores. El entusiasmo que siente la protagonista por el cine y las opiniones de Allen se extrapolan mucho más allá del personaje de tan particular farmacéutica, pues en realidad, la que está en exceso pillada por la obra del autor de Annie Hall es, en realidad, Sophie Lellouche quien, aparte de ponerse tras la cámara, ha escrito el endeble guión del que se sustenta su trabajo.


Más que un homenaje, al que presta la voz e incluso su físico el propio Allen (todo un mercenario del Séptimo Arte durante los últimos años), la película es una copia forzada de las comedias románticas del realizador neoyorquino. Sus frases y pensamientos (sacados, a veces, textualmente de sus películas) inundan la proyección, así como un montón de situaciones (forzadas, la mayoría de ellas) que hacen recordar muchos de los pasajes de su cine, pero sin alma, totalmente desangeladas y sin mucha gracia.

Todo en París-Manhattan resulta grotescamente artificial; artificial y previsible, empezando por ese empecinamiento de convertir la ciudad de París en una especie de Manhattan afrancesado y terminando por la elección de los temas musicales (muy del cine del director de Match Point) elegidos para adornar los avatares sentimentales y familiares de la woodyallianesca Alice Taglioni, su bienintencionada actriz principal.


A pesar de su escasa duración (a duras penas su metraje sobrepasa la hora y cuarto), la cosa se me hizo eterna, tanto por la cursilería que destila toda la propuesta como por el poco creíble personaje al que da vida un esforzado Patrick Bruel, un experto en surrealistas sistemas de seguridad que pretende ganarse el corazón de la cargante fan de Woody Allen.

26.11.14

Odiar la cultura


Después del breve paréntesis que supuso su satisfactoria incursión en la comedia con La Parte de los Ángeles y su posterior film documental El Espíritu del ’45, Ken Loach regresa a su habitual cine político y social con Jimmy’s Hall, una historia que, basada en un caso verídico, relata los hechos que desencadenaron que el activista irlandés James Gralton se convirtiera, durante los años 30, en el primer y único deportado político del país.

Sin ser el mejor trabajo del cineasta británico, Jimmy’s Hall sigue jugando las bazas que han marcado el grueso de su filmografía. Su compromiso cinematográfico aún se sitúa al lado de la gente humilde, de las clases más bajas y explotadas las cuales, en esta ocasión, se ven contagiadas por el espíritu democrático del citado Gralton, un vecino de una pequeña zona rural irlandesa que, durante la Guerra de Independencia, tuvo que huir del país para refugiarse en los EE.UU. y quien, a su regreso, decidió abrir un viejo local de su propiedad para retomar las funciones que antaño tuvo como centro cívico y social: un lugar de ocio en el que se puede desde bailar hasta debatir de política y literatura.


Resulta curioso que, tratándose de un film ambientado hace más de 8 décadas, se puedan establecer un montón de escalofriantes paralelismos con la política actual, empezando por la injusticia de los deshaucios y continuando con ese afán enfermizo del fascismo por negar la cultura a toda costa (los de ahora, ya lo saben, al 21% de IVA) y que, en el film, queda totalmente representado en la figura del párroco de la localidad, un anciano sacerdote que rezuma una mala hostia imponente y que está rodeado de un sinfín de terratenientes que le muestran su apoyo total en la lucha contra las buenas intenciones de Gralton y sus seguidores.


A pesar de la dureza de ciertos pasajes y teniendo en cuenta que se trata de un trabajo de Loach, la cinta se muestra mucho más luminosa (en todos los aspectos) y optimista que en otras ocasiones y apuesta, ante todo, por darle una buena y merecida estacada a la religión como arma opresiva y represiva. Lástima, de todos modos, que a la película le cueste arrancar, aunque, cuando por fin lo hace (con los primeros bailes en el interior del local recuperado), la cosa empieza tener mucho más ritmo, al tiempo que encauza definitivamente la problemática que marcará toda su posterior trama.

No es un Ken Loach en plena forma pero, a pesar de ello, el hombre sigue demostrando maneras; muy buenas maneras.

25.11.14

Veo muertos


Nunca Es Demasiado Tarde (irrisorio título español del original Still Life) es un pequeño (pero contundente) film angloitaliano dirigido por el sobrino del renombrado Luchino Visconti, Uberto Pasolini, en el que se muestra el peculiar trabajo diario de John May, un humilde y solitario empleado de una funeraria cuya labor consiste en intentar encontrar a familiares o amigos de aquellos difuntos a los que nadie reclama, al tiempo que esgrime su personal obsesión por organizarles un funeral digno para su despedida.


Orquestada como una delicada joya minimalista (a la que contribuye, indiscutiblemente, la repetitiva música compuesta por Rachel Portman, esposa asimismo del director), lo mejor de la cinta recae en la estupenda y sobria interpretación de su actor principal, un inigualable Eddie Marsan quien, por fin y tras ejercer de secundario en multitud de largometrajes y series televisivas (genial su rol de Terry Donovan en la consistente Ray Donovan), ha conseguido un papel protagonista de principio a fin. Nadie como él podría haber encarnado a ese fiel, metódico y detallista empleado que hace de su trabajo todo un dogma de vida.

La propuesta, en general, resulta funesta y gris. Muy gris. La muerte se instala en el patio de butacas como gran tema central. El último adiós es su aplastante leitmotiv. Y, a la retaguardia, otros asuntos en nada desdeñables y capaces de incidir en la problemática sociopolítica actual, como la precariedad laboral o el despido.

Tanto amargor puede desarmar al espectador. Es por ello que, consciente de tanta enjundia argumental, Uberto Pasolini ha aliñado algunos de sus pasajes con un sibilino toque de humor sutil y, ante todo, negro, negrísimo, como esa venganza tan humana (y en forma de meada callejera) que se toma el amigo John May con su intratable superior.


Nunca Es Demasiado Tarde es un film que, a priori, resulta difícil de digerir. A pesar de su excesivo (e innecesario) plano final, es un producto al que hay que dejarlo reposar unas cuantas horas para poder apreciarlo en toda su extensión. Un film raro, diferente y de mal rollo. Y minimalista, muy minimalista. Eso es lo que hay.

21.11.14

Se acabó el pastel

Plasmó en pantalla las discusiones del convulso
matrimonio formado por Elizabeth Taylor y Richard Burton
(¿Quién Teme a Virginia Woolf?)

 Nos descubrió las largas y espléndidas
piernas de una madura Anne Bancroft
(El Graduado)

 
Con mucho humor negro, orquestó
una irregular sátira antimilitarista
(Trampa 22)

 Deleitó a las plateas de todo el mundo con los tentadores
escotes de una Ann.-Margret en todo su esplendor
(Conocimiento Carnal)

 
 Realizó un estrambótico homenaje a Stan Laurel
y Oliver Hardy a través de una decepcionante historia triangular
(Dos Pillos y Una Herencia)

Intentó adiestrar a unos delfines para
convertirlos en asesinos en potencia
(El Día del Delfín)

Con Meryl Streeo de sindicalista, urdió una
amarga crítica en contra de las centrales nucleares
(Silkwood)

 Desveló los secretos más íntimos del turbio
matrimonio formado por la escritora Nora Ephron y
Carl Bernstein, uno de los dos periodistas del Washington Post
que desveló el affair del Watergate
(Se Acabó el Pastel)

 Adaptó a Neil Simon para narrarnos las experiencias
de un joven cadete durante su instrucción militar
antes de partir hacia el frente
(Desventuras de un Recluta Inocente)

 Metió a Harrison Ford en un brete al situarle
entre dos mujeres de armas tomar
(Armas de Mujer)

 Analizó el mundo de Hollywood a través de la
novela autobiográfica de Carrie Fisher
(Postales Desde el Filo)

 Le metió a Harrison Ford un balazo
en plena cocorota
(A Propósito de Henry)

 Convirtió a Jack Nicholson (su actor fetiche) en todo un
hombre lobo que poco tenía que envidiar de Paul Naschy
(Lobo)

Tuvo la osadía de travestir
al mismísimo Gene Hackman
(Una Jaula de Grillos)

 Aleccionó a John Travolta para que se transmutara
en un émulo de las proezas adúlteras de Bill Clinton
(Primary Colors)

 Al igual que en su primeriza Virginia Woolf, volvió
a analizar las relaciones de pareja de forma un tanto vitriólica
(Closer)

 Y cerró su carrera cinematográfica
con una satírica fábula política protagonizada
por un congresista tejano aficionado al whisky
(La Guerra de Charlie Wilson)

 Su nombre era Mike Nichols.
Anteayer, a los 83 años de edad, se despidió de nosotros.
Descanse en paz.