27.1.15

Dándole la vuelta a los cuentos


A Rob Marshall le van los musicales, esto está claro. Desde la brillantez con la que afrontó su ópera prima, Chicago, hasta la irregularidad con la que llevó a la pantalla grande Nine, esa revisitación del 8 ½ de Fellini a golpe de la música de Andrea Guerra, se ha ido labrando un espacio en la industria. Ahora, amparado por la Disney, se atreve con Into the Woods, adaptación del musical clásico de Broadway con libreto musical y letrístico del gran Stephen Sondheim.

En Into the Woods se hace un repaso rítmico de unos cuantos iconos que, desde el universo de los cuentos infantiles, se han apoderado de nuestras mentes desde la más tierna infancia y que, en su mayor parte, han adquirido cierto relieve físico gracias a las cintas de animación de la casa Disney, la cual, por derecho casi propio, se ha convertido en madrina de la operación. Así, en pantalla, vemos desfilar a una bruja malvada, a una resabiada e insolente Caperucita Roja y a su pertinente Lobo Feroz, a la Cenicienta, al pequeño Jack (el de las habichuelas mágicas), a la propia Rapunzel y, entre otros personajes, a un par de príncipes guaperas; personajes, todos ellos, que acabarán convergiendo gracias a la tarea encomendada por la bruja a un panadero estéril y a su mujer con el fin de realizar un hechizo que les otorgue el hijo que tanto deseaban.


La cinta tiene un inicio magistral en donde se presenta a la mayoría de sus protagonistas; un prólogo brillante y que, en su perfecta coordinación, sabe pasar de un personaje a otro, en varias ocasiones, de manera envidiable y siempre bajo la envolvente y al mismo tiempo delicada partitura del maestro Sondheim. De todas formas, se trata de un inicio tan magnético que, en su desarrollo, Marshall no logra jamás alcanzar de nuevo la fuerza del mismo, a pesar de que, a lo largo de su desarrollo, consigue pasajes ciertamente atractivos que convierten al film en un producto muy agradable de visionar.


Into the Woods mezcla los cuentos clásicos y les da la vuelta, cambia las resoluciones presentes en el imaginario popular y apunta hacia derroteros distintos, siempre con un puntito de cinismo y cierto toque siniestro, aunque sin pasarse de la raya, que por algo está la Disney supervisando todo el cotarro y que, en el tramo final, con su habitual miedo a no salirse de madre, logra que la historia se precipite un tanto y apunte hacia un desenlace más blandengue y moralista de lo esperado.

Y allí, en medio de una cuidadísima escenografía, tan oscura como atractiva, se mueven, cantan y bailan con una profesionalidad absoluta un sorprendente grupo de actores que, encabezados por una genial Meryl Streep en la piel de una esperpéntica bruja y por una brillante Emily Blunt dando vida a la esposa del panadero (¡cada día me cae mejor esta mujer!), dan rienda suelta a sus distintos personajes; unos personajes a los que, por cierto y a partir de medio metraje, quedan un tanto desdibujados por culpa de un guión un pelín atropellado que, en su apremio, se olvida de la evolución personal de algunos de ellos.


Pese a sus latentes irregularidades (que de haberlas, haylas), resulta un trabajo simpático, musicalmente delicioso, tenebroso y, por momentos, encantador. Un film que debería ser familiar pero que, debido a su sombrío y burlón tratamiento, terminará por enganchar más al público adulto que a los pequeños de la casa.

26.1.15

Granjero último modelo


Me temía lo peor. Es por eso que iba dándole largas a mi cita con el Interstellar de Christopher Nolan, un director con unos inicios interesantísimos que, con el paso de los años, se ha ido labrando el título de director mainstream con ínfulas de autor de altos vuelos, tal y como demostró en la rocambolesca Origen, toda una pesadilla de película para quien esto escribe.

Ahora, con Interstellar, se nos quiere mostrar como el nuevo Kubrick, el hombre que es capaz de volver a narrar una nueva odisea espacial de metraje inacabable (casi tres horas de aburridísima y mantecosa proyección), llena de agujeros negros (como los que los protagonistas pretenden traspasar) y de una sensiblería ciertamente ruborizante.


La historia se inicia mostrando a la Tierra a punto de irse al carajo. La hambruna, junto con unos terribles tormentas de polvo, pueden llevarse a todos sus habitantes por delante. Es por eso que la mayoría de terrícolas han dejado su trabajo habitual para ejercer de granjeros, ya que el cultivo de la tierra es, en un principio, el único modo de evitar el caos total. Uno de esos agricultores es Cooper, un tipo que pasó de pilotar naves aéreas a transformarse en propietario de su granja, en compañía de su suegro y sus dos hijos y que, por arte del manipulador guión de Christopher Nolan y de su hermano Jonathan, será el hombre llamado a convertirse en el salvador del planeta cuando unos fenómenos paranormales sucedidos en la habitación de su pequeña Murph, hagan que se dirija con ésta hacia unas instalaciones secretas que la NASA posee en pleno desierto. Y dicho y hecho: allí, convencido por un sosias del profesor Bacterio (un Michael Caine ejerciendo, como en otras ocasiones, de actor fetiche del realizador), cambiará el uniforme de labrador por el de astronauta y se embarcará en una misión espacial en busca de un nuevo planeta capaz de asumir la vida humana.

A partir de este punto, Nolan se dispone a marear la perdiz a base de cuestiones metafísicas, en donde mezcla todo tipo de conceptos y entra a saco, de forma petulante, en la relatividad del tiempo, los efectos gravitatorios y un sinfín de cuestiones de lo más pedantillas y capaces de descolocar al más pintado. Por si no fuera suficiente con tal castigo, machaca al espectador sin ningún tipo de compasión con la cargante partitura musical de un Hans Zimmer de lo más amuermante, al tiempo que decide adornar su (en teoría) apabullante producción con la aparición de un sinfín de estrellas (de las cinematográficas, claro está) de esas que aseguran el taquillaje y que amparen el protagonismo del todoterreno de Matthew McConaughey: desde Anne Hathaway a Ellen Burstyn, pasando por Matt Damon, Jessica Chastain o Casey Affleck, entre otros.


El viaje espacial de Cooper no se queda corto. Agobia hasta a las musarañas y, por mucho artificio técnico y digital que invierta en el mismo, termina desembocando en uno de los finales más ridículos y blandengues que me he tirado en cara en mucho tiempo: truculento, lacrimógeno y ciertamente grotesco. Nolan, a mi gusto, se ha convertido en uno de los mayores farsantes del cine actual. Y lo peor de todo es que muchos (demasiados) aún le ríen sus gracias.

De haberla visto en su fecha de estreno, les aseguro que ahora constaría en la primera posición de mi particular lista de Lo Más Peor del 2014.

22.1.15

Barcelona huele a mierda


Ciutat Morta (Ciudad Muerta) es un escalofriante documental que, dirigido al alimón por Xavier Artigas y Xapo Ortega, destapa un caso de corrupción policial, judicial, política y urbanística en la Barcelona del año 2006 que los medios de comunicación y partidos políticos silenciaron parcialmente en su época. Tras desfilar por festivales cinematográficos de media España y conseguir la Biznaga de Plata al Mejor Documental en el último Festival de Málaga, fue ninguneado descaradamente en Catalunya, pudiéndose ver tan sólo en pases muy concretos organizados por ciertos grupos políticos, casales y centros culturales. Tras varias presiones encabezadas por la CUP (Candidatura d'Unitat Popular), el pasado sábado 17 de enero y en horario prime time, el Canal 33 de la Televisió de Catalunya emitió la polémica cinta, aunque con cinco minutos censurados por orden expresa de un Juzgado de Barcelona.

Ciutat Morta es periodismo de investigación de alto nivel. En ella se narra una rocambolesca y kafkiana historia que se inicia la noche del 4 de febrero de 2006, cuando la guardia urbana intenta desalojar un teatro ocupado de la calle Sant Pere Més Baix y que termina con un agente de policía en estado vegetativo debido al lanzamiento de una maceta desde lo alto del edificio y con la detención de tres jóvenes (de los que ellos denominan de “estética okupa”) que se manifestaban en la calle. Tras ser trasladados por el cuerpo policial al Hospital del Mar para ser examinados de las diversas heridas infringidas durante la contienda y en la comisaría de la guardia urbana, en el mismo centro hospitalario detuvieron a un par más de jóvenes, de estética igualmente “okupa”, que esperaban ser atendidos en urgencias debido a un accidente ciclista sufrido en otro punto de la ciudad: se trataba de Patricia Heras y de un compañero de ésta; una chica que nunca había pisado el teatro de Sant Pere Més Baix y que, al igual que su amigo, fueron detenidos arbitrariamente por su forma de vestir y acusados posteriormente de la agresión policial.


A partir de aquí se inicia un surrealista proceso en donde todo tuvo cabida: torturas en las dependencias de la guardia urbana y de los mossos d’esquadra, jueces capaces de prejuzgar por el aspecto de los detenidos, informes policiales falsificados (la maceta lanzada desde el edificio se convirtió por arte de birlibirloque en una piedra tirada desde la calle), injustas penas de prisión para unos chicos que poco o nada tuvieron que ver con el estado del policía en coma y, de propina, los tejemanejes de un Ayuntamiento que, en esa época encabezado por Joan Clos (posteriormente Ministro de Industria del gobierno Zapatero), velaba por los intereses del teatro “okupado”, del cual era propietario el Consistorio y con cuya problemática okupa (tolerada desde hacía mucho tiempo) intentaba ahuyentar a los vecinos del céntrico barrio con la intención de construir nuevas viviendas turísticas. Un montón de despropósitos que terminó con el injusto encarcelamiento de los detenidos y el suicidio de Patricia Heras, una muchacha que, sin comerlo ni beberlo y tan sólo por su indumentaria, cargó con la responsabilidad del policía malherido.


El documental de Artigas y Ortega nos descubre una Barcelona de mierda, a años Luz de esa Barcelona a todo color y de ensueño que nos intentan vender a toda costa. Una ciudad oscura, muerta, como muy bien reza su título; una Barcelona en donde la podredumbre policial, política, judicial e incluso de los medios de comunicación que, con su silencio, ayudaron a  mantener oculto, durante nueve largos años, el sufrimiento de un grupo de jóvenes estigmatizados y maltratados por un delito que nunca cometieron. Alguien debería asumir y pagar por las torturas cometidas, por la muerte de Patricia y por los años de prisión que cumplieron indebidamente.


Al menos, tras esa emisión (censurada, no lo olvidemos) a la que se vio forzada la Televisió de Catalunya el otro día, el caso ha saltado, por fin, a la palestra de todos los medios de comunicación catalanes. Tarde, pero al menos, el esfuerzo de estos dos directores por retratar tanta impunidad y falsedad, ha servido para que los barceloneses tomemos conciencia de estar habitando una ciudad con cierto tufillo a estado policial.


Un consejo: píllen Ciutat Morta en donde puedan y denle una oportunidad. En la Red esa que tanto molesta  a los de arriba se encuentra, en su versión íntegra y subtitulada en castellano. Alucinarán pepinillos.

Yo, de entrada y por si las moscas, me cago en Clos y en todos sus sucesores.

20.1.15

Relegados


Hasta el momento, La Isla Mínima se me había ido escapando. No por falta de ganas, sino por falta de ocasiones y de tiempo. Ganas le tenía desde que se estrenó a finales del pasado mes de setiembre. Y el último fin de semana, por fin, pude disfrutar de su visionado: uno de los mejores thrillers que ha parido el cine español en años. Duro, contundente y sobrio; una cinta policiaca modélica, capaz de reflejar al mismo tiempo una época de cambios en una España embadurnada que aún se resistía a deshacerse de la ponzoña que había quedado tras cuarenta años de franquismo.

Ambientada en setiembre de 1980, narra la llegada de dos policías de Madrid a un pequeño pueblo de las marismas del Guadalquivir para investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. El par de detectives son Juan y Pedro: el primero, un agente de métodos aún bastante anclados en el pasado; el segundo, de mirada más abierta y democrática. Ambos, no muy bien vistos por altos organismo policiales por cuestiones de distinta índole, han sido relegados provisionalmente al lugar para cumplir una especie de castigo nunca declarado como tal. Pero todo cambiará para la pareja de investigadores cuando aparezcan los cuerpos mutilados y sin vida de las jóvenes desaparecidas. Algo muy purulento se cuece en la zona desde muchos años antes de estos dos asesinatos.


Tras haber hecho sus pinitos en el género con el irregular Grupo 7, su film anterior, Alberto Rodríguez, su director, vuelve a contar con el apoyo de su guionista habitual, Rafael Cobos, para urdir una trama inteligente que, sin fisuras y con varios y sorprendentes giros argumentales, ayuden a montar el rompecabezas propuesto desde los primeros minutos de proyección. No hay nada que se le escape en su devenir: la historia policiaca es rotunda, la relación entre los dos agentes y su forma de llevar a cabo la investigación resulta de lo más creíble y su final, sin un solo cabo suelto, es para helar la sangre al más pintado.

Juan y Pedro o, lo que es lo mismo, Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo, la pareja ideal para dar vida a esos policías que, llegados de la gran ciudad, han de enfrentarse a una sociedad arcaica en medio de un país convulso que intenta dejar atrás una herencia de mierda. Cada uno de ellos, de manera magistral, haciendo completamente suyos a sus respectivos personajes: el primero, Gutiérrez, cargando con el más espeso de los dos y, el segundo, Arévalo, dotando de personalidad propia a un detective hastiado de pertenecer a una institución que sólo le depara malos rollos. Y es que ambos, cada uno en su estilo, están insuperables.


Y allí, dominando todo el cotarro, el tercer y gran protagonista de La Isla Mínima, esas marismas del Guadalquivir que han sido retratadas desde el aire como un paraje de ensueño por la cámara de Álex Catalán para, desde a ras de suelo, transformarlas en una planicie sofocante, fangosa e incluso desesperante. Una mutación paisajística que acompaña a la perfección el avance argumental de la cinta.

Un serial killer a la española y de gran envergadura que poco tiene que envidiar a True Detective, esa prestigiosa serie norteamericana protagonizada por Woody Harrelson y Matthew McConaughey, con la que se le ha comparado en muchas ocasiones.


De haberla visto en su fecha de estreno, a buen seguro la hubiera situado entre los primeros títulos de Lo Más Mejor del 2014. Es sencillamente impresionante.

16.1.15

No sin mi tanque


La verdad es que, tras haber visto Sabotage, el anterior film de David Ayer (un thriller de serie B que destaca por la amoralidad de sus protagonistas), tenía muchas ganas de enfrentarme a Corazones de Acero (estúpido título español del original Fury), una cinta bélica ambientada durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial en territorio alemán, cuando los integrantes de la tripulación de un tanque norteamericano (el Fury del título), tras varias misiones en el frente, deberán plantar cara a una encrucijada un tanto suicida.


Producida, entre otros, por un Brad Pitt con unas tremendas ganas de volver a repetir (muy a su manera) un personaje similar al que dio vida en Malditos Bastardos (el de asesino compulsivo de nazis), la cinta tiene un inicio impactante y al mismo tiempo reflexivo pues, a la mínima ocasión, su realizador y guionista, aprovecha para soltarle al espectador algún que otro dilema moral, tal y como sucede en la escena en la que el sargento Don “Wardaddy” Collier obliga al acobardado soldado novato del que tiene que hacerse cargo, a asesinar de un balazo por la espalda a un prisionero alemán.

Hasta aquí todo parece funcionar a la perfección. Describe con todo lujo de detalles (y suciedad incluida) el carácter de sus cinco personajes principales (los tripulantes del Fury), resaltando sus neuras y fobias y otorgándole a cada uno de ellos alguna que otra pincelada muy concreta; detalles que tienen su momento de máximo esplendor durante la mejor escena de la película: una tensa comida en el interior de la vivienda de dos mujeres germanas que acaban de vivir la entrada de las tropas americanas en su pueblo.


El gran problema de Corazones de Acero es que, de golpe y porrazo, olvida todo tipo de cuestiones éticas y, contra todo pronóstico, se convierte en un film soberanamente aburrido. Le cuesta pasar a la acción y, cuando lo hace (como en su alargadísima contienda final), aburre aún más. La cinta solo hace que incidir, una y otra vez, en el empecinamiento del sargento Collier (un Brad Pitt cansino que no para de hacer muecas con su mandíbula) por demostrar su enfermiza pasión por su Fury del alma, en el rollo religioso del personaje de un desaborido Shia LaBeouf, en lo brutote y corto de entendederas que es el militar al que da vida un desmadrado Jon Bernthal o en el cargante toque hispano de un Michael Peña que da la impresión de que tan sólo pasaba por ahí.


El que en realidad se lleva el gato al agua (interpretativamente hablando) es el joven Logan Lerman metiéndose, de forma sobria, en la piel de Norman Ellison, un soldado novicio, asustado ante los horrores de la batalla y cuya única experiencia anterior era la de mecanógrafo; un personaje que en un principio está muy bien definido pero del que, por culpa de un guión no muy bien desarrollado, no se entiende su precipitado y radical cambio de actitud ante la guerra.


Un film fallido, en exceso reiterativo y que no aporta nada nuevo a un género plagado de grandes títulos. Bueno, sí: que las ráfagas y disparos de ametralladoras, tanques y todo tipo de armamento ya eran como en Star Wars: en plan láser de colorines.

13.1.15

Broadway como terapia

Tras la decepcionante Biutiful, el mejicano Alejandro González Iñárritu se tomó un descanso de cuatro años para gestar su último film, Birdman, una brillante pirueta técnica y artística, rodada en un único y sorprendente plano secuencia (aunque evidentemente manipulado) y protagonizada por un Michael Keaton en estado de gracia que, a su vez, es secundado por gente como Edward Norton, Emma Stone, Naomi Watts o Zach Galifianakis, entre otros; un plantel de actores a cual mejor, todos ellos geniales en sus respectivas interpretaciones.


A medio camino entre la comedia y el melodrama, Iñárritu nos muestra los devaneos psíquicos de Riggan Thomson, un actor que vivió tiempos mejores después de convertirse en un rostro popular por haber interpretado en la pantalla grande a Birdman, un superhéroe que le convirtió en una estrella a la que, con el paso de los años, se le fue apagando su esplendor; un tanto como le sucedió al propio Michael Keaton tras dar vida a Batman a finales de los 80 bajo las órdenes de Tim Burton; un Riggan que, dispuesto a recuperar su autoestima y resurgir de las cenizas, prepara se debut teatral en los escenarios de Broadway a través de una obra protagonizada y dirigida por él.


Birdman se centra en los días anteriores al estreno de la obra elegida por Riggan, cuando entre bambolinas, sobre el escenario o en los camerinos, se ensaya y discute sobre la obra y sobre las neuras de cada uno de los distintos y complejos personajes que forman parte de la compacta trama urdida por Iñárritu en compañía de tres guionistas más.

Y allí, en medio de esa especie de pesadilla infernal de tintes fantásticos, humorísticos y cáusticamente dramáticos, un Michael Keaton que tendría que ser galardonado con todos los premios habidos y por haber, siempre al límite del histrionismo pero sin caer en él en ningún momento y haciendo de su particular Riggan Thomson un personaje único que lucha contra sus fantasmas personales y con la tensa relación que mantiene con su segundo de a bordo, un espléndido Edward Norton que carga con el papel de un actor vanidoso dispuesto a adaptar la obra teatral a sus gustos particulares; un duelo interpretativo que es seguido muy de cerca por una insuperable Emma Stone, la hija de Keaton en el film, capaz de expresar sólo con la mirada que surge de sus ojazos todo tipo de sentimientos.


Una joya en estado puro para empezar con buen pie la nueva temporada cinematográfica. Dirigida de manera magistral y con un pulso narrativo, escénico e interpretativo de gran envergadura, se trata de una propuesta que, a buen seguro no dejará indiferente a nadie, sea para bien o para mal. En mi caso, ya me la anotó en mi agenda para formar parte de lo más mejor del 2015. Una gozada que arremete contra los designios de la fama y su inevitable devenir pasajero. Y, de propina, una sonora bofetada al mundo de la crítica teatral y cinematográfica.

12.1.15

La Fontana de Trevi pierde a su sirena más preciada

Ayer, a los 83 años de edad, moría Anita Ekberg, todo un icono sexual del cine de Fellini y, por extensión, del Séptimo Arte.


Hasta Jerry Lewis se volvió loco por Anita.

Descanse en paz.

9.1.15

El hombre que tuvo el tiempo en sus manos

El próximo domingo hubiera cumplido 85 años, pero el pasado miércoles nos dejaba Rod Taylor, el soñador rebelde que se bajó del árbol de la vida cuando tuvo el tiempo en sus manos.


Un domingo en Nueva York se hospedó en el Hotel Internacional, pero se vio obligado a abandonar su habitación cuando una intriga en el gran hotel le subió al último tren a Katanga y, en compañía de unas mujeres violentas que huían despavoridas de un grupo de pájaros, se refugió cerca de un nido de águilas bajo el pseudónimo de Chuka.

Pero como nadie huye eternamente, con furia en la sangre decidió, en 36 horas, aliarse con una sirena sospechosa y un liquidador para dar con el paradero de unos ladrones de trenes que siempre se sentaban en mesas separadas de un espeso local de Hong Kong frecuentado por malditos bastardos.

Lástima que hoy los héroes están muertos.

Descanse en paz.

31.12.14

Recopilando (y II): Lo más peor del 2014

A punto de acabar el 2014, hoy toca cebarse con lo peor de la cosecha cinematográfica de este año. Voy directo al grano. Y, como siempre, de lo peor a lo más peor: del 10 al 1.

10.- Cuento de Invierno. Nada que ver con el cuentista de Rohmer. Éste, dirigido por el debutante Akiva Goldsman, va por otros derroteros y en él, partiendo de una historia de amor imposible entre un ladronzuelo y una enferma de tuberculosis a principios del siglo XX, se atreve a mezclar, sin orden ni concierto (ni vergüenza alguna) todo tipo de temas: milagros, viajes en el tiempo, caballos voladores, mafias peligrosas y, de propina, un mucho de melaza capaz de indigestar al más pintado. Un casting excepcional, entre los que se encuentran nombres (a cual más desaprovechado) como los de Colin Farrell, Russell Crowe, William Hurt, Will Smith, Jennifer Connelly y hasta Eve Marie Saint, al servicio de una paparruchada sentimentaloide, cursi y patéticamente desmesurada.


9.- El Desconocido del Lago. Los bosques que rodean un lago francés, son el enclave ideal para que varios homosexuales acudan al lugar a practicar nudismo y cruising en medio del follaje. Este es el único escenario geográfico que enmarca la historia planteada por el director y guionista Alain Guiraudie. Un film de temática gay totalmente explícito en sus numerosas escenas de sexo. Planteada, en sus primeros minutos, como un melodrama indie, la cinta da un giro hacia el thriller cuando uno de los jóvenes y asiduos visitantes del lago se convierte en testigo de excepción de un asesinato para, posteriormente, sentirse atraído por el criminal, un tipo que, físicamente y a grandes rasgos, es una especie de mezcla entre Freddie Mercury y Tom Selleck. Hasta aquí, más o menos el invento funciona, pero su posterior desarrollo opta por derroteros ridículos y nada factibles, empezando por la grotesca figura de un inspector de policía y continuando con una resolución final que no es más que una especie de tomadura de pelo filmada desde la más absoluta oscuridad. Eso sí, para darle algo de falso empaque cultureta a la cosa, se monta una facilona metáfora entre la imagen de los invasores siluros del lago y el asesino de marras. Un trabajo aburridísimo, narrado sin ningún tipo de nervio que, por su afán provocador, termina convirtiéndose en una especie de porno con coartada gafapastosa en donde penes erectos y grandes corridas se convierten en dueños y señores de la pantalla.


8.- Cuando Todo Está Perdido. O la nada más absoluta para narrar la historia de supervivencia de un hombre solitario en su intento por salir indemne de un naufragio en pleno Océano Índico tras haber chocado su velero contra un contenedor abandonado en alta mar. Un único protagonista: Robert Redford. Y no busquen más que eso. No hay nada más. Redford por un tubo, dos líneas de diálogo en favor de la voz en off del actor y un sinfín de cromas acuáticas a cual peor parida. Mientras, para darle un poco de vidilla al invento, el muchachote de 77 tacos, demuestra su buena forma física yendo de una punta a otra del velero, subiéndose a la vela, achicando agua por todas partes y remojándose a base de bien. Y vuelta a empezar, una y otra vez los mismos movimientos repetidos hasta la saciedad. Después, para cambiar un poco de escenario, reemplaza el velero de marras por un bote salvavidas y, ¡cómo no!, para no perder la costumbre, de nuevo vuelve a achicar el agua y a darse unos cuantos chapuzones accidentales en el mar. Un Redford pasado por agua que se debió quedar con un palmo de narices cuando descubrió que los de la Academia se habían pasado su soñada nominación al Oscar por el mismísimo culo. Minimalismo empapado y poco más.
 

7.- Sólo los Amantes Sobreviven. Jim Jarmusch se apunta al fantástico y nos castiga con una historia de amor entre dos vampiros ancestrales que sufrirán de lo lindo cuando el suministro de sangre en óptimas condiciones empiece a escasear. Para ello, el director sigue su patrón habitual: varios personajes a cual más colgado, una historia plomiza y un sinfín de citas culturales de las que emocionan (por cojones) a los gafapastas de turno. Aburrida y lenta, la cinta está impregnada de ese estilo pedantillo y desastrado habitual en su cine. La cosa no avanza hacia ningún lado y cuando parece que el cotarro pueda animarse un poco (como sucede con la entrada en escena del cargante personaje interpretado por Mia Wasikowska) vuelve a encallarse de nuevo. Un festival de diálogos, a cual más irritante, entre un desaborido Tom Hiddleston y una insufrible Tilda Swinton, conforman la mayor parte de un film incapaz de despertar en mí el más mínimo interés, a pesar de los perseverantes intentos de realizador por resultar  (falsamente) transgresor. Y es que a este hombre no lo aguanto.


6.- Dos Madres Perfectas. Un festival de tópicos rosados y eróticos planificados, con bastante mala fortuna y poquísima inspiración, por la realizadora luxemburguesa Anne Fontaine para narrar el fin de la amistad entre dos mujeres maduras, Roz y Lil, cuando la primera se enamora del hijo de Lil y ésta del hijo de Roz.  Enclaves paradisíacos, playas vírgenes, féminas no tan vírgenes y adolescentes en plena efervescencia sexual. Más trivial, imposible. Un folletín que acumula temas gastados hasta la saciedad y que, en realidad, no es más que un descarado vehículo para el lucimiento de sus dos protagonistas femeninas: Robin Wright y Naomi Watts. En cuanto a ellas no hay nada que objetar, pues tanto la una como la otra están perfectas en los oxidados roles que les han caído en desgracia. El problema estriba en lo manido de la historia planteada y en lo ridículos (e incluso cursis) que resultan la mayoría de sus pasajes. Un despropósito descomunal construido a golpe de postalitas turísticas, escenas de sexo light y efebos guapos y enamoradizos. Caca de la vaca.


5.- La Hermandad. Si Paul Naschy levantara la cabeza y viera esta película, descubriría que su cine, por muy casposo y basurero que fuera, le daba mil vueltas a la propuesta de Julio Martí Zahonero; una propuesta desfasada, fuera de tiempo y que no ofrece absolutamente nada nuevo al cine de terror. Una historia típica, tópica y risible (¡qué majas quedan tantas telarañas para dar empaque al producto!) en donde una escritora de novelas terroríficas, tras un accidente automovilístico bajo la lluvia (sobre todo que no falten los truenos y relámpagos en este género), despierta en un solitario y alejado monasterio de monjes benedictinos, sin teléfonos de ningún tipo e incomunicados totalmente de la sociedad. Más de lo de siempre, sin gancho alguno y con un casting imposible que logra que una recuperada (aunque envejecida) Lydia Bosch destaque muy por encima de la troupe de monjes estrafalarios que la rodean. Un sinfín de incongruencias históricas, niños fantasmas, miradas recelosas y sonidos nocturnos aterradores, al servicio de un misterio ancestral de lo más ridículo. Una animalada sin pies ni cabeza.


4.- Upstream Color. Estrenada con un retraso considerable (más le hubiera valido quedarse escondidita), nos llegó la nueva empanada mental de Shane Carruth, el mismo que hace una década realizara la insufrible Primer. En esta ocasión, de forma pretenciosa y a través de un montaje desordenado, nos tortura con la relación que se establece entre un hombre y una mujer que, tras haber sido secuestrados por la misma persona, han sido sometidos a una extraña experiencia en la que se mezclan la ingestión de gusanos y cierta concomitancia con cerdos y un tipo de flores muy concretas. Una colgada sin sentido alguno, que abusa de una molesta narrativa asincopada y de esas ansías estúpidas por asemejarse al Terrence Malik de la aborrecible El Árbol de la Vida. Ideal para gafapastas con ganas de organizar puzzles rocambolescos que le den sentido a un film descompaginado y pedante. Para gente que le encante aburrirse en el cine para después decir que han visto una obra maestra sin parangón.


3.- Open Windows. Nacho Vigalondo se monta un particular ejercicio de estilo (yo prefiero llamarlo una tomadura de pelo), defragmenta la pantalla en varias pantallas y urde una historia de intriga con un poco de La Ventana Indiscreta y un mucho de informática, para narrar la pesadilla que vivirá un joven que ha sido agraciado con una cena en compañía de su actriz predilecta. La cosa, en principio, promete. Técnicamente impecable (eso no se puede negar), aunque excesivamente abigarrada de imagen (la cámara no se mueve del monitor del portátil del protagonista) y capaz de mantener el suspense durante un buen rato, la trama empieza a escapársele de las manos hacia medio metraje, cuando el hombre entra a saco en terrenos conspiranoicos y se desmadra con un sinfín de escenas incongruentes, a cual menos creíble, hasta cubrirse de gloria con un final tan pasado de rosca (estética y argumentalmente hablando) que demuestra claramente que al amigo Vigalondo se le ha ido la olla obsesionándose en ser el más original y sorpresivo de todos los directores habidos y por haber. Por cierto, ¿alguien me podría contar qué coño significa tan delirante final y de qué modo engañan al pobre Frodo con proyectos tan imposibles como éste?


2.- Orígenes. La ganadora de la última edición del festival de Sitges no es más que un panfleto místico de altos vuelos en el que un joven biólogo molecular, no creyente y estudioso de la evolución del ojo humano, acabará abrazando el credo de la religión budista tras haber vivido un trágico suceso. Mike Cahill, que ya nos castigó en su día con Otra Tierra, vuelve a mostrar su cara más pretenciosa y falsamente espiritual con una historia que mezcla elementos del fantástico, melodramáticos y metafísicos. Toda una pedantería, revestida de un formalismo estético de lo más artificial que tumba de espaldas al más pintado. Muy pulidito y pulcro todo ello, pero con una alta dosis de religiosidad ciertamente alarmante y un toquecillo lacrimógeno de lo más previsible. Uno de esos films que ideológicamente logran molestarme sobremanera.


1.- Noé. Aronofsky se nos pone bíblico, pero muy a su manera. O sea: inconexo, absurdo y yéndose por los cerros de Úbeda. Mezcla los pasajes bíblicos sobre Noé y su Arca con la ciencia ficción y cuenta, para ello, con la colaboración de un impostado Russell Crowe que, más que interpretar, recita sin ningún tipo de entonación las interminables líneas de su bipolar personaje. Adorna su cinta con unos ángeles caídos a modo y manera de Transformes de piedra y carboncillo y le da un pequeño papel a Anthony Hopkins para que sobreactúe a su aire en la piel de viejo Matusalén. Y cómo no sabe muy bien qué contar (ya que de guión hay más bien poco), carga sus imágenes de artificiosos efectos digitales que no conducen a ninguna parte; al contrario, sustentan la bobada aranofskiana y esa filosofía de baratijo sobre el Bien y el Mal que no se cansa de verter a lo largo y ancho de su cansino metraje. Su forzada adaptación quiere ser transgesora y provocativa, pero es tal la simpleza que abriga que no escandaliza a nadie. Mucho presupuesto y poca chicha al servicio de uno de los despropósitos más descomunales (o, mejor dicho, bíblicos) de la temporada.


¡Feliz 2015!

30.12.14

Recopilando (I): Lo más mejor del 2014

Estamos a finales del 2014 y, al igual que cada año por estas fechas, toca hacer repaso y citar las que han sido, a mí gusto, las diez mejores películas de los últimos doce meses. Como siempre ocurre, algunos títulos han quedado fuera de la lista. Así, por ejemplo, excelentes films como los entretenidos los Guardianes de la Galaxia o Al Filo del Mañana o los más consistentes Locke o Diplomacia, se han quedado en la reserva.

Sin hacerles esperar más, aquí tienen las 10 mejores del año. Y, como siempre, de menor a mayor relevancia. O sea, del 10 al 1.

10.- Snowpiercer. Ambientada en un futuro no muy lejano, en donde el calentamiento global está a punto de mandar la Tierra a la mierda, el coreano Bong Joon-ho nos ofrece toda una lección de ritmo y entretenimiento cinematográfico, con crítica social incluida, que transcurre, toda ella, en el interior de un tren que, dotado de un motor en continuo movimiento, da vueltas en círculo a un planeta que ha quedado totalmente helado por culpa de un fatal experimento científico. Una especie de Arca de Noé portadora de los pocos supervivientes de la hecatombe: delante, la clase alta; detrás, la clase baja. La revuelta no se hará esperar y, durante la acelerada travesía, toda clase de aventuras y contrastes sociales. Lástima que sin embargo cojee un poco en su “filosófico” y "existencialista" episodio final, justo con la aparición del gran Ed Harris; episodio que sin embargo compensa sobremanera el rol de una inmensa Tilda Swinton dando vida a una Ministra rastrera, ridícula y cobarde que, por su comportamiento, puede recordarnos a alguna que otra fémina entresacada de la fauna de gobernantes de nuestra España actual. Es una lástima que se estrenara en poquísimos cines y con una desgana total.


9.- Enemy. Film canadiense basado en la novela El Hombre Duplicado de Saramago que, dirigido por Denis Villeneuve (el mismo de las más comercial Prisioneros), entra de lleno en una historia marcada por el surrealismo total y en la que un excelente Jake Gyllenhaal desarrolla dos papeles distintos: por el un lado el de Adam, un profesor depresivo y, por el otro, el de Anthony, un actor al que acaba de descubrir en un DVD y que resulta ser un tipo totalmente calcado a él. Un duplicado al que intentará acercarse, provocando con ello un desorden físico, mental y emotivo de lo más descarnado. Film extraño, enigmático, dotado de un plano final totalmente desconcertante (aunque sorpresivo), perfectamente dirigido y capaz de crear una atmósfera opresiva tan enfermiza como turbadora. A todo ello añádanle las interesantes aportaciones interpretativas de sus dos partenaires femeninas, Mélanie Laurent y Sarah Gadon, así como la corta pero densa colaboración de Isabella Rossellini. El mal rollo psicológico está asegurado.


8.- El Lobo de Wall Street. Martin Scorsese se acerca desde la comedia, de forma satírica y un tanto alocada, a la vida de Jordan Belfort, un cínico de muchísimo cuidado que labró su propia fortuna a costa de los demás. Ambientada a finales de los años 80, más que una disección del funcionamiento económico de la sociedad actual, se centra, ante todo, en los desmanes y excesos del tal Belfort, un joven sin escrúpulos que dilapidaba gran parte de sus millonarias ganancias (aparte de en grandes mansiones, yates y helicópteros) en pagarse sus múltiples vicios. De forma inteligente, deja a un lado los temas económicos para demostrar la poco fiabilidad de sus protagonistas, apuntando directamente hacia la irreflexiva existencia de un tipo que iba de sobrado y muy colocado por la vida. Dotada de un sentido del humor de lo más incivil y por momentos hasta delirante, es capaz de conseguir con éste pasajes de absoluta (aunque cáustica) jocosidad en donde Leonardo DiCaprio demuestra sus grandes dotes cómicas amparado, en todo momento, por su segundo de abordo, un Jonah Hill que se sale dando vida a su socio y amigo Donnie, otro tarambana como él. Tres horas de metraje que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Se acerca al feroz mundo del capitalismo actual con la escopeta cargada y sin aburrir al personal con detalles técnicos, dejándonos bien claro que los crápulas que se están metiendo nuestro dinero en sus bolsillos son unos hijos de puta de muchísimo cuidado. Scorsese en estado de gracia.


7.- Her. Spike Jonze es un cineasta peculiar, extraño, capaz de no dejar indiferente con sus films a nadie, sea para bien o para mal. Con Her ha llegado a su madurez como director, al tiempo que nos ofrece su obra más redonda. Emotiva, divertida, crítica, ácida... un poco de todo para envolver una atípica historia de amor: la que nace entre un escritor solitario empleado en una empresa dedicada a redactar cartas para terceros, y un nuevo sistema operativo, recién salido al mercado, que ofrece una relación virtual totalmente distinta, aunque igual o más profunda, a la de las relaciones sentimentales entre seres de carne y hueso. Una de las historias de amor más profundas y diferentes que nos haya brindado el cine que se apoya, ante todo, en el excelente trabajo interpretativo de un Joaquim Phoenix fuera de serie y en la cálida y sugestiva voz de Scarlett Johansson. Una cinta vibrante, conmovedora, atemporal, de calmada puesta en escena y diestra a la hora de anunciar lo que nos puede deparar la actual dependencia de la informática y las redes sociales. Un cuento de tintes fantásticos, tan emotivo como sugerente.


6.- La Venus de las Pieles. Basándose en una pieza teatral de David Ives, a su vez inspirada  en la novela de Leopold von Sacher-Masoch (el llamado padre del masoquismo), Roman Polanski entra a saco en un tema que le va como anillo al dedo. Sin esconder su origen escénico, aún lo potencia más haciendo que toda la acción, protagonizada por dos únicos personajes, transcurra en el interior de un viejo teatro parisino mientras en el exterior diluvia sobre las calles de la París. Dentro, el autor y director de una obra teatral a punto de estreno mantendrá un tenso duelo con una mujer que se ha presentado a última hora al casting para conseguir interpretar a la protagonista femenina. Un divertimento perverso de alta envergadura,  en donde el personaje masculino, sucumbe sin darse cuenta ante el juego que le propone una fémina camaleónica que, de aparentar ser una mujer chabacana, pasa a adoptar varios roles totalmente distintos, a cual más embriagador y sorprendente: de sometida a dominante, de seductora a seducida, de inocente a astuta... Un inquietante juego de espejos que salta de la comedia al melodrama, y viceversa, en numerosas ocasiones y en donde el realizador deja fluir todos los fantasmas y obsesiones que se han ido acumulando a lo largo de su filmografía, empezando por ese toque claustrofóbico tan habitual en su cine. De propina dos magistrales interpretaciones: las de Mathieu Amalric (un actor de características físicas muy parecidas a las del propio Polanski) y Emmanuelle Seigner (compañera sentimental del director en la vida real). Un extraño pasatiempo del que sólo podrá salir un único ganador. Imprescindible disfrutarla en su versión original subtitulada.


5.- Viva la Libertà. El siciliano Roberto Andó dirige con mano firme esta ingeniosa fábula política en la que un magnífico Toni Servillo se desdobla en dos personajes distintos: por un lado el del deprimido secretario general del partido de la oposición italiana y, por el otro, el de su hermano gemelo, un filósofo bipolar recién salido de un centro psiquiátrico. Tras la inesperada desaparición del primero, su asistente personal recurrirá a los servicios del segundo para sustituirle ante la opinión pública. Crítica y emotiva al mismo tiempo, la cinta se sustenta, ante todo, en el gran trabajo interpretativo de su duplicado protagonista masculino y, al mismo tiempo, en esa mirada sardónica y perversa con la que se enfrenta a nuestra cuestionada tropa de representantes políticos. De propina, ese toque de maldad fraternal que siempre está presente en los films con gemelos a bordo.


4.- Crónicas Diplomáticas. Bertrand Tavernier se aleja de sus melodramas habituales para acercase al mundo de la comedia con la adaptación a la pantalla grande del cómic Quai d’Orsay de Abel Lanzac y Christophe Bain, en donde, a golpe de pequeñas y trepidantes historias cortas, queda cien por cien reflejado el histriónico carácter de un Ministro de Asuntos Exteriores de derechas al que interpreta, a las mil maravillas, Tierry Lhermitte, un actor que parece disfrutar de lo lindo sacándole las miserias al aire a su personaje y a la impresentable troupe de políticos que le rodean. Brillantes diálogos, situaciones perfectamente planteadas y un ritmo imparable, no dejan descanso posible a un espectador que, a los pocos minutos de proyección, se verá atrapado en el vertiginoso laberinto provocado por un sinfín de pasillos en los cuales un montón de títeres incalificables dictarán leyes y comunicados de toda índole. Raudas aperturas de puertas y una enfermiza pasión por los rotuladores “fosforitos” formarán parte de una de las más ingeniosas terapias de la temporada para no volver a simpatizar jamás con la raza política.


3.- Begin Again. John Carney, años después de Once, repite con el musical aunque, en esta ocasión desde un punto de vista totalmente distinto al del film que le encumbró. De hecho, Begin Again es un musical encubierto, totalmente optimista y alegre, pese al estado de ánimo de su protagonista principal, un ejecutivo de una empresa discográfica al que acaban de poner de patitas en la calle y al que interpreta un sobresaliente y sorprendente Mark Ruffalo. La inteligente elección de Keira Knightley para dar vida a una joven promesa de la música y la brillantez emotiva con la que utiliza su excelente banda sonora para convertirla en el verdadero motor de muchos de sus pasajes, hacen de esta una obra fresca, original y por momentos enternecedora. Si no la vieron en su día, acérquense a ella lo más rápido posible y déjense envolver por la sensibilidad de un director que conjuga a la perfección música y sentimientos. Toda una gigantesca lección de buen gusto.


2.- Nebraska. . Fiel a su particular estilo, en donde se barajan con efectividad el melodrama con un muy peculiar sentido del humor, Alexander Payne acerca al espectador al emotivo viaje que inician por carreteras de Norteamérica para llegar hasta Lincoln (Nebraska), un padre con claros síntomas de senilidad y uno de sus dos hijos. El objetivo: cobrar un supuesto premio publicitario. Arropando a su historia con una efectiva fotografía en blanco y negro, Nebraska significa un tierno retrato del modo de vida de la fauna de personajes que conforman la América profunda y a los que, a pesar de su pretendida dureza, la cámara se aproxima a través de un encomiable aunque socarrón toque de comedia. Una road movie distinta que, cocinada a fuego lento, saca a la luz las miserias de una familia que nunca vivió tiempos mejores. Odio, amor, insolencias y también, por qué no, un mucho de ternura. A pesar de ser un film de y sobre perdedores, Payne ha sabido darle la vuelta al género y, de forma inteligente, lo ha convertido en un agradable y conmovedor canto a la vida, en donde esa malsana pasión por la lágrima fácil brilla por su ausencia. Una pequeña joya con la propina de un gigantesco Bruce Dern quien, a sus 78 años de edad, se metió en la piel del testarudo y borrachín Woody para componer a uno de los mejores personajes de su carrera.


1.- Relatos Salvajes. Ingenioso film argentino que, producido por El Deseo (la productora de los Almodóvar Bros.) y dirigido por Damián Szifron, nos muestra, a través de seis episodios sin desperdicio alguno, lo que puede llegar a hacer la persona humana cuando se la somete a una situación límite, cuando se desborda la gota que colma el vaso. Dramática, trágica, cínica y, ante todo, negrísimamente divertida. Grandes actores como Grandinetti, Sbaraglia o Darín, entre otros, dan soporte a una cinta milimétricamente calculada: desde su magistral prólogo a bordo de un avión hasta el capítulo final centrado en la celebración de una boda. No hay ningún episodio que destaque por encima de los otros, todos tienen el mismo nivel de calidad y demuestran que, en tan sólo cuatro trazos de guión, Szifron tiene más que suficiente para definir a la perfección a todos sus personajes y las circunstancias que les llevarán a su irremediable explosión de furia. Dos horas que pasan como un suspiro y que, a mi gusto, tan sólo tiene una pega: me quedé con ganas de dos o tres episodios más. Redonda. Si aún no la han visto, recupérenla lo antes posible. No se la pierdan. Lo mejor de lo mejor. Lo más mejor.



Y en el próximo post, lo más peor del 2014.