3.2.16

YoGa 2016

El colectivo Catacric (Catalans Critics), reunido en la noche del 2 de febrero del 2016, en un céntrico lugar de Barcelona, ha decidido otorgar los 27º anti-premios YoGa a lo peorcito de la producción cinematográfica del año 2015.

En sus deliberaciones, el jurado, anónimo y mutante, como cada año, desde hace 27 inviernos, ha tenido en cuenta las apreciaciones, comentarios y sugerencias de los lectores de esta web y de las diferentes redes sociales, como Facebook y Twitter.

Cine extranjero

- Peor película: YoGa Requisitos para ser una masoca normal a Cincuenta Sombras de Grey, de Sam Taylor-Johnson.

- Peor director: YoGa la Matrix que os parió a los hermanos Andy y Lana Wachowski, por El Destino de Jupiter.


- Peor actor: YoGa Johnny be good a Depp por Mortdecai.

- Peores actrices (ex aequo): YoGa Dos chicas sin Garbo, a Greta Gerwig, por Mistress America, y Melissa McCarthy, por Espías.


Cine español

- Peor película: YoGa Los tediosos ocho a Ocho Apellidos Catalanes, de Emilio Martínez-Lázaro.


- Peores directores (ex aequo): YoGa Rodaron por debajo de sus posibilidades, a Alejandro Amenábar, por Regresión, y a Julio Medem, por Ma Ma.

- Peor actor: YoGa ¿Qué me canta doctor?, a Asier Etxeandia, por Ma Ma (y no le robamos La Novia)


- Peor actriz: YoGa ¡Recupera el norte!, a Carmen Machi, por Mi Gran Noche, Ocho Apellidos Catalanes y Perdiendo el Norte.

Especiales

- YoGa Extraños en un tren al desorientado reparto de Incidencias.

- YoGa La reina de la banana, a Rossy de Palma, por su presentación de los premios Gaudí.


- YoGa 20 minutos y volvemos, a la exhibidora Cinesa, por el exceso de publicidad (y el euro de más en los grandes estrenos)

- YoGa Uno de los nuestros, a Pablo Motos, por convertir a los astros en insectos en El Hormiguero.

24.1.16

Cuando Mr. Orange y Mr. Blonde visitaron la Mercería de Minnie


Los Odiosos Ocho, la última cinta de Quentin Tarantino, lleva ya una semana y pico campando a sus anchas por las salas de nuestro país y triunfando, muy en concreto, en los Phenomena de Barcelona, el único lugar que se proyecta en 70 mm., el formato original con el que el realizador de Malditos Bastardos decidió rodar su nuevo western, el segundo de su brillante carrera tras su excelente Django Desencadenado.


De nuevo, al igual que en su anterior trabajo, aunque de forma más específica, vuelve a dejar claras las influencias del llamado spaguetti western en su particular universo cinematográfico y, a partir de ellas, desarrollar una tensa historia narrada en dos únicos escenarios: una primera parte que transcurre a bordo de una diligencia en medio de un paisaje nevado y, una segunda, que sucede íntegramente en el interior de la Mercería de Minnie, una especie de refugio que ejerce de local para repostar los caballos y descansar los pasajeros de las diligencias, lugar éste en el que convergerán una serie de personajes con intereses muy perversos y en donde la mentira y el engaño se convertirán en el gran protagonista.


Casi tres horas de proyección que pasan en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de estar narrada de forma pausada y dejando paso a la violencia sólo de forma breve y esporádica, pero siempre mediante dentelladas vibrantes y explosivas. De hecho, en Los Odiosos Ocho, el puto amo son los diálogos; un sinfín de diálogos inteligentes, sin desperdicio alguno y, por supuesto, no exentos de ese sentido del humor tan característico y gamberro que ha marcado, desde sus inicios, el estilo del director, justo cuando desde Reservoir Dogs dejaba boquiabiertas a varias generaciones de cinéfilos. Un Reservoir Dogs al que, por cierto, vuelve a homenajear a través de la Mercería de Minnie, un espacio cerrado que en muchos aspectos recuerda al garaje de su ópera prima, aparte de contar con la presencia de dos de sus protagonistas, Tim Roth y Michael Madsen o, lo que es lo mismo, Mr. Orange y Mr. Blonde.


Una fuerte tormenta de nieve, un par de cazarrecompensas, una forajida en espera de ser ahorcada (o bien de ser liberada por su vieja banda), un sheriff cuestionado y un buen número de personajes misteriosos y siempre al límite, demarcan un producto perfectamente diseñado y con el que de nuevo, al igual que hizo con su magistral Pulp Fiction, Tarantino vuelve a jugar con el tiempo y el montaje. Humor, tensión, un mucho de racismo latente (genial la caracterización de Bruce Dern como un viejo militar unionista) y un toque de brutalidad al más puro estilo “aquí te pillo, aquí te mato”.


Aunque muchos se empeñen en decir que se trata de un film diferente, sigue siendo Tarantino al cien por cien. Y, además, con el añadido, muy de agradecer, de la más que compacta banda sonora del maestro Ennio Morricone y de las presencias de unos soberbios Samuel L. Jackson, Kurt Russell (los dos cazarrecompensas de marras) y Jennifer Jason Leigh, esa asesina, medio desfigurada e impresentable, que no dejar de recibir tortazos por parte de su captor. Toda una gozada a disfrutar. 

5.1.16

Recopilando (y II): Lo más peor del 2015

A punto de que los Reyes Magos entres en nuestros domicilios, tal y como les prometí hace unos días, hoy toca dar un repaso a lo que, para mí, ha sido lo peor de la cosecha cinematográfica del 2015. Sin más dilación y de menor a mayor desastre (o sea, del 10 al 1), aquí tienen la lista:

10.- Irrational Man. Woody Allen sigue empeñado en eso de ofrecernos una película por año, sea cual sea su inspiración. De hecho, su último film no es más que un aburrido y cansino (por conocido) compendio de todas las neuras que el autor ha ido volcando en su extensa filmografía. Y, para ello, se centra en un profesor de filosofía totalmente quemado y cansado de la vida quien, durante un verano en una Universidad de una pequeña ciudad a la que va a dar clase, y tras sintonizar emotivamente con una de las estudiantes, tomará una desequilibrada decisión que le dará sentido a su existencia. Más cercano en intenciones a Delitos y Faltas y Match Point que a otros de sus celebrados títulos, Allen no ofrece nada nuevo ni sorprendente al espectador, entrando otra vez en un juego en donde, a medio camino entre el melodrama y el thriller (sin apenas recurrir a su habitual sentido del humor), el azar se convertirá, por enésima vez, en su gran protagonista. Suerte de la moderación con la que Joaquin Phoenix (cosa rara en él) y Emma Stone afrontan sus respectivos personajes y que, en parte, ayudan a digerir mejor la insolvente propuesta.


9.- The Interview. A pesar de llegar precedida de una campaña en donde se remarcaba el malestar diplomático norcoreano ante la producción, la cinta, dirigida mano a mano por Evan Goldberg y Seth Rogen, no es más que una idiotez más de esas que protagonizan, de vez en cuando, el propio Seth Rogen en compañía de James Franco y que, en esta ocasión, dan vida a un par de periodistas televisivos que deciden viajar hasta Corea del Norte para entrevistar al líder de ese país en su programa, ocasión de oro que aprovecha la CIA para convertirlos en un par de asesinos profesionales y acabar la vida del dictador. O sea, humor descerebrado y de lo más barato al servicio de una especie de sátira política sobre el régimen totalitario de Kim Jong-un y del personaje en sí mismo y en donde, a duras penas, se puede salvar un solo gag. Los Chiripitifláuticos hubieran tenido mucha más gracia. Y es que, ¿a estas alturas se puede esperar algo bueno de la pareja Rogen-Franco?


8.- El Becario. Tras la cámara Nancy Meyers (la de ¿En Qué Piensan las Mujeres? y The Holiday) y, dando la cara, ese cargante Robert De Niro en plan comediante insufrible y la Anne Hathaway en su faceta más rosada y edulcorada. Un cóctel envenenado en donde el buenismo campa a sus aires de manera bastante ofensiva. Ella, la Hathaway, es una insoportable directora de una exitosa tienda de ropa on-line a la que le reclaman ponga a otra persona en la dirección de la empresa; él, el De Niro, un viudo jubilado que entra a trabajar como becario para convertirse en el asistente personal de ella. Más previsible, imposible. Los tópicos se asoman en pantalla a cada uno de los minutos de su extenso metraje. ¿Eran necesarias dos largas horas para no contar absolutamente nada nuevo?


7.- Marte. Ridley Scott hace tiempo que está encallado. Y Marte, su nuevo film, es una buena muestra de ello. Largo, aburrido, falso y absolutamente vacío. La excusa, la misión de rescate que se organiza para salvar a un astronauta que, tras haber sido dado por muerto por sus compañeros de forma errónea, se queda solo y abandonado una base espacial de Marte. Una carrera contrarreloj tan absurda como poco probable, a pesar del empeño del realizador en hacernos creer que todo lo expuesto está científicamente probado. Un prólogo pésimamente narrado y confuso, da paso a una soporífera primera hora en donde Matt Damon hace lo que puede (y más) para salvar su personaje. El resto del metraje, bastante más acelerado, resulta de lo más increíble que he visto en años. Bien podría haberse titulado Salvar al Astronauta Ryan.


6.- Operación U.N.C.L.E. Revisión cinematográfica de la mítica serie El Agente deC.I.P.O.L. que, dirigida por un poco inspirado Guy Ritchie, se carga de un plumazo el referente televisivo ya que, para empezar, se reinventa a sus dos personajes principales, Napoleón Solo e Illya Kuryakin, el primero como agente de la CIA y el segundo del KGB, al tiempo que los sitúa en el Berlín dividido en plena Guerra Fría de los años 60. O sea, nada que ver con el original de televisión; por no haber, no hay ni una mínima referencia al excelente tema musical que compuso Lalo Schifrin en su día. En su desmesura visual habitual, Ritchie olvida que su principal cometido es entretener, gastando todas sus energías en el envoltorio y en la ambientación de una época, mientras que las escenas de acción, siempre sincopadas (para no perder la costumbre), están metidas a cuentagotas. El contenido, en cambio, resulta de lo más vacío y estúpido que uno se puede tirar en cara, igual que sus patéticos chistes. Y para colmo, Napoleón Solo es idéntico a Toni Cantó. Caca de la vaca.


5.- El Niño 44. Tras la trepidante y entretenida El Invitado, Daniel Espinosa se sumerge en un abigarrado, truculento y ridículo thriller ambientado en la Rusia estalinista, lugar en el que un agente de la policía soviética, venido a menos por ser considerada su esposa una traidora al sistema, investiga la posibilidad de la existencia de un asesino en serie de niños. Mal escrita, peor dirigida y caóticamente interpretada. A Tom Hardy se le ve totalmente perdido a través de ese impostado acento ruso que suelta, mientras que Noomi Rapace sigue constatando que eso de la interpretación no acaba de ser lo suyo. Farragosamente larga, intenta abarcar demasiados temas sin centrarse nunca en ninguno de ellos, conteniendo incluso algún que otro pasaje que, siendo teóricamente tenso, lo único que consigue es provocar la carcajada del espectador. Penoso.


4.- Caza al Asesino. Un Sean Penn totalmente sobreactuado y un Javier Bardem igualmente pasado de rosca, son los principales y penosos ganchos de uno de los thrillers más rocambolescos y grotescos del año; cinta que tiene su escena cumbre y final en la mismísima plaza de toros Monumental de Barcelona, en plena corrida taurina, a pesar de que en Catalunya, desde hace bastantes años, se prohibió la celebración de la llamada Fiesta Nacional. Un despropósito descomunal, incapaz de brillar ni por sus actores ni por su confusa (aunque en el fondo muy simple, simplísima) historia, en la que un francotirador, años después de un trabajo en el Congo, se convierte en el blanco de un escuadrón con orden de capturarle y ejecutarle. Otra caca de la vaca más.


3.- Cincuenta Sombras de Grey. La traslación cinematográfica del millonario best seller de la escritora E. L. James, no es más que todo un catálogo gráfico de sadomaso light para marujonas. Por mucho morbo que quiera desprender a través de sus imágenes y siguiendo la misma estética videoclipera de la ochentera Nueve Semanas y Media a la hora de afrontar sus escenas (en teoría) más subidas de tono, se queda en un banal ejercicio de cine erótico totalmente descafeinado que tan sólo contentará a ese público adolescente (ante todo femenino) que busca historias romanticonas con dos protagonistas guapetones y, al mismo tiempo, a un montón de amas de casa, de las de misa cada domingo, que creerán haber sobrepasado los límites de sus creencias religiosas al aceptar, en silencio,  un montón de escenas de sadomasoquismo de lo más inocente y santurrón. 125 minutos imposibles de digerir, incapaces de poner a tono al espectador y que, en más de una ocasión, aparte de rozar el mayor de los ridículos, cae en los mismos tópicos de las más cursis historias de amor con las que el cine nos ha castigado. Y se teme una próxima secuela. ¡Mandan cojones!


2.- Autómata. Dirigido por Gabe Ibáñez (el mismo de Hierro), nos narra una historia (pésimamente explicada) enmarcada en un desolado mundo futuro en donde un agente de seguros investiga el asesinato de un robot. Dotado de un look visual inicial robado con todo el descaro de Blade Runner, la cosa cambia de aspecto (para ir a peor) cuando sus protagonistas salen de la ciudad para adentrarse en un desierto colapsado por altos niveles de radiación. Antonio Banderas ofrece una de sus peores interpretaciones en años (comparable a la de su insoportable papel en Los Mercenarios 3), mientras que gente como Melanie Griffith (¡por Tutatis, lo que fue de la Dolores!), Dylan McDermott o Robert Forster pululan entre autómatas como verdaderos zombis. Y lo peor es que el amigo Ibáñez, en su oferta, denota pretensiones de autor. Un despropósito al que no hay por donde pillarlo. Otra caca de la vaca más a sumar al carro.


1.- Puro Vicio. Todo un ejercicio de petulancia supina de Paul Thomas Anderson basado en la novela de Thomas Pynchon . Cine negro y con detective protagonista, está ambientado  en Los Ángeles de finales de los años 60, época en la que la psicodelia campaba a sus anchas y que se convierte en la excusa ideal para que el realizador californiano desbarre a tutiplén durante sus interminables dos horas y media de metraje. No negaré que sus primeros 45 minutos tienen su gancho, pero pronto da un vuelco y la historia propuesta se convierte en un desbarajuste inexplicable, lleno de incongruencias narrativas y espesas lagunas difíciles de superar, en las que se amontonan un sinfín de personajes a cual más alucinado y en nada perfilado. Una vez despertada la arrogancia autoral de director, la cosa empieza a caer en picado y, de ser una obra satírica en clave de cine negro, pasa a convertirse en un calco desmadrado de Miedo y Asco en Las Vegas. A todo ese despropósito, hay que sumarle el trabajo de Joaquin Phoenix, quien sigue fiel en su empeño de dar rienda suelta a su histrionismo nato y en su perseverancia en convertirse en el rebelde del Hollywood actual. Ya sería hora de que el amigo Anderson se fuera a tomar el pelo a otra parte. Más que Puro Vicio, Pura Caca… caca de la vaca.

31.12.15

Recopilando (I): Lo más mejor del 2015

31 de diciembre. En una fecha tan señalada, y siguiendo con la tradición, hoy toca remarcar las que han sido, a mí gusto, las diez mejores películas del 2015, el año que nos deja. Al igual que siempre, algunos títulos brillantes han quedado fuera de la lista, tal y como ha sucedido con el sorprendente thriller Frío en Julio, la bofetada soltada por Cronenberg al mundo y a la hipocresía del Hollywood actual a través de Maps to the Stars o las consistentes El Puente de los Espías o la rusa y cáustica Leviatán.

Sin más dilación, aquí tienen las 10 mejores del año. Y, como siempre, de menor a mayor relevancia. O sea, del 10 al 1.

10.- Mad Max: Furia en la Carretera. 30 años después de su última entrega, el australiano George Miller vuelve a recuperar a Mad Max, su héroe postapocalíptico, con la misma energía con la que firmó el segundo título de la serie, ese trepidante Mad Max: El Guerrero de la Carretera. Cambia a un envejecido Mel Gibson por Tom Hardy, aunque le regala el mejor papel de la entretenida e imparable cinta a Charlize Theron, una heroína con un brazo amputado que, atendiendo por Imperator Furiosa, es capaz de ensombrecer y dejar en un segundo plano al mismísimo Mad Max. Filmada a la vieja usanza y conservando aún los mismos y entrañables tics ochenteros de la vieja trilogía, este es uno de los títulos con más "trempera" vistos en el 2015. Pura adrenalina.


9.- Del Revés, o mejor dicho, “desde dentro hacia afuera”, tal y como reza su título original, Inside Out, es un envidiable título de animación que, cocinado a medias entre la Pixar y la Disney, se sumerge en el interior del cerebro de una niña para mostrar, de forma ingeniosa, cómo funcionan y gestionan los distintos tipos de emociones y sentimientos dentro de la cabecita de los más pequeños de la casa. Divertida y emotiva, sólo peca de un pequeño problema: es una cinta que, a pesar de estar pensada para el público infantil, atrapará muchísimo más, por su complejidad, al público adulto. Imprescindible.


8.- KIngsman: Servicio Secreto. Un acelerado, ingenioso y entretenido guiño al mundo de 007 y similares a través de una comedia que rebosa humor por todos sus poros y en donde un veterano espía británico aborda la educación de un joven y novato agente recién fichado. Gamberra y políticamente incorrecta, potencia a un divertidísimo Colin Firth a niveles de comediante aún desconocidos en su carrera, al tiempo que le regala la mejor y más violenta escena de la función, la de una masacre en una iglesia capaz de no dejar títere con cabeza. Atención a sus últimos y desmadrados minutos: todo un homenaje la locura final del Casino Royale de los años sesenta, en nada encubierto y mostrándose capaz de superar al original en muchísimo detalles. Canela en rama.


7.- Nightcrawler.  Un thriller sencillamente espeluznante que, centrándose en la figura de un hijoputa integral, se adentra en los rincones más oscuros y perversos del periodismo sensacionalista. Una fábula negra ambientada entre cameramans freelances que viven del filmar accidentes de todo tipo para vender después sus imágenes al mejor postor. Un Jake Gyllenhaal espléndido y repulsivo a partes iguales, se convierte en el alma mater de un film sólido, capaz de ir directo al grano y de dejar en pelotas el negocio sucio de ciertas televisiones, al tiempo que hace un magistral dibujo de un ser altamente desagradable, sin escamotear en detalles ni en gruesas gotas de humor negro. Sobria, visceral y, por momentos, aterradora.


6.- Sicario. El canadiense Denis Villeneuve no deja de sorprender al espectador con propuestas ciertamente contundentes. Ahora, partiendo de un thriller sobre el narcotráfico que podría haber repetido el esquema típico y tópico de este tipo de productos, le da la vuelta a la historia y deja enmudecidas a las plateas debido a su tremenda originalidad y, sobre todo, por la mala leche que destila toda su trama. Filmada con cierta (aunque muy estudiada) parsimonia e insertando, en su narración, brotes de inusitada y rotunda violencia. La frontera entre México y Estados Unidos como gran protagonista de una crítica visceral al sistema norteamericano, en donde la CIA y ciertos estamentos gubernamentales quedan perfectamente retratados y en pelota picada. Y, de propina, en sus respectivos papeles, Benicio del Toro y una sobria Emily Blunt, están que se salen. Para repetirla y descubrir, en sus tripas, nuevos y sorprendentes detalles.


5.- Hipócrates. A pesar de las apariencias, no es una película más sobre hospitales; Hipócrates habla de la precariedad laboral que sufren los trabajadores de la Sanidad Pública y de los recortes presupuestarios en el sector, así como de los absurdos protocolos médicos a seguir que se muestran incapaces de respetar la voluntad de los pacientes en cuanto a últimas voluntades se refiere o los errores médicos derivados de una mala gestión hospitalaria. Una crítica contundente firmada por el francés Thomas Lilti quien, con su segunda película, orquesta un trabajo inteligente y tan honesto consigo mismo que, aparte de la loanza implícita al esfuerzo del colectivo de trabajadores de la Sanidad por realizar sus tareas bajo mínimos, no esconde, por ejemplo, que, en ocasiones, el cuerpo médico, excepto honradísimas excepciones, se deja llevar más por los intereses propios y de la Administración (tapando incluso sus oscuros trapicheos) que por el bienestar de los enfermos ingresados. Un producto necesario, valiente y, en parte, aterrador que vela por salvaguardar una Sanidad Pública que, en la actualidad, está hecha una puta mierda.


4.- La Conspiración del Silencio. Una dura crítica a la sociedad alemana que, ambientada 15 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y a través de la figura de un joven fiscal, muestra cómo importantes instituciones germanas y algunos miembros del gobierno están involucrados en una conspiración cuyo fin es encubrir los horribles crímenes cometidos por los nazis durante la contienda; una conspiración de la que también era cómplice la misma sociedad civil. De corte clásico, revelador y sorprendente en muchísimos aspectos, se acerca a la verdad de la historia desde un prisma absolutamente clarificador. A pesar de tratarse de una producción alemana, está dirigida con total templanza por el italiano Giulio Ricciarelli. Atención a la fabulosa y modélica interpretación de Alexander Fehling, el inexperto letrado que se da de bruces con la realidad de un país capaz de silenciar una realidad asfixiante.


3.- La Profesora de Historia. Basada en un caso verídico ocurrido en la actualidad en un Instituto francés, nos muestra la lucha de una profesora de historia que, ante la dificultad de avanzar con los alumnos de una clase problemática y multirracial, propondrá a éstos la posibilidad de formar parte de un concurso a escala nacional para hacer un trabajo en común que cuente lo que significó ser adolescente en un campo de concentración nazi. Emotiva y tierna a partes iguales, da una vuelta de tuerca al género sobre escuelas conflictivas al tiempo que afronta el genocidio nazi desde una perspectiva tan didáctica como conmovedora y en la que destaca, por su fuerza interpretativa, Ariane Ascaride, la actriz que da vida a una maestra capaz de colocar a títulos míticos como Rebelión en las Aulas y similares a años luz de esta propuesta.


2.- Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia). Una brillante pirueta técnica y artística, rodada por el mejicano Alejandro González Iñárritu en un único y sorprendente plano secuencia (aunque evidentemente manipulado) y protagonizada por un Michael Keaton en estado de gracia. A medio camino entre la comedia y el melodrama, nos muestra los devaneos psíquicos de un actor que vivió tiempos mejores dando vida en la gran pantalla a un superhéroe y que, en la actualidad, prepara su debut teatral en los escenarios de Broadway a través de una obra protagonizada y dirigida por él. Una joya en estado puro tras la que se esconde una especie de pesadilla infernal, con tintes fantásticos, humorísticos y cáusticamente trágicos. Una gozada que arremete contra los designios de la fama y su inevitable devenir pasajero. Y, de propina, una sonora bofetada al mundo de la crítica teatral y cinematográfica. Sencillamente soberbia.


1.- Un Día Perfecto. Alejado de la dirección durante 5 años, Fernando León de Aranoa vuelve a la carga con un film ambientado durante el ocaso del conflicto de Los Balcanes, tiempo durante el que un reducido grupo de cooperantes vivirá una auténtica pesadilla ante la incomprensión de los Cascos Azules por un problema de sanidad pública. El realizador madrileño se aproxima a un tema duro al que sabe maquillar con un muy particular sentido del humor negro. Lleno de situaciones tan esperpénticas como magnéticas y adornada con un sinfín de brillantísimos (e ingeniosos) diálogos, transcurre un film ágil y capaz de atrapar al espectador en su trama desde su primera e impactante escena. Buena parte de su magnetismo radica en el personaje de un sobresaliente Benicio del Toro en una de las mejores interpretaciones de su extensa filmografía, mostrándose capaz de dotar de una profunda entidad a “Mambrú”, el cooperante al que da vida. Una buena lección de cómo hacer que una historia que podría haber resultado de lo más deprimente y angustiosa, derive hacia un producto entretenido y divertido, aparte de contener un final tan sorprendente como esperanzador.


Y, durante los primeros días del año que está a punto de nacer, lo más peor del 2015.

Feliz Año Nuevo.

29.11.15

Diplomacia


Desde que realizara la discursiva aunque interesante Lincoln, Steven Spielberg llevaba tres años apartado de la dirección. El próximo viernes, 4 de diciembre, aterrizará otra vez en las pantallas de nuestro país con su nuevo trabajo: El Puente de los Espías, un film ambientado en 1960, en plena Guerra Fría, justo cuando se acababa de construir el Muro de Berlín que separaba la Alemania Occidental de la Oriental y en el que se recrea un episodio verídico en el que se mezclaron dos espías, uno ruso y otro norteamericano, un joven estudiante detenido por los comunistas y un abogado de Brooklyn especializado en temas económicos que se vio reconvertido, de la noche a la mañana, en un diplomático de altos vuelos.


El espía del Kremlin, Rudolf Abel, fue atrapado en Brooklyn en 1957, mientras que el americano, un piloto aéreo que atendía por Francis Gary Power, vio como era derribado su avión cuando sobrevolaba territorio soviético para, posteriormente, ser igualmente detenido. Justo aquí es cuando entró en escena James B. Donovan, el letrado de Brooklyn que, en su día, defendió y evitó la pena de muerte a Rudolf Abel y que, debido a sus habilidades, fue convencido y enviado al convulso Berlín de la época para actuar como mediador en un posible intercambio de espías; intercambio que el abogado, a pesar de la oposición de las altas esferas políticas, extendió a la liberación de un estudiante yanqui por ser arrestado al otro lado del Muro de Berlín.


Steven Spielberg, para narrarnos esta sugestiva historia en la que se mezclan, a partes iguales, el espionaje y la diplomacia, ha contado con la colaboración, en su milimetrado guión, de un trío excepcional: Joel y Ethan Coen y, de propina, Matt Charman, este último autor del libreto de la muy compacta Suite Francesa. Un guión sobrio que, pese a la complejidad de la historia que nos cuenta, resulta perfectamente comprensible en todos sus aspectos. Y todo ello gracias a un sinfín de brillantes diálogos y de situaciones altamente magnéticas, como sucede, por ejemplo, con una de las mejores secuencias de la cinta: la que hace referencia al tenso intercambio de espías en un puente berlinés.

Siempre fiel a los clásicos de toda la vida, Steven Spielberg le ha dado un toque a lo Frank Capra a su producto a través del personaje del abogado, un hombre honrado, bonachón e íntegro tras el que se esconde un inmenso y controladísimo Tom Hanks. Sólo él, con sus características físicas e interpretativas, podía dotar de total entidad a un abogado que, en muchos aspectos, recuerda al inexperto senador al que dio vida James Stewart en la magistral Caballero sin Espada del citado Capra.


No busquen en El Puente de los Espías una película deespionaje al uso, con bombas, tiros y persecuciones a todo trapo. El Puente de los Espías es un trabajo reposado, con muchos diálogos y un sinfín de negociaciones políticas, pero siempre con ese estimulante puntito de humor que rodea al sorprendido y cansado personaje de Hanks. En definitiva, para que me entiendan y debido a su estilo narrativo, su nuevo film se sitúa a las antípodas de uno de los mejores thrillers de su filmografía, Munich, aunque acabe resultando igual de efectivo.


Spielberg es un gran contador de historias, un fabulador nato que sabe entretener al espectador por encima de todo. Su cine engancha, es seductor y sabe envolver a la perfección sus productos. Pero a veces, demasiado a menudo, en la larga lista de títulos del llamado Rey Midas de Hollywood, sus finales patinan por culpa de la melaza con los que los riega. Y El Puente de los Espías no escapa a ese gran problema del cineasta, en donde vuelca toda su energía en fabricar azúcar de más y colarnos moralina por un tubo en sus últimos dos minutos de proyección; dos minutitos de nada, pero tan innecesarios que, por su insistencia, podrían haber derrumbado la consistencia de los 130 minutos anteriores. Pero Spielberg es así y hay que perdonarle porque, a pesar de sus finales melosos, nos ha dado y sigue dando CINE en letras mayúsculas y negrita.

19.11.15

Érase una vez un gángster maquillado...


Black Mass: Estrictamente Criminal resulta, de entrada, una propuesta interesante ya que, en ella y conducidos de la mano de Scott Cooper, su director, nos da a conocer la vida y milagros de uno de los criminales que más dio que hablar en los EE.UU. durante las décadas de los 70 y los 80: James “Whitey” Bulger, un gángster irlandés que firmó una alianza con el agente del FBI John Connolly, un viejo conocido de la infancia, para ayudar a la agencia a desbancar a la mafia italiana del sur de Boston; un acuerdo que, de hecho, le dio alas para convertirse en el hombre más temido del país.


La cinta, claramente influida en ciertos detalles por la televisiva Los Soprano o por títulos como Uno de los Nuestros de Scorsese, escarba en las miserias de las mafias más barriobajeras, al tiempo que denuncia la corruptela de ciertos agentes desde el seno del mismísimo FBI, contando, para ello, con una ambientación deslumbrante y con el protagonismo de un maquilladísimo (y casi desconocido) Johnny Depp que, con su controladísima interpretación, logra hacernos olvidar aquel histrionismo cansino con el que afrontó los personajes del pirata Jack Sparrow (para la saga de Piratas del Caribe) o del indio Tonto en la divertida El Llanero Solitario; en definitiva, un más que sorprendente Depp que, en el fondo, se convierte en lo más interesante del correcto trabajo de Scott Cooper. Un Johnny Depp perfectamente arropado por gente de la talla de Joel Edgerton (el agente Connolly), Kevin Bacon (uno de los mandos del FBI), Benedict Cumberbacht (el senador hermano de Bulger) o de un turbulento Peter Sarsgaard, en la piel de un descontrolado y sanguinario sicario.


Bien documentada y narrada de forma clara y directa, Black Mass no se anda por las ramas a la hora de afrontar la violencia de los actos del amiguito Bulger: una violencia seca, de las de aquí te pillo y aquí te mato y que incluso, en algunos momentos, se atreve a filmarla fuera de plano, sin resultar por ello menos perturbadora que si la hubiera rodado de frente y con todo tipo de detalles, tal y como sucede con el asesinato de la hijastra de uno de sus colegas.


Un film interesante que, de todos modos y por su tópica puesta en escena (sin muchas sorpresas en su lineal narrativa) no llegará nunca a estar al nivel de los títulos que usa como referentes pero que, sin embargo, logra descubrir al espectador la siniestra cara de un gángster como James “Whitey” Bulger y el entramado de corrupción y rudeza que le rodeaban. Un granito de arena más para añadir a la interminable lista de sugestivas películas sobre el mundo de la mafia que, a buen seguro, será recompensada con una posible candidatura a mejor actor para Johnny Depp, aparte, claro está, de otra para su espléndido maquillaje.

10.11.15

El caballero oscuro


Con Spectre, llega la nueva aventura de James Bond, una de las sagas cinematográficas más esperadas y multimillonarias de la historia del cine y que, al mismo tiempo, significa la cuarta (y quizás última) protagonizada por un Daniel Craig que ya, en su interpretación, deja entrever visos de estar cansado de dar vida al personaje. Una cinta que, de forma clara, cierra un ciclo de cuatro títulos que se inició con Casino Royale.


Dirige, de nuevo (y también por última vez), Sam Mendes, después de haber realizado el título anterior, Skyfall, y opta, de forma equivocada, por darle al producto un aspecto más cercano al del cine de autor que a una película de acción por todo lo alto. Y es que, en Spectre, lo que se dice escenas de acción, acción, hay muy pocas; poquísima. Larga (casi dos horas y media), llena de frases pretendidamente solemnes y con tan sólo unas cuatro escenas trepidantes y bien resueltas. El resto, se dedica a profundizar en la psicología de 007, humanizando en exceso al personaje y convirtiéndole en una especie de héroe torturado, al igual que hiciera en su día Christopher Nolan con Batman en El Caballero Oscuro. Y eso, en resumidas cuentas, lo único que hace es romper con el espíritu general de la serie.


La cinta se inicia de forma magnética, a través de un elegante travelling por las calles de la Ciudad de México, justo durante el desfile de celebración de El Día de los Muertos; prólogo que culmina con una aceleradísima y explosiva escena de acción, mostrándose totalmente, en este aspecto, fiel a las constantes de la serie ya que, justo terminado este preámbulo, entran los siempre esperados títulos de crédito. Pero, hete aquí, que con éstos llega el primer aviso de que este Bond nunca podrá estar a la altura de, por ejemplo, el citado Casino Royale, ya que el tema musical principal que los acompaña, Writing’s On the Wall, y que interpreta Sam Smith, suela totalmente descafeinado, tanto o más amuermante que el resto de metraje que nos espera.


Spectre es, en muchos aspectos, como un gran coitus interruptus. Cuando nos obsequia con una escena trepidante, rápido termina con ella y nos deja con el tormento de un Bond que no deja de sufrir a medida que descubre pasajes oscuros de su pasado y que, al mismo tiempo, se mortifica porque toma conciencia de que su licencia de doble 0 le ha convertido en un sicario, en un asesino sin escrúpulos. Cuando en medio de un desierto penetra en la guarida del malvado de turno (el recuperado Blofeld, ahora bajo el aspecto de un sobreactuado Christoph Walz), deja de recrearse en la misma (tal y como hacían todos los títulos anteriores de la serie) y rápido se las pira de la fortificación. Y, cuando por fin nos alegra los sentidos con la presencia de la esperada y cacareada Monica Bellucci, nos deja con un palmo de narices porque su personaje (que apenas influye en su débil trama) no es más que un visto y no visto. Y ni siquiera su clímax final, por las calles de Londres como escenario, resulta un clímax con potencia. Lo que les digo: un coitus interruptus en toda regla.


Sam Mendes ha querido dejar claro que él es un autor y que le da un poco de grima eso del cine de acción. Y punto. Por ello dosifica de forma exagerada los pasajes más acelerados, se inclina por un ritmo narrativo lento y un tanto soporífero y convierte a la esperada chica Bond de turno, Léa Seydoux, en una muchachita enamoradiza que, pese a ese toque sexy que le otorga, no posee la entidad que se espera de cualquier chica Bond que se precie. Eso sí, al menos, juega bien a la nostalgia que acarrea el personaje de 007 y, a lo largo de su dilatado metraje, cuela, de forma inteligente y sutil, varios guiños a una serie que parece empezar a tener miedo a envejecer y que, como en el caso de este título, busca nuevas fórmulas (aunque sean fallidas) para mantenerse al pie del cañón.


Y es que este no es mi Bond. 007 no tenía problemas existenciales, ni se deprimía porque su oficio era el de matar y tampoco aburría soberanamente a las plateas. Ahora, Bond se ha convertido en un caballero oscuro más.