22.5.13

La humanidad en peligro


Tras el fiasco que supuso Tron: Legacy, Joseph Kosinski regresa a la ciencia-ficción con Oblivion, un pretencioso trabajo, con varias concesiones a la taquilla, que, en el fondo, no es más que otro descarado producto para potenciar la figura de su protagonista principal, Tom Cruise, todo un chupóptero profesional de cámara que no cesa de robar planos a sus compañeros. Vaya, que la película, a pesar de ofrecernos una correcta y esforzada interpretación del actor, no pasa de un nuevo Festival Cruise.
 

Año 2077. La Tierra ha sido destruida tras la guerra entre humanos y extraterrestres, los scavengers. El planeta está desolado. Sus habitantes han tenido que emigrar a Titán, una de las lunas de Saturno. Sin embargo, algunos se han quedado para ejercer de vigilantes en una ardua tarea para extraer recursos vitales después de la larga contienda con los scavs, seres que aún siguen pululando por el planeta. Él es mecánico de drones, unas naves no tripuladas que ayudan en los trabajos de inspección. Atiende por Jack Harper y vive en una sofisticada estación espacial al lado de Victoria, su actual compañera sentimental. Durante una de sus misiones y tras el rescate de Julia, una humana hibernada, descubrirá un secreto que reavivará sus recuerdos y dará pleno sentido a su existencia.


Las intenciones del film son buenas. Pero no pasa de las intenciones. Pretende recuperar el espíritu más clásico del género, homenajeando al mismo tiempo, entre otros, a títulos como 2001: Una Odisea del Espacio o El Planeta de los Simios (con varios iconos de la arquitectura neoyorquina enterrados en la arena, incluida la Estatua de la Libertad), pero se pierde en un maremágnum de lagunas y episodios en nada clarificadores, convirtiendo la historia planteada en una losa (a menudo indescifrable e ilógica) para el espectador.

Técnica y visualmente impecable, la cinta se apoya, ante todo, en un espectacular despliegue de efectos especiales y en el loable diseño de los artefactos de que disponen sus pocos supervivientes, potenciando así el contraste entre el estado ruinoso del planeta y las nuevas y brillantes tecnologías, al tiempo que ofrece algunas escenas (aunque muy aisladas) de acción al más puro estilo del Hollywood actual (como sucede con el ataque de los drones a la guarida de los rebeldes). Todo ello muy bonito y muy sutil, a pesar de que la historia (enmarañada donde las haya) no avance hacia ningún lado.


Por desaprovechar, el tal Kosinski hasta desperdicia a un actorazo como Morgan Freeman (el cabecilla de los insurgentes) y no explota en absoluto el personaje (en el fondo, clave) de Olga Kurylenko, actriz que queda totalmente desplazada por la inquietante presencia de Andrea Riseborough, su rival femenina en pantalla.


Un film fallido, aburrido y exageradamente hinchado. A años luz de los grandes clásicos de la ciencia-ficción a los que pretende acercarse.

16.5.13

El superhéroe graciosillo


Shane Black debutó en la dirección con la ingeniosa Kiss Kiss Bang Bang, una comedia con aire de thriller protagonizada por Robert Downey Jr. y Val Kilmer. Ahora, 8 años después, nos presenta su segundo film: la tercera entrega de Iron Man, Iron Man 3; una entrega que entra a saco en la personalidad de un dubitativo Tony Stark (alter ego del superhéroe) y en la lucha que tendrá que sostener, en compañía de Iron Patriot (Don Cheadle), para liberar a su compañera y al Presidente de los EE.UU. de las manos de un terrorista que alucina pepinillos.


Técnicamente impecable, la película se le escapa de las manos al realizador al querer dotarla de un aire de comedia astracanada que, en lugar de hacer gracia, termina por cansar al respetable. En este aspecto, un sobreactuadísimo Robert Downey se recrea de forma exagerada en sus muecas de caricato de feria y en darle a su personaje un toque de graciosillo perenne, al tiempo que introduce en la historia a un malvado apayasado al más puro estilo Bin Laden (aunque con engañifa incluida) e interpretado por un también desmadrado Ben Kingsley. Pero, queriendo rizar aún más el rizo, Iron Man 3 echa mano de un segundo villano: un científico loco al que da vida un igualmente desmelenado Guy Pearce. Por lo visto, aquí todos se desmandan a sus anchas.


Al igual que otros títulos basados en figuras de la Marvel, incide en la ya cansina estrategia de mostrar a un superhéroe cansado de su personaje aunque, al mismo tiempo, dispuesto a seguir experimentando con nuevas armaduras y trucos tecnológicos para el desarrollo de sus inventos. Así, en esta ocasión y para gloria de los encargados de los efectos especiales, Tony Stark cuenta con tropecientas armaduras distintas que acudirán en su ayuda, siempre de forma muy espectacular cuando él las necesite. De hecho, el show de las armaduras montándose y destruyéndose contínuamente se convierte en un abusivo y reiterativo déjà vu a lo largo de la proyección.



Gwyneth Paltrow tiene un poco más de relieve que en las dos entregas anteriores, pues le ha cedido el rol de mujer florero a Rebecca Hall (la Vicky de la infumable Vicky Cristina Barcelona), totalmente perdida al intentar sacar adelante un papel metido en calzador en medio del mínimo intríngulis argumental. Y de propina, para crispar aún más al personal, añádanle la irritante presencia de Ty Simpkins, un niñato repelente que ayudará a Iron Man a recomponerse para seguir en pie de guerra.


Odio a los superhéroes. Cada vez más. Aparte de cuatro chistes manidos y sin salsa, hay demasiada pirotecnia y muy poca chicha. Vacía, vacía, vacía. El aburrimiento está garantizado. Una pena que el tal Shane Black, tras 8 años de inactividad, haya regresado a la dirección con un producto tan típico y tópico como este.

14.5.13

Darth Vader a domicilio

Érase una vez en Barcelona, alrededor de los años 80, que un niño de unos 3 años vivía enganchado a La Guerra de las Galaxias, película que, a petición suya, su padre le ponía en el VHS una y otra vez. Luke Skyvalker, la princesa Leia, Han Solo, Darth Vader… toda una fauna galáctica a la que estaba fuertemente enganchado.

El niño era encantador, pero tenía un pequeño problema, el mismo que casi todos los críos de su edad: a la hora de comer se convertía en un rebelde de mucho cuidado. El chaval se resistía a zamparse la comida que le servían en su plato. No había manera de que le plantara cara a la manduca.

Su padre, sabedor de la fascinación que sentía su hijo por La Guerra de las Galaxias y del lógico temor que le provocaba el personaje de Darth Vader, contactó con un amigo suyo. Este amigo, de voz poderosa y doblador profesional, redobló de nuevo a Dart Vader en una escena concreta y con un mensaje directo para el pequeño desganado.


Un buen día, negándose de nuevo a ingerir su vianda, los padres le colocaron por enésima vez su película preferida en el reproductor de vídeo. De pronto, el niño quedó colapsado. Darth Vader apareció en la pantalla de su televisor y, con su habitual voz metálica y dirigiéndose directamente a él, le espetó: “Jofre, si no comes, nunca vas a crecer”. Ya pueden imaginarse la cara de sorpresa y estupor que se le quedó al chaval. Dicen que, a partir de ese día, nunca más volvió a renunciar a su comida. El poder del lado oscuro es innegable.

El pequeño era Jofre Bardagí, hoy en día todo un hombretón y cantante solista del grupo Glaucs. Su padre era el desaparecido guitarrista, compositor y arreglista musical Josep Maria Bardagí; o sea, mi apreciado primo hermano. Y el doblador, cómo no, era el recientemente fallecido Constantino Romero.


Ahora, en algún lugar, Josep Maria y Tino posiblemente también estén recordando esta misma anécdota.

10.5.13

El landismo está de luto

Ayer, a los 80 años de edad, se nos fue una de los iconos más aclamados del cine español, Alfredo Landa; el gran ALFREDO LANDA, con mayúsculas. Actor único e irrepetible. Nadie cómo él (con la excepción del también desaparecido José Luis López Vázquez, otra bestia de la interpretación) dio vida con tanta firmeza al españolito de a pie; ese españolito de clase media del que, en los años sesenta y setenta en pleno franquismo, explotó su vertiente más grotesca, resaltando como únicos ideales en su vida el comer (mayoritariamente paellas) y follar (a ser posible con una sueca), aparte de pegarse el piro al extranjero en busca de mejor fortuna. Como ahora, vaya. Poco hemos cambiado.


No Desearás Al Vecino del Quinto, Vente a Alemania,Pepe, Dormir y Ligar: Todo Es Empezar o Una Vez Al Año Ser Hippy No Hace Daño, son buenos ejemplos de los títulos que, protagonizados por Landa, acuñaron el término landismo; un término que, en el fondo, esconde todo un tratado sociólogico de una época pasada a la que parece tenemos cierta tendencia a regresar.

En 1977 con El Puente se cruzó una etapa. Con la película, Juan Antonio Bardem nos descubrió a un actorazo inmenso que, aparte de representar a tipos calentorros y cortos de entendederas, podía afrontar a personajes de mucha más envergadura, tal y como hizo años después con Germán Areta, el detective privado de El Crack de José Luis Garci, o con Paco el Bajo, el maltratado y bonachón trabajador de Los Santos Inocentes que tantos premios le supuso (Goya y Palma de Oro en Cannes incluidos).


Personalmente, de entre sus muchos y entrañables personajes, me quedó con Malvís, ese bandido Fendetestas que, desde El Bosque Animado de Cuerda,  cimentó una peculiar amistad con una ánima en pena atemorizada por la presencia de la Santa Compaña.


En su memoria, hoy me declaro landista total. Descanse en paz.

8.5.13

El delicioso sabor de lo añejo

Con la muerte ayer de Ray Harryhausen a los 92 años de edad, decimos adiós a una manera artesanal de entender los efectos especiales. Él creó ejércitos de esqueletos y monstruos de todo tipo y tamaño, amenizando las tardes de doble sesión, en cines de barrio, a un par de generaciones.


Su cine fue capaz de transportar al espectador a universos mágicos y terroríficos, haciéndole vivir aventuras fantásticas e irrepetibles. En tres ocasiones nos acercó al mundo de Simbad y, de la mano de James Franciscus, nos plantó ante un bichejo prehistórico descomunal haciendo de las suyas en medio de la Ciudad Encantada de Cuenca a la que, para la ocasión, se rebautizó como el Valle de Gwangi.

La magia de sus efectos especiales se ha ido para siempre. Si algún día regresa Jason, se verá obligado a darse de hostias con esqueletos digitalizados y derrotar a ogros rodeado de diabólicas cromas, tal y como le sucedió al Perseus de las dos nuevas revisiones de Furia de Titanes. Nunca volverá a ser lo mismo de antes. Qué pena…


Descanse en paz, buen hombre.

2.5.13

Gángsters, hippies, prisiones y un Dios lisérgico

1968. Los hippies, el “haz el amor, no la guerra” y el LSD molaban. La cultura pop estaba en su punto máximo de expresión. Y la psicodelia cinematográfica arrasaba. El cine gamberro y antisistema era fetén. Otto Preminger, uno de los directores más prestigiosos de Hollywood, a pesar de su célebre calvicie, optó por desmelenarse y subirse también al carro.  Su tarjeta de visita llevaba el nombre de Skidoo (lo que aquí, en España, en caso de haberse estrenado, se hubiera titulado Moto de Nieve), una locura psicotrópica sin mucho sentido que, tras una semana en cartelera con una pésima acogida, fue apartada de la exhibición comercial por el propio Preminger.


Un reparto extenso y de lujo en el que se contó, entre otros, con gente habitual de las comedias de la época como Jackie Gleeson, su eterna compañera Carol Channing, Frankie Avalon o Burgess Meredith. El toque pop lo puso un John Philip Law recién salido de ejercer de angelote en otro film maldito, Barbarella, mientras que Peter Lawford, por aquel entonces senador, daba la nota de atrevimiento al formar parte del elenco de una cinta en la que, según cuentan y durante su rodaje, el ácido lisérgico corrió como la espuma entre todo el equipo técnico y artístico.


George Raft y Cesar Romero también se apuntaron al invento, desenvolviéndose como peces en el agua en sus habituales roles de maleantes. Pero el par de guindillas que coronaban Skidoo corrieron por parte de dos míticas estrellas del Hollywood más clásico: Mickey Rooney y Groucho Marx. El primero dando vida a George “Blue Chips” Packard, un gángster metido entre rejas y dispuesto a cantar para delatar a su antigua banda, mientras que el segundo, el gran Groucho, a sus 77 años de edad, se metió en la piel del mismísimo Dios, el jefe de una banda de mafiosos que, desde el yate en el que vive enclaustrado, intenta manejar todas las teclas posibles para que sus hombres acaben con la vida de Blue Chips en la prisión en la que cumple condena; un Dios peculiar, arropado por la escultural figura de la modelo de color Luna y tocado, al mismo tiempo, por las alucinaciones del LSD que se zampó por consejo del propio Otto Preminger.


En su estreno, el delirio teóricamente jocoso planteado por el realizador de Anatomía de un Asesinato, descolocó a todo el mundo. La película, vista hoy en día, tan solo se disfruta por tratarse de una rareza sin precedentes. Una rara avis astracanada en la que se mezclaban los disparates propios de productos como ¿Qué tal, Pussycat? o Casino Royale con los efluvios provocados por la ingesta masiva y colectiva de tripis y LSD. Sus gags, aparte de alocados, resultan pésimos, sin ninguna gracia, aunque se adivina que todos los que intervinieron en su construcción, del primero al último, lo pasaron de puta madre, incluido Harry Nilsson, el compositor de su banda sonora y capaz de despedir el film con un infumable número musical (muy de la época) interpretado por una Carol Channing disfrazada de pirata hippie y de urdir un tema (y esto tiene su coña) para desarrollar unos títulos de crédito finales totalmente cantados..


Mi pasión por Groucho Marx me ha obligado a perseguir, durante muchos años, una copia de Skidoo. Esta semana, por fin, conseguí visualizar esta extraña ensalada de mafiosos, hippies, prisiones y sustancias alucinógenas. Y, ante tanto desvarío, me he quedado con un palmo de narices. La decepción ha sido inmensa. Quizás sería mejor no haberla visto nunca y seguir soñando con un film maldito muchísimo más ingenioso. La lástima es que sólo se queda en la anécdota.


29.4.13

No apto para diabéticos


De un tiempo a esta parte, a Lasse Hallström no hay por donde pillarlo. El cine del realizador sueco, que empezó pisando fuerte y consiguiendo algunos títulos ciertamente remarcables (Mi Vida Como un Perro o Las Normas de la Casa de la Sidra son dos buenos ejemplos de ello), se está convirtiendo en algo no apto para diabéticos. Es tanta la melaza que destila en sus últimos trabajos que se está convirtiendo en un cineasta prohibitivo; vomitivo. Un Lugar Donde Refugiarse, su nuevo film, no es más que una soberana sobredosis de azúcar.

Producida por el escritor Nicholas Sparks (el mismo de otras atrocidades almibaradas como Querido John, Noches de Tormenta o Mensaje en una Botella) y basándose en su propia novela, Un Lugar Donde Refugiarse no es más que un producto enfocado a que las quinceañeras suspiren apasionadamente con los lances sentimentales de su protagonista, Katie, una chica que huye de su domicilio al ser acusada de homicidio por un policía obstinado, cargado de alcohol y mucha mala leche. En su fuga, encontrará refugio en Southport, una apacible localidad costera de Carolina del Norte, lugar en el que alquilará una vieja cabaña e iniciará una relación sentimental con Alex, un joven y apuesto tendero local, padre de dos hijos y marcado por la reciente muerte de su esposa debida a un cáncer.


Sus dos protagonistas son extremadamente guapos, como mandan los cánones. Ella es Julianne Hough, una muchachita tan sosa como poco expresiva (¡y paticorta!) que esconde sus pocas habilidades interpretativas bajo su atractivo rostro. Él es el guaperas de Josh Duamel, otro anodino de mucho cuidado cuyo único potencial radica en su físico; todo un pimpollo para alegrar el espíritu (y otras cuestiones) a sus jovencitas seguidoras femeninas. Dos seres hermosos y acaramelados que, aparte de conjuntar a la perfección con el espíritu meloso del producto, contrastan a las mil maravillas con la figura del irascible policía empeñado en dar caza a la temerosa Katie, personaje al que da vida un sobreactuadísimo David Lyons, uno de esos actores que tan sólo le conocen en su casa (su madre y su abuela, para ser más exacto).


Lasse Hallström dirige el cotarro de forma totalmente amorfa, sin personalidad alguna. De hecho, enfrentarse a su película, causa la misma impresión que la de sufrir un vacío telefilme de sobremesa de los que cualquier cadena privada endilga a sus telespectadores las tardes de los fines de semana: una historia cursi y previsible, con mínimos alicientes cinematográficos y con un nutrido grupo de actorcillos de tres al cuarto, amén de truculenta.

Un mucho de romance del cutrillo (chica guay y agobiada conoce a chico guay y tristón), un poco de sexo (siempre deliberadamente light, tipo “arrumaco”), una mínima intriga de lo más patatero (al estilo de Durmiendo Con Su Enemigo, ¡otra que tal!), un final de lo más fallero (con fuegos artificiales incluidos, en plan Impacto del De Palma) y, de propina, con un vergonzoso toque fantástico (o, mejor dicho, fantasmagórico) que ayuda a edulcorar aún más la función.


Lo que les digo: de juzgado de guardia.

25.4.13

Imprescindibles: EL COLECCIONISTA


En 1965 el gran William Wyler  se embarcó en un tenso thriller psicológico, de aire intimista, que narraba la enfermiza relación que se establecía entre un secuestrador y su presa. Basada en la novela de John Fowles y coproducida por Gran Bretaña y Estados Unidos, esta es una de esas joyas que, de vez en cuando, nos regala el cine. Su título: El Coleccionista.


Freddie Clegg es un tipo solitario e introvertido. Su única afición es la de coleccionar distintos tipos de mariposas. Ganador de una quiniela millonaria, decidirá invertir el premio en la compra de una mansión a las afueras de Londres, lugar del que acondicionará la antigua bodega del inmueble para albergar allí a un huésped muy especial: Miranda Grey, una joven y atractiva pelirroja, estudiante de Arte, de la que está enamorado en secreto y a la que secuestrará para conseguir que descubra en él a alguien más allá de su misterioso y peculiar carácter.


Aparte de la presencia esporádica de Mona Washbourne y Maurice Dallimore, El Coleccionista está protagonizada, casi en exclusiva, por Terence Stamp y Samantha Eggar. Un duelo interpretativo de altura, de los que hacen historia. Él, de forma soberbia, asume la temperamental y variable personalidad de Freddie, un individuo que, con su inseguridad, tanto puede demostrar una inocencia casi infantil como convertirse en un ser enigmático e inquietante. Ella, en un registro totalmente distinto al de su compañero, asume a la perfección el rol de una chica asustada y sorprendida, aunque dispuesta a todo con tal de conseguir su liberación; un trabajo que le supuso a la actriz una nominación al Oscar, al igual que les sucedería al propio William Wyler y a sus dos guionistas, Stanley Mann y John Kohn. Y es que su maravilloso guión, con citas incluidas a Picasso y a El Guardián Entre el Centeno (una de las novelas contemporáneas más leídas y controvertidas), tiene tela.


Un melodrama claustrofóbico, de tintes sensuales y macabros, que indaga en la malsana personalidad de su protagonista masculino y en la de una mujer que no tardará en verse afectada por el llamado síndrome de Estocolmo. Una correspondencia atípica, la de ambos, que se verá marcada por los paralelismos entre el hobby de él y el cautiverio de ella, así como por la rabia de Freddie al sentirse despreciado por el resto de la sociedad.


Wyler busca la empatía del espectador con Miranda y también el odio (aunque con moderación) hacia la figura de Freddie, al tiempo que demuestra un prodigioso dominio del suspense -sin nada que envidiar al que caracterizó el cine de Alfred Hitchcock- en un par de escenas muy concretas: la del baño de ella mientras su raptor atiende la visita de un vecino y la del intento de fuga bajo la lluvia.


Uno de las obras maestras de un realizador al que, a pesar de tener un considerable número de títulos incuestionables, no se le ha reivindicado lo suficiente. Así lo atestiguan films como Ben-Hur, La Calumnia, Brigada 21 u Horizontes de Grandeza.


Como dato curioso, tan sólo citar que, en 1989, con ¡Átame!, Pedro Almodóvar hizo su particular (y nunca confesa) lectura del tema.

24.4.13

Con la naturaleza no se juega


Con Tierra Prometida y 16 años después de El Indomable Will Hunting, vuelve a reunirse el binomio compuesto por Gus Van Sant y Matt Damon. El primero como director y el segundo, al igual que en el film citado, en funciones de coguionista y actor. Un Van Sant en nada experimental y totalmente acomodaticio que, pensando en un público más estándar, se ha sacado de la manga un correcto film que aboga por la conservación de nuestro entorno natural y arremete contra el corporativismo, representado en esta ocasión por una millonaria empresa de gas natural que pretende comprar las propiedades de un buen número de vecinos de un pequeño pueblo de Pennsylvania para practicar el fracking en sus tierras, o sea, la fracturación de las mismas para la extracción de gas.

Matt Damon y Frances McDormand dan vida a los dos empleados que la compañía Global envía como emisarios para tramitar la compra de las propiedades de McKinley, una pequeña localidad que a duras penas vive de la industria agrícola y ganadera. El dinero ofrecido a los vecinos por sus tierras es muy tentador. Nadie piensa en el mal que el fracking puede causar a sus fincas debido a la agresividad del tratamiento, hasta que un sesudo habitante del lugar (genial Hal Holbrook) junto a la aparición de un ecologista lanzarán la voz de alarma.


Tierra Prometida se centra, ante todo, en el debate moral que sufre Steve Butler, el personaje de Damon, un joven criado en una zona rural que, tras renegar de su pasado, decide reivindicarse como un sólido urbanita, a pesar de sentir cierta añoranza provocada por la convivencia, durante días, en un ambiente similar al de su juventud. Sue Thomason, su compañera (Frances McDormand) es su claro contrapunto: una mujer que, a pesar de no estar convencida de su labor, lucha férreamente por llevar a cabo el encargo encomendado por su empresa. El dinero siempre es el dinero.


El film no ofrece nada nuevo que no sepamos de antemano. De hecho, la historia que plantea es de lo más previsible, pero la corrección de su guión, su acertada (aunque muy lineal) puesta en escena y, ante todo, sus buenas intenciones, hacen de éste un trabajo que se ve con agrado.

Quizás lo peor de Tierra Prometida, dejando a un lado la cara de pasmarote con la que Matt Damon afronta su papel, resida en su final; un final, aparte de predecible, demasiado peliculero, muy a lo Frank Capra, de esos que uno no se acaba de creer. No todo, en la vida real, resulta tan sencillo como lo plantea Gus Van Sant. Ojalá fuera así.


22.4.13

La jauría humana


El realizador danés Thomas Vinterberg, el mismo de la espléndida Celebración y la asfixiante Submarino, vuelve a la carga con La Caza, un compacto y duro film que, partiendo del falso testimonio de una niña, se adentra en un estado de histeria colectiva y en la estigmatización de un hombre inocente.

Las mentiras se propagan a la misma velocidad que los virus. Y más si esa mentira puede convertir a una persona afable en un pedófilo a los ojos del resto de la comunidad, los habitantes de un pequeño pueblo de Dinamarca. Todo estalla cuando la pequeña Klara le cuenta a la directora de su guardería ciertos detalles escabrosos de uno de sus asalariados, Lucas, un hombre de 40 años, divorciado y que tras perder su empleo como educador ha entrado a formar parte de la plantilla del parvulario; un tipo cariñoso y tranquilo que verá desmoronarse todo su estatus al verse involucrado de forma involuntaria en una historia incómoda.


Desde el inicio, Vinterberg deja clara la inocencia de su protagonista, un magnífico Mads Mikkelsen que, con esta interpretación, rompe un tanto con sus anteriores papeles, en los que habitualmente daba vida a personajes oscuros y malévolos (recuerden que, por ejemplo, fue el villano de la última versión de Casino Royale). Él es ese Lucas atormentado y enfebrecido que tendrá que luchar ante el resto de la sociedad para demostrar su inocencia. Una lucha que, muy a su pesar, tiene perdida desde el principio.


La Caza indaga en la impotencia de un falso culpable que, por culpa de una infamia, verá mancillado su honor. De la honestidad a la pederastia en cuestión de segundos. Despreciado por sus amigos y vecinos, ninguno de ellos estará dispuesto a creer en sus palabras. Sólo encontrará un mínimo resquicio de apoyo en su hijo y en el padrino de éste. Arrinconado y maltratado, se convertirá en testigo de excepción de la escalada de violencia e incomprensión que supone una difamación, aunque proceda de la mentira inocente de una niña. Una mentira, eso sí, totalmente envenenada… y más si sus adversarios se apoyan en el artificioso tópico de que “los niños siempre dicen la verdad; nunca mienten”.

Uno de los mejores títulos de la cartelera actual. Duro, frío, contundente y dotado de diálogos e imágenes ciertamente inteligentes y sobrecogedoras. Un film de una crudeza inusitada, capaz de plasmar en imágenes la transformación de una comunidad aparentemente plácida en una descarnada jauría humana. Y, de propina, con el aliciente de poder disfrutar del trabajo de Mads Mikkelsen, uno de los mejores actores del panorama actual.


Atención a la última escena: de las que ponen los pelos de punta. Más mala leche, imposible.

19.4.13

Una mierda pinchada en un palo


El Terrence Malik de las narices se ha empeñado en tocarnos los cojones. Así, tal como suena. Hace poco nos machacaba con El Árbolde la Vida, una pedantería sin parangón. No teniendo suficiente con tal peñazo, va y ahora se saca de la manga una especie de suplemento que, bajo el título de To the Wonder, vuelve a explorar en las relaciones de pareja y, ante todo, a divulgar, pese a quien pese y a voz en grito, que Dios existe.

Una nueva tortura cinematográfica, de tratamiento fotográfico similar al de un inacabable spot publicitario, que parte de una historia mínima (por no decir minimalista): la de un americano que se enamora en Francia de una francesita, madre soltera, y se la lleva a vivir, junto a su hijita, a su Oklahoma natal. Una relación que se irá denigrando para adentrarse en diversas etapas, a cual más cercana a las de las intenciones de cualquier culebrón televisivo de media tarde para marujonas. La única diferencia, con respecto a los culebrones, es que Malik, siempre orgulloso de llevar clavada en la frente la etiqueta de “autor”, la disfraza de una falsa trascendencia para que los cuatro gafapastas entusiastas de su obra le aplaudan a rabiar.


Prácticamente no hay diálogos. To The Wonder se apoya en una serie de imágenes fragmentadas (¡cinco montadores ha necesitado el muy soberbio!) adornadas por las voces en off de la mayoría de sus protagonistas. Pensamientos y divagaciones de una petulancia que, por su insistencia, llegan a rozar el ridículo, sobre todo cuando afronta las reflexiones religiosas del personaje de Javier Bardem, un sacerdote hispano que ve a Dios por todas partes (hasta en la taza del wáter) pero que, al mismo tiempo, le implora para que le mande una señal. Cansino, cansino, cansino…


Malik, al igual que en El Árbol de la Vida, insiste en los mismos conceptos: la relación del hombre con la naturaleza, el amor, el desamor y, ante todo, la fe. Eso: la fe que no falte. La película es como un inaguantable y presuntuoso sermón. Una letanía que además, por momentos, se me antoja totalmente deslavazada ya que, por ejemplo, el personaje del citado Bardem es como un añadido forzado a la retorcida relación que mantienen Ben Affleck y Olga Kurylenko, pues el curita de marras pulula medio deprimido por ahí,vendiéndonos la existencia de Dios y sin venir muy a cuento de nada.

Ben Affleck, inevitablemente, hace de Ben Affleck; o sea, el hombre pone su habitual cara de soso y a duras penas tiene un par de frases de diálogo (incluso su voz en off es prácticamente inexistente). Mientras, las dos chicas de la película, la Kurylenko y Rachel McAdams (la tercera enamoradiza en discordia), se dejan querer por la cámara (que para eso son guapísimas) y se esfuerzan, con creces, en sacar adelante sus respectivos papeles en medio de tanto desvarío y pretenciosidad. Y el Bardem (¡ay, nuestro Javier Bardem!), como una alma en pena, con el alzacuellos bien puesto y pregonando la palabra del Señor. ¡Qué pena!


Lo que les digo: una mierda pinchada en un palo. Antes, al menos, el Terrence Malik hacía una película cada tropecientos años. Ahora, el tipo se ha empecinado en vomitarnos a la cara demasiado a menudo. Que se monte una iglesia o se haga sus pajas mentales en casa, sin molestar y sin salpicar.

18.4.13

De presidio al asilo


En 1986, Otra Ciudad, Otra Ley reunió a Burt Lancaster y Kirk Douglas, dos viejas glorias del Hollywood dorado, para dar vida a un par de achacosos gángsters que, tras cumplir 30 años de condena, intentaban reinsertarse en la sociedad. Una comedia cándida, aunque bastante olvidable (a no ser por la presencia de los dos actores) a la que ahora, por temática y estilo, vuelve a acercarse el actor y director Fisher Stevens con Tipos Legales, un agradable producto que reúne en pantalla, y de una sola tacada, a Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin. Sólo por verlos a ellos, ya vale la pena darle un vistazo a este sencillo, aunque agradable, producto.


La historia, que abriga un gran canto a la amistad masculina y a las segundas oportunidades, se abre con el reencuentro de Val y Doc, dos viejos pistoleros que vuelven a reunirse tras pasarse el primero 28 años entre rejas. Una amistad, la de ellos, que podría verse truncada por el encargo que Doc ha recibido de un mafioso vengativo dispuesto a acabar con la vida de su compañero.

La química existente entre sus tres magníficos protagonistas y ese toque crepuscular y tierno que Fisher le ha otorgado a su fábula, hacen de Tipos Legales un trabajo que se ve de forma complaciente. No molesta, aunque tampoco deslumbra; simplemente entretiene, que ya es mucho, y nos obsequia con la brillantez veteranía de sus actores: un Al Pacino más moderado de lo habitual, un solemne Christopher Walken capaz de decirlo todo con su mirada y un funcional Alan Arkin repitiendo el rol de abuelo enfermizo aunque con ganas de sentirse joven de nuevo (aunque sea sólo por unas horas).


Todo transcurre en un día y en su consecuente (y alocada) noche; una noche en la que se suceden los viajes a un prostíbulo, persecuciones automovilísticas y -teniendo en cuenta la edad de sus protagonistas- alguna que otra visita a hospitales y geriátricos. Un poco de todo -incluida una mínima intriga policiaca y una detonante ingesta de Viagra- al servicio de unos intérpretes en estado de gracia.


Un producto menor, divertido y también emotivo, del que destacaría la ingeniosa escena de la confesión de Valentine (Val para los amigos), el personaje de Al Pacino. Y es que los gángsters también tienen su corazoncito.