Tras el fiasco que supuso Tron: Legacy, Joseph Kosinski regresa a la ciencia-ficción con Oblivion, un pretencioso trabajo, con varias concesiones a la taquilla, que, en el fondo, no es más que otro descarado producto para potenciar la figura de su protagonista principal, Tom Cruise, todo un chupóptero profesional de cámara que no cesa de robar planos a sus compañeros. Vaya, que la película, a pesar de ofrecernos una correcta y esforzada interpretación del actor, no pasa de un nuevo Festival Cruise.
Año 2077. La Tierra ha sido destruida tras la guerra
entre humanos y extraterrestres, los scavengers. El planeta está desolado. Sus
habitantes han tenido que emigrar a Titán, una de las lunas de Saturno. Sin
embargo, algunos se han quedado para ejercer de vigilantes en una
ardua tarea para extraer recursos vitales después de la larga contienda con los
scavs, seres que aún siguen pululando por el planeta. Él es mecánico de drones,
unas naves no tripuladas que ayudan en los trabajos de inspección. Atiende por
Jack Harper y vive en una sofisticada estación espacial al lado de Victoria, su actual compañera
sentimental. Durante una de sus misiones y tras el rescate de Julia, una humana hibernada, descubrirá un secreto que reavivará sus recuerdos y dará pleno sentido a su
existencia.
Las intenciones del film son buenas. Pero no pasa de
las intenciones. Pretende recuperar el espíritu más clásico del género, homenajeando al
mismo tiempo, entre otros, a títulos como 2001: Una Odisea del Espacio o El Planeta de los Simios (con varios iconos de la arquitectura neoyorquina enterrados en la arena, incluida la Estatua de la Libertad),
pero se pierde en un maremágnum de lagunas y episodios en nada clarificadores,
convirtiendo la historia planteada en una losa (a menudo indescifrable e
ilógica) para el espectador.
Técnica y visualmente impecable, la cinta se apoya,
ante todo, en un espectacular despliegue de efectos especiales y en el loable
diseño de los artefactos de que disponen sus pocos supervivientes, potenciando
así el contraste entre el estado ruinoso del planeta y las nuevas y brillantes
tecnologías, al tiempo que ofrece algunas escenas (aunque muy aisladas) de
acción al más puro estilo del Hollywood actual (como sucede con el ataque de
los drones a la guarida de los rebeldes). Todo ello muy bonito y muy sutil, a
pesar de que la historia (enmarañada donde las haya) no avance hacia ningún
lado.
Por desaprovechar, el tal Kosinski hasta desperdicia
a un actorazo como Morgan Freeman (el cabecilla de los insurgentes) y no
explota en absoluto el personaje (en el fondo, clave) de Olga Kurylenko, actriz
que queda totalmente desplazada por la inquietante presencia de Andrea
Riseborough, su rival femenina en pantalla.
Un film fallido, aburrido y exageradamente hinchado.
A años luz de los grandes clásicos de la ciencia-ficción a los que pretende
acercarse.



















































