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21.5.08

Modern times

No se extrañen si llevo cierto tiempo sin actualizar pues, desde anteayer, ando a cabezazos desenfrenados con el PC. Hay ciertas funciones que se han vuelto locas.

Voy a proceder a un format c para poder estar de nuevo con todos ustedes lo antes posible.

Me cago en los troyanos...

18.5.08

Ustedes lo han querido: JAIMITO CONTRA TODOS

En mala hora Federico Fellini descubriera al mentecato de Alvaro Vitali durante el casting del Satyricon. Ello ocurría en 1969. Posteriormente y en un par de ocasiones más, el reputado realizador volvería a echar mano de este actor bizco y bajito que, por su aspecto, daba la talla ideal para encarnar a cualquiera de sus habituales y esperpénticos personajes: un grupo constituido por un montón de tipos extravagantes que, por su constancia en el universo del director, fueron bautizados con el nombre de fellinianos.

Vitali (de quien ya hablé hace un tiempo en otro post), tras un papel más destacado de lo normal en la magistral Amarcord y de una pequeña colaboración en la indescriptible ¿Qué? de Polanski, cobró vida propia, convirtiéndose en un monstruo cinematográfico de lo más repulsivo y patético. Su estrafalaria imagen se convirtió en un icono de la caspa en los años 70 y 80, ya que se alzó como protagonista, en exclusiva, de una serie interminable de títulos en los que dio vida a un adolescente calentorro que, a pesar de su avanzada edad, aún tenía pendiente finalizar su escolarización. Uno de éstos, quizás el más renombrado y popular, fue el de Jaimito Contra Todos, un claro ejemplo del tipo de humor en el que se movía el indivíduo.

En el citado film y bajo las órdenes de Marino Girolami encarnaba, ¡cómo no!, a Jaimito; un Jaimito que, en su versión original italiana, atendía por Pierino. Y es que, tanto Jaimito –en España- como Pierino –en Italia- eran los nombres con los que se conocía a un niño gamberro y pasado de rosca que, a nivel de tascas, se alzó como el inevitable ser protagónico de un sinfín de chistes bastos y horteras, en los que el sexo y un enfermizo gusto por la escatología tomaron un papel relevante. De hecho, Jaimito Contra Todos supone una recopilación en imágenes de todos esos chistes y en donde Vitali asumía, por enésima vez y sin vergüenza alguna, el rol de ese chaval desmadrado y corto de entendederas. Un descerebrado que, por sus treinta y tantos tacos, se acercaba más a las coordenadas de un deficiente mental que a las de un chiquillo en edad escolar (por muy repetidor que fuera).

En la película ( si a ello se le puede tildar de película) no hay línea argumental que valga. Todo cuanto ocurre gira en torno de Jaimito y sus salidas de tono; salidas que, repito, estaban sacadas directamente del boca a boca, de la cultura callejera, lugar en el que tenían su lógica cabida . En este aspecto, su guionista, un tal Gianfranco Clerici, demostró que la ley del mínimo esfuerzo es totalmente viable en el mundo del cinematógrafo. La cuestión era trasladar, fuera como fuera, los citados chascarillos a la gran pantalla. Y, para apoyar al idiota de Jaimito, allí estaban toda su disfuncional familia, una maestra con pinta de buscona, sus compañeros de clase y un instructor de gimnasia con ganas de beneficiarse a la recién llegada profesora. Una troupe de frikis de altos vuelos al servicio de un putero precoz con pinta de angelito anormal.

Caca, culo, pedo: tres palabras que simbolizan, por sí mismas y en su máximo esplendor, la filosofía de este engendro fílmico. Tres palabras que anteceden al singular y no muy extenso vocabulario de Jaimito. Cagalera, pedorreta, cataplines, tetas, condón, boniato, bolas, pelotas, boñiga, bragas y otros vocablos por el estilo, son utilizados por el protagonista, minuto a minuto y sin orden ni concierto. Todo un genio de la subnormalidad más profunda que, en sus momentos más calenturientos, lograba desnudar a su tentadora profesora con la única ayuda de su mente.


“¿Sabéis que las bolas de billar tienen pelos?”, pregunta Jaimito a un grupo de niños en los lavabos del colegio. “¡Las bolas de billar no son peludas!", le contestan al unísono los pequeños. “¿Qué no tienen pelos?”, resopla nuestro obseso héroe; “¡Billar, ven aquí y enséñales tus bolas a éstos!”, ordena al tiempo que cruza el umbral de la puerta un criajo de tamaño descomunal... Un nivelazo el de este chiste que, al igual que el de otros de similares, se va repitiendo a lo largo y ancho de sus 90 inacabables minutos de duración.

Hasta hoy, nunca me había atrevido a enfrentarme a una película de este infame personaje. Y jamás volveré a ver ninguna más. Colocándome a idéntico nivel que Jaimito y sus artífices, les puedo asegurar que, en esta ocasión, con lo del ustedes lo han querido, me la han metido doblada y hasta el fondo. Que no se vuelva a repetir o me veré obligado a tomar medidas drásticas.

16.5.08

Mutismo

Justo estos días, en la cartelera actual, pueden descubrir el sinónimo cinematográfico de la palabra pedantería en la película La Antena, una producción argentina, realizada por un tal Esteban Sapir quien, apoyándose en su larga experiencia anterior como director de fotografía, ha urdido un inaguantable homenaje al cine mudo y, por extensión, al universo expresionista de gente como Murnau y Fritz Lang, entre otros.

Filmado en blanco y negro, se trata de un film acartonado y con ínfulas de mega autor cuya visión, en su primer cuarto de hora, puede incluso llegar a sorprender. Pero, una vez sobrepasado el impacto inicial, el trabajo de Sapir entra en un bucle difícil de soportar. Y es que resulta muy difícil suplir la falta de un buen guión y de dignas interpretaciones apoyándose, tan sólo, en un interminable y cansino festival de guiños cinéfilos, tan forzados como esperables.

Referencias a títulos clásicos como Metrópolis, M., El Vampiro de Düsseldorf, El Gabinete del Dr. Caligari o, ya entrando en el cine sonoro, a El Tercer Hombre y a la influencia de Orson Welles, componen la espina dorsal que intenta sostener un ejercicio de fatuidad cinéfaga que en el fondo, y aparte de su (más o menos) cuidada imagen y de su brillante idea argumental inicial, no conduce a ninguna parte.

La cinta parte de una prometedora premisa que, lastimosamente, no llega a cuajar debido a su parco y amodorrante desarrollo posterior. Durante éste, se muestran las aventuras y desventuras de los habitantes de una gran ciudad a los que robaron la voz hace muchos años. Una ciudad en la que sólo hay dos personas con la facultad del habla: la estrella del show musical del único canal televisivo que existe y el hijo de ésta, un niño sin ojos del cual las autoridades ignoran su existencia y que, con su presencia, podría arruinar las malignas intenciones del Sr. Tv., el propietario de la citada emisora de televisión con la que controla a toda la urbe; un complot que anularía por completo el pensamiento de sus conciudadanos.

La Antena, con su aspecto de fábula fantástica, repleta de simbolismos y de segundas y terceras lecturas de baratillo, no deja de ser la versión para gafapastas de las hazañas que protagonizaron Los Chiripitifláuticos en la tele española de los años 60 y 70. Y es que en realidad, a pesar de la vanidad y pomposidad intelectual que pretende vendernos su director, de su minimalismo estético, argumental y musical y de las constantes (aunque bienintencionadas) alusiones a la persecución del pueblo judío por parte de un nazismo incipiente, se trata de un producto altamente infantil; de un infantilismo tal que denota la vacuidad de una cinta pretenciosa y que no avanza en ningún sentido.

Un peñazo de mucho cuidado, de aquellos que algunos asegurarán (de forma falsa y para guardar las apariencias) que se ha de visionar obligatoriamente, que es poesía hecha imagen, que si patatín que si patatán... ¡Chorradas!: La Antena no es más que el típico título soporífero y cargante que, con el tiempo, pasará a formar parte de esa insostenible lista de cults movies que nunca debieron realizarse. Y es que, por mucha pleitesía que demuestre hacia los padres del Séptimo Arte, es una de las mayores broncas que ha parido el cine argentino en años.

15.5.08

Algo pasa con Cameron Diaz


Cameron Diaz hace tiempo que está de capa caída. Como siga metiéndose en productos como el infumable Algo Pasa en Las Vegas, le veo muy poco porvenir a una actriz que empezó a errar su carrera, ahora hace 8 años, al intervenir en esa cosa llamada Los Ángeles de Charlie. En su nuevo film, y bajo las órdenes de un tal Tom Vaughan, sigue explotando el rol de rubita tonta aunque emprendedora; una rubita que ya ha perdido ese frescor que desprendía al inicio de su carrera y que empieza a esconder el desgaste físico, de treinta y seis años, a golpe de bisturí. Una rubita que, en definitiva, sólo sigue conservando, de forma espléndida, sus tentadoras nalgas, pues las dotes interpretativas las ha perdido por el camino.

La historia de Algo Pasa en Las Vegas es la de siempre, ni más ni menos. Típica y tópica hasta los topes, de esas de las de “chico conoce a chica”, pasan una noche loca en Las Vegas y al despertar al día siguiente, con la resaca a cuestas, descubren que contrajeron matrimonio durante su borrachera nocturna. Él acaba de ser despedido de la fábrica de muebles propiedad de su propio padre; ella es una agente de bolsa estresada con ganas de renovar su vida. Un cuantioso premio obtenido en un casino, les obligará a convivir juntos durante seis meses, sin recurrir al divorcio, para repartirse con posterioridad las ganancias económicas de tan olvidable velada.

Lo peor que le puede ocurrir a una comedia es que no haya ni un solo gag divertido. Y ello es precisamente lo que le ocurre a ésta: el ingenio no brilla por ninguna parte. Sus chistes son manidos, casi sacados de una sit com barata. La previsibilidad es rotunda. Todo cuanto expone se desarrolla bajo cánones manidos y estúpidos. Y mientras, el espectador, por enésima vez, sentado en la butaca y sufriendo una película que ha visto, con mínimas variaciones, una y mil veces.

Al menos, en ésta, si no quieren aburrirse demasiado ante la propuesta, pueden fijar su atención en el culo de la Cameron;: ellas, para envidiarlo; ellos, para disfrutarlo. Y cómo la señora tiene muy asumido que sus posaderas son su mejor arma, opta por lucirlas continuamente. Así, con tal exhibición, apacigua sus nulas dotes interpretativas. Tanto da que el público ría o no. La cuestión es que su nalgatorio ocupe una buena parte del metraje. Y si es gracias a unas ceñidas minifaldas, mejor que mejor: una manera como otra de anular por completo la ya de por sí sosísima actuación de su partenaire, un inexpresivo Ashton Kutcher que mete la misma cara de imbécil en todo momento, ya sea haciendo de borrachuzo o de (valga la redundancia) imbécil.

Las Vegas, una localización de moda de la que no han sabido sacar ningún rendimiento visual, al igual que ocurre con la parte del film rodada en Nueva York. Dos ciudades emblemáticas, aunque de distinto signo, cuya presencia es totalmente insignificante. Podría haber sido filmada en Hospitalet y en Fuenteovejuna y sería exactamente lo mismo. Una película cuya nula identidad queda incluso reflejada en sus desaprovechados escenarios geográficos. Lo que digo: una sit com total (y de las malas).

Ciertamente, no vale la pena malgastar más tinta y neuronas en un engendro de tal tamaño. Una cinta que no hay por donde pillarla... Bueno, sí, por el trasero de la Diaz. Y punto pelota.

13.5.08

Fin de semana al desnudo

Las relaciones laborales puestas al desnudo en Casual Day, el debut en el campo del largometraje del madrileño Max Lemckle, un hombre formado en el mundo del corto. Este, su primer film, conforma una interesante disección de la empresa actual y se ampara, claramente, en la frescura y surrealismo de Smoking Room y en el destructor cinismo de Glengarry Glen Ross. Una nueva vuelta de tuerca sobre las tensiones y el mal rollo que generan ciertas actuaciones en el ámbito laboral.

Casual day es el término acotado por los norteamericanos para definir esas jornadas de encuentros que -fuera del horario de trabajo habitual y organizados por altos jerifaltes de ciertas empresas- se realizan en un entorno alejado del centro en el que los empleados prestan sus servicios. Generalmente, tal y como sucede en la película, suelen acudir los fines de semana a un tranquilo hotel, situado en medio de un paraje relajante y alejado de las grandes ciudades. Una vez instalados en el lugar, se someten a un número indeterminado de terapias que, en teoría, deberían descubrir ciertos errores de funcionamiento a nivel grupal, personal y empresarial.

Los estereotipos están servidos. Los protagonistas de Casual Day son puras caricaturas del personal que pulula por cualquiera de las empresas de nuestro país. Un estereotipo perfectamente definido y caricaturizado. Un excelente truco para que el espectador pueda identificarse con cualquiera de ellos o, en su defecto, reconozca al instante a muchos de los compañeros que le rodean en su lugar de trabajo. El enchufado recién llegado a la empresa, el pelota rastrero, el cachondo, el amargado…, una fauna extensa a través de la cual se retrata el amplio universo de los machacas de turno, a los de abajo, a aquellos de la tercera planta que nunca podrán subir al soñado sexto piso, la altura máxima de un edificio en cuyos butacones aposentan sus culos los envidiados y odiados mandamases,

La explotación laboral, la cruel competitividad actual (en la que vale de todo para desbancar al contrario) y, ante todo, el análisis de la escala de poder (en la que se presta especial atención al cinismo destilado por los mandos intermedios), son los principales objetivos del punto de mira de la cámara de Lemcke. Un guión preciso, cargado de diálogos hirientes e inteligentes, ayuda a maximizar la sensación de naturalidad y veracidad con la que transcurre la cinta.

Varios son los sentimientos que recorren la espina dorsal de cuantos personajes conforman este peculiar casual day ideado por Lemcke y sus dos guionistas, los hermanos Daniel y Pablo Remón. El miedo a posibles escarmientos por sacar a flote situaciones embarazosas, o el ácido regusto del jefecillo de turno a la hora de llevar a cabo ilógicas represalias a sus subordinados más insubordinados, suponen tan sólo algunas de las claves por las que se mueve la película; una película irónica y dotada de un sentido del humor ciertamente cáustico.

Y allí, en el centro del huracán, dominando todo el cotarro y demostrando con su trabajo la buena dirección de actores de la que hace gala el producto, se encuentra un inmenso Juan Diego que no cesa de "cagarse en los chinos", su frase predilecta en momentos conflictivos; un Juan Diego al límite del histrionismo, aunque sin caer nunca en él. Y es que ese tipo al que interpreta, el rocambolesco don José Antonio, es el jefe de la empresa, el que organiza y desorganiza como le viene en gana. Si hay que potenciar en el escalafón al recién llegado prometido de su hija, lo hará… a pesar de que ello pueda costarle el puesto de trabajo a cualquier otro de sus antiguos asalariados. Un directivo con carácter que va a todas partes en compañía de Cholo, su mano derecha, un ejecutivo agresivo y con cierto poder al que no le cuesta nada poner en práctica las órdenes más dañinas de don José Antonio; un ser despreciable y viscoso al que da vida, de forma espléndida, un maquiavélico Luis Tosar.

Aparte de estos dos grandes intérpretes, no hay que despreciar en nada la labor, concisa y creíble, que llevan a cabo el resto de actores, desde la función más distendida del Morales de Arturo Valls (que suaviza y humaniza un tanto el carácter de su Jesús Quesada en Camera Café) al psicólogo atemperado que encarna Alberto San Juan.

Presten mucha atención, ante todo, al diálogo entre Marta Etura y Estíbaliz Gabilondo que abre Casual Day. Un diálogo totalmente al margen del ámbito laboral pero, en cuyas palabras, se esconden muchas de las incógnitas que se desvelarán a lo largo de la proyección.

¿Melodrama o comedia?; un interrogante que inevitablemente se les planteará durante su metraje en más de una ocasión. Y es que la jocosidad inequívoca de algunas escenas amaga, en el fondo, una escalofriante radiografía de la realidad.

9.5.08

Ustedes lo han querido: EL GRAN SILENCIO

El Gran Silencio es uno de esos extraños spaguetti-westerns que nunca se estrenaron en España a través de circuitos comerciales. Es de suponer que el film de Sergio Corbucci, rodado a finales de los 60, no llegó aquí debido a su valiente y explícito episodio final; un final trágico y tremebundo que se saltaba todas las normas éticas habituales en el género. Un producto diferente y fallido (por no decir directamente malo) que, debido a la tentadora y tenebrista concepción de la historia planteada, bien podría haberse convertido en una obra maestra dentro de su estilo pero que, por culpa de una desastrosa realización y un pésimo guión, se ha quedado tan sólo en un lastimoso quiero y no puedo. Seguramente, en manos de un maestro como Sergio Leone, hubiera salido mejor parado; un Leone al que, por cierto, no se le para de rendir homenaje a base de insertar, en la narración, primerísimos primeros planos (innecesarios y forzados) de los ojos de sus protagonistas.

El film se ampara, principalmente, en el enfrentamiento entre un agresivo cazador de recompensas con la cara de Klaus Kinski y (valga la redundancia) un empecinado cazador de cazadores de recompensas; personaje, este último, interpretado por un sobrio Jean-Luis Trintignant quien, sin lugar a dudas, se convertía (dejando a un lado su atrevido y magnífico the end) en lo mejor del trabajo de Corbucci.

Kinski, mediante un amaneramiento un tanto pasado de rosca, da vida a un tipo malvado que atiende por el nombre de Triguero. Su gran pasión es hacer dinero a costa de aquellos forajidos a los que han puesto precio a su cabeza. El problema, como diría Dylan, es que los tiempos están cambiando y faltan escasos días para que su sanguinario negocio se vaya al traste. En menos que canta un gallo, caerá una amnistía gubernamental anulando cuantas órdenes de búsqueda y captura existan. Ni corto ni perezoso, con esa cara de malo viciosillo que me pone y avalado por la solvencia de un banquero aún más perverso que él, intentará acelerar su proceso de destrucción para mantener a flote su empresa.

Trintingnant es Silencio, un mote que le viene otorgado por su mutismo. De él dicen que, aparte de su sibilina prudencia, va siempre acompañado de la muerte. En realidad, es mudo. A muy temprana edad, tras ver morir a sus padres a manos de un grupo de cazarrecompensas, le pegaron un tajo en la garganta. Desde ese momento, su única ambición ha sido la de eliminar de la faz de la Tierra a cuantos asesinos profesionales -al amparo de la ley- se crucen en su camino. Y Triguero, como era de esperar, se convertirá en su principal objetivo.

Paisajes nevados; un pueblo gélido, en medio de la nada y en el que se refugian criminales y prostitutas; un sheriff novato, con buenas intenciones y un poco tontolculo; una viuda de color (negro), desolada y en busca de cariño, y un grupo de forajidos hambrientos que pulula, como escapado de La Noche de los Muertos Vivientes, por entre las heladas montañas, conforman, junto con la presencia de Triguero y Silencio, las claves de un spaguetti western al que se le pasó en demasía la pasta italiana durante su exagerada cocción. Una cocción que, por culpa de sus ridículos diálogos, el delirio risible de alguno de sus pasajes, sus pésimas interpretaciones y la caótica realización, apunta más hacia el cine basura que a un producto bien acabado. Añádanle un chirriante toque de tragedia griega, en medio de tanto despropósito, y obtendrán el resultado final.

No es de extrañar que, visual y técnicamente hablando, la película no funcione en absoluto ya que, Corbucci, un director excesivamente sobrevalorado, a duras penas supo colocar la cámara con un mínimo de dignidad, y se dedicó a resolver la mayor parte de sus planos a golpe de zooms. El Gran Silencio, entre otros detalles patéticos, se convierte en un sobresaliente ejemplo de lo que significa un montaje caótico. En él, sus escenas casan entre ellas de forma brusca y se suceden, al mismo tiempo y sin descanso alguno, centenares de errores de raccord de lo más cantarín; unos errores que hacen suponer que, o bien el script llevaba encima una cogorza como un piano, o éste ya empezaba a denotar los primeros síntomas de un Alzheimer galopante... En definitiva: una clara muestra de cómo cargarse una prometedora historia con una horripilante puesta en escena.

Con su restauración hace un par de años, la Filmoteca italiana se ha empeñado en otorgarle la calificación de film de culto. E inexplicablemente lo ha conseguido. Aunque también, de modo surrealista, Corbucci llegó a dirigir más de 60 películas. Pero todo hay que decirlo: en sus últimos años de profesión, el hombre terminaría metido en innombrables productos para el lucimiento absoluto de la casposísima pareja compuesta por Terence Hill y Bud Spencer. Y ello, ya es mucho más comprensible.

7.5.08

Pluriempleado

Carmine Giovanazzo, el actor que encarna al detective Danny Messer en CSI New York, es catalán. Nada más falso que su ficha en IMDB (Internet Movie Database), en la que se asegura que nació en Staten Island en 1973. En realidad, el tipo es natural de Barcelona y alterna sus apariciones en la serie norteamericana con las funciones de profesor de interpretación y director de la Academia de OT y como jurado en Tu Sí Que Vales, programas en los que se presenta con su nombre verdadero: Àngel Llàcer.

5.5.08

EN RESUMIDAS CUENTAS: La caligrafía de la muerte

Dos maneras distintas de acercarse a la muerte de un ser cercano y de analizar, en concreto, las reacciones emotivas de los más allegados a éste. Dos films excelentes aunque de narrativa y planificación totalmente distantes. Ambos se pueden disfrutar (o, mejor dicho, sufrir) en la cartelera española: Cosas Que Perdimos En El Fuego y Al Otro Lado.

La primera de ellas, Cosas Que Perdimos En El Fuego, es debida a Susanne Bier, la misma realizadora danesa responsable de un par de trabajos tan desgarradores como Hermanos o Después de la Boda. En esta ocasión y respaldada en la producción por la norteamericana DreamWorks y el reputado Sam Mendes, deja a un lado ese estilo a lo dogma de sus anteriores films y orquesta un brillante melodrama ambientado en el seno de una familia que acaba de perder a uno de sus miembros durante una accidental trifulca callejera.

La cinta de Bier, una vez sucedida la muerte del marido de Audrey, se centra en el examen de un par de personajes perfectamente definidos: el de la desolada esposa, la cual se ha quedado sola a cargo de sus dos pequeños, y en el de Jerry, el mejor amigo del difunto Brian; una amistad que la viuda jamás vio con buenos ojos en vida de su compañero. Dos seres enfrentados desde hace años que, a causa del suceso, darán sus primeros pasos para aproximarse. Ella, Audrey (una sobria Halle Berry), una mujer bien situada gracias a los numerosos ingresos económicos que generó su esposo, se verá incapaz de superar la falta de éste; él, el citado Jerry (un Benicio del Toro sublime y muy acorde con su estilo), es un tipo sin oficio ni beneficio, un abogado que perdió su empleo por culpa de su adicción a la heroína y que, al igual que Audrey, sentirá añoranza por el único amigo que supo comprender sus baches emocionales.

Sus primeros minutos de proyección, por su montaje conscientemente desordenado, puede recordar el estilo empleado por Alejandro González Iñárritu en 21 Gramos; pero sólo en su inicio pues, a partir de la muerte del personaje interpretado por un eficiente y episódico David Duchovny, aparca a un lado el puzzle de saltos temporales y entra de lleno en una narración lineal y de tintes claramente académicos. El excepcional toma y daca entre Halle Berry y Benicio del Toro acaba de empezar. La que nace entre ellos es una relación de amor y odio, en la cual los sentimientos de ambos brotarán en cada uno de sus encuentros; a veces, de modo sensible y dulce; otras, de manera brusca y desagradable. Dos seres tocados por el destino y debilitados por la desaparición del único nexo de unión que poseían.

La incertidumbre de no poder volver a amar jamás a otra persona se convierte, para ella, en una obsesión terrorífica, al tiempo que Jerry destila sus miedos e inseguridades mediante su enfermiza dependencia. Dos personajes desarraigados que, ante la atenta y cómplice mirada de los hijos de ella, buscan desesperadamente la fuerza de su desmoronado espíritu más allá de las cenizas que ha dejado la inesperada visita de la parca.

Un film valiente y emotivo, que no sensiblero, pues Susanne Bier ha demostrado la suficiente inteligencia como para afrontar su dramática puesta en escena sin caer en la lágrima fácil y, a pesar de su dureza expositiva, abriendo una gigantesca puerta a la esperanza.


El otro film anunciado, Al Otro Lado, se trata de una coproducción germana-turca-italiana que, dirigida por el alemán Fatih Akin y como hijo de padres turcos que es, vuelve a tocar de nuevo, al igual que en Contra La Pared, su contundente título anterior, el tema de las raíces y de la bipolaridad que implica ser turco de nacimiento y nacionalizado en Alemania. En esta ocasión, a través de una laberíntica historia que transcurre entre Bremen y un Estambul oprimido y convulso, mezcla la susodicha cuestión racial con el fallecimiento de un par de sus protagonistas.

La muerte de una mujer, en manos del anciano que la sacó del mundo de la prostitución, significa el pistoletazo de salida para que Al Otro Lado empiece a indagar sobre los sentimientos y las acciones del bienintencionado personaje del hijo del homicida; un turco que decide colgar su trabajo como profesor en la Universidad de Hamburgo para instalarse en Estambul y hacerse cargo de una librería especializada en literatura alemana, al tiempo que se embarca en la utópica búsqueda de la hija de la difunta con la intención de comunicarle la desgracia.

La cinta salta de éste al rol de la hija, una joven que alterna sus estudios universitarios con la militancia en un partido en la ilegalidad. cuyos miembros son perseguidos y acusados de terrorismo por el gobierno de Turquía. Una chica que verá tambalear sus valores morales y políticos al conocer la violenta muerte de su amante, una muchacha que, al contrario que ella, jamás había formado parte de ningún grupo político.

Al igual que en Contra La Pared, Fatih Akin se muestra frío con sus personajes, a los que maltrata física y psíquicamente sin pudor alguno, aunque, en su parte final, tal y como ocurre en el film de Susanne Bier, suaviza ciertos aspectos y otorga la posibilidad de un futuro menos angustioso para ellos; unos personajes, del primero al último, marcados por la soledad, el desamor y la violencia. Una violencia que se expresa en pantalla a todos los niveles: desde la violencia de género, pasando por la callejera, la que se genera a partir de la represión ejercida por un gobierno totalitario o la que aflora de la incomprensión social ante la homosexualidad.

Un poco de todo y bien contado, al servicio de un producto en el que la crudeza se alza como el máximo denominador común. La expiación como forma de expresión brutal: la búsqueda de la redención y el perdón por parte de dos seres que, sin cruzarse nunca, han convertido sus respectivas vidas en imágenes paralelas y con fines casi idénticos.

Últimamente y en forma de baño de sentimientos, la vida en su estado más descarnado se ha apoderado de las salas de cine. Me voy a por mi medicación. Hoy la necesito más que nunca.

3.5.08

EN RESUMIDAS CUENTAS: ¡Vaya par de thrillers!

Dos thrillers, dos, han caído esta semana en la cartelera española. Más que thrillers, se les podría calificar de pseudothrilles... o, directamente, de nimiothrillers. Un par de alucinados ejercicios de género, bastante desafortunados, y con dos protagonistas de excepción: Pierce Brosnan y Al Pacino. Ambos llegan con cierto retraso a nuestras pantallas.

Chantaje, el de Brosnan, supone una nueva vuelta de tuerca sobre el secuestro de niños. Su responsable es Mike Barker, un directorcillo británico al que le cuesta dejar a un lado su educación claramente televisiva. No es de extrañar, por esa razón, que su propuesta tenga cantidad de similitudes con cualquier telefilme barato de sábado por la tarde.

En Chantaje se nos cuenta la relación que se establece entre un matrimonio en crisis (una siempre atractiva Maria Bello y un patético Gerard Butler) con el hombre que acaba de secuestrar a su pequeña; un Pierce Brosnan que se alza, sin lugar a dudas, como lo mejor de la película. Y es que, a este actor, le vienen como anillo al dedo los papeles de villano cínico y retorcido, como el Tom Ryan al que da vida en esta ocasión; un tipo que, al mismo tiempo, somete a los padres de la criatura a todo tipo de tensiones, a lo largo de una jornada, si quieren volver a ver a su hija con vida.

Una especie de gincana, organizada sin orden ni concierto, en la que marido y mujer tendrán que sufrir un sinfín de ilógicas pruebas para recuperar a su retoño sano y salvo. Un juego desbaratado, absurdo y con teóricos toques de cine psicológico, durante el cual se irá descubriendo el lado más oscuro del personaje interpretado por Butler, un publicista altivo que, tanto en su vida privada como laboral, demuestra no poseeer muchos reparos morales.

Una cinta fallida y con poca consistencia que, sin embargo y a pesar de su nula credibilidad, alberga algún que otro pasaje logrado y, en general, consigue entretener. La fuerte presencia física de la ciudad de Chicago como escenario principal, el tener la posibilidad de admirar la belleza de la Bello y saborear, al mismo tiempo, el talento de Brosnan ejerciendo de malo, obran el milagro y convierten a un producto desbaratado en un divertimento sin más. Por mucho que se empeñe su director, la psicología brilla por su ausencia. Ahora, eso sí, de moralina hay mucha, demasiada, y se localiza ante todo en su inesperado (aunque nada probable) final.


Si el trabajo de Mike Barker ya es de una irregularidad aplastante, lo que ha hecho el neoyorquino Jon Avnet con su nueva película se me antoja de juzgado de guardia y, en comparación con Chantaje, convierte a esta última (de forma inmerecida) en una obra maestra sin precedentes. En 88 Minutos, Avnet se adentra en el particular y hermético universo del Dr. Jack Gramm, un reputado psiquiatra que ha colaborado, en más de una ocasión, con la justicia en calidad de testigo. Toda una eminencia en el campo de los serial killers que reparte sus horas entre sus numerosos ligues, el lujoso bufete de su propiedad y las clases que imparte en la Universidad.

88 minutos fotografía tan sólo un mínimo espacio de tiempo dentro de la vida del tal Gramm, un Al Pacino metido de lleno en una de esas interpretaciones histriónicas (y hasta ridículas) con las que de tanto en cuando se desmarca, convirtiendo su incalificable labor en un festival de exageradas muecas y gesticulaciones que, en el fondo, van totalmente acordes con la rocambolesca historia planteada. Una historia en la que el facultativo -cargando sobre su conciencia con un trauma del pasado-, deberá enfrentarse con un viejo caso que, con su testimonio, condujo a la pena capital a un violento asesino; una sentencia que está a punto de cumplirse, justo unas cuantas horas más tarde de haber aparecido un nuevo cadáver: el de una mujer asesinada a partir de idénticos métodos a los que utilizaba el recluso. Una misteriosa y amenzanate llamada al móvil de Gramm, pondrá a éste en alerta al comunicarle que tan sólo le quedan 88 minutos de vida...

Un producto más de esos en los que su protagionista principal ha de moverse a contrarreloj, aunque en esta caso sin fuerza alguna. La paranoia hará mella en la serenidad habitual de Gramm. Todos cuantos le rodean se convierten en presuntos criminales; ni uno sólo de sus personajes se libra de caer bajo sospecha. La demencia de la que hace gala Pacino traspasa el personaje y se apodera del realizador, instante en el cual la lógica se pierde por completo; el guión hace aguas por todas partes. Lo que parecía una idea interesante, se transmuta en un cúmulo de situaciones de lo más grotesco, mientras su tiempo narrativo (a pesar de tratarse de una historia a priori trepidante) se ve desbordado, en su mayor parte, por largas líneas de diálogo recitadas por cuantos personajes intervienen en la trama y, en concreto, por la parafernalia oral que dedica Pacino a aquellos que demuestran la suficiente paciencia como para soportarlo.

Si no fuera por su plana realización, exenta de travellings y movimientos de cámara, y en la que domina el continuo uso de un molestísimo gran angular (la forma más imbécil de simular tensión de cara al espectador), uno juraría que 88 Minutos, debido a su alucinado y rocambolesco argumento, es obra de un Brian De Palma durante una de sus etapas más trastornadas y excesivas.

Un despropósito vergonzante que tiene su punto álgido en la relación que se establece entre el trastornado psiquiatra y un taxista; un episodio que no voy a desvelar y que quizás, algún día (si se atreven), puedan descubrir por ustedes mismos. Ni el mítico inspector Clouseau llegó jamás a límites tan desproporcionados en sus numerosos encuentros con profesionales del taxi.

Por cierto: contar con la presencia de Kara Unger y no aprovecharla en lo más mínimo, indica las pocas luces cinematográficas de un Jon Avnet del que empiezo a sospechar que Tomates Verdes Fritos, su debut en el mundo del largometraje, fue debido a otra mano con más experiencia y visión.

1.5.08

1 de mayo

A tenor de la jornada festiva de hoy, tan sólo les dejo un pequeño consejo: el trabajar a destajo provoca estrés. Tómenselo con calma. Andrés Pajares, después de forzar la maquina currando sin parar durante muchos años, ha terminado de los nervios y dándose de hostias con todo quisque.

30.4.08

La cocina del Bullying

Después de los excelentes resultados obtenidos con la prometedora Tapas, sin ser una mala película me esperaba algo más de Cobardes, el nuevo trabajo del binomio compuesto por José Corbacho y Juan Cruz: una historia ambientada igualmente en L'Hospitalet aunque más lineal y menos coral que la anterior. La pena es que, en el camino, han dejado atrás una buena parte de ese sano sentido del humor con el que revestían el drama de los distintos personajes que conformaban su ópera prima aunque, en compensación, nos han obsequiado con un personaje adulto y secundario que, en forma de ángel de la guarda, propietario de una pequeña pizzería y admirador impenitente de Maradona, parece escapado de entre la peculiar fauna que poblaba tal trabajo; un punto de contacto mínimo entre ambos productos pero que, sin lugar a dudas, forma parte del bestiario que da identidad a sus directores.

Es evidente que, por su temática, la cinta está cargada de muy buenas intenciones. En ella se nos habla del bullying, el nuevo modismo con el que se denomina en la actualidad al acoso escolar. Ese acoso que, realizado por compañeros del mismo colegio, deja anulado el carácter del que lo sufre en carne propia. Una persecución que tanto puede ser física, psicológica o verbal; tres connotaciones que convergen claramente en el caso plasmado en el film.

En Cobardes, el joven acorralado es Gary, un chaval de 14 años, hijo de una conductora de informativos de una televisión local y de un asalariado que presta sus servicios en una empresa dedicada a la restauración de grandes edificios. Guille, el hostigador, es otro chico de edad similar e hijo de un regidor del Ayuntamiento y de una ama de casa, la cual mantiene una buena posición social gracias al cargo y al considerable salario de su esposo. Mientras los respectivos padres de ambas criaturas ignoran la realidad, entre Gary y Guille saltan chispas cada vez que cruzan sus miradas en el aula, en el patio o en la calle. El primero, es un niño asustado que cada día, al despertar, teme regresar al colegio pues cree que siempre tendrá las de perder, manteniendo en silencio sus problemas en el seno familiar; el segundo, al contrario, se guía por sus bajos instintos y sabe hurgar perfectamente en donde más le duele al que ha elegido como víctima propiciatoria pero, al igual que éste, evita cualquier comentario de sus fechorias ante sus progenitores.

Con un tema tan interesante y prometedor entre manos -pocas veces tratado en el cine-, es una lástima que se haya construido a partir de una amalgama de tópicos, de entre los que no podía faltar ese tan cacareado (y por regla general bastante falso) del “de tal palo tal astilla”. Al padre duro y trepa, le ha tocado un hijo de similares características, mientras que al otro, un tipo más bonachón que se deja avasallar en su lugar de trabajo, le ha salido un niño cobardica. Unos personajes tipificados y, en el fondo, no muy creíbles ya que, curiosamente y siendo vecinos de una ciudad como la de L'Hospitalet, se desmarcan como la excepción que confirma la regla al poseer, todos ellos, un statuts ciertamente elevado en comparación con la gran mayoría de sus habitantes, en general gente trabajadora y con mínimos recursos económicos. Posiblemente, esta sea una elección consciente (aunque no muy convincente) para distanciarse un tanto de los personajes más autenticos y terrunos que dieron pié a Tapas.

La fórmula del vídeo-clip es la mejor solución encontrada por Corbacho/Madrid para disimular su ostensible falta de guión. Con la ayuda de los temas que integran la funcional banda sonora original compuesta por Pablo Sala, adornan un sinfín de escenas sincopadas en las que la palabra brilla por su ausencia. En su inicio, con sólo cinco minutos, ya se le ha planteado al espectador el camino -y los consiguientes conflictos- por los que transcurrirá la película. A pesar de la aparente dureza del tema a tratar, hay demasiada ornamentación gratuita, repetitiva y sin salsa como para dar cuerpo al grueso de su argumento.

Aparte de la bienintencionada crítica al bullying y a la reacción que demuestran los mayores ante él, Cobardes se alza como un estoico canto en contra de la glorificación de la telefonía celular, y de los avances de la tecnología digital, debido al continuo uso que hacen sus protagonistas de todo tipo de móviles. Un canto cargado de cianuro pues, entre otras cosas buenas del film, alerta sin cesar de los peligros que devienen de la mala utilización de tales medios; un mal uso que, a la larga, puede convertirse en una peligrosísima arma de doble filo. El puto entretenimiento de grabar palizas a otros seres humanos, mediante la cámara de vídeo incorporada a la mayoría de modelos celulares, es una cuestión candente que los dos realizadores reflejan a la perfección.

También vale la pena destacar la magnífica interpretación que de todos sus personajes hacen los integrantes del brillante elenco elegido, resaltando ante todo la labor de una sorprendente Paz Padilla que, en el rol de la esposa del regidor municipal y madre de Guille, se adentra, por primera vez y con resultados excelentes, en un papel dramático y totalmente distinto a lo que nos tenía acostumbrados gracias a las teleseries y a un par de breves intervenciones cinematográficas. Es innegable que, en el caso de la dirección de actores, Corbacho y Madrid superan la prueba con nota elevada.

Como ven, no todo es negativo en Cobardes, una cinta difícil de juzgar por culpa de las fuertes expectativas levantadas por su primer film dirigido en comandita. Limando asperezas, mucho menos esteriotipada y con cuerpo argumental central más compacto, este sería un digno trabajo a tener en cuenta pues, el dueto de realizadores, sabe colocar la cámara (cuando quiere) a las mil maravillas. Pocos, hoy en día, como han hecho ellos, utilizan al cien por cien la majestuosidad del formato scope aprovechando todos sus ángulos posibles.

29.4.08

Los Angeles de James Ellroy


Dueños de la Calle significa una grata sorpresa para los amantes del cine negro y por extensión del cine de acción, ya que su realizador, David Ayer, en éste su segundo film tras el interesante Harsh Times (Vidas al Límite), combina con total seguridad las constantes de ambos géneros. Los Angeles como escenario geográfico, una trama sobre corrupción policial a altos niveles y un personaje acabado como protagonista principal, conforman el eje central de un producto en cuyo guión, aparte de Kurt Wimmer y Jamie Moss, figura como acreditado el prestigioso escritor James Ellroy, el autor de novelas como L.A. Confidential y La Dalia Negra; todo un experto en la materia que, en esta ocasión y por primera vez, se ha encargado de la confección del argumento directamente para la pantalla grande.

La cinta de David Ayer, aparte de contar con la colaboración inestimable de Ellroy, tiene a un Keanu Reeves distinto e impresionante como actor principal; un Reeves mucho más maduro y un tanto envejecido que, por fin, apuntala a un buen personaje a través de una interpretación sobria y cargada de matices pues, el policía al que da vida, un detective de la brigada antivicio de Los Angeles que atiende por el nombre de Tom Ludlow, es un tipo acabado y marcado por la muerte accidental de su esposa y por su desmesurada afición a la bebida. Un hombre que se toma su trabajo de forma expeditiva, saltándose las normas y actuando siempre de modo visceral. Entre sus camaradas se le conoce como “el chico del listín”, ya que los interrogatorios que lleva a cabo son famosos debido a los mamporros que suelta a los sospechosos con la ayuda de una gruesa guía telefónica.

Ni que decir tiene que el tal Ludlow se verá involucrado en el brutal asesinato de un viejo colega de profesión; un detective que estaba en contacto con la gente de Asuntos Internos para declarar ciertos aspectos turbios del trabajo de Ludlow y de sus compañeros de unidad. En un principio, Dueños de la Calle da la impresión de tratarse de una película más sobre polis buenos y polis malos; pero sólo es una impresión errónea con la que juegan, durante todo el metraje, su realizador y la inteligente pluma de James Ellroy. De hecho, la trama es previsible... , mejor dicho: sólo parece previsible ya que, en su consistente final, da un giro que va más allá de toda previsibilidad, otorgándole una nueva dimensión que la distancia de otros títulos anteriores en los que la corrupción policial se constituía, tan sólo, como un factor mínimo entre la “bondad” general del cuerpo de policía y altos estamentos políticos y judiciales.

Un producto brillante y trepidante, en el que la carga melodramática que lleva consigo el personaje de Keanu Reeves y todo cuanto le rodea, se ve amplificada gracias a un buen número de escenas de acción dignas del mejor cine de género. Un par de tiroteos escalofriantes y furibundos –ambientados ambos en localizaciones interiores-, el contundente ajusticiamiento de un agente fuera de servicio o una vibrante persecución, a pié, por las calles más desangeladas de Los Angeles, son una buena muestra de la fuerza narrativa que le ha otorgado su director.

En Dueños de la Calle no queda ni un solo cabo suelto en su historia. Todo está perfectamente coordinado a través de un guión sencillo pero altamente conciso. Tal y como demuestra esta cinta, no es necesario complicar en exceso un argumento para que éste resulte efectivo. El poder de síntesis llevado al máximo. En muchas ocasiones, con una sola línea de diálogo, aclara varios de los puntos oscuros que han ido saliendo durante su desarrollo; una genialidad que se manifiesta, ante todo, en la milimétrica escena en que el agente Tom Ludlow comparte mesa en un restaurante, cara a cara, con Hugh Laurie, el televisivo doctor House dando vida, de manera imponente, a un capitán de la brigada de Asuntos Internos.

Un thriller de los de visión obligatoria, tanto por su planteamiento como por su sorpresiva resolución final. Lástima, de todos modos, de un Forrest Whitaker un pelín desmesurado y que, por culpa del desmelene con el que construye a su personaje, acaba regalando demasiadas pistas al espectador sobre las intenciones de su papel; un “pero” que, sin embargo, no rompe en absoluto el juego a lo déjà vu mantenido por los responsables del film; al contrario, pues aseguraría que aún potencia más las coordenadas narrativas elegidas, al tiempo que distancia a la platea del verdadero e inesperado the end.

28.4.08

Ustedes lo han querido: YO HICE A ROQUE III

España, 1980. Justo un año antes, se había estrenado Rocky II. La fiebre provocada por el boxeador cinematográfico por excelencia iba en aumento en nuestro país; el momento ideal para que Mariano Ozores orquestara una de las parodias más populares de los films protagonizados por Sly Stallone. Anticipándose un par de años a la tercera entrega sobre Rocky Balboa, el realizador madrileño, contando con la inigualable presencia de Andrés Pajares y Fernando Esteso, puso en marcha su muy particular Yo Hice a Roque III.

Pajares se amoldó al personaje de Roque González, un tipo que había boxeado en una sola ocasión durante su juventud y al que, entre Esteso y un inconmensurable Antonio Ozores, metían bastante engañado en una trampa de mucho cuidado, pues le obligaban a subir a un cuadrilátero para enfrentarse a una bestia feroz con los puños del mismísimo “Dum Dum” Pacheco, un famoso pugilista tocado de aquellos tiempos que, en el film y satirizándose a sí mismo, atendía por el muy castizo nombre de Kid Botija. El spanish show asomaba hasta en el bautizo de sus personajes. En realidad, el amañado montaje formaba parte de una estrategia de tres al cuarto para que el amigo Esteso (Federico Castro en la película), achuchado por su esposa Petra (la siempre interesante Mirta Miller), pudiera echar de casa al pobre de Roque, un amigo de toda la vida, sin oficio ni beneficio, que llevaba una larga temporada viviendo de gorra en el domicilio de los Castro.

Yo Hice a Roque III es uno más de los 100 productos dirigidos por Mariano Ozores, ¡qué no es ná!, una máquina imparable de hacer cine casposo que, con el paso del tiempo y aunque parezca imposible, aprendió a colocar la cámara en sus películas la mar de bien. De hecho, en ésta y teniendo en cuenta su visible falta de presupuesto, parece un verdadero milagro su más que correcta filmación; una filmación que, junto a la estelar presencia de Antonio Ozores, su propio hermano, se convertía en lo mejor de la propuesta. Y es que Antonio, en el papel de Paco -el propietario de un gimnasio y devorador compulsivo de pipas-, con su atropellada y única verborrea, daba un pequeño toque surrealista al film que hacía incluso olvidar la vertiente más chabacana y hortera de la pareja compuesta por Esteso y Pajares.

Un título claramente deudor de esa etapa destapista por la que pasó el cine patrio en la década de los 70. Una docena de pezones bien lustrosos, unos cuantos culitos respingones y alguna que otra pelambrera vaginal en forma de triángulo, fueron las aportaciones de ciertas féminas de buen ver (de cuyo nombre ni se sabe) que, a base de mostrar al personal su cuerpo serrano, pretendían abrirse camino en la producción nacional. Como estandarte de tales jamonas y en un papel más lucido que ellas, allí estaba la ya citada Mirta Miller, la santa y sufrida esposa del tal Federico y que, en esta ocasión, se mostró bastante más recatada de lo normal ante la cámara. Una escenita de cama con Esteso y un achuchón con éste en la bañera es a lo máximo que se atrevió una mujer que, cuatro años antes y por su intervención en un film de Antonio Giménez Rico (Retrato de Familia), se convirtió injustamente en víctima expiatoria de los más moralistas del lugar al haber protagonizado, en el mismo, una escena de sexo con un menor de edad. Pederasta fue lo más flojo que se le llegó a decir a esta tentadora argentina de adopción española que, según cuentan malas lenguas, terminó siendo la amante de Alfonso de Borbón y Dampierre, el mismo que en 1989 acabara degollado, durante una trágica jornada de esquí, en la estación de Beaver Creek en Colorado.

La caspa al máximo nivel. Todos los tópicos del cine de Ozores vertidos en un mismo título. Visto uno, vistos todos. Malo, malo, malo... pero (aunque pueda parecer una contradicción) ingenuamente divertido. El otro día, revisándolo (o, mejor dicho, enfrentándome a él por vez primera), me reí con ganas en varias ocasiones. Es tal el delirio de algunas de sus escenas que resulta imposible quedarse indiferente ante ellas (magnífica la inacabable subida de escaleras, a lo Rocky. por parte de Pajares y Esteso, o la aparición, en el gimnasio de Paco, de un grupo de boxeadores deformes, delgados y ancianos).

Lo más curioso de todo es que, si se volviera a estrenar ahora mismo, seguramente se la tildaría, en muchos aspectos, de políticamente incorrecta e incluso ofensiva. Y es que, con el paso del tiempo, este país ha perdido la facultad de reirse de sí mismo, incluidos en ese saco a la actualmente penosa pareja protagonista quienes, individualmente y por separado, van llorando sus miserias por cuantas cadenas televisivas tienen a su alcance... Justo alí, en esa auto parodia cochambrosa (pero sana), se encontraba precisamente el truco del cine de Ozores.

¡No son maneras!

El jueves pasado, día 24 de abril, y en el apartado de los comments pertenecientes a 8 Citas, apareció un descarado spot publicitario sobre la película española La Crisis Carnívora. Como es norma en esta página no borré tal intrusión comercial, aunque sí les recordé a los propietarios y responsables del film y a su distribuidor oficial, Abrakam Studio y Aurum, respectivamente, que se abstuvieran de tal agresión y que, en todo caso, procedieran a solicitar el número de mi cuenta corriente para echarme unos euritos en concepto de publicidad en el blog.

Sin ningún tipo de reparo, ayer por la tarde y a pesar de haber sido avisados en su momento, volvieron a entrometerse en los comments del artículo sobre Cashback para recordar, de nuevo, la fecha de estreno de su producto. Personalmente y ante tal machacona insistencia, ya le he pillado una manía inmensa al título que pretenden colar de manera tan intrusista y maleducada. La publicidad se paga; aquí y en todas partes... ¿o es qué, acaso, los blogs vamos a ser los únicos en tolerar un avasalle de este tamaño?

Tengan por seguro, señores de Abrakam Studio y de Aurum, que cuando se estrene su película, en esta humilde bitácora no aparecerá ni una mínima mención sobre ella. Si les apetece, sigan insistiendo en artimañas publicitarias amparadas en el subterfugio y en el nulo respeto hacia quienes se curran su página en Internet. Hasta ahora, nunca he anulado un solo comentario, ni siquiera aquellos que han proferido todo tipo de insultos. Siempre hay una primera vez y, en caso de volver a colarse de un patadón por la puerta grande, su Crisis Carnívora de las narices inaugurará el marcador de entradas ajenas desaparecidas. Para empezar, su posible reseña o crítica en Spaulding's blog ya ha desaparecido antes de ser proyectada en nuestras salas.

Y es que... ¡no son maneras!

25.4.08

Alargando, que es gerundio

En el 2004, Sean Ellis, un joven británico natural de Brighton, se despuntó con un original cortometraje, de 18 minutos de duración, que llevaba por título Cashback; un trabajo que arrasó por todos los festivales por los que pasó, debido a su cuidada técnica, a la originalidad de su propuesta y, ante todo, a su atractivo tratamiento visual. Dos años después, en el 2006, decidió ampliarlo y filmarlo de nuevo para su debut en el campo del largometraje. Ahora, con mucho retraso respecto a su estreno en Inglaterra, llega a España el Cashback de 102 minutos; o lo que es lo mismo, la versión que los americanos hubieran bautizado, a bombo y platillo, como Cashback, The Movie.

La cinta narra las peripecias que realiza Ben Willis, un estudiante de arte, para paliar las largas noches de insomnio nacidas a raíz de la ruptura con su compañera sentimental. Para ello, su primer objetivo será el de apuntarse en el turno de noche de un gran supermercado, lugar en el que, igualmente, las horas transcurrirán lentas y con nulos alicientes. Buscando posibles soluciones a su hastío, dará con un fantástico truco para evadirse de la realidad: parar el tiempo en su mente y recrearse en la clientela femenina del lugar, paseando entre mujeres inmóviles y observando, en silencio, unos cuerpos que, durante su ensoñación, ha ido desnudando poco a poco.

Como idea para hilvanar un cortometraje no está nada mal pero, además de explotar hasta el cansancio su único recurso visual (el del efecto de inmovilidad general), adorna el resto del metraje añadido con un montón de historias paralelas tan vacías como insignificantes. Y ello lo hace a través de los otros empleados del local, entre los que no podían faltar los dos descerebrados de turno, un jefe insolente y una dulce y pizpireta cajera por la que empezará a sentir ciertos deseos irrefrenables.


Ante la vacuidad de cuanto expone, no es de extrañar que, tal y como el propio director ha declarado, el guión lo escribiera en siete días. Siete días de nula inspiración, metiendo paja a granel y abusando del efecto por el cual fue altamente valorado el corto original. Si a ello le sumamos un elevado número de caóticas interpretaciones y una falta de estilo alarmante en su puesta en escena, tan sólo nos queda el citado efecto de marras; reiterativo y cansino, aunque en el fondo eficaz y, durante una dilatada escena en concreto, adornado con un sinfín de bellas féminas, en porretas y perfectamente elegidas que, sin lugar a dudas, harán las delicias de los espectadores masculinos más calentorros.

No hay mucho más detrás de Cashback. Un film pequeño; diminuto... dejémoslo en microscópico. Una partícula de ínfimas proporciones en medio del gigantesco universo que compone el Séptimo Arte; una partícula que, para más desgracia, resulta difícil de digerir por dos claras razones: el sopor que provoca y, ante todo, por su ridículo, rosado y cursi episodio final. Nunca debería haber ido más allá de los escasos 18 minutos del original. Todo lo añadido, o bien resulta repetitivo o extremadamente innecesario.

A modo de curiosidad observen, a su izquierda, la sutilidad puritana del cartel publicitario inglés (en el que brotan, por arte de birlibirloque, unos sujetadores sobre los pechos de la modelo) y compárenlo con el que abre el post, mucho más explícito y destinado a la explotación comercial del film en nuestro país. ¡Viva el arte de lo castizo y de los manjares sin adulterar!

Les dejo. Me voy al Carrefour a detener el tiempo y a darme un garbeo entre las cajeras y la clientela.

23.4.08

Manuale d'Amore a la española

Dos directores, ¡dos!, han sido necesarios para urdir una película tan arcaica y vacía como 8 Citas, un producto que copia descaradamente la fórmula utilizada por el par de entregas de la italiana Manuale d’Amore. Por si ello no fuera suficiente, le han añadido unas cuantas cucharadas soperas del tipo de humor destilado en Escenas de Matrimonio, esa rancia serie televisiva que aún emite, en la actualidad, una de nuestras cadenas privadas. Los responsables de tal despropósito atienden por Peris Romano y Rodrigo Sorogoyen, un dúo de jóvenes y debutantes realizadores que con este título, su ópera prima en conjunto, no prometen demasiadas esperanzas para el futuro.

Al igual que las citadas Manuale d’Amore, 8 Citas se compone de 8 episodios. Bueno, mejor dicho, 7 y un bonus track el cual, a modo de epílogo, reúne de manera forzada a cuantos personajes han intervenido a lo largo de los capítulos precedentes. Y lo hace aprovechando el entierro de uno de ellos y que, en realidad, poseía una nula importancia dentro de las diversas tramas planteadas. Un truco barato para que, al final, Romano y Sorogoyen puedan alardear de que todas sus historias se hallaban ligadas por un nexo en común. ¡Pamplinas! Además, por lo que pude oir en una entrevista con ellos en televisión, no tienen vergüenza alguna en afirmar que les ha quedado un largometraje "redondo". Ciertamente, algunos no tienen abuela.

Cada uno de sus episodios se centra en alguna que otra pareja afectada por el sentimiento del amor, ya sea de forma positiva o negativa. La intención de los cineastas (¡qué duro es tildar de cineastas a este par de debutantes!) es plasmar los efectos del amor en sus diversas variantes. O sea: el amor que está a punto de surgir; el recién iniciado; el que está en pleno declive; el que ya se ha quemado del todo; la monotonía de la pareja; los celos; el adulterio... Todo un compendio de estándares que nada nuevo ofrece al espectador. Todo cuanto cuentan se ha visto, en centenares de ocasiones anteriores y perfilado de manera mucho mejor.

Para narrar las distintas historias que componen el largo, Sorogoyen y Romano (el orden de los factores no altera el producto), han optado por adentrarse en el género de la comedia. Una comedia muy de revista picante de los 70, cargada de gags burdos y en exceso teatrales, lo cual da lugar a que sus actores (del primero al último) opten por una interpretación desmesurada, plagada de gesticulaciones innecesarias y entonaciones vociferantes (y casi canturreadas) al más puro estilo de los viejos cómicos de feria. Un muestrario escalofriante de lo que jamás debería ser una buena actuación; un muestrario palpable que sería de obligación proyectar en todas las escuelas de arte dramáticas habidas y por haber y del que, ante todo, se debería prestar especial atención al trabajo de José Luis García Pérez, el protagonista del film Cachorro y que aquí se desmarca (con nota alta) como el más pésimo de todo su casting.

8 Citas es una cinta tan sólo apta para masoquistas que quieran sufrir en silencio en la oscuridad de una sala. Los Romagoyen (léase como la contracción del apellido de ambos realizadores) han viajado a través del túnel del tiempo para devolvernos un cine obsoleto y rancio que ya empezábamos a olvidar. Y es que, la estética y las intenciones de Lo Verde Empieza en los Pirineos y similares, queda ya muy lejos. La memoria histórica es altamente necesaria pero, en algunos casos, sería mejor no menearla demasiado. Ya está suficientemente mal el cine español para que ahora nos pongamos a dar marcha atrás.

22.4.08

Lost (Perdidos)

De Israel nos llega La Banda Nos Visita, la ópera prima de Eran Kolirin, un hombre formado en la televisión de su país natal y que, en su debut, monta un curioso encuentro entre un grupo de egipcios y los habitantes de un pequeño pueblo israelita. Dos culturas cercanas aunque distintas que, durante una noche, limarán diferencias, al tiempo que ofrecen al espectador un inmenso canto a la hermandad.

Un retrato fresco, atípico y sensible del que vale la pena destacar su amplio sentido del humor; un claro referente al concepto que del cine tenía el gran Jacques Tati y que planea, claramente, sobre los veinte minutos iniciales de proyección. Un aeropuerto israelí casi desierto, y los ocho desamparados miembros de una banda de música de la policía egipcia, se aúnan para orquestar (y nunca mejor dicho) algunos de los mejores momentos de comedia que ha dado el cine de esta década. Casi sin palabras, y apoyándose tan sólo en las alucinadas miradas de los integrantes del grupo y en la composición fotográfica y escénica de sus planos, logra captar la carcajada de la platea a través de situaciones que, de tan kafkianas, terminan aliándose con la vida real de cada día.

No suele ser habitual que una banda musical, compuesta por policías de Egipto, sea invitada a realizar un concierto en una población de Israel; aunque aún es menos normal que dicho grupo, tras aterrizar en el país, se equivoque de lugar y aparezca en otra localidad totalmente diferente y equidistante de aquella a la que tenía que acudir. El punto geográfico erróneo está enmarcado por una villa vacía, silenciosa, enclavada en pleno desierto y cuyos pocos vecinos, a pesar de su aparente pobreza, muestran gratos signos de amabilidad con los turistas accidentales.

Lástima que La banda Nos Visita no conserve, durante el resto del metraje, esa garra humorística con la que abre su historia. Ese sublime toque Tati se diluye y, aunque sin desaparecer del todo, da paso a una vertiente más tierna durante la cual el hombre, como ser individual y desmarcándose de rivalidades y antagonismos históricos y políticos, alcanza un gran protagonismo. Y todo ello lo desvelan los bien perfilados personajes que pululan por las solitarias calles nocturnas de una población triste y con mínimos recursos económicos.

Atención a la excelente interpretación de Sasson Gabai, uno de los actores más populares de Israel y que en el film encarna al teniente coronel Tawfiq Zacharya, el jefe refunfuñón, aunque muy digno, que gobierna la zozobrante y perdida nave musical; un tipo cargado de claros rasgos militaristas que, por otra parte y a pesar de su avanzada edad, destila una química impresionante con Ronit Elkabetz, una bella actriz, nacida en Beersheba, que da vida a la misteriosa Dina, una mujer dura que ofrece hospitalidad y simpatía a un grupo de seres desorientados, uniformados y un tanto desesperados.