13.1.17

Gore, religión y objeción de conciencia


En Hasta el Último Hombre, la nueva película como director de Mel Gibson, se aúnan tres de las constantes en la filmografía del realizador: religión, violencia extrema (casi me atrevería a afirmar que gore) y, aunque resulte paradójico, todo un canto al pacifismo. De hecho, la cinta se basa en un caso verídico, el que protagonizó Desmond Doss, un joven objetor de conciencia que, a pesar de su ideología, prestó sus servicios como médico militar en el frente de Okinawa, en el Pacífico, durante la Segunda Guerra mundial.

Claramente, el trabajo de Gibson está planteado con vistas al Oscar y, para ello, contando con la sempiterna estructura de cualquier biopic que se preste, su primera parte –en la que se presentan los personajes principales de la trama y se asiste a la instrucción militar de su protagonista- resulta tan formal y academicista que, a pesar de los esfuerzos del realizador por darle cierto ritmo a la cosa, acaba aburriendo hasta a las musarañas. Aparte, es tanta la carga religiosa que acarrea el personaje y las motivaciones del joven Doss que, por momentos, me pareció incluso un insulso y ofensivo manual del buen cristiano; tan insulso casi como la interpretación de un inexpresivo Andrew Garfield, actor sobre el que recae la mayor parte del peso del film.


Su segunda hora de proyección ya es harina de otro costal y es allí en donde Gibson se mueve con más soltura pues, en ella, se nos muestra sin tapujos el combate en Okinawa al más puro estilo de lo que hizo Steven Spielberg a la hora de rodar el cruento desembarco de Normandía en Salvar al Soldado Ryan. Totalmente explícito en detalles, Hasta el Último Hombre se convierte en un potente festival gore en todos sus aspectos: cuerpos amputados y sangre a borbotones, servido todo ello por una filmación tan frenética como perfectamente controlada y en la que la tensión resulta uno de los factores más determinantes de la batalla. Lástima, de todos modos, que esos trepidantes y magnéticos 60 minutos acaben rociados de ese aire místico y milagroso que el director intenta vendernos por encima de todo.


Un producto irregular, compuesto de dos partes bien diferenciadas (una típica y tópica y la otra delirante e inquietante) que, en todo momento, intenta vendernos eso ya tan cansino de que Dios existe.

1.1.17

Recopilando (y II): Lo más peor del 2016

Pues nada, que hoy me apetece empezar el 2017 con lo más patético de la cosecha del 2016. Y, como siempre, de lo peor a lo más peor: del 10 al 1 y, en esta ocasión, por tratarse de títulos para mí inaguantables, no pienso dedicarles mucha parrafada. Al más puro estilo telegráfico. Estoy gandul y mi cuerpo, en un día como hoy, no da para mucho más. Vayamos al grano.

10.- Anomalisa. Animación cutrona (y cunnilingüera) al servicio de un amodorrante y pretencioso film destinado a adultos gafapastosos. Como uno de sus dos directores se trata de Charlie Kaufman, algunos, sólo por el nombre, ya la han tildado de película de culto. ¡Mandan cojones!


9.- El Hijo de Saúl. O érase de una cámara pegada al cogote de un pobre judío deambulando, arriba y abajo, por el campo de concentración de Auschwitz. Por muy dura que pretenda ser, resulta aburrida y tediosa hasta extremos insoportables. Alucinadamente consiguió el Oscar a Mejor Película de Habla no Inglesa. ¡Pero que buenos y políticamente correctos son los de la Academia de Hollywood!


8.- Batman V. Supermán: El Amanecer de la Justicia. Otro truño más en la lista de despropósitos de Zack Snyder, totalmente deslavazado, pésimamente narrado e incapaz de lograr una mínima atención por parte del abrumado espectador. Un disparate gigantesco que no conduce a ninguna parte.


7.- Joy. Biopic de Joy Mangano, una mujer que de trabajadora pasó a convertirse en la más famosa de las presentadoras de teletiendas en los EE.UU. Y, de allí, a gran empresaria. De nuevo, el puto sueño americano a toda pantalla. Sosa a más no poder, con una historia que no interesa absolutamente a nadie y con una insoportable Jennifer Lawrence como principal gancho comercial. Capitanea el engendro el pesado de David O. Russell.


6.- Ben-Hur. Todo un patético ejemplo de cómo filmar, de cabo a rabo, una película de aventuras mediante primerísimos primeros planos. La hostia, vaya. Existiendo la maravilla del Ben-Hur de William Wyler, resulta totalmente innecesaria. Y ello por no hablar de sus actorcillos de tres al cuarto y del chirriante look a lo Whoopi Goldberg que le han endosado al pobre de Morgan Freeman.


5.- Frente al Mar.  Ni con este melodrama matrimonial, Angelina Jolie y Brad Pitt lograron enderezar sus rencillas matrimoniales. Indigerible hasta extremos insospechados. El Pitt se pasa todo el metraje metiendo cara de tontainas y la Jolie, de mujer despechada y cabreada. El intento de ella, tras la cámara, de aproximarse al cine de Antonioni. Y, en cierta medida, lo consigue, pues la cosa acaba siendo igual de plomiza que la mayor parte de la filmografía del director italiano.


4.- High-Rise. A Ben Wheatley, adaptando la novela de J. G. Ballard, se le va la mano en todos los aspectos. El retrato de una sociedad comprimida en el interior de un edificio, con distintas capas sociales albergadas en él, aparte de absurdo y mal narrado, se me antoja de lo más letárgico y poco atractivo. En el fondo, su filosofía (barata, barata) es la misma que la de Snowpiercer (Rompenieves), pero sin trempera y en versión culturillas.


3.- Elle. O la paja mental del amigo Paul Verhoeven. Un inicio prometedor al servicio de un desvarío total que, sin orden ni concierto, se convierte en un producto apelmazado. Violaciones, venganzas, sadomasoquismo, amoralidad y cierto toque crítico para con el mundo de la familia. Un quiero y no puedo, con ansias de cine de autor, que ha hecho las delicias de los gafapastas del lugar. Al menos, de la quema, salvaría el buen hacer de Isabelle Huppert, a pesar de repetir su rol de casi siempre.


2.- The Neon Demon. Una nueva tomadura de pelo de Nicholas Winding Refn quien, a través de la segunda paja mental del año, sigue soñando en convertirse en el nuevo David Lynch del siglo XXI. Top models, vampirismo por un tubo y poco cosa más. El resto, no se entiende un pijo. Eso sí, a lo largo de su metraje, de rarezas hay para dar y vender. Caca de la vaca. Viendo sus resultados, sigo pensando que Drive se la hizo un muy buen amigo.


1.- El grueso del cine español de este año, excepto honradas excepciones. Es decir, y por primera vez y sin que sirva de precedente, el number one de lo más peor se lo lleva la friolera de siete películas nacionales, a cual más nauseabunda. O sea: El Mal Que Hacen los Hombres, El Pregón, Toro, Nacida Para Ganar, Acantilado, Secuestro y Cuerpo de Élite. Y seguro que me he quedado corto. Vaya, para mear y no echar gota.


¡Que tengan un feliz 2017!

31.12.16

Recopilando (I): Lo más mejor del 2016

Como cada fin de año y conservando la tradición, hoy toca apuntar las que han sido, a mí gusto, las diez mejores películas del 2016. Como siempre, algunos títulos interesantes han quedado fuera de la lista, tal y como ha sucedido con la compacta El Contable, ese extraño cuento australiano que atendía por La Modista, la gamberra La Fiesta de las Salchichas o las muy emotivas El Olivo o La Correspondencia.

Pues nada, que aquí tienen las 10 mejores del año. Y, como siempre, de menor a mayor relevancia. O sea, del 10 al 1.

10.- Dos Buenos Tipos. Una locura graciosa y, para más coña, surtida de un sinfín de guiños cinéfilos ciertamente curiosos. Todo un homenaje a las buddy movies de una época muy concreta que, ambientada con mucho cariño en la década de los 70, nos acerca a la investigación que un par de detectives inusuales de Los Ángeles llevan a cabo para descubrir el paradero de una joven desaparecida. Ryan Gosling y Russell Crowe sorprenden con sus inesperadas dotes cómicas y, su director, Shane Black, recupera el mismo espíritu gamberro que vertió en Kiss Kiss Bang Bang dándole, en esta ocasión, cierta relevancia al gag visual al más puro estilo Blake Edwards. Un entretenimiento en estado puro, filmado y escrito sin complejo alguno.


9.- Espías Desde el Cielo. Militares, drones y terroristas al servicio de una historia mínima pero altamente tensa en donde, a través de una operación conjunta de los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos, un refugio de extremistas en Nairobi está a punto de ser destruido. Sofisticado thriller psicológico y altamente crítico que demuestra la sabiduría de su director, Gavin Hood, a la hora de manejar situaciones angustiosas y al que hay que añadir un buen número de sobrias interpretaciones a cargo de gente tan prestigiosa como Helen Mirren o el desaparecido Alan Rickman. Cínica y brutal. Nunca hasta ahora los efectos colaterales de una acción militar se habían reflejado con tanta mala leche como en este film.


8.- La Doncella (The Handmaiden). Una pequeña joya del coreano Park Chan-wook que abriga una historia de timadores en la Corea ocupada por los japoneses durante los años 30, en donde un par de rufianes, un hombre y una chica experta en el arte del engaño, se aliarán para conseguir que una muchacha adinerada caiga en las redes sentimentales del primero para conseguir sus favores y su tentadora herencia. Dotada de una belleza plástica insuperable y de una magnética narración, que en nada rompe los cánones clásicos del Séptimo Arte, Chan-wook nos regala una cinta llena de inesperados giros de guión y con tres partes claramente diferenciadas para narrar lo que acontece en pantalla desde distintos puntos de vista. Suspense, misterio y, de propina, un puntito de morbo otorgado por una excelente escena de sexo lésbico. Canela en rama.


7.- Comanchería. Un thriller polvoriento y sudoroso que, dirigido por el británico David Mackenzie, nos traslada a la América rural de Nuevo Méjico para contar la historia de un par de hermanos que, con el fin de saldar una deuda familiar con los bancos, se dedican a asaltar pequeñas agencias de una entidad bancaria muy concreta ante la atenta mirada de un obstinado y cascarrabias sheriff local que, a punto de jubilarse, intentará atrapar a los atracadores. Su compacto guión y la fuerza del personaje del policía creado por un impresionante Jeff Bridges aún en plena forma, así como los buenos trabajos de unos sorprendentes Chris Pine y Ben Foster, hacen de ésta una de las mejores propuestas del año. Si a todo ello le suman un puntito de humor de lo más cínico, un inevitable toque de tragedia y la solidez de la crítica social y política que lleva implícita su argumento, tendrán un film de visión obligatoria. Para sacarse el sombrero.


6.- Mustang. Un interesante y compacto melodrama que, por su magnetismo e interés crítico fue nominado al Oscar a mejor película de habla no inglesa. Dirigido por la debutante Deniz Gamze Ergüven, una mujer turco-francesa, nos narra el periplo que sufrirán cinco hermanas huérfanas de un pequeño pueblo al norte de Turquía, cuando sus familiares más cercanos (una abuela y su tío) decidan encaminarlas hacia el matrimonio. Un soberano mazazo al patriarcado y a las insanas costumbres religiosas y sociales de un país que, a pesar de su explícita dureza, no renuncia al sentido del humor para afrontar alguno de sus pasajes. Un claro grito a la libertad que cuenta, además, con las brillantes interpretaciones de sus cinco jóvenes protagonistas. Emotiva y sorprendente.


5.- Que Dios Nos Perdone. Un thriller duro y compacto, ambientado en 2011 durante la visita del Papa a un Madrid que nunca con anterioridad se había retratado de una manera tan decadente como lo hace su director, Rodrigo Sorogoyen. Llena de iconografía religiosa y buscando los barrios más abandonados de la capital, nos narra la historia de dos policías de caracteres completamente diferentes -uno calmado, tartamudo y solitario (genial Antonio de la Torre) y el otro tocado por un pronto violentísimo (brillante Roberto Álamo)-, que se enfrascan en la caza y captura de un serial killer al que le encanta asesinar a mujeres ancianas. Un film policiaco distinto, que rompe con los típicos y tópicos de las buddy movies norteamericanas y que, aparte de resultar acertadamente crítica con la sociedad actual, acarrea un mucho de melodrama en su haber. Traumas del pasado, religión enfermiza por un tubo y, de propina, un fuerte sablazo a la incompetencia de ciertos mandos del cuerpo policial. Francamente, una gozada. Y atención a la sorprendente caracterización de Javier Pereira.


4.- Suburra. Un thriller de connotaciones políticas que, ambientado en la Roma del año 2011, nos muestra las especulaciones que llevan a cabo un grupo mafioso de la ciudad, con la complicidad de algún que otro senador, para convertir al barrio romano de Ostia en un nuevo complejo urbanístico, lleno de casinos, similar a Las Vegas italiana. Dirigido por Stefano Sollima, éste es un film contundente que, en su narración, no deja títere con cabeza. Por pantalla circulan todo tipo de raras avis: sacerdotes, el mismísimo Papa, mafiosos, gitanos, prostitutas de lujo y, cómo no, politicastros dispuestos a vender a su propia madre sin con ello sacan tajada de algo. Violenta, seca y terroríficamente real; por momentos, puede recordarnos a algunos sucesos acaecidos en nuestro propio país. Chantajes, crímenes, corruptela, venganzas, traiciones y un mucho de tensión dramática. Precisa y densa. Lástima de su mala carrera comercial en España. Hay que recuperarla cuanto antes.


3.- La Punta del Iceberg. Una feroz crítica a la explotación laboral que arranca con la investigación que ha de realizar una mujer, alto cargo de una empresa multinacional, para aclarar los suicidios de tres empleados de su misma compañía. Un film duro, deprimente y que, con total claridad, muestra los efectos de la puta crisis en los entramados de una empresa que ha decidido apretar en exceso las tuercas a sus trabajadores. Un thriller laboral que se apoya, principalmente, en una brillantísima Maribel Verdú quien, con total solidez, compone un personaje ambiguo con distintos registros interpretativos. Dirigida por el debutante David Cánovas, lo peor de este producto es su mala carrera comercial en España, al igual que ha ocurrido con Suburra. Y es que, por desgracia, muchos espectadores prefieren mantenerse al margen de ciertas situaciones que creen que no van con ellos. Sobria y real como la vida misma. A recuperar con urgencia.


2.- El Renacido. 156 minutos de cine en estado puro ofrecidos por Alejandro González Iñárritu. Un remake, en nada encubierto, de El Hombre de una Tierra Salvaje de Richard C. Sarafian, en el que un cazador de pieles, en 1820 y durante una de sus largas incursiones por los bosques, es abandonado por sus compañeros de trabajo tras ser atacado de forma furibunda por un oso. Sus tremendas ganas de vivir y el ansia por vengarse de uno de los tramperos, harán que, poco a poco, vaya sobreponiéndose a sus numerosas heridas para encaminarse hacia la meta marcada. El protagonismo del film recae en un insuperable Leonardo DiCaprio y en un contundente Tom Hardy, pero quien en realidad se lleva el gato al agua es el oso que ataca al personaje del primero a través de una vibrante escena que no me cansaría de visionar y en la que, curiosamente y sin notarse en absoluto, los efectos digitales juegan un papel determinante. A destacar  la elegancia y brillantez con las que Iñárritu ha tratado su propuesta, tanto desde el aspecto visual como narrativo.


1.- Los Odiosos Ocho. O el segundo western de la brillante carrera de Tarantino tras su excelente Django Desencadenado. De nuevo, aunque de forma más específica, vuelve a dejar claras las influencias del llamado spaguetti western en su particular universo cinematográfico y, a partir de ellas, desarrollar una tensa historia narrada en dos únicos escenarios: una primera parte que transcurre a bordo de una diligencia en medio de un paisaje nevado y, una segunda, que sucede íntegramente en el interior de un refugio, lugar en el que convergerán una serie de personajes con intereses muy perversos y en donde la mentira y el engaño se convertirán en el gran protagonista. Un sinfín de diálogos inteligentes, sin desperdicio alguno y, por supuesto, no exentos de ese sentido del humor tan característico y gamberro que ha marcado el estilo del director. Humor, tensión, un mucho de racismo latente y un toque de brutalidad al más puro estilo “aquí te pillo, aquí te mato”. Toda una gozada a disfrutar.


Y, durante los inicios del año que está a punto de nacer, lo más peor del 2016.

Por cierto, me olvidaba: ¡Feliz Año Nuevo!

28.12.16

Aún nos queda la princesa prometida

Hay princesas buenas, adorables, malvadas, corruptas… princesas de todo tipo. Y ayer, por desgracia, se nos fue una de las mejores, la princesa Leia, todo un icono inmortalizado por la gran pantalla: una princesa aguerrida y querida por todos, una especie de Dama de Elche galáctica a la que dio vida la actriz Carrie Fisher quien, a los 60 años de edad y tras una vida bastante complicada, decidió emprender su particular viaje sin retorno. Por suerte, aún nos queda otra gran princesa: la princesa prometida.

Descanse en paz, buena mujer.

25.12.16

Ellos también fueron navideños


El arbolito navideño de la Loren


Alfred Hitchcock, el hogareño


Incluso Cary Grant perdió su elegancia


La sensualidad de la Gardner


La sorpresa de Gregory Peck ante una Debbie Reynolds festiva


La Brigitte Bardot, antes de su historia con las focas, también adornaba el arbolito


El patetismo de Edward G. Robinson


El patetismo de Buster Keaton ante Bobbi Shaw


La dulzura del matrimonio Newman


Papá Noel existe y se llama Samuel L. Jackson.


Los marxistas también celebran la Navidad


A Jack Lemmon le irritaba Papá Noel

¡Felices fiestas a todos ustedes!

18.12.16

¿Heroicidad o imprudencia temeraria?


En realidad me daba cierta pereza enfrentarme a Sully, la última película de Clint Eastwood como director. El tema, el del avión comercial que en el 2009 y tras sufrir una fuerte avería en pleno vuelo, aterrizó en las aguas del neoyorquino río Hudson sin causar ninguna víctima de entre las 155 vidas humanas que conformaban el pasaje y la tripulación, me parecía de lo más trillado y poco sorpresivo.

Pero, la verdad, es que Eastwood, todo un maestro en esto de la narración cinematográfica: sabe darle la vuelta al tema y alejarse de lo que podría haber sido una película más sobre catástrofes aéreas, acercándose ante todo a la vertiente más humana y, en concreto, centrándose en el personaje de Chesley “Sully” Sullenberger, el capitán del avión siniestrado y sobre el que cayó un profundo dilema moral al verse presionado tanto por la propia compañía aérea como por las aseguradoras ya que, unas y otras, plantearon la posibilidad de haber podido realizar un aterrizaje más placentero en cualquiera de los dos aeropuertos más cercanos, tema este que, al margen del suceso ampliamente televisado en su día, no fue en exceso difundido.


Eastwood, para ello, cuenta con una pequeña trampa muy de agradecer: la de la interpretación de un soberbio Tom Hanks quien, metido en la piel del cuestionado Sully, impregna al personaje de un magnetismo y una humanidad tan grande que resulta digno de tener en cuenta. El actor, a veces tan sólo con la mirada, es capaz de expresar las dudas éticas que le plantean la investigación a la que será sometido. De héroe nacional, en cuestión de horas, pasa a ser un hombre que podría perder su licencia en un abrir y cerrar de ojos: la hipocresía de una sociedad actual que queda perfectamente reflejada en la película.


Momentos ciertamente emotivos, aunque nunca lacrimógenos (como sucede en su recta final) se mezclan, a la perfección, con otros mucho más visuales e impactantes (la bien filmada escena del amerizaje forzoso), así como la capacidad de síntesis de la que hace gala (no más de 96 minutos necesita para contar toda la historia), siguen conformando al realizador de la magistral Mystic River como uno de los últimos directores clásicos aún con vida. Toda una leyenda.

Si aún no la han visto, recupérenla cuanto antes.

2.12.16

El boicot es feo. La película, también


El estreno la última película de Fernando Trueba, La Reina de España, ha provocado una estúpida polémica totalmente al margen de la misma; polémica que ha desembocado en una llamada de boicot a la cinta. Todo se remonta a hace más o menos un año, cuando Trueba, al recoger el Premio Nacional de Cinematografía afirmó, entre otras cosas, que no se había sentido español en su vida ni durante cinco minutos. Pepistas y españolistas de pro lanzaron el grito al cielo; otros, como en mi caso, nos pegamos un panzón de reír. Está claro que, en este país, no tenemos derecho a opinar libremente, o sino que se lo pregunten al desaparecido y gran Pepe Rubianes, al que le acabaron amargando la vida. Y ahora, le ha caído un castigo similar por sus palabras al director de Ópera Prima.


Pues bien, como he dicho anteriormente, esta condena se ha extendido a ningunear a La Reina de España, esa continuación tardía de la ya irregular La Niña de Tus Ojos. Vale que la película no sea nada del otro mundo; más bien diría que es una mala película, pero no se puede prejuzgar sin verla sencillamente porque algunos le han pillado tirria a su principal responsable. Una pena de país, la verdad.

Dejando este surrealista boicot a un lado, toca centrarse en la película en sí misma; una cinta que recoge a los mismos personajes de la ya citada La Niña de Tus Ojos unos años más tarde: ese elenco de actores y profesionales del cine que, durante la Guerra Civil, se desplazaron a los estudios Ufa de Berlín a filmar una coproducción con Alemania. Ahora, en La Reina de España y contando con los mismos actores (más alguna nueva incorporación), Trueba vuelve a reunirlos y los sitúa en esa negrísima España de postguerra enfrascados en un nuevo rodaje que, en este caso, ha de ser realizado por un veterano director norteamericano, una extraña mezcla entre John Ford y Nicholas Ray.


Penélope Cruz, Antonio Resines, Santiago Segura, Jorge Sanz, Loles León, Rosa María SardàJesús Bonilla y Neus Asensi, entre otros, repiten sus papeles. A estos se les suman gente como Javier Cámara, Ana Belén, Chino Darín  y extranjeros como Clive Revill, Cary Elwes y Mandy Patinkin. Y, de entre todos ellos, no hay ninguno que parezca cómodo con su papel ya que, interpretativamente hablando, se trata de un desastre completo, empezando por los actores foráneos, quienes dan la impresión de pasearse como zombis ante la cámara sin saber que narices están haciendo. Por salvar algún que otro aspecto actoral, quizás remarcar ciertos pasajes de Penélope Cruz (aka Macarena Granada) y, sobre todo, la fugaz y divertida aparición de Carlos Areces quien, metido en la piel del innombrable Caudillo, alegra los últimos minutos de proyección.


Uno de los principales problemas de La Reina de España, aparte de poseer un guión ciertamente nefasto y deslavazado (¡cómo se echa en falta a Rafael Azcona a la hora de urdir un libreto tan coral como éste!), radica en que Trueba no ha sabido nivelar bien la balanza entre la comedia y el melodrama. En ningún momento, a lo largo y ancho de su dilatado metraje, uno no sabe distinguir si nos ha querido contar una historia dramática o una paupérrima farsa sobre el mundo del cine y la política; una farsa, por cierto, repleta de chistes facilones y en nada trabajados. Ya, su primera entrega, era flojita, pero al menos poseía media hora inicial digna del mejor cine de Berlanga. En ésta, sólo brillan unos escasos minutos, entre los que incluyo la jocosa colaboración de Areces reconvertido en el dictador por la gracia de Dios y, ante todo, por ese juego cinéfilo plagado de guiños a la historia del cine de los años 50, tanto nacional como de allende nuestras fronteras.


En definitiva, que si se niegan a ver el nuevo film de Trueba que sea por sus nulos valores cinematográficos y no porque, en su día, el director tuvo la osadía de decir que cuando juega la selección española de fútbol siempre suele ir a favor del equipo rival. Todo el mundo tiene el derecho a opinar lo que le venga en gana. Incluso de despotricar de una España que rezuma franquismo por todas partes.

29.11.16

Entre Casablanca y Londres


Tras la correcta El Desafío, Robert Zemeckis vuelve a la carga con Aliados, una cinta ambientada en 1942, en plena 2ª Guerra Mundial, que transcurre entre dos frentes muy diferenciados, Casablanca y Londres. Como fuerte gancho comercial, el protagonismo de Brad Pitt y Marion Cotillard: él, un agente de la inteligencia británica; ella, un miembro de la resistencia francesa. Juntos habrán de liquidar a un alto mando del ejército nazi, una misión peligrosa en el norte de África que hará que entre ellos surja algo más que una simple historia de amor; una relación que, sin embargo, se verá trastocada por una serie de sospechas preocupantes.


Aliados mezcla, en su trama, el drama romántico con el thriller de espionaje y, para ello, el realizador de la saga de Regreso al Futuro, lo hace a través de una estructura narrativa y una puesta en escena de lo más clásico, aunque sin renunciar por ello a una de las constantes de su filmografía, o sea, a un brillante alarde de efectos especiales que acompañan a la perfección los avatares de la pareja protagónica, al tiempo que le confiere a la cosa un indiscutible (y siempre de agradecer) atractivo visual.

La cinta funciona a sus dos niveles: tanto su historia de amor como la intriga que la termina envolviendo, tienen el gancho suficiente como para mantener al espectador pegado a su butaca. Sin resultar del todo creíble, posee esa misma virtud de algunos maestros del cine de suspense (léase Hitchcock, sin ir más lejos) que, con su savoir faire, fueron capaces de convertir una ficción de lo más inverosímil en una película inolvidable.


Buena parte del mérito del film reside en las excelentes composiciones que hacen de sus respectivos personajes unos vibrantes Brad Pitt y Marion Cotillard y, por supuesto, en esa química que ambos desprenden a lo largo y ancho de su dilatado metraje; más de dos horas que acaban pasando en un abrir y cerrar de ojos. Lástima que, en su parte final, Zemeckis (como buen alumno de Spielberg que es), le añada a su producto un más que innecesario y lacrimógeno epílogo. Nadie es perfecto, como sentenciaría Joe E. Brown.


Entretenida, intrigante, elegante, emotiva y adornada con todos los tics y tópicos del cine clásico por excelencia. Y ya, puestos en plan portera, si a ello le añaden el morbo de la rumorología existente sobre un posible affaire entre el Pitt y la Cotillard, el invento aún lo digerirán mejor.