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3.7.09

Érase de una nariz a un hombre pegada

Un actorazo como la copa de un pino. Un secundario de lujo. Detrás de su gran nariz se ocultaba un rostro impenetrable; un prominente apéndice el suyo que se convirtió en su propio infierno. Atendía por Karl Maldem. Ayer nos dejó, no sin antes haberse paseado por las calles de San Francisco a bordo de un tranvía llamado Deseo.

Vivió en primera mano la conquista del Oeste, se codeó con Patton, hizo migas con Matt Helm, entabló amistad con el hombre de Alcatraz, se fue de caza con Nevada Smith y desveló una oscura intriga en el Gran Hotel. Innegablemente, el suyo fue todo un gran combate.

La suya no era precisamente la ley del silencio. Jamás tuvo los labios sellados. Se decía que el suyo era un cerebro millonario: el cerebro de un millón de dólares. En sus numerosos devaneos se colgó de baby Doll, tonteó con tres azafatas y cayó en brazos de la Reina del Vaudeville. Y es que él, en el fondo, él era el Rey del Juego.

No le asustaba el precio del éxito pero, a pesar de ello, pasó por alguna que otra situación desesperada. Siempre al borde del peligro, cató el beso de la muerte, sufrió un verano para matar, fue amenazado con ser colgado del árbol del ahorcado y se enfrentó al gato de las nueve colas y al fantasma de la calle Morgue.

Ante su partida, yo confieso que fue uno de los actores del método que más me han atrapado. Maldem Forever!. Descanse en paz.

26.6.09

El último baile

Fue negro. Mano izquierda al pecho. Y mutó en blanco. Brazo derecho en alto. Aunque, en realidad, acabó tocado de un sospechoso color grisáceo. Piernas abiertas en forma de V. De pequeño, llegó a ser achocolatado. Piernas rectas y juntas. Se inició al lado de cuatro de sus hermanos. Mano izquierda directa a la entrepierna. Luego, se independizó. Bajando brazo derecho. En Quincy Jones encontró a su mejor mentor. Giro completo sobre sí mismo. Consiguió que todos nos enamoráramos de Billie Jean. Los brazos al frente. Sus extravagancias lo condujeron al desequilibrio mental. El cuerpo en posición de firme. Muchos lo tildan de loco, olvidando que su Thiller fue (y sigue siendo) un álbum exquisito. Suaves y deslizantes pasos le alejan hacia atrás, fundiéndose para siempre con el telón de fondo.

20.6.09

Haga usted su propia película de Paco Martínez Soria

Don Paco Martínez Soria. O, mejor dicho, Pacomartínezsoria; todo junto, sin espacios. Un actor único, símbolo inequívoco de ese cine de charanga y pandereta que ha dejado de existir... Todo era cuestión de calarse la boina hasta el entrecejo y empezar a escupir una sarta de chistes rancios y con cierto regusto a franquismo exacerbado.

Si usted, querido lector, eran fan de don Paco, con los siguientes consejos logrará renacer la filosofía de un estilo cinematográfico que ha quedado en desuso. De hecho, las constantes de la extensa filmografía del actor se resumían en una sola película. Pocos detalles variaban de un título a otro. Ahora es el momento de hacer la gran película que englobe todos sus trabajos.

Ahí van las sugerencias para conseguir tal obra magna. Monte ya su propia película de Don Paco:

1.- Ante todo, hágase con una boina; elemento imprescindible para darle un sano toque de paisanaje al asunto.

2.- Localice a un actor bajito, maño y de cierta edad, al que pueda encasquetarle la susodicha boina y que, entre otras características, posea una agilidad innata para “resbalizarse” cada vez que suba o baje una escalera. La boina ha de lucirla sobre su cocorota con total dignidad y naturalidad, como si fuera un apéndice más de su anatomía.

3.- El nuevo Pacomartínezsoria, también ha de esgrimir un claro e indiscutible acento mañico y, de vez en cuando, como toque humorístico sin par, ha de soltar alguna que otra frase con un deje claramente catalán (de todos es sabido que el hombre pasó su infancia en Barcelona y estableció su propia compañía teatral en la ciudad condal, por lo que, en parte, se le contagió la dicción típica de los llamados "polacos")

4.- El personaje al que interprete puede tener diversas variantes: desde alcalde de un pueblecito aragonés a yayo palurdo –igualmente maño- que llega a la gran urbe por vez primera, pasando por una ristra de estereotipos que van desde taxista a nuevo rico. Siempre ha de ser muy corto de entendederas, poseer un inmenso corazón y sentir una debilidad especial por Madrid. Ineludiblemente, deberá reir sarnosamente en cada uno de los planos del film y esgrimir, al mismo tiempo, los efectos sonoros del ser deudor de una faringitis crónica.

5.- Su afán por mantener unida a la familia ha de significar uno de los puntos clave del hilo argumental. Su esposa, hijos y sobrinos, deberán provocarle más de un dolor de cabeza, pero él, con la frente bien alta y la boina perfectamente calada, soltará sus adecuadas dosis de moralina para enderezar el enmarañado camino tomado por su parentela más cercana. Un sobrino ha de hacerse hippie, porrero y tocar la batería en un grupo rockero; su hija se enamorará de un hombre de color (preferentemente negro) y su hermana, una solterona empedernida, renegará de las sabias indicaciones del párroco de su Iglesia.

6.- Gracias a los observaciones del renacido Don Paco, el sobrino hippie se alejará de la maría y olvidará la batería para convertirse en postor de Cáritas; su hija plantará al negro para casarse con el boticario (un tipo alto, guapo y bien plantado, aunque extremadamente miope, que durante muchos años le había estado tirando los tejos), mientras que su hermana, que podría muy bien atender por el nombre de Consuelo, dejará a un lado sus tiras y aflojas con el párroco para ingresar en un convento de monjas descalzas. Alguna actriz con ciertas similitudes físicas y de dicción con Gracita Morales resultaría de lo más adecuado para este papel.

7.- La esposa de Don Paco ha de ser, inevitablemente, Florinda Chico. Si en Estados Unidos estaba de moda la pareja formada por Rock Hudson y Doris Day, aquí teníamos como dúo emblemático a Pacomartínezsoria y a la Chico. A ser posible, a pesar de la avanzada edad de ambos, ella ha de quedar embarazada. De todos es conocida la calidad procreadora del macho ibérico y, en concreto, del protagonista de La Ciudad No Es Para Mí (cinta en la que se basó claramente Don Siegel para La Jungla Humana)

8.- Éste, a pesar de la devoción que siente por su mujer, ha de mostrar cierta tendencia frívola cada vez que se le cruza en su camino alguna macizorra de buen ver. Un buen escote, enseñando un par de tetorras impresionantes, y una cortísima minifalda, son los elementos de vestuario imprescindibles que ha de lucir la actriz en cuestión. Ésta, en su rol, ha de representar a una vecinita soltera y casquivana o, en su defecto, a una prostituta lanzada aunque de buen corazón. Por cierto, ¿qué sería del cine español de antaño sin la emblemática figura del puterío?

9.- Ha de dejar perfectamente delimitadas ciertas constantes en el personaje que interprete el nuevo Don Paco: fumador empedernido (a ser posible ha de liarse los cigarrillos él mismo) y con una enfermiza tendencia por travestirse; denotar una gran pasión por los melocotones (malacatones en su vesión original); lector impenitente del diario Ya (o,en su defecto, el ABC); claramente racista (los negros le dan un yuyu de mucho cuidado); reacio a todo lo que llegue del extranjero; extremadamente baboso y sobón ante un par de tentadoras piernas femeninas; creyente hasta la médula y, a pesar de su clara ascendencia aragonesa, madridista de pro.

10.- Y ya, para terminar, no deje de bautizar a su protagonista con un nombre que denote, a todas, todas, el fervoroso españolismo del personaje: Benito, Marcelino, Severiano, Rodrigo, Leandro, Lucas o Fermín; cualquiera sería una buena elección ya que, a todos ellos, les cuadra a la perfección estar acentuados por una boina.

Me olvidaba. Para el título de la película puede elegir alguno de entre los que propongo a continuación: A los 80 y Áún Con la Directa Puesta; El Abuelo Se Descoca; La Familia No Da Para Más o El Padre Se Nos Va de Rositas. Y, en su introducción, y sobre unos tìtulos de crédito construidos a golpe de una amalgama de imágenes turísticas de diversos paisajes nacionales -siempre arropados por el ritmo de una machacona melodía sesentera-, no deje de colocar una voz en off sugiriendo las excelencias culturales, gastronómicas y turísticas de nuestro país. Que tenga usted mucha suerte y, con su película, logre desbancar a la millonaria taquilla obtenida en su día por El Turismo Es Un Gran Invento.

Como diría Forges, ¡país! Si en Francía tenían a Louis de Funés, nosotros a Don Paco Martínez Soria. Recuperémoslo de nuevo.

13.6.09

Son dos

Son dos. Toda una pareja estable. Visten de negro. Usan tirantes para sujetarse los pantalones. Uno, el más alto, los tiene de color rojo; el otro, el más bajo, de color azul. El poli bueno y el poli malo. El payaso sabio y el payaso tonto. El tonto peca de irascible y violento: lo suyo es liarse a cabezazos con el primero que se cruza en su camino. El sabio, en cambio, está para calmarle los ánimos a su compañero. Han viajado por todo el mundo y lo que más les ha llamado la atención es que, en Australia, el agua gira en diferente sentido que en nuestro país.

Ahora están aquí para avisarnos de un terrible suceso que se nos avecina. Dicen que una manada de pelícanos salvajes (“pelíncanos” en su versión original), dotados de poderes destructivos, se van a hacer con el planeta Tierra. Empezarán con la invasión de Barcelona y, a marchas forzadas, seguirán devastando el resto del mundo. Según cuentan los de los tirantes, tras las demoledoras criaturas se localiza un ser humano (conocido de todos) con tremebundas ganas de venganza.

La extraña pareja atiende por Faemino y Cansado. Evidentemente, son dos. Estos días están actuando en un céntrico teatro barcelonés. El jueves por la noche acudí a una de sus representaciones. Son lo mejor del universo humorístico español. Diferentes, punzantes, absurdos, delirantes… Canela en rama. Ahora, tras pegarme un chute de su arte, me siento mucho más relajado. Si van por su casa, no los dejen escapar.

8.6.09

Los Otros

Desde que Henry Selick urdiera Pesadilla Antes de Navidad bajo la egocéntrica batuta de Tim Burton, han pasado muchos años para que se le reconociera la verdadera autoría de tal obra. Y ello no ha sido hasta ahora, habiendo pasado antes por la muy irregular e igualmente burtoniana James y el Melocotón Gigante y la olvidable (aunque más personal) Monkeybone. Por fin, gracias a Los Mundos de Coraline, se le puede reivindicar de todas, todas.

Basándose en el libro gráfico de Neil Gaiman, el director de Nueva Jersey, con su inimitable stop motion, se sumerge por completo en el intrincado y laberíntico mundo de los terrores infantiles. Y, siéndole aún fiel a su ópera prima, lo hace desde el prisma de una pesadilla de lo más rocambolesca y espeluznante. Deja a un lado ese tono festivo y musical que, en parte, le ayudaba a suavizar el tonillo macabro de su pesadilla navieña, y se introduce de pleno en un mal sueño capaz de retratar las fobias cotidianas de los más pequeños de la casa quienes, en este caso, se ven representados por la figura de la jovencita Coraline; una niña que, en sus particulares quimeras y con la intención de huir de la indiferencia que demuestran sus padres hacia ella, se inventa un mundo paralelo que, en un inicio, da la impresión de ser mucho más afable y fantasioso que el de su vida diaria.

Pero nada es lo que parece. Todo tiene su doble lectura. Lo que a simple vista podría similar algo terrorífico, dándole la vuelta, puede convertirse en un detalle de lo más reconfortante. Y a la inversa. Así, y escapando de una realidad que se le antoja asfixiante, Coraline se evadirá de su agobiante entorno familiar para adentrarse en un universo más fantasioso y distendido, desconociendo que, a menudo, lo bello puede transmutarse en la más horrible de las alucinaciones.

Otros padres. Otros vecinos. Otros amigos. Son como los de verdad, aunque en extremo caricaturizados. Y, como tal caricatura, totalmente aterradores. La indiferencia de la madre convierte a ésta, en su nuevo mundo, en una bruja perversa y temible, de sibilinas curvas; a su padre, un calzonazos de armas tomar, en un títere dominado por los turbios ardides de su esposa y, mediante un cínico guiño a la granguiñolesca ¿Qué Fue de Baby Jane? , a sus dos ancianas vecinas, en un par de videntes con poderes extrasensoriales. El circo está servido. Y, además, en bandeja de plata. Ratas saltarinas, escarabajos gigantescos, perros en forma de murciélago… El terror en estado puro. Los Otros, son de verdadero escalofrío. Y, por si fuera poco, la sufridora Coraline deberá lidiar con tres cándidas ánimas en pena a quienes se les cambiaron sus ojos por botones.

Alea Jacta Est. La nueva Alicia, en sus viajes al otro lado, incluso añorará las alucinadas aventuras detalladas en su día por Lewis Carroll. El mal rollo es el plato fuerte del día. Aunque en tres dimensiones y con un dolby stéreo que pone los pelos de punta. Selick, al fin, se ha sacado de encima la marca de Burton. Ahora es un AUTOR… y en mayúsculas. Como los grandes.

Eso sí: a sus pequeños, si no quieren que luego se les meen en la cama, manténganlos alejados de Coraline Mi esposa, que ya tiene sus añitos, después de verla, esa noche, soñó con una caterva de vecinos gallegos que, uniformados de jugadores del Atlético de Madrid, nos daban la tabarra ante la puerta de casa con cánticos españolistas.

4.6.09

"La Novia" viste de negro

El Pequeño Saltamones ha dado su último brinco. Según informa la agencia Reuters, el actor norteamericano David Carradine, a los 72 años de edad, ha sido encontrado muerto, y colgado de una soga, en la lujosa habitación que ocupaba en un hotel de Bangkok.


De Kung Fu a Kill Bill, pasando (en forma de huevo de serpiente) por una colaboración en un film del Ingmar Bergman. La suya ha sido una carrera frustrada y plagada de altibajos. Al menos, en una de sus postreras interpretaciones, la de El Gran Stan, supo reírse a sus anchas de sí mismo y, ante todo, de Kwai Chang Caine, el personaje televisivo que le marcó para siempre.

Descanse en paz. “La Novia” ya no tendrá que salir de caza.

2.6.09

Precuelas

Lo que ha hecho J. J. Abrams con Star Trek es encomiable. No sólo le ha lavado la cara a la serie: también la ha rejuvenecido en muchos aspectos. Aparte de aplicarle la cirugía estética, le ha inyectado una fuerte dosis de un ritmo y de un humor de los que siempre habían escaseado en la obra de Gene Roddenberry, aparcando a un lado esa filosofía acartonada (y un tanto pedantilla) de la que hacía gala habitualmente. Y, a pesar de su evidente new look, el Star Trek del 2009 no renuncia a las constantes que caracterizaron el deambular de la Enterprise desde su nacimiento a mediados de los 60.

Una precuela divertida, en nada sobria y con una cadencia frenética digna de los Fórmula 1 más acelerados. El frescor se ha apoderado de los tripulantes novatos de una nave emblemática que, por primera vez en su historia, surcará el espacio exterior. Kirk aún no es capitán y, a pesar de su espíritu aventurero, no es más que un teenager inquieto y tremebundo disfrazado de gremlin. Spock va de sobrado y altivo; eso de estar despojado de sentimientos humanos no lo lleva demasiado bien. El enfrentamiento entre los dos no es más que el preámbulo de una gran amistad. Rick Blaine y el capitán Renault empezaron de forma parecida. A éstos aún les queda París; en cambio, a los del Enterprise, siempre les quedará el recurso de la Confederación Espacial.

Nunca fui fiel a la serie original, ni siquiera a los largometrajes posteriores. Sencillamente, y a excepción de episodios y títulos muy concretos (como aquel divertimiento sobre la salvación de las ballenas), los trekkies me aburrían soberanamente. Sólo me atraían las orejitas puntiagudas del personaje interpretado por Nimoy. Ahora Abrams, respetando esos apéndices auditivos y regalándole un cameo de oro a su propietario (con ataque de celos incluido por parte de William Shatner), por suerte le ha dado la vuelta y, de pasada, le ha endiñado el mismo nervio del que hacía gala la trilogía galáctica inicial de Lucas.

Cualquier día de estos, y a tenor de los resultados obtenidos por esta nueva generación (que en realidad sigue siendo la vieja pero en pantaloncito corto), me saco el carné oficial de trekkie.


Si los orígenes de Spock y compañía tienen su puntito (o, mejor dicho, puntazo), lo que ha hecho Gavin Hood con los de Lobezno no tiene nombre. Lo de los X-Men, muy a mi pesar (pues nunca los he soportado), ya se ha convertido en una de esas sagas que, por persistencia, dan dólares a mansalva a la industria de Hollywood. Los altos gerifaltes, contentísimos y agradecidos con las aventuras corales de los mutantes del calvorotas del Profesor Xavier, han decidido ir desgranando las raíces de sus integrantes de forma individual. Hay que explotar al máximo la teta que les da de mamar. Y es por ello que a Lobezno, a sabiendas del gancho comercial esgrimido por el actor que lo encarna -el (para mí) inexpresivo Hugh Jackman-, le ha tocado el turno de inaugurar el marcador.

La eterna lucha entre el Bien y el Mal (representada, en este caso, por los hermanos Logan y Victor Creed); el dibujo (ya en nada original y cansino) de un superhéroe atormentado y un sinfín de escenas de acción (la mayoría sin pies ni cabeza, aunque con muchas uñas), dominadas todas ellas por la sofisticación de los efectos digitales, se convierten en el plato fuerte de una función que ya se me antoja repetitiva y falta de interés.

La violencia está a la orden del día. Explosiones, hostias a diestro y siniestro, disparos, desgarros varios... para todos los gustos, vaya. Eso sí: entre tanta ferocidad resulta difícil localizar una sola línea de diálogo destacable. Cuatro trazos argumentales mal metidos y tira que te matas. Ante todo, que no falte un malo muy remalo vestido de negro y un militar tocado del ala con ínfulas de mad doctor. Agítenlo con fruición y dejen que el público extasiado consuma palomitas hasta reventar. La fórmula, por desgracia, funciona demasiado a menudo... aunque engendra patologías estomacales y cerebrales de complicada resolución.

29.5.09

El mayor espectáculo del mundo

Como culé, y antes de iniciar nuevamente la andadura cinéfila, bien vale la pena darle las gracias al Barça por la gran temporada tripartita que nos ha regalado. El fútbol hecho arte. Y mientras, entre tanta euforia blaugrana, Jofre Bardagí se nos desmarca con una nueva canción que, en forma de himno, pondrá la piel de gallina a más de uno.

Pues eso: Visca el Barça!

6.5.09

En modo de espera

A pesar de lo que algunos especulan, esto no se cierra. La página sigue abierta, aunque en standby. Quizás me precipité al anunciar el regreso tras unos días de descanso. Muchos han sido los factores que se han unido para alejarme temporalmente del blog. Poco tiempo y demasiadas cuestiones por resolver, aglutinadas una encima de la otra, me han dejado totalmente bloqueado a la hora de ponerme a redactar.

Poco a poco, la normalidad va regresando a su cauce. En dos o tres semanas, espero volver a reanudar mis diatribas habituales. De hecho, tengo varios temas en el tintero, empezando con un par de ustedes lo han querido que ya he podido revisar y una sangrante carta abierta a la nueva Ministra de Cultura. Todo se andará. Hasta entonces, reciban del primero al último un fuerte beso en la frente.

23.4.09

7 películas, 7 párrafos (I)

Cuesta entender que un film como Crepúsculo aguante en cartelera desde principios de diciembre del 2008, época de su estreno. De hecho, la película de Catherine Hardwicke, planteada como el origen de una trilogía (al igual que sucede con la novela homónima de Stephanie Meyer en la que se basa), es a los adolescentes picados de viruela lo que la televisiva (y espléndida) True Blood al público más adulto y con ganas de experiencias innovadoras. La cinta parte de un supuesto similar al de la serie, situando la acción en un mundo en el cual vampiros y humanos conviven en “perfecta” armonía. Inevitablemente, en el Crepúsculo de marras también hay historia de amor (más cursi, imposible) entre jovencita y chupasangres. Todo muy teen y descafeinado pero, a pesar tales premisas, se puede soportar hasta entrada su media hora final, punto en el cual, la tal Hardwicke, pierde los papeles y se dedica a barrer cualquier rastro de lógica y coherencia en su narración.

Y siguiendo con vampiros, por fin ha llegado a las pantallas españolas Déjame Entrar, un film que me atrevería a colocar entre lo mejorcito del fantástico actual desde que lo disfruté durante su paso por el Fecinema (Festival de Cinema Negra de Manresa). Tal y como ya anoté en su día, la cinta “brilla, ante todo, por su originalidad: una historia de amor entre un niño y su joven vecina, una niña vampiro que se resiste a iniciar cualquier tipo de relación sentimental con él. Tierna, emotiva, gore y dotada de un peculiar sentido del humor, la película de Tomas Alfredson se mantiene fiel a las constantes narrativas y escénicas del cine sueco de toda la vida, aunque sin caer en la pedantería y el sopor que abrigan la mayoría de producciones de esa nacionalidad. Dreyer o Bergman jamás habrían llegado tan lejos. Sólo por la expresividad de los ojos de la muchacha protagonista (una tal Lina Leandersson), vale la pena darle un vistazo.” Como dice más de uno: pura poesía cinematográfica.

Espías en la Sombra habla de un grupo de cinco mujeres que, en plena ocupación nazi de París, se embarcaron en la complicada y temerosa misión de rescatar a un científico retenido por el ejército alemán y cuyos conocimientos podrían desbaratar los planes del desembarco de Normandía. Nada es lo que parece y la susodicha misión se amplía a otros terrenos más resbaladizos. Basada en un caso real y planteada como un homenaje a las heroicas féminas, falla en sus no muy bien planteadas escenas de intriga y tensión y, ante todo, en la forzada intensidad dramática que pretende otorgarle a ciertos pasajes. Para luchadores en la sombra y nazis, me quedo con el tebeo que también orquesto desde Europa Verhoeven en su genial El Libro Negro.

Desde Chile, y en coproducción con Argentina, España y Francia, nos llega una de vidas cruzadas con La Buena Vida. Cuatro son sus personajes principales: una psicóloga, un peluquero, una prostituta y un joven músico. Todos viven en la ciudad de Santiago. Sus problemas, angustias y desengaños conforman el plato fuerte de la función. La cotidianeidad con la que Andrés Wood se ha acercado a ellos hace que, en muchas ocasiones, se nos ponga la piel de gallina. Una cinta tierna, emotiva y que, por su crudeza, se convierte en uno de los títulos más descarnados de la cartelera actual. Su fuerza narrativa le valió el Goya a Mejor Película Hispanoamericana. Real como la vida misma.

La Clase partió como favorita en la carrera en pos del Oscar al Mejor Film de Habla No Inglesa, aunque fue desbancada por la funesta y contundente originalidad de la nipona Okuribito. Y es que, en realidad, La Clase significa una nueva vuelta de tuerca a un género en exceso sobado en el Séptimo Arte: el de las escuelas con alumnos conflictivos. De hecho, no es más que una calca intelectualoide de Rebelión en las Aulas, sin cancioncillas ni bailes y con un tono discursivo que tumba de espaldas. Para despistar aún más al espectador, sus inflexiones dramáticas (que son muchas y nunca culminadas) aparecen y desaparecen como el Guadiana a lo largo del metraje. Todo un coitus interruptus en cuanto a narrativa se refiere.

Tras La Lista se esconde la ópera prima de Marcel Langenegger, un suizo afincado en los EE.UU. Un thriller caliente y plenamente efectivo en su brillante planteamiento neoyorquino y que, en su forzada, ridícula y nada creíble resolución final (filmada íntegramente en Madrid), se desmorona por completo. Una lástima, pues la historia posee su puntito de morbo, mientras que su enigmático desarrollo promete un the end más compacto e ingenioso. Un auditor timorato, un abogado poco escrupuloso y una joven tentadora; tres personajes cuyos actos girarán alrededor de un club de encuentros sexuales anónimos. Ewan McGregor da el pego como contable apocado, mientras que Hugh Jackman se desmadra a su antojo en la piel de un lanzado y oscuro letrado. Entre los dos, ¡por suerte!, se sitúa el desbordante atractivo de Michelle Williams.

La Vida Secreta de las Abejas es el típico producto pro Obama con el que, a partir de ahora, nos tendremos que ir enfrentando muy a menudo (de hecho, la Disney ya tiene preparado un nuevo título con una princesita negra de protagonista). Ambientada a principios de los 60 en California del Sur, justo en el momento más álgido de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, transcurre una cinta que se aproxima (como principal atracción) a la edulcoradísima relación que se establece entre una niña blanca, recién escapada del domicilio paterno, y tres hermanas adultas y de color, propietarias de una granja de miel. Discursiva, ñoña y de lo más aburrido que se pueda tirar uno en cara. Lacrimógena (y previsible) como ninguna. Ni la Fanning la salva de la quema.

Pues eso. Hoy 7 títulos. En el próximo post, 7 más. Y la cartelera, más o menos de nuevo al día.

22.4.09

Ja sóc aquí!

Tenían que ser un par de semanas de relajo... y al final han sido dos y pico. Alternar el trabajo habitual con el mantenimiento de un blog, resulta ciertamente agotador. Necesitaba recargar baterías, aunque sólo lo he conseguido a medias. Vuelvo a estar aquí, entre los vivos, dispuesto a reiniciar la andadura cinéfila y criticona... aunque sea a trancas y a barrancas. Ahora, sin ir más lejos, estoy enfrascado en la confección de un megapost que refleje los numerosos títulos de estreno que me he zampado durante estos días. En cuanto menos se lo esperen, lo tendrán colgado.

2.4.09

Pánico en las calles

Gente encapuchada. Crucifijos gigantescos. Procesiones callejeras. Palmas y ramos agitados con una violencia inusitada. Iconos religiosos desfilando a la intemperie. Música sacra. Muerte. Resurrección. Ingestas de pescado en grandes cantidades... Ninguna de las películas de Amando de Ossorio llegó tan lejos en su época. Nos esperan unos días de mucho cuidado. Yo, por si las moscas, me borro del mapa. Estas cosas siempre me dan pánico. Regreso en un par de semanas. Un beso en la frente a todos ustedes.

30.3.09

La Hora 25

Para muchos de los amantes de la música de cine, hoy será el día más largo. El gran Maurice Jarre, a la edad de 84 años, ha decidido pasarse al otro lado no sin antes darse un paseo por las nubes. Al llegar la Hora 25, mientras arde París y en plena noche de los Generales, a lomos del león del desierto y al amparo de la sombra del lobo, será el momento de gritar al diablo para reivindicar a ese hombre que pudo reinar; justo en el mismo instante en el cual el Club de los Poetas Muertos abra sus puertas al nuevo miembro: a aquel que anduvo entre partituras musicales y sin miedo a la vida durante el año que vivimos peligrosamente.

Lawrence de Arabia, Isadora, la hija de Ryan, Mr. Jones, el doctor Zhivago, el hombre de Mackintosh, Julia y Julia, llorarán su muerte, al igual que hará un numeroso grupo de gorilas en la niebla que, desde la Costa de los Mosquitos en la mismísima Isla del Fin del Mundo, se han quedado huérfanos de música. Muchos de los profesionales del mundillo, al ritmo marcado por un tambor de hojalata y llamados por una atracción fatal, deberán bajar por la escalera de Jacob para asistir a su despedida.

Por mi parte, y en su honor, anoche soñé con África a tamaño natural y, sin embargo, saqué un pasaje a la India. Quería convertirme en el único testigo de la caída de los dioses pero, en el tren en el cual viajaba, se jugó el póker de la muerte ante la atenta mirada de la prometida del Juez de la horca.

Hoy, al esconderse el sol rojo, cuando el efecto de los rayos gamma sobre las margaritas haya llegado a su mayor esplendor, un eterno coleccionista, tras descubrir que no hay salida para su compulsiva obsesión, apoyará la cabeza contra la pared y precintará, bajo un selló que reza top secret, una de sus mejores y más completas discografías.

26.3.09

In Memoriam


Owen Wilson nunca ha sido santo de mi devoción. Un tanto de lo mismo me sucede con Jennifer Aniston. En contrapartida, y de forma inesperada, Una Pareja de Tres (la aberrante traducción española de Marley & Me) me ha enganchado. Y es que, en realidad, las verdaderas y únicas estrellas de la cinta son los 22 perros distintos que, a lo largo del metraje, dan vida a Marley, la mascota del matrimonio Grogan, una pareja de periodistas que inician su vida en común en la cálida Palm Beach.

Una Pareja de Tres es una comedia dirigida a todos los públicos y, en especial, a aquellos que han tenido alguna vez un perro en sus casas. De hecho, quienes lo hayan experimentado, se verán totalmente atrapados (e identificados) con la fresca e inocente propuesta de David Frankel.

La película está basada en el libro autobiográfico de John Grogan, el personaje interpretado por Wilson; un periodista con ganas de ejercer como reportero que, en su primer trabajo para un periódico de Florida, terminó triunfando como columnista satírico. Sus escritos, en general, versaban sobre la vida en pareja y, ante todo, sobre la relación que mantuvo con Marley, el perro labrador, inquieto y alocado, que regaló a su esposa Jennifer para suplir la falta de un bebé, en el hogar, durante los primeros años de convivencia.

De hecho, la cinta de Frankel es en extremo sencilla, sin pretensiones, aunque efectiva al cien por cien. Posee un sentido del humor encomiable y, por primera vez en el mundo del cine, se trata la presencia de un perro en pantalla de modo natural, sin tener que transformar a éste en un animal heroico ni exageradamente inteligente, y plasmando, al mismo tiempo, la simbiosis que con el paso de los años se crea entre la mascota y sus propietarios.

Los problemas que acarrea Marley ante la llegada del primer hijo, la emotiva concomitancia entre el perro y su amo John o la fusión que el chucho establece con los niños que van aterrizando en el seno familiar, se convierten en los principales focos de atención de la cámara del realizador de El Diablo Viste de Prada. Siempre, todo ello, narrada mediante un sanísimo sentido del humor y primando, muy por encima de los personajes de Owen y Aniston, las genuinas y divertidas animaladas del can. En el fondo, Marley, es su gran protagonista.

El film mantiene su tono jocoso y distendido durante casi todo el metraje, justo hasta llegar al inevitable (y predecible) episodio final. Hacía tiempo que no lloraba con tanto sentimiento y sin cortarme en absoluto en una platea. Y es que, al afrontar la cantada muerte de Marley, Una Pareja de Tres se transforma en un hermoso canto a esas criaturas que, sin pedir nada a cambio, vuelcan todo su amor hacia aquellos que han convivido con ellas durante un largo tiempo. Sé que es algo difícil de comprender por aquellos que jamás han tenido una mascota…, no tanto para los que han pasado por un trance similar. Ayer, viéndola, volví a recordar los buenos momentos que pasé al lado de Bora, una pastora alemana que alegró la existencia, durante muchos años, de mis padres, de mi hermana, de mi santa y la mía.

Bora, un fort petó allà on siguis. Sempre estaràs al meu costat.

24.3.09

Superhéroes aburridos


Tras 300, Jack Znyder se adentra en el universo gráfico de Alan Moore y Dave Gibbons adaptando uno de sus títulos más emblemáticos aunque, en esta ocasión, inclinándose por un tratamiento visual más realista y menos comiquero. Este es el turno de Watchmen, la historia de unos superhéroes que, después de haber servido durante varias décadas al Gobierno norteamericano, deben guardar sus disfraces en el ropero para dedicarse a una vida menos ajetreada. Con el asesinato de uno de ellos y la posibilidad de que tras esa muerte se esconda un complot a nivel internacional, algunos decidirán regresar a la primera línea de fuego. Todo sea por el bienestar y la paz mundial.

Watchmen posee un inicio prometedor. Primero, debido a sus originales títulos de crédito, capaces de situar al espectador en una época y un ambiente muy concretos en un tiempo récord. Después, tras esa brillante introducción a modo de resumen sobre los anales y precedentes de los superhéroes protagonistas, apuesta por cambiar ciertos aspectos de la historia moderna, introduciéndose con ello en terrenos ficticios ciertamente originales.

Los EE.UU. han ganado en Vietnam. Nixon consigue un tercer mandato por votación popular. La tensión entre su país y Rusia está en uno de sus puntos más álgidos. La posibilidad de una hecatombe nuclear se muestra como una realidad futura más que palpable. En medio de este entorno enfermizo, los viejos superhéroes, reciclados en otros menesteres y temiendo una conspiración a altos niveles, optan por desempolvar sus trajes de faena y sus antiguos utensilios de combate para adentrarse en una investigación que les regalará más de una sorpresa (tanto a nivel general como personal).

Cuando Znyder ya ha colocado todas las cartas sobre la mesa y toca barajar para empezar la partida, pierde todos los papeles, entrando en una monotonía difícil de romper. Poco ayudan, en este aspecto, las cansinas y engoladas peroratas del llamado Dr. Manhattan, un científico que, tras un accidente nuclear, se vio convertido en un neutrón con cuerpo humano; un tipo capaz de predecir el futuro y, en realidad, el único miembro del grupo con poderes sobrenaturales.


La cinta avanza a trompicones. Su inicio, a pesar de ciertas sutilezas aisladas, sólo ha quedado en agua de borrajas. Hay una línea argumental definida, pero, debido a la gran cantidad de apartes episódicos que inundan su exagerado metraje (más de dos horas y media de duración), da la impresión de haber sido construida a golpe de retazos. Todos los superhéroes del film tienen su rinconcito de lucimiento aunque, para ello, abandone el denominador común que los enlaza. Después, cuando coinciden en su clímax final, éste resulta de lo más desaborido que uno pueda tirarse en cara. Tanto rollo y tanta conspiranoia para llegar a un desenlace tan descafeinado y simplista.

Superhéroes aburridos y pretenciosos, capaces de ir desgranando filosofía barata a cada paso que dan. Más de lo de siempre: el héroe deprimido a causa de su pasado. Y no uno: todos; del primero al último. Cada cual tiene su cruz. Sentimientos de culpa y ganas de purgar pecados. Ya es hora de volver a parir a superhéroes más frescos y sin tantos complejos a cuestas. No sólo de una buena resolución visual (espléndida, en este caso) y de personajes deprimidos han de alimentarse cuantas adaptaciones cinematográficas del mundo del cómic se lleven a cabo ¡Con lo majo y entretenido que resultó el primer Superman de Donner!

Empiezo a odiar sobremanera a Alan Moore y a Dave Gibbons, ¿vale?

21.3.09

Onanismo

Pedro Almodóvar se quiere a sí mismo. Y mucho. No contento con pasarse todo el día ante el espejo desgranando eso de “espejito, espejito, ¿cuál es el director manchego más guapo e ingenioso del planeta?”, ahora le ha dado por pegarse una paja a su propia salud a través de Los Abrazos Rotos, su nuevo título.

La cinta, en la que recurre de nuevo a una historia de amor fou, no es más que un gigantesco y desvergonzado guiño a su carrera anterior. Con la excusa de que uno de sus protagonistas (Lluís Homar) es un director de cine que ha perdido la vista en un accidente automovilístico (¿Un Final Made in La Mancha?), aprovecha la filmación que éste realiza de una comedia, Chicas y Maletas, para enfrascarse en volver a rodar, con ciertos matices, algunas de las escenas de la celebrada Mujeres Al Borde de un Ataque de Nervios (Chus Lampreave y gazpacho incluidos, ¡cómo no!) o, en su defecto, para insertar imágenes a lo largo del metraje que hacen clara referencia a otros productos suyos, como sucede con el primerísimo primer plano de los zapatos rojos de una espléndida Penélope Cruz y que transportan al espectador hasta el universo de Tacones Lejanos.

Pero no sólo de imágenes alusivas se alimentan estos Abrazos Rotos ya que su trama, una mezcla de melodrama triangular, cine negro y comedia, recuerda, en muchos de sus pasajes, a películas anteriores del autor, como ocurre con La Mala Educación, Carne Trémula o La Ley del Deseo. Y es que el hombre, en su bache inspirativo, da la impresión de haberse encallado, organizando, como única solución para salir a flote, un mastodóntico puzzle a base de retales robados de su filmografía.

A pesar de sus defectos, que son muchos y casi todos ellos claramente onanistas, la cinta también posee sus aciertos. Aparte de la exquisita concepción visual de la historia (narrada en dos tiempos perfectamente delimitados), el bagaje de Almodóvar como director de actores (y, ante todo, actrices) hace que saque a flote lo mejor de casi todos sus intérpretes (a excepción de un forzadísimo Homar, demasiado afeminado para encarnar a un amante heterosexual y tocado por un cantarín pelucón color panocha). Por ejemplo, en la breve aunque sustanciosa colaboración de una magnífica (y robótica) Lola Dueñas, dando vida a una mujer especializada en la lectura de labios, se esconde uno de los mejores, ingeniosos y más divertidos pasajes de la cinta; una cinta que, entre otros detalles, sube unos cuantos enteros cuando el director aparca el folletín a un lado y da rienda suelta a su espíritu gamberro y transgresor: una buena prueba de ello, se localiza en las estrafalarias ideas que vierte uno de los protagonistas sobre la posible confección de un guión para una película de vampiros.

Realizadores desengañados, escritores al borde de un ataque de nervios, actrices novatas, un inmenso flash-back y el inevitable toque gay habitual (representado en esta ocasión por un cameraman aficionado y muy a lo Peeping Tom), componen uno de los cantos de amor al cine más narcisistas de esta década. De fondo, y con la intención de que el circo no suene demasiado almodovariano, unos cuantas citas al cine culto (que siempre da prestancia y elegancia), desde el Blow-Up de Antonioni al Te Querré Siempre (Viaggio In Italia) de Rossellini. No es lo peor del cineasta, ni tampoco es lo mejor de su colecta. La pretenciosidad que desgrana le hace daño, aunque tiene su puntito: sobre todo cuando se deja de lloriqueos y sale a flote ese Almodóvar más fresco y divertido que muchos echan en falta. ¿Para cuándo una comedia al cien por cien?

19.3.09

Quarantine

Un brote de ceguera colectivo surge entre los habitantes de una gran ciudad. El pánico cunde en las calles. Muy pocos serán los que se muestren inmunes a la enfermedad. El Gobierno, con la finalidad de evitar una mayor extensión de la plaga, decide aislar a los afectados. Este es el prometedor inicio de A Ciegas, el nuevo trabajo del brasileño Fernando Meirelles quien, tras adaptar a John Le Carré en la exquisita El Jardinero Fiel, recurre ahora, como base argumental, a José Saramago y su Ensayo Sobre la Ceguera.

La lástima es que todo queda en sus efectivos primeros quince minutos, en su cuidadísimo tratamiento del sonido (ya se sabe, el sonido ambiental siempre se potencia en el mundo de los ciegos...) y en su trabajada fotografía de tonos blanquecinos; esta última en honor a “enfermedad blanca”, nombre con el que se bautiza a la pandemia. El resto del metraje no implica más que aburrimiento y un montón de detalles anecdóticos, cogidos a pelo y difíciles de tragar. La película ha sido imbuida, a buen seguro, de la misma pedantería que desgranan las palabras de Saramago, perdiéndose en un sinfín de parábolas (de tres la cuarto) sobre la fragilidad del ser humano y la degradación social.

El esfuerzo de Julianne Moore (de lo poco reciclable del evento) por dotar de entidad a un personaje imposible, resulta ciertamente loable. Y más teniendo en cuenta que su ridículo rol -el de la única persona de entre un numeroso grupo de invidentes que no ha perdido la vista y que finge estar igualmente ciega para estar en cuarentena al lado de su esposo-, no hay por donde pillarlo. Y allí, detrás de ella, tanto puteándola como arropándola (pues sus protagonistas son o muy malos o muy buenos, no hay termino medio), un abultado número de actores en nada inspirados, desde un vacío Mark Ruffalo a un histriónico Gael García Bernal, sin olvidar la insultante sosería de Alicia Braga o el desencanto de un Danny Glover tuerto.

Para romper la monotonía de la propuesta, Meirelles intenta otorgarle cierta inflexión fantástica al relato. La aproximación al género, llena de referentes muy cercanos (28 Semanas Después y Soy Leyenda), podría haber sido interesante sino fuera porque lo único que logra con ello es hacer aún más delirante la incomestible trama urdida por el escritor portugués; una historia llena de lagunas y nulas explicaciones sobre ciertos efectos (y no efectos) de la enfermedad y sobre los rocambolescos comportamientos de la mayoría de personajes.

Una cinta pedante y vacía que, además de estar cargada de escenas de un innecesario mal gusto, debido a su filosofía y las relaciones que presenta, huele a mormonismo que tumba de espaldas. ¿Un drama, un thriller, un film de ciencia-ficción, un panfleto mormón? A Ciegas lo es todo y nada al mismo tiempo. Personalmente, correré un tupido velo sobre ella. Total, “pa lo que hay que ver”...

15.3.09

EN RESUMIDAS CUENTAS: Cagarrutas

Un experto ladrón de guante blanco y su nuevo socio. El objetivo de ambos: un par de Huevos de Fabergé jamás expuestos al público y atesorados en un museo neoyorquino dotado de los más sofisticados sistemas de seguridad. Muy cerca de ellos, un veterano detective obsesionado desde hace años en dar caza al experimentado caco. Tras la cámara, Mimi Leder, una mujer acostumbrada (... eso dicen) al cine de acción y muy dada a la realización de teleseries. Morgan Freeman y Antonio Banderas componen el dueto de maleantes. The Code es el alucinado título que le han encasquetado para su exhibición en España. Inglés por inglés, podrían haber dejado el Thick As Thieves original.

A pesar de contar con un planteamiento a priori atractivo y deudor de las mejores cintas del género, The Code se alza como un fiasco de muchísimo cuidado. La historia, que se mueve entre la comedia y el cine de toda la vida sobre policías y ladrones, deja mucho que desear. Ni hace gracia, ni tiene tensión. Un déjà vu de lo más triste y patético que no hay por donde pillarlo. Banderas se empeña en enseñar su cara más histriónica a través de una interpretación cargada de muecas y gesticulaciones exageradas. Freeman se decanta por la ley del mínimo esfuerzo y sólo pone su careto, mientras que Mimi Leader nos confirma que lo suyo, más que la dirección, es el encaje de bolillos.

Suerte de la seriedad con la que un envejecidísimo Robert Forster lleva a cabo su papel y de la singular belleza (que no otra cosa) de Radha Mitchell.


Otro que podría ir cambiando su profesión de realizador por la de costurero es el alemán Uwe Boll, uno de los mayores farsantes del cine actual. Abocado a la adaptación a la pantalla grande de populares videojuegos (House of the Dead y Alone In The Dark son sus dos productos anteriores), arremete ahora contra Dungeon Siege mediante En El Nombre del Rey, un título zetoso y vergonzoso en donde los haya.

El muy cretino, para darle algo de empaque a su nuevo trabajo (sí es que a este engendro se le puede tildar de trabajo), ha contado, entre sus protagonistas, con nombres más o menos populares. Jason Statham (ese hombre que siempre ha querido ser Bruce Willis sin conseguirlo jamás), es El Granjero, el personaje principal de esta fábula fantástica de la que, para su construcción, se ha robado un poco de El Señor de los Anillos, otro poco de Robin Hood (vía Errol Flynn), un mucho de El Planeta de los Simios (vía Tim Burton) y un tanto de Willow, uno de los habituales chascos de Ron Howard. Magia, artes marciales (pues hasta salen ninjas) y mamporrazos; todo ello filmado con el culo.

A Statham le secundan, entre otros, un sobreactuadísimo Ray Liotta y un Burt Reynolds rescatado directamente del Museo de Cera de Madame Tussaud. Por su parte, Claire Forlani, la actriz que da vida a Solana, la esposa de El Granjero, con sus labios y mofletes retocados, demuestra a las plateas de todo el mundo que los asiliconamientos y los chutes de botox ya eran práctica común en plena Edad Media.

Lo mejor, sin lugar a dudas, es la presencia (¡sólo la presencia, ojo!) de una tal Kristanna Loken, una rubita de muy buen ver que, dando vida a una ninfa tarzanesca, se pasa medio metraje colgada de unas lianas totalmente espatarrada. Al menos, entre tanto desaguisado, alegra la vista con su tentador par de jamones.

12.3.09

Cuestión de pelotas

Anoche, Claude Puel y el equipo al que entrena, el Olympique de Lyon, se llevaron del Camp Nou una manita. Ellos sólo nos dejaron dos deditos, muchos patadones y una seria duda: ¿fue Puel el que dirigió al equipo francés o recurrió, como en otras muchas ocasiones, a Ben Stiller para sustituirlo en el banquillo?

11.3.09

Harry El Jubilado

Walt Kowalski, el jubilado viudo interpretado por Clint Eastwood en su nuevo film, Gran Torino, bien podría ser un claro alter ego de Harry Callahan. La única diferencia entre Kowalski y Callahan estriba en que el primero nunca fue policía, ya que paso su vida laboral trabajando al servicio de una empresa automovilística de Detroit. Gruñón, huraño y racista, pasa el día despotricando sobre la invasión coreana de su viejo barrio. En su soledad, sólo le reconfortan una mascota tan achacosa como él y, ante todo, el especial cuidado que le dedica a su Gran Torino del 72, el coche que da título a la película y que atesora en su garaje como oro en paño.

Eastwood es perro viejo y, en este melodrama ribeteado con pinceladas cercanas al thriller y a la comedia, se transforma en un fullero de mucho cuidado. Y lo hace con gracia, llevando al espectador hacia el terreno que él quiere y que sus seguidores conocen de sobras. La relación que se establece entre el refunfuñón Kowalski y sus vecinos coreanos, está más que cantada desde los primeros minutos de proyección. Toda la platea es consciente de por dónde van a ir los tiros. Poco a poco, para ese ex combatiente de la Guerra de Corea, el rechazo absoluto a la aceptación de otras culturas se irá convirtiendo, paso a paso, en algo más que moldeable. Una vez entreabierta la puerta, un aire nuevo y revitalizador se colará en su apagada existencia.

La cinta anda por senderos conocidos. No hay altibajos, ni vericuetos, ni demasiadas sorpresas. El realizador de Mystic River se guarda la mejor carta para el final: un modo efectivo de romper con la previsibilidad general que, de modo engañoso y planeada de forma consciente, pretende denotar el trabajo. Y es que, justamente, esa es la impresión que busca generar en la platea. Así, cuando en la recta final se saca su as de la manga, deja a propios y a extraños con la boca abierta. El full funciona a la perfección e incluso pone la carne de gallina a más de uno. Una jugada maestra. Eastwood es el mejor. El reclamado canto del cisne de Harry Callahan nos lo ha brindado en bandeja de plata.

Walt Kowalski, un nombre que pasará a engrosar la lista de personajes iconográficos generada por un cineasta al que, injustamente, no se le empezó a tomar en serio hasta finales de los 80. Kowalski y sus diatribas religiosas. Kowalski y sus remordimientos. Kowalski y su racismo exacerbado. Kowalski y el fantasma de Harry el Sucio. Kowalski y su coche. Kowalski y sus armas. Y, ante todo, Kowalski y su gesto más habitual y chulesco: apuntar al “enemigo” con la mano como si ésta se tratara de un revolver.

Eastwood es un gigante; el último gran clásico vivo junto a Lumet.