15.4.14

Cruising


Los bosques que rodean un gran lago francés, son el enclave ideal para que varios homosexuales acudan al lugar a practicar nudismo y cruising en medio del follaje. Este es el único escenario geográfico que enmarca la historia planteada por el director y guionista Alain Guiraudie para El Desconocido del Lago, un film de temática claramente gay y totalmente explícito en sus numerosas escenas de sexo.

Planteada, en sus primeros minutos, como un melodrama indie, la cinta da un giro hacia el thriller cuando uno de los jóvenes y asiduos visitantes del lago, durante un anochecer, se convierte en testigo de excepción de un asesinato para, posteriormente, sentirse atraído fatídicamente por la figura del criminal, un tipo que, físicamente y a grandes rasgos, es una especie de mezcla entre Freddie Mercury y Tom Selleck.


Hasta aquí todo resulta más o menos pasable, aunque sea difícil de asimilar el enamoramiento de un hombre a sabiendas de que su nuevo amante no es más que un asesino con poquísimos escrúpulos. El problema es que, una vez planteado su argumento, el desarrollo de éste opta por derroteros bastante ridículos y nada factibles, empezando por la patética y grotesca figura de un inspector de policía que aparece por el lugar para investigar la aparición de un cadáver en el agua, así como por su resolución final, una especie de tomadura de pelo filmada desde la más absoluta oscuridad. Eso sí, para darle algo de (falso) empaque cultureta a la cosa, se monta una facilona metáfora entre la imagen de los invasores siluros del lago y el asesino de marras.

Vistos los resultados, El Desconocido del Lago, aparte de resultar un trabajo aburridísimo y narrado sin ningún tipo de nervio, está realizado con la única y gamberra intención de provocar al público más conservador quien, entre otras delicatessen, podrá disfrutar de la inclusión de primerísimos planos de penes erectos, de una felación mostrada de forma detallista, de numerosas enculadas e incluso, de propina, de una corrida en la que no se escatima ni en chorro ni en cantidad de semen. Vaya, una especie de porno con coartada gafapastosa.

7.4.14

Pequeño gran hombre


Descanse en paz.

Por cierto... aquí donde le ven, él solito, se maquinó a toda una Ava Gardner.

28.3.14

La gigantesca muñeca rusa de Wes Anderson


Wes Anderson sigue fiel a su estilo, haciendo gala de su particular sentido del humor y adentrándose en terrenos narrativos (y descriptivos) un tanto arriesgados,aunque, en esta ocasión, con El Gran Hotel Budapest, ha intentado rizar el rizo en todas sus variantes, jugando con distintos formatos cinematográficos y adentrándose en una locura colectiva que, por sus excesos, acaba pesando y resultando un tanto indigesta para el espectador.

El Gran Hotel Budapest transcurre en distinta épocas y en distintos niveles. Es como una gigantesca muñeca rusa (tanto por sus numerosas capas como por su vistoso y colorido aspecto) que, partiendo de un larguísimo flash-back, avanza y retrocede en una laberíntica trama, llena de personajes a cual más extravagante, que muestra la relación de amistad entre M. Gustave, el gerente de un lujoso hotel balneario de un imaginario país centroeuropeo, y Zero Moustafa, un joven aunque atrevido botones empleado en el local.


Ambientada, en su mayor parte, entre guerras y durante el nacimiento del nazismo, Anderson mezcla, en su laberíntica historia, el robo de un cuadro renacentista millonario, una muy peculiar historia de amor y la lucha de varios indeseables por conseguir la herencia de una anciana millonaria. Por el camino, de regalo, una de las fugas grupales carcelarias más alucinantemente divertidas y surrealistas de la historia del séptimo arte.


El gran problema de este multiforme hotel Budapest es que, una vez sobrepasada la mitad de su metraje, justo después de la citada fuga, la película queda encallada en un punto de no retorno. Las burradas que propone Wes Anderson a la platea ya empiezan a sonar a repetitivas; el cuidadísimo look visual de la cinta, superado su primer impacto, deja de sorprender, al tiempo que su abigarrada amalgama de rostros populares, que aparecen y desaparecen continuamente de pantalla, acaba siendo un poco agobiante, y más cuando la mayoría de ellos tan sólo ejercen de meras comparsas sin mucha (o ninguna) trascendencia argumental.

La cuestión es seguir mimando a sus actores habituales, aunque sea mediante puros cameos, ya que el peso específico del film recae en un excelente Ralph Fiennes y en el desconocido aunque efectivo Tony Revolori (el joven Zero Moustafa) quien, en ningún momento, se deja amilanar por la presencia, siempre imponente, de gente como Jeff Goldblum, Bill Murray, Tilda Swinton o Edward Norton, entre otros muchos.


Un festival Wes Anderson en estado puro, con ganas de romper esquemas establecidos pero que, por su afán destructivo y gamberro así como por su preocupante dispersión temática y genérica (cambios de formato incluidos), se le escapa un pelín de las manos.

23.3.14

Bienvenidos al Norte


Ocho Apellidos Vascos es la comedia española de moda. Y además se lo merece, tanto por su frescura como por su ritmo narrativo y la cantidad de gags y situaciones jocosas que contiene. Dirige Emilio Martínez Lázaro, un hombre especializado en el género que, desde que se había alejado de él, no daba pie con bola. Ahora, apoyado en el guión por gente como Borja Cobeaga y Diego San José, ha vuelto a urdir una historia ingeniosa que tiene, como principal referente, a la francesa Bienvenidos al Norte.

Su argumento es extremadamente sencillo, aunque efectivo. Se trata de juntar dos polos opuestos: un andaluz y una vasca, ambos de pura cepa y con la cultura y las costumbres propias de su tierra muy arraigadas. El atiende por Rafa, ella por Amaia. Ella detesta toda señal de españolismo; él disfruta con el folklore y la marca España. Ambos coinciden en Sevilla de forma accidental y, a pesar del repelús mutuo inicial, algo indica que podrían funcionar como pareja. Ni corto ni perezoso, cuando ella regresa a su pueblecito en Euzkadi, Rafa decide liarse la manta a la cabeza y viajar hasta el lugar para iniciar el flirteo... aunque tenga que hacerse pasar por vasco antes los familiares y conocidos de Amaia.


A pesar de ser un producto construido a golpe de tópicos, la cosa tiene su gracia. Los utiliza de forma correcta y siempre en el lugar y momento precisos, consiguiendo de este modo algunos chistes ciertamente celebrados que ayudan a digerir como la seda un producto que, a priori, podría haber sido de lo más previsible y estándar. De hecho lo es, pero su soltura narrativa y el sorprendente desparpajo interpretativo de Dani Rovira en su debut cinematográfico, se encargan de tapar las debilidades de un film pequeño hecho con mucho humor y cariño.


Es evidente que, para su correcto engranaje, resulta imprescindible la química existente entre la pareja protagonista, el citado Dani Rovira y Clara Lago, un malagueño y una madrileña que, en la película, se meten respectivamente en la piel de un sevillano y una vasca y, ante todo, en el espléndido trabajo de un Karra Elejalde descomunal que, por derecho propio, se convierte en lo mejor de Ocho Apellidos Vascos. Y es que el hombre, dando vida a Koldo, el padre de Amaia, se mueve como pez en el agua, dejando al resto del reparto un tanto desdibujados cada vez que sale en pantalla.


La cinta es fresca y atrevida. Curiosamente, rompe moldes desde el tópico y se atreve a introducirse en el corazón del País Vasco sin complejos ni cortapisas políticas de ningún tipo. Un divertimento sugestivo que quizás habría funcionado aún mejor si la dirección, en lugar de en el clasicismo inevitable vertido por Martínez Lázaro, hubiera recaído en Borja Cobeaga, uno de sus dos guionistas y realizador de un par de comedias de lo más campechano: Pagafantas y No Controles, así como de la serie televisiva de la ETB Vaya Semanita.

18.3.14

Al salir de clase


Tras la brillante y original En la Casa, el francés François Ozon vuelve a abordar el tema de la adolescencia en su nueva película. Joven y Bonita se acerca al despertar sexual de Isabelle, una joven parisina de diecisiete años a la que, tras perder la virginidad con un muchacho alemán durante las vacaciones estivales en una población costera, le entra el gusanillo de la experimentación morbosilla y, de vuelta a la escuela, al salir de clase y a escondidas de su familia y de sus amistades, empieza a ejercer la prostitución al servicio de hombres mayores.


Siguiendo los pasos de la Belle de Jour del maestro Buñuel (aunque salvando las distancias) y con la complicidad de su efectiva actriz protagonista, la atractiva Marine Vacth, Ozon maquina una historia narrada en cuatro actos diferenciados por las estaciones del año. De hecho, el primero y el segundo (verano y otoño), marcados por el cambio “de niña a mujer” y la opción posterior de iniciarse como prostituta, funcionan como producto "erótico festivo", sin ir más allá en ningún momento y manteniéndose (de forma light) dentro de los márgenes de la permisividad, mientras que su tercer y cuarto actos (invierno y primavera), mucho más homogéneos en su estructura, se inician tras un suceso inesperado que dota a la cinta de una relevancia melodramática que hasta ese instante brillaba por su ausencia.

Es entonces, en esos dos actos finales (que, por cierto, funcionan como si fueran uno solo), cuando el realizador deja a un lado el festival de polvos y posturitas eróticas de su protagonista y entra a saco en la descripción de esa rebelde Isabelle que, enfadada con el mundo y con ella misma, decide adoptar el nombre de Lea, vestirse de puta y hacer con su sexo lo que le venga en gana. En primera línea, la satisfacción enfermiza que le proporcionan sus encuentros furtivos y remunerados y, por supuesto, siempre allí latente, el conflicto generacional representado por el personaje de una madre que no acaba de comprender la actitud de una hija que se le escapa de las manos.


Un trabajo irregular que no acaba de funcionar al cien por cien hasta superada la mitad de su metraje y que, aparte de contar con alguna que otra colaboración espléndida (mayúscula Charlotte Rampling), potencia al máximo el trabajo interpretativo de una sorprendente Marine Vacth, una chica procedente del mundo de las pasarelas y que, en esta ocasión (su primer papel protagónico), sabe transmitir a la perfección el misterio que su personaje debe causar en el espectador.


7.3.14

Guapos y vacíos


Robert Luketic, uno de los realizadores menos inspirados del Hollywood actual, estrena en España su último film, El Poder del Dinero, una cinta que, con toda la razón del mundo, significó un estruendoso fracaso de taquilla en los EE.UU.. En ella, un thriller narrado sin fuerza ni estilo, el director nos acerca, sin mucha convicción, a una trama en donde el espionaje industrial es, en teoría, su punto fuerte.

La película arranca de forma correcta, presentando una sociedad actual en crisis en la cual los jóvenes se plantean un incierto futuro económico y laboral. Pero pronto se olvida de su prometedor apunte crítico y entra en materia descubriéndonos a su protagonista principal, Adam Cassidy, un ambicioso chico de familia humilde al que un perverso magnate, propietario de una empresa de telefonía móvil, le aprieta las tuercas y le obliga a infiltrarse en una compañía rival para robarles la nueva tecnología del revolucionario producto que están a punto de lanzar al mercado.


Hasta aquí, la cosa se aguanta bastante bien, pero todo empieza a desmoronarse debido a la poca entidad otorgada a sus personajes, así como en la nula definición de los mismos, pues todos están construidos a golpe de tópicos: los malos son muy malos, de tebeo barato, mientras que los buenos, de tan buenos, resultan insoportablemente estúpidos; estúpidos y guaperas, tan vacíos como los maniquís de los escaparates de ropa. Un buen ejemplo de ello se encuentra en el insustancial Liam Hemsworth, el joven que encarna a Adam Cassidy, y su enamorada de turno, Amber Heard, una empleada de la firma rival; una pareja que da grima sólo de verlos.


Para darle cierta entidad al producto, Luketic se ha buscado la complicidad de dos actores de primera fila para llamar la atención del espectador más incauto, como Harrison Ford y Gary Oldman. El primero, luciendo un repulsivo rapado de aúpa, salva como puede su más que previsible rol, mientras que el segundo, para no perder la costumbre, afronta su malvado personaje desde su habitual histrionismo. Y, de pasada, sin aportar absolutamente nada a la historia, se saca de la manga la colaboración estelar de Richard Dreyfuss para dar vida, sin ninguna solidez, al enfermizo, fumador y borrachín (aunque muy bonachón) padre del protagonista.


El Poder del Dinero (alucinante título español del original Paranoia), a pesar de los (mínimos) esfuerzos de su director por evitarlo, se queda encallada a los pocos minutos de su arranque y navega entre los amoríos del Hemsworth y la Heard (patética y ridícula la manera de conocerse), los desmanes interpretativos de un desmedido Oldman y sus manos ejecutoras (Embeth Davitz y Julian McMahon), el patetismo de los cuatro pelos que adornan la testa del otrora Indiana Jones y los pocos momentos de suspense barato incapaces de inquietar a nadie.

Una película innecesaria, de resolución más que previsible y llena de personajes vacíos. Y lo peor de todo es que intenta alardear de ser un thriller de gran envergadura. ¡Qué pena da ver a gente como Richard Dreyfuss metida en cosas como esta! De juzgado de guardia.

4.3.14

La noche más larga, negra y mejicana

La noche transcurrió sin sorpresas, tal y como más o menos se había previsto. Y, como de costumbre, aburrida y larga; extremadamente larga. Ellen DeGeneres, como la maestra de ceremonias de esta 86ª edición, no estuvo muy brillante que digamos. Pocas líneas de guión tuvo que memorizar. Lo suyo fue hacer propaganda descarada sobre la nueva generación de telefonía móvil y, como gran proeza, destrozar sin demasiada compasión a una envejecida y engordadísima Liza Minnelli quien, ante los envites de la presentadora, aguantó estoicamente y con sentido del humor la provocación.


Los premios, los que ya estaban cantados de antemano. Con la administración Obama, era lógico que la mejor película recayera en la plomiza 12 Años de Esclavitud, mientras que el premio a la mejor secundaria recaía en la jovencita Lupita Nyongo’o, una de las actrices de color de ese mismo film y al mismo tiempo una recién llegada al mundo de la interpretación. Gravity arrasó con la mayoría de Oscars técnicos, llevándose también la estatuilla al mejor director, el mejicano Alfonso Cuarón.


Tal y como se había pronosticado, Cate Blanchett se alzó con el merecidísimo premio a mejor actriz por su inolvidable interpretación en Blue Jasmine, mientras que Matthew McConaughey hizo lo propio con el de mejor actor por su trabajo en la interesante Dallas Buyers Club, aunque al subir a recogerlo, ¡qué lástima!, se salió por peteneras y nos endilgo un indigesto sermón sobre la grandeza de Dios. A buen seguro que el discursito de marras no le hizo puta gracia a un Leonardo DiCaprio que vio escapársele el Oscar de entre sus manos por cuarta vez.


Curiosamente, la única campanada de la noche fue la de Jared Leto quien, en contra de todas las previsiones, consiguió la estatuilla dorada como mejor secundario por dar vida, de forma brillante, a un travesti en la mismísima Dallas Buyers Club, un film que aún sigue pendiente de estreno en España.


La casa Disney fue recompensada con dos Oscars (mejor película animada y mejor canción) por esa cosa cursi que atiende por Frozen, El Reino de Hielo, mientras que se reconocía la originalidad del Her de Spike Jonze con el premio al mejor guión original y la insoportable pedantería de La Gran Belleza conseguía el Oscar al mejor film de habla no inglesa.

En la cuneta quedaron El Lobo de Wall Street, Nebraska, Capitán Phillips, La Gran Estafa Americana y Philomena, las grandes perdedoras de la noche que, por no pillar, no pillaron ni los premios de la pedrea.

Para quién quiera conocer la lista oficial de ganadores, les dejo el link de la Academia.


Esto es lo que hay. Una año más. A esperar al próximo. De regalito, esa fotografía retwitteada que, urdida por la DeGeneres, ha dado la vuelta al mundo. Después, como recompensa, la presentadora invitó en directo a las estrellas que posaron en la foto a tomar unas porciones de pizza. ¿Dónde queda ese glamour que caracterizó a Hollywood?

1.3.14

Las 9 nominadas del 2014 en plan chungo

Capitán Phillips. Unos piratas somalíes abordan un carguero norteamericano y se llevan a su capitán de excursión en un bote salvavidas.

Dallas Buyers Club. A un vaquero muy machote le diagnostican el SIDA, le pronostican 30 días de vida y, del rebote que pilla, se hace amigo de un travesti e intenta desmontarle el chiringuito a la industria farmacéutica.

12 Años de Esclavitud. A un violinista de color (negro) se lo llevan de excursión, durante 12 años, para animar con su música las jornadas de trabajo en las plantaciones de algodón.

La Gran Estafa Americana. Una pareja de estafadores y un agente del FBI se alían para darle el timo del tocomocho a un alcalde con familia numerosa.

Gravity. Un tío deja a una tía más colgada que la una.

Her. Un panoli se pasa el santo día haciendo guarrerías con su ordenador.

El Lobo de Wall Street. Un par de descerebrados se pasan el santo día drogándose, follando, robando dinero y eludiendo a la justicia.

Nebraska. A un viejo empecinado le entra la pájara y se va de excursión con su hijo para reclamar un millón de dólares que dice haber ganado en un sorteo.

Philomena. A una vieja empecinada le entra la pájara y se va de excursión con un periodista amargado en busca de un hijo que, 50 años atrás, unas monjas diabólicas dieron en adopción.

28.2.14

David y Goliath


A pesar de estar nominada al Oscar en seis categorías (película, actor principal, actor secundario, guión original, montaje y maquillaje), Dallas Buyers Club no se estrena en nuestro país hasta el próximo 14 de marzo, casi dos semanas después de la ceremonia de entrega de dichos premios. Y es una injusticia, pues el film dirigido por el canadiense Jean-Marc Vallée es un dignísimo producto que, entre otra posibilidades, podría hacerse con la estatuilla dorada para un sobresaliente Matthew McConaughey, un actor que, en los últimos años, ha enderezado de forma sorprendente su carrera a través de múltiples y complejos personajes, incluyendo el del detective Rust Cohle de la compacta serie televisiva True Detective.

En esta ocasión y amparándose en un caso verídico, McConaughey, de forma magistral y físicamente desmejorado, se mete en la piel de Ron Woodroof, un rudo vaquero heterosexual que, a principios de los 80, descubre alucinado que ha contraído el virus del SIDA. La muerte de Rock Hudson inundaba los titulares de toda la prensa mundial y Woodroof, un tipo que practicaba el sexo de forma descontrolada y sin seguridad alguna, al no pertenecer a ninguno de los colectivos a los que se criminalizó de forma estúpida, no daba crédito a su diagnóstico. Una vez asumida su enfermedad, y ante la prohibición del gobierno norteamericano del uso de ciertos específicos en favor de una industria farmacéutica dispuesta a potenciar unos fármacos que en poco ayudaban a frenar el avance del virus (sino todo lo contrario), inició una lucha personal en contra del sistema, al tiempo que importaba medicamentos más efectivos del extranjero para uso propio y para vender a otros portadores del VIH.

Lo que por su temática podría parecer un dramón de muchísimo cuidado se trata, en realidad, de un producto fresco, perfectamente conducido y narrado con un ritmo endiablado. Vallée no deja tiempo para el aburrimiento. Va al grano y huye del efectismo propio del género, intentando evitar al máximo los posibles pasajes lacrimógenos que podrían inundar un film de estas características. Haberlos haylos, pero de forma sobria y veraz, sin truculencias y ciñéndose, en todo momento, a la indiscutible dureza que aporta el tema. Tiene sentido del humor y potencia, ante todo, la relación de amistad, e incluso laboral, que nace entre Woodroof y Rayon (impresionante Jared Leto), un travesti afectado igualmente de SIDA; una ocasión de oro para que el realizador juegue con la aparente homofobia de un personaje como el de McCounaughey y el consciente acercamiento que acaba haciendo hacia el colectivo homosexual.


Un producto inteligente que, una vez más, entra a saco en la lucha de un pequeño contra un gigante; un nuevo David y Goliath, en donde David está simbolizado por la persona como individuo desprotegido y Goliath por el sistema y sus satélites, tanto corporativos como gubernamentales. Y allí, en una zona inicialmente neutral pero decantándose a marchas forzadas hacia el lado de David y sus huestes, la doctora Eve (una efectiva Jennifer Garner que se ha de imponer ante las dos deslumbrantes interpretaciones de Matthew McConaughey y Jared Leto); una facultativa que iniciará su guerra particular en el hospital en donde trabaja.


Ya lo saben. El 14 de marzo tienen una cita con una película valiente, emotiva y ágil en su planteamiento. Y vigilen con las contraindicaciones de los medicamentos que les receten sus médicos. A las farmacéuticas siempre les ha preocupado más su propio bolsillo que la salud de los pacientes. Y si con ello pueden hacer crónica una enfermedad, lo harán.

27.2.14

El ateo, la creyente y las monjas diabólicas


Mañana llega a las pantallas de toda España Philomena, la última película de Stephen Frears, un film agradable y crítico, capaz de hacer reflexionar al espectador sobre el malsano poder de la religión al tiempo que ofrece el retrato de dos personajes en principio totalmente antagónicos: los de Martin Sixsmith y Philomena Lee; el primero, un periodista caído en desgracia después de haber intentado probar fortuna en el mundo de la política y, el segundo, una mujer de avanzada edad que lleva 50 años intentando dar con el paradero de un hijo que, a temprana edad y cuando ella estaba interna en un convento castigada por su embarazo, fue dado en adopción por las monjas que lo regentaban.

Él es un tipo gruñón, ateo y enfurruñado con el mundo; ella es una mujer afable, sencilla, no muy culta y creyente a pies juntillas. Ambos unirán sus fuerzas para localizar, de una vez por todas, al hijo de la afectuosa Philomena; una búsqueda que incluso les llevará de su Irlanda natal al corazón mismo de los EE.UU.. Mientras ella pretende reconciliarse con su tormentoso pasado, él intenta conseguir un reportaje de tintes humanistas que lo vuelva a colocar en el candelero.


Un film sencillo, pequeño, pero tremendamente emotivo y conmovedor. Crítico con los estamentos religiosos, aunque totalmente respetuoso con las creencias (o no creencias) de sus dos protagonistas, Frears, basándose en la novela de Martin Sixsmith The Lost Child of Philomena Lee, se centra, ante todo, en la relación que se establece entre sus dos personajes principales. Una dependencia que nace de la conveniencia de ambos y que, poco a poco, irá yendo mucho más allá del mutuo beneficio, dándole, al mismo tiempo, una especial relevancia al tráfico de niños que, por parte de ciertas religiosas, tuvo lugar en la Irlanda de los años 50.


Philomena se nutre de dos actores geniales. Por un lado Judi Dench, toda una dama de la interpretación que, en esta ocasión, se mete de forma magistral en la piel de una mujer humilde empeñada en la búsqueda de un hijo que le fue robado por unas monjas diabólicas y, por el otro, Steve Coogan quien, dando vida a la perfección al resentido periodista, también ejerce en el film de guionista y productor. Entre los dos nacerán chispas de todo tipo: tanto humorísticas como melodramáticas, provocadas, casi siempre, por la irritabilidad de él ante la sencillez con que la mujer plantea muchos de los temas a los que se han de enfrentar.

Ácida y tierna; cómica y triste; veraz y escalofriante. Un torbellino de sentimientos capaz de explicar una historia magnética y bien construida en poco más de hora y media. Un título que muchos considerarán menor pero que, en el fondo, abriga toda la sabiduría y la manera de entender el cine de alguien como Stephen Frears.

25.2.14

El otro 23-F


Tomando como referente la Opération Lune, un falso documental del canal Arte que aportaba pruebas para demostrar que la llegada del hombre a la Luna fue todo un montaje dirigido por el mismísimo Stanley Kubrick, Jordi Évole, con Operación Palace, orquestó, el pasado domingo, otro falso documental que, amparándose en unos documentos de la CIA salidos a la luz recientemente, exponía la teoría de que el 23-F no era más que un golpe de estado ficticio perpetrado por la mayoría de fuerzas vivas del país con la intención de preservar una naciente democracia que, en los años 80, empezaba a tambalearse y, al mismo tiempo, para evitar un posible golpe de estado real.


El juego planteado por Évole, aparte de genial, divertido y atrevido, ha significado un hito en los anales de la televisión en España. Un juego perfectamente planeado y documentado que, en su ingenioso engaño, invita al espectador a pensar a través de las claves que va filtrando a lo largo de sus sesenta minutos de duración. Unas claves al principio muy sutiles pero que, a medida que va avanzando en su metraje, se convierten en algo más claro y, hasta en ocasiones, suficientemente astracanado y surrealista como para que el televidente pueda ligar que se encuentra ante un fake de inmensas proporciones. Una mentira guasona que, en el fondo, logra que nos planteemos la de tomaduras de pelo que, día a día, nos van soltando a través de la caja tonta y que nadie se atrevería a sospechar de ellas; mentiras, la mayoría de ellas, filtradas a través de ciertos medios de comunicación vendidos al poder o bien ya totalmente diseñadas por unos gobernantes dispuestos a que comulguemos con ruedas de molino.

La fuerza y la importancia de Operación Palace en la historia de la televisión en nuestro país ya es innegable. Jordi Évole quería crear corriente de opinión y, sin lugar a dudas, lo ha conseguido; él y toda la larga lista de colaboradores que se prestaron al juego propuesto, muchos de ellos protagonistas directos del patético golpe de estado perpetrado, en 1981, por un reducido número de militares y guardias civiles ansiosos por resucitar los desmanes del fenecido franquismo (tal y como están intentando, de otro modo, nuestros rancios y fachendas gobernantes actuales).


Ante la broma del responsable de Salvados, además de leer entre líneas, hay que tener sentido del humor. Enfurruñarse, como han hecho algunos ante la modélica gamberrada de Évole, es de persona tozuda y poco abierta a nuevos modelos televisivos. La experimentación siempre es buena y más si se hace de manera lúcida y fresca, como en este caso. No me negarán que tiene su coña convertir a un realizar de cine como José Luis Garci en el director de un montaje que, en el fondo, por su cutrerío escénico, tenía un mucho de teatrillo de feria y en donde el más tonto de los actores invitados, ese personajillo que atendía por el nombre de Antonio Tejero, con su bigotito, su tricornio, pistola en mano y al grito de “¡Todos al suelo, coño!”, fue el único de toda la trama que no se había enterado de la historia, según cuenta la versión ofrecida por Operación Palace.


Con los años, y a pesar de sus cabreados detractores, se le considerará como un programa de culto, digno de figurar en las antologías de una televisión que ya empezaba a oler demasiado a podrido. Y es que a veces, arriesgarse con formatos distintos tiene su recompensa.

Ahora sólo nos falta que algún día nos expliquen que hay en esa cajita blanca que acompaña al Rey en todos sus eventos sociales, incluida la caza de elefantes.

24.2.14

Enamorarse


Spike Jonze es un cineasta peculiar, extraño, capaz de no dejar indiferente con sus films a nadie, sea para bien o para mal. Con Her ha llegado a su madurez como director, al tiempo que nos ofrece su obra más redonda. Emotiva, divertida, crítica, ácida... un poco de todo para envolver una atípica historia de amor: la que nace entre Theodore, un escritor solitario empleado en una empresa dedicada a redactar cartas para terceros, y un nuevo sistema operativo, recién salido al mercado, que ofrece una relación virtual totalmente distinta, aunque igual o más profunda, a la de las relaciones sentimentales entre seres de carne y hueso.

Ambientada en un futuro no muy lejano, en donde la informática y los temas virtuales están a la orden del día (como ahora, vaya), Jonze nos sirve en bandeja de plata una de las historias de amor más profundas y diferentes que nos haya brindado el cine. Apoyándose en el excelente trabajo interpretativo de un Joaquim Phoenix fuera de serie (genial representando él sólo una relación de pareja) y en la cálida y sugestiva voz de Scarlett Johansson (en el original, la voz que emerge del sistema operativo), el realizador de Cómo Ser John Malkovitch urde un cuento, de tintes fantásticos, tan emotivo como sugerente.


La cinta, a pesar de su insólito planteamiento, es capaz de retratar los sentimientos más profundos de un hombre solitario, en pleno proceso de divorcio, que descubre su plenitud como persona al sentirse totalmente atraído por una máquina. Y lo hace de forma inteligente, sin renunciar a su agridulce sentido del humor y haciendo totalmente creíble para el espectador que un tipo como Theodore caiga en las redes sentimentales que le propone la locución que surge de su nuevo artefacto; una voz que denota una sabiduría y una emotividad fuera de lo normal, la voz de Samantha. Un flechazo total, tanto a nivel anímico como físico, en el que no tardarán en aparecer las típicas constantes que marcan las relaciones entre seres humanos. Los celos y el querer llegar a más serán, tan sólo, algunos de los problemas que se les plantearán en su intensa correspondencia emotiva.


Una película vibrante, conmovedora, atemporal, de calmada puesta en escena y diestra a la hora de anunciar lo que nos puede deparar la actual dependencia de la informática y las redes sociales; una realidad que está creando un ingente regimiento de gente solitaria que se muestra más segura en sus relaciones virtuales que en el más natural cara a cara de toda la vida. Un film de visión obligatoria, tanto por tratarse de un derroche de fantasía y sentimientos varios como por la originalidad que conlleva una obra tan arriesgada y, en el fondo, más real de lo que nos pueda parecer a simple vista. Y, a ser posible, en versión original subtitulada: sería todo un pecado despreciar la seductora tonalidad de Scarlett Johansson al optar erróneamente por la de un doblaje más lineal y mucho menos personal.


Les dejo. Me voy a conectar con mi sistema operativo.

23.2.14

El arte de salvar el arte


En su tercer trabajo como realizador, Ella Es El Partido, George Clooney intentó acercarse al espíritu de las comedias clásicas del viejo Hollywood, y el invento se quedó en una floja película sin ningún tipo de glamour. Ahora, con Monuments Men, urde un homenaje al cine bélico y de aventuras de toda la vida, desde Doce del Patíbulo a El Desafío de las Águilas pero, al igual que le sucedió con la citada Ella Es El Partido, se queda a mitad de camino en la mayoría de sus intenciones.

Monuments Men está basada en un episodio real sucedido durante la Segunda Guerra Mundial, justo cuando el nazismo empezaba a dar sus últimos coletazos y en Norteamérica, un hombre amante del arte y de la cultura universal, decidió formar una brigada especial para preservar cuantas obras de arte fueran posibles del expolio a que habían sido sometidas por el ejército nazi. En la vida real, se trató de un equipo formado por más de 300 expertos en el tema, mientras que en el film Clooney lo sintetiza en un minúsculo comando compuesto por siete especialistas sin ninguna experiencia en armas de fuego y demasiado mayores para estar en primera línea de fuego.


La cinta, loable por su defensa a ultranza de la cultura en todos sus aspectos, denota una falta de ritmo alarmante, sobre todo en su primera parte, aquella en la que el personaje de Frank Stokes (un George Clooney muy a lo Clark Gable) convence al presidente Roosevelt de lo importante de su misión y en donde inicia el reclutamiento de un flamante grupo compuesto por diversas autoridades en la materia, divagando, continuamente, entre la comedia y el melodrama sin decantarse definitivamente por ninguno de los dos estilos.


Su segunda mitad, justo después de una emboscada sufrida por dos de los Monuments Men, la cosa empieza a animarse un poco; sólo un poco. El cine propiamente bélico empieza a aparecer en pantalla, aunque siempre a cuentagotas y esforzándose en llenar sus diálogos de frases rimbombantes dispuestas (sin lograrlo) a convertirse en antológicas. Los títulos a los que pretende homenajear quedan a años luz de sus claras pretensiones. La acción es mínima, prácticamente inexistente, aunque potencia con ingenio el espíritu de camadería existente entre los integrantes de la cuadrilla, como si se tratara de una de las inmortales películas varoniles de Howard Hawks pues, de hecho, el único personaje femenino con cierta relevancia es el interpretado por una afrancesada Cate Blanchett, una mujer parisina que se vio obligada a trabajar directamente con los alemanes en la catalogación de las pinturas y esculturas embargadas.


Un producto más bien aburrido, sin ángel, del que sin embargo destacaría el buen hacer de todo su atractivo y lujoso plantel de actores (John Goodman, Matt Damon, Bill Murray, Bob Balaban y Jean Dujardin, entre otros) y, por encima de todo, la magnífica banda sonora compuesta por un inspiradísimo Alexander Desplat, capaz de trasladar al espectador con sus notas musicales hasta títulos tan emblemáticos del género como fueron El Puente Sobre el Río Kwai o La Gran Evasión. En definitiva, un quiero y no puedo que nunca acaba de arrancar a pesar de que, en su camino, asomen destellos de gran cine.

En 1965, sin hacer ninguna referencia directa a los Monuments Men, un artesano como John Frankenheimer tocó un tema similar, a través de un vibrante film de acción, con mejores resultados que los obtenidos por George Clooney. Se trataba de El Tren, una película de aventuras bélicas en donde Burt Lancaster interpretaba a un miembro de la resistencia francesa dispuesto a interceptar un tren que transportaba hacia Alemania valiosas obras de arte confiscadas por un oficial alemán. Eso sí que era CINE en mayúsculas.