31.5.05

Haga usted su propia película de Ingmar Bergman

Antes de hacer una película al estilo de Ingmar Bergman ha de tener clara una cosa primordial. Si su país es una enclave geográfico caluroso y con mucho sol, emigre lo más rápido posible a un lugar recóndito, en el que esté todo el día lloviendo y nevando y en donde sus habitantes sean un tanto parcos en palabras y en movimientos. Pase una larga temporada allí y contágiese del modo de vida, casi monacal, de esas gentes.

En caso de salirle demasiado cara (económicamente hablando) la estancia fuera de su tierra, intente pedir alojamiento, durante varias semanas, en un convento de monjes de clausura, de esos que sólo salen al aire libre, a primera hora de la mañana, aprovechando el canto del gallo, para labrar sus tierras. Eso sí: que sea un monasterio grande, silencioso y de paredes recias y consistentes, de esas que, en el interior de sus celdas, se note un frío polar de los que penetran hasta llegar a la médula de los huesos. Y, claro está, en el que reine la paz y el silencio más absoluto. Recuerde que, al igual que en el caso del país gélido, esos religiosos han de ser también parcos en palabras y en movimientos.

Una vez viciado de esa ralentización de la vida social, ya puede empezar a sentar las bases para conseguir un film bergmaniano al cien por cien:

1) Contrate a una actriz nórdica, guapita, rubia y con el pelo cortito, como si fuera un chico.

2) Busque, como oponente de ella, a un tipo alto, delgado, igualmente rubio y nórdico, con un rostro de lo más común, aunque siempre ha de dar la impresión, a través de su agrietada expresión facial, de sufrir de colitis permanente. En su defecto, puede optar por otra chica de iguales características a la primera y que, al igual que el sujeto anterior, ha de tener problemas con la ligereza de sus continuas y fluidas visitas al excusado.

3) En el caso de optar por la pareja heterosexual estándar, conviértalos en matrimonio. Han de residir en un piso de unos 100 metros cuadrados. No es necesario que hablen. Eso sí, han de mirarse profundamente a los ojos, el uno al otro, durante muchos minutos, hasta lograr que el espectador medio acabe hasta los cojones de tanto silencio y tantas miradas.

4) En el caso de haber elegido a las dos féminas, conviértalas en lesbianas torturadas. Deben compartir un apartamento similar al del matrimonio del punto 3 y, al igual que estos, han de mirarse profundamente a los ojos, sin mediar palabra entre ellas.

5) Tanto en el supuesto del matrimonio como en el de la pareja lesbiana, ha de finalizar todas las escenas de largas miradas (unas 28 o 30 en toda el metraje), enfocando, durante un minuto entero, a un viejo reloj de pared, resaltando, a través de la banda sonora, el agobiante tic-tac del mismo. Eso causa un efecto sorpresivo en el snob de turno, el cual acabará descubriendo en ese plano impensadas metáforas con relación al concepto espacio-tiempo.

6) Sin venir a cuento de nada, es menester que cualquiera de las rubitas nórdicas protagonistas muestre uno de sus pezones. Si tan sólo enseña medio pezón y de manera rauda, mejor que mejor. Y tras ese pequeño retazo de sexualidad, un poco más de reloj no iría nada mal.

7) Fotografíe la película en blanco y negro, con una iluminación exageradamente tenue y, a poder ser, con mucho grano en la irregular definición de su imagen. Si opta por el color, dote a éste de una tonalidad irritantemente sepia y, al mismo tiempo, conserve cierta penumbra en su iluminación.

8) Demuestre, sólo con las miradas, que esa pareja (el matrimonio o bien las lesbianas) está pasando por una grave crisis sentimental. No exponga jamás los motivos de la misma, deje que el espectador barrunte por su propia cuenta.

9) No han de salir jamás de casa y, si lo hacen, que sea para acudir al entierro de un anciano y solitario coleccionista de sellos o, en su defecto, al de un librero aficionado a atesorar las primeras ediciones de toda la obra de Steinbeck (jamás de Nietzche o Kikegard, pues se les vería demasiado el plumero).

10) Tras el funeral, ha de mostrar, durante un par de minutos y en plano fijo, a cualquiera de los siguientes motivos: un canario, un sillón de estilo rococó, un cuadro con el retrato de un bucanero o un niño orinando sobre un muñeco de nieve. No intente poner todos esos conceptos juntos, pues le daría demasiado empaque a la película y eso sería dañino para su morosidad narrativa.

11) Uno de los dos personajes, a ser posible la mujer (en el caso de la pareja heterosexual), ha de pasarse, como mínimo, quince minutos mirando a través de una ventana. Esa escena ha de estar adornada con el desafinado sonido de un piano minimalista. Eso, les aseguro que causa un efecto de los que te cagas encima. Si remata ese momento con el infinito plano del reloj de pared, está apuntando a que algunos sabios califiquen su trabajo de obra maestra.

12) Uno de los dos miembros de la pareja (a ser posible el hombre o, en su defecto, la lesbiana dominante) ha de esconder un trauma infantil de armas tomar. No ha de quedar en absoluto clarificado para el público, aunque se puede recurrir a un flash-back un tanto desenfocado en el que se muestre, durante unos 5 minutos, a un niño de unos 8 años jugando (a cámara lenta) con un gato, una tortuga, una figura minúscula de un pastorcillo y un barquito de papel. Ello dará un toque inquietante a la historia, siempre y cuando también asome la cabeza de un sacerdote por detrás de un abeto.

13) El momento cumbre de la película ha de ser un minuto antes de finalizar, justo cuando uno de los dos miembros de la pareja, tras fijar su visión en el lóbulo derecho de la oreja de su compañero (o compañera), en un plano fijo de unos 346 segundos (ni uno más, ni uno menos), ha de soltar alguna que otra frase de una profundidad estremecedora y que servirá para cerrar la historia de manera hermética. Tomen nota de unos cuantos ejemplos: “La nieve me recuerda a mi padre golpeándome con un clavicordio”; “el verano pasado, me olvidé montar las estanterías” o “el domingo de ramos vi a los saltimbanquis comiéndose un rosbif demasiado hecho”.

Recuerde, como consejo final, que para la feliz consecución de un film calcado a cualquiera de los de Bergman, los actores elegidos han de sufrir de algún tipo de lesión ósea o reumatismo que les impida moverse con una desenvoltura normal. Sus movimientos han de ser lentos, no sea que por culpa de ello la película adquiera un ritmo demasiado inusitado o espasmódico. Y su título, cuanto más corto mejor. Buenos ejemplos de ello son “El alquiler del relojero”, “El lóbulo y el funeral”, “Sollozos y picores”, “Escozor”, “Matrimonio moribundo” o “Ellas y el albornoz”.