
Es innegable que el hombre sabe poner la cámara. Tiene oficio. Y eso se nota en Obaba. Retrata los ambientes rurales mejor que nadie. Juega con esa carencia de tiempo, un tanto bucólica, que existe en la mayoría de pequeñas aldeas españolas. Y lo utiliza tan bien que, esa falta de ritmo, acaba contagiando al espectador. La somnolencia parece uno de los rituales de la filmografía de Armendáriz. Y en este trabajo, abusa tanto de esa lentitud que acaba convirtiéndose en algo irritante.
¿Qué es Obaba? Obaba es un minúsculo pueblo enclavado en medio de las montañas del norte de España. Sus habitantes son un tanto peculiares, igual que las historias que les envuelven. Una joven estudiante de audiovisuales, para realizar una de sus prácticas académicas, se instalará en la población durante unos días. Allí hablará con los vecinos, les filmará y entreabrirá sus secretos más profundos. Obaba le atraerá y la atemorizará a partes iguales. Sin embargo, acabará descubriendo que, tras algunos de secretos que esconden ciertos vecinos, existe algo mágico y encantador que hará que Obaba se convierta en uno de los puntales de su propia existencia.

Las viejas leyendas que se han apoderado de la población van asomando poco a poco. "Los lagartos entran por la oreja de las personas y les comen el cerebro", asegura una de las mujeres del lugar. El halo fantástico y casi sobrenatural, que envuelve al film en sus primeros minutos, desaparece muy pronto. El director vuelca su poca inspiración en contarnos tres hechos del pasado que han marcado a algunos de los habitantes de Obaba. De este modo, la antigua maestra, sus alumnos y un alemán afincado en el pueblo, acaban convirtiéndose en los ejes principales sobre los que se sustenta su mínimo (por no decir inexistente) argumento. Y todo lo cuenta sin fuerza alguna, de manera casi mecánica; sin emoción; casi con desgana.

Suerte ha tenido el director del buen plantel de actores de los que se ha rodeado, los cuales, por sí solos, salvan muchos de los pasajes de Obaba. Todos están perfectos, desde Pilar López de Ayala (la moderación interpretativa hecha mujer), como la maestra solitaria, hasta la sobrecogedora composición de Héctor Colomé, dando vida a un inquietante personaje, reservado y amante de los lagartos. Incluso Juan Diego Botto, a pesar de su corta colaboración, parece más controlado de lo normal (quizás porque se trata de eso: de una corta colaboración). Lástima, de todas maneras, de Eduard Fernández -uno de los mejores actores del panorama actual-, el cual, en esta ocasión, ha optado por desmadrarse en exceso a la hora de afrontar el papel de un hombre amargado y violento que arrastra, en sus entrañas, el remordimiento causado por un funesto suceso ocurrido en su adolescencia.

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