
¿Qué decir de Balagueró? Este hombre tuvo un inicio, en el campo de los largometrajes, ciertamente esperanzador. Los Sin Nombre significó su debut. La película bebía directamente de la fuente de Seven y de la estética oscura de Expediente X (muy de moda en esa época), La historia era sorprendente, bien narrada y, en parte, original. Pero lo que más destacaba de la misma era el cuidado y atractivo tratamiento de la imagen, así como la impactante manera de crear atmósferas y ambientes opresivos y sombríos. Darkness, su siguiente film, fue la primera decepción: un producto tratado al estilo del star system norteamericano y realizado para vender directamente al público de ese país. Un producto sin pies ni cabeza que, a través de un cocktail un tanto forzado -en el que se mezclaban diversos títulos ya clásicos en el género fantástico- intentó construir un argumento que no se aguantaba por ninguna parte. Mucho artificio y poca chicha.
Frágiles ya es otra cosa, aunque igualmente fallida. No tan falsa como Darkness, apuesta por una revisitación de aquellos títulos en los que grandes y viejas mansiones están poseídas por un espíritu maligno. El edificio, en este caso, se trata de un viejo hospital infantil en el que, a punto de ser cerrado al público, empezarán a sucederse extraños y violentos fenómenos paranormales.

El resto es lo de siempre. No hay sorpresas, aunque sí varios sustos bastante bien planificados; pero tramposos. Balagueró juega bien su planteamiento. Sabe crear situaciones tensas, domina la imagen como nadie y demuestra estar seguro tras la cámara. Estética y técnicamente, Frágiles es un título impecable que se apoya en sus momentos más tensos, de manera inteligente, en la maravillosa banda sonora de Roque Baños, éste último cada vez más cercano al estilo de Bernard Herrmann a la hora de afrontar sus personales y compactas orquestaciones. El desarrollo de la historia funciona, hace creíble lo increíble e, incluso, tiene su pequeño toque gore que no pienso desvelar. Domina el género y le saca el máximo provecho a la Calista, la imponderada Ally McBeal. Tanto respeta el nombre de la serie que la lanzó a la fama que incluso aquí la bautiza como Amy. De Ally a Amy hay un solo paso en el abecedario. Y ella, a pesar de haberse operado el rostro de manera desorbitada (deshinchándose un tanto esos labios que parecían inmensas salchichas de frankfurt), cumple con su rol perfectamente, cosa que no ocurre con la forzada interpretación de la española Elena Anaya.


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