15.2.10

De buena fuente...

Pues nada, que los premios Goya al cine español del 2009 ya están cerrados. Una edición sobria y sin lloriqueos ni aspavientos políticos. La presidencia de Álex de la Iglesia, con 35 quilos menos, le ha sentado perfecta. Atrás queda la época González Sinde quien, ahora reconvertida en ministra de cultura y aprovechando los carnavales, acudió a la cita disfrazada de gallina Caponata.

Un ingenioso Andreu Buenafunte, muy en su línea, fue un más que digno maestro de ceremonias. Nada que ver con las payasadas horteras a las que nos tenía acostumbrados su colega José Corbacho. Interactuando con los vips del patio de butacas y abriendo su show con un cortometraje en el que colaboró la florinata interpretativa del país, el cómico catalán se puso al público en el bolsillo en menos que canta un gallo. Aseguró no atreverse a bajar nada en presencia de la señora ministra, convirtió a Antonio Resines en improvisado (e iluminado) referente de nuestro cine y, allí en medio del escenario del Palacio de Congresos de Madrid, se dio, literalmente hablando, todo un baño. Luego, tuvo su particular tête à tête con la Sardà, disertó sobre la dificultad de seguir los diálogos en las películas hispanoamericanas, le tiró unas cuantas florecillas a Penélope Cruz, a Maribel Verdú y a Paz Vega y le latió el corazón a cien por hora al compartir protagonismo con una irreconocible Natalia Verbeke, para ser asesinado, posteriormente, de un balazo ante los aplausos (cabrones) de la profesión en pleno.

Una ceremonia que, al margen del efecto Buenafuente y siempre dentro de su sencillez, tuvo un poco de todo y para todos los gustos, incluyendo la dificultad de abrir cada uno de los sobres con los nombres de los ganadores. Secun de la Rosa y Javier Godino se dieron el cante y el baile, y además salieron victoriosos. A la prensa rosa se le cayó la baba al ver juntitos a Penélope Cruz y a Javier Bardem quien, por su parte, hizo sus pinitos como imitador de Malamadre. Álex de la Iglesia, como presidente y durante su discurso, rogó para que los premiados no se alargaran en sus muestras de agradecimiento, sugiriendo que se olvidasen de saludar a papá y a mamá; la mayoría de galardonados hicieron caso omiso de la sugerencia y siguieron dando rienda suelta a sus interminables peroratas. En plan políglota, tres de los laureados soltaron sus mensajes de gratitud en inglés, mientras que otro hizo un tanto de los mismo en italiano: La Academia del Cine y de las Lenguas. Santi Millán nos dio la paliza al acompañar en el escenario a una contable de Mollet del Vallés que tenía que otorgar un premio; la primera vez (y espero que última) que una persona no del oficio entregaba un Goya. Y, como sorpresa y remate final, gracias a la insistencia de Álex de la Iglesia, Pedro Almodóvar, tras varios años de ausencia goyesca, salía del armario de cara a la Academia.

Celda 211 y Ágora estuvieron a punto del empate, pero al final, y a favor del film de Daniel Monzón, la cosa quedó en 8 a 7. La quinquería nacional por encima de la cultura y las religiones: ¡ahí es ná!. La película de Amenábar, como era de esperar, se hizo con casi todos los Goya técnicos. Otra cosa fue lo del galardón al mejor guión original, un premio a mi parecer injusto, pues es precisamente en este punto donde más patina su particular visión de la historia de Alejandría. Por su parte, Celda 211, además de conseguir los Goya a mejor película, dirección, guión adaptado, montaje y sonido, pudo coronar con éxito a tres de sus intérpretes: Marta Etura (actriz de reparto), Alberto Ammann (actor revelación) y a un Luis Tosar (actor principal) que, por unos instantes, dejó aparcado a su Malamadre y ejerció de gallego para saludar a los colegas de su tierra natal.

El Secreto de sus Ojos se hizo con el premio a la mejor película hispanoamericana y Soledad Villamil con el de mejor actriz revelación; una actriz revelación que, por cierto ya acumula 7 papeles protagonistas en su haber. Por su parte, Ricardo Darín, con dos nominaciones (El Secreto de sus Ojos y El Baile de la Victoria) y ausente de la gala por compromisos profesionales al igual que su galardonada compañera de reparto en el film de Campanella, se quedó en blanco al igual que le sucedió al título de Trueba: de El Baile de la Victoria pasó a ser El Baile de la Derrota.

Curiosamente Gordos logró el Goya por uno de los pocos actores no gordos del film, Raúl Arévalo, quien, de animador de Ikea, ha pasado a ser uno de los intérpretes más solventes del panorama actual español. La oscarizada Slumdog Millionaire desbancó a la impresionante Déjame Entrar en la categoría de mejor film europeo y el sorprendente alegato en pro de la eutanasia que abriga La Dama y la Muerte, en plena carrera hacia los Oscar, se alzó con el premio a mejor cortometraje animado, viéndose recompensada también, como mejor largometraje de animación, la aventura norteamericana de Planet 51. Lola Dueñas, tras Mar Adentro, fue reconocida por segunda vez como mejor actriz por Yo, También, película que, asimismo, se vio recompensada con la mejor canción original, mientras que la banda sonora recaía de nuevo, y para no perder la costumbre, en Alberto Iglesias por su trabajo en Los Abrazos Rotos. Mar Coll se fue con el Goya a mejor dirección novel gracias a su sencilla e interesante Tres Días Con la Familia, al tiempo que Garbo: El Espía hizo lo propio con el Goya al mejor documental; dos premios, estos últimos, que recompensaban la producción cinematográfica de Catalunya durante el 2009.

El próximo año, y celebrando sus 25 años de existencia, un poquitín más. Y no sabemos si mejor.

13.2.10

Buenas noches, señor monstruo (una crónica de El Señor Lechero)

No es la primera vez que le prometo a Maese Spaulding una crítica de alguna “pinícula-u-flim” sobre los que suelo hablarle / torturarle en su bitácora, a la que llegué por casualidad un día de febrero de 2005 (¡ahí es nada!) Sin embargo, va a ser la primera vez en que cumpla mi amenaza, aunque solamente sea para departir un poco con el dueño del chiringo y con algunos de sus feligreses, como son don Juan Carlos “El Crítico Maldito” o Micer Caligae. Pero estoy divagando y, dado que el tiempo es un maní, mejor meterse a la tarea de hablar de La Herencia Valdemar.

La película en cuestión es la ópera prima de José Luis Alemán, un cineasta que además ha asumido la función de guionista (o al revés, que nunca se sabe.) El punto de partida viene a ser una especie de homenaje a Edgar Allan Poe -autor del cuento La Verdad Sobre el Caso del Señor Valdemar- y, sobre todo, a H. P. Lovecraft -responsable de los llamados mitos de Cthulhu y, particularmente, del relato La Casa Evitada-. Ambos escritos conforman la fuente en la que Alemán bebe para contar una historia que, al mismo tiempo, pretende recuperar la tradición del fanta-terror hispánico y homenajear la memoria de un Paul Naschy al que su enfermedad impediría ver estrenado el film.

La historia comienza cuando Luisa Lorente (Silvia Abascal), una tasadora inmobiliaria especializada en antigüedades, recibe el encargo de valorar una finca especialmente jugosa: la Mansión Valdemar. La tarea ha de realizarse con urgencia, por mandato de la enigmática superioridad de la empresa a la que pertenece, que ya había enviado a otro tasador el cual parece haberse esfumado. En este punto, la cinta presenta buena parte de los tópicos que se presuponen a un film de este género: encargo inesperado, misión en solitario, visita a un lugar situado donde Napoleón perdió la boina y que, para adobar el conjunto, está pésimamente comunicado y controlado por dos lugareños que –al menos en principio- no parecen tener muchas luces. Alemán juega con la tensión que supone la exploración a una mansión desvencijada, pródiga en sombras, recovecos y telarañas. Cualquier espectador que haya visto al menos una película de terror sabrá anticipar lo que pasará durante la visita del personaje de Abascal, aunque el ojo más experto pueda identificar –y hasta disfrutar- de guiños que alcanzan hasta la primera parte del videojuego Resident Evil, que esto es un homenaje a la cinematografía sustera setentera, pero también hay que contentar a las nuevas generaciones que no es que no se acuerden, sino que directamente es que no saben quién fue Paul Naschy.

Después de la impresión inicial, la trama pega un pequeño corte (el primero de varios, pero no el más radical) y pasamos a encontrarnos con las consecuencias de ese primer (des)encuentro con la Mansión. Maximilian (un Eusebio Poncela que sustituyó al inicialmente previsto Christopher Lee), jefe de la compañía a la que Luisa pertenece, contrata los servicios de Nicolás Tremell (un Óscar Jaenada que parece recién salido del rodaje de Camarón) detective y amigo del primero de los tasadores desaparecidos, para que averigüe cuál ha sido el destino de aquélla. La ambientación de los escenarios en los que se mueven Jaenada y Poncela arroja sutiles pinceladas acerca del mundo en el que se desarrolla la acción, dejando un cierto sabor al género steampunk (y al juego de rol La Llamada de Ctulhu, todo sea dicho.) El detective acepta en encargo y toma un anticuado tren (el Transcantábrico, para más señas) donde la trama sufrirá un segundo y más salvaje corte.

Tremell se encuentra con la misteriosa Doctora Cerviá (Ana Risueño), cabeza visible de la no menos enigmática Fundación Valdemar, dueña del inmueble y responsable del encargo hecho a la empresa de tasaciones. Con su aire de femme fatale de baratillo, la mujer empieza a contar al greñudo investigador la historia de la mansión. El viaje en tren es, pues, espacial y temporal, porque de un salto nos plantamos en la segunda mitad del Siglo XIX. Allí, se relata el origen del halo de misterio que envuelve al inmueble, conformando un relato que tiene poco de terrorífico, algo de romántico y un tanto de trágico, pues básicamente cuenta una historia de amor, la que une a Lázaro Valdemar (Daniele Liotti) y a su esposa Leonor (Laia Marull.) Es aquí donde la cinta alcanza sus mejores momentos y donde la influencia de Poe y Lovecraft se vuelve más fuerte, al tiempo que volvemos a los tópicos del género: una familia feliz que mete el jocico donde no debe y acaba desencadenando lo que estaba bien atado. La “historia-dentro-de-la-historia” se toma su buen tiempo, hasta el punto de que, cuando termina, la película también lo hace y de una forma más que abrupta.

La Herencia Valdemar es una película que, en mi modesta opinión, ha sido injustamente tratada en ciertos foros y por ciertas críticas que parecen pasar por alto que ésta es la primera película de su realizador y que, pese a los fallos –que los tiene, y a patadas- es un producto más que digno que, a mayor abundamiento, ha sido el resultado de una aventura donde no se dispara con pólvora del rey (como es uso y costumbre en el sector académico del cine celtibérico.) En el plano negativo hay que resaltar la cutre división operada entre las dos partes de la historia. Es innegable que la cinta se concibe como un díptico (de hecho, la segunda parte se rodó al tiempo que la primera y se estrenará el próximo otoño), pero las tramas del pasado décimo nónico y el presente del extraño siglo veintiuno en el que se ambientan el principio y el final están mal empatadas. Alemán se recrea demasiado en pequeños detalles que denotan un entrañable cuidado por la criatura, pero al coste de perder un tiempo precioso en la trama principal. Eso sí, el hecho de que haya un clamoroso “continuará” no es un recurso nuevo, y no recuerdo que hubiera tantas quejas con Matrix Reloaded o Regreso al Futuro II (por citar dos ejemplos.)

Por otra parte, la elección del grupo de intérpretes no ha sido muy afortunada, pese a contar con nombres ilustres y laureados. Poco puede decirse de Jaenada o Abascal, cuyos personajes no tienen ocasión de desarrollarse, pero Liotti y Marull no resultan en modo alguno convincentes. Ello contrasta poderosamente con el trabajo de los secundarios, con un inconmensurable Paco Maestre y un entrañable Paul Naschy que, por una vez en su vida, hizo el papel de bueno, pero claramente marcado por las huellas de la enfermedad que habría de llevársele hace unos meses.

En el apartado técnico, la cinta presenta una calidad incontestable: los efectos especiales están bien conseguidos y no llegan a cantar en ningún momento (ni siquiera en el momento en el que uno pensaría que podría vérseles el plumero.) Sin embargo, la parte más sobresaliente es la ambientación décimo nónica: la mansión misma, el mobiliario, el vestuario, los carruajes, pero también el trasfondo político, económico y social. Hay referencias a la política penitenciaria de la época, al movimiento sufragista, al sistema de acogida de menores desamparados. Aunque pueda parecer exagerado, en ciertos aspectos La Herencia Valdemar ha sido mucho más cuidada en el aspecto histórico que otras cintas cuya vocación era la de ser más fidedignas (como por ejemplo, Ágora.) Desgraciadamente, si todo lo accesorio destaca tanto es porque lo principal no termina de cuajar.

Para terminar ¿es La Herencia Valdemar una buena película? Honestamente, no. Es una cinta aceptable, entretenida y, objetivamente, muy por encima de la media de un género como el del terror, que es muy propenso a la perpetración de truños. ¿Merece las despiadadas críticas con que la están vilipendiando? Realmente, no, como se acredita en el hecho de que los espectadores más familiarizados con las obras de Poe y Lovecraft hayan podido disfrutar de los guiños a las mismas que se van desgranando a lo largo de la cinta y que van más allá de la influencia principal. ¿La recomendaría? Personalmente, pasé un rato entretenido viéndola, pero creo que hay que esperar a su continuación para poder valorarla en conjunto. En todo caso, espero ver qué hará el señor Alemán en el futuro, porque puede ser muy interesante.

12.2.10

Camí (no)

Esta noche, en horario prime time, TV3 (Televisió de Catalunya) cometerá de nuevo una atrocidad que va repitiendo desde hace algún tiempo: todo un atentado a la obra de un creador. O sea, sin explicación lógica de ningún tipo, la cadena emitirá la película ganadora de los Goya del año pasado, Camino..., ¡¡¡en versión doblada al catalán!!!

Tal y como he dicho, esta es una práctica que se está convirtiendo en norma de TV3. Algunos alucinados personajillos, con ansias de figurar, han decidido que todo largometraje hablado en español se ha de doblar al catalán. ¿Acaso los catalanes no entendemos el castellano? En casa de Mònica Terribas, por cojones, no se habla español.

Como catalán y con la finalidad de salvaguardar el idioma, entiendo y defiendo a capa y espada que se doblen a mi lengua natal todas las películas que llegan de fuera de España. Hacer lo mismo con las producciones españolas, no es más que pura demagogia. Ganas de ponerse al mismo nivel que esa España rancia que arremete, sin ton ni son, con el catalán. Sencillamente, la de TV3, se trata de una estrategia absurda que sólo da de comer a los zumbados contertulios del canal Intereconomía y pirados por el estilo. Provocar por provocar. Y es que una lengua no se conserva pisoteando a otra.

Estoy hasta las narices de que les encasqueten la voz de un actor de doblaje catalán a gente como Manuel Alexandre o Ernesto Alterio, tal y como ha sucedido recientemente en TV3 con títulos como Pretextos o Rivales. Basta ya de nepotismo y que dimitan de una vez esos tipejos que no aman en absoluto al cine y que, sólo por cuestiones políticas absurdas, son capaces de cargarse el concepto original de un autor sin ningún tipo de escrúpulos. A veces, ciertos cargos llevan la barretina tan calada que no les permite ver más allá de sus narices. “¡Váyanse a la mierda!”, que les diría el desaparecido Fernando Fernán Gómez.

Esta noche, por sus huevos, TV3 emitirá Camí(no), un excelente film que no pienso revisar en su versión (no original) catalana.

Harto estoy de gilipolladas como ésta. Visca Catalunya!... aunque las películas españolas se proyecten habladas en castellano. El respeto, ante todo.

11.2.10

Cortesanas

21 años después de Las Amistades Peligrosas, Stephen Frears vuelve a contar con Michelle Pfeiffer para adentrarse de lleno en una historia marcada por los celos y un amor imposible. Comedia (cínica) y melodrama (pasional) se dan la mano en Chéri, un film escrito por Christopher Hampton y basado en una de las novelas más populares de la escritora francesa Colette.

París, una ciudad en la cual las cortesanas, a principios del siglo XX, ocupaban un lugar destacado en la sociedad a pesar de que, al mismo tiempo, se veían apartadas de ciertas relaciones en sociedad. Muchas, por su belleza y savoir faire, lograron con su carrera fortunas envidiables. Pero el inexorable paso de los años las obligó a retirarse del oficio antes de lo soñado. Una jubilación de lujo durante la cual, la bella Léa de Lonval, vivirá la ocasión de mantener un idilio de lujo con un joven adolescente, Chéri, el descentrado hijo de una de sus compañeras de profesión.

Éste es, en resumidas cuentas, el punto de partida de Chéri, un producto que recupera a una Michelle Pfeiffer que, aún en plena forma y a través de un papel de peso, demuestra su valentía al ponerse en la piel (arrugada) de una mujer que (al igual que la propia actriz) empieza a envejecer (atención, en este aspecto, a su impresionante, osado y largo primer plano final de su rostro). Una interpretación modélica que cobra su máximo esplendor en cada una de las ocasiones en las que comparte pantalla con Kathy Bates, la madame Peloux del film; o sea, la madre de Chéri. Entre las dos mujeres saltan chispas, conviertiendo a sus encuentros en los mejores pasajes de la cinta. Sus numerosos cara a cara no tienen precio: un tira y afloja en donde los diálogos, mordientes e insolentes, cobran un protagonismo especial. Lástima, en este aspecto, que el joven Rupert Friend, con su ambiguo personaje, no esté jamás a la altura de las dos damas.

El miedo a envejecer, un satírico tono de comedia vodevilesca y un puntito (final) de dureza (muy radical), son las principales constantes de un divertimento vitriólico punteado, en su versión original, por la impresionante voz en off del propio Stephen Frears, todo un inesperado maestro de ceremonias.

Chéri es la clara demostración de que no son necesarios interminables metrajes para narrar una historia mínimamente interesante. Frears ha tenido más que suficiente con hora y media. La sencillez, en ocasiones, vale un potosí.

9.2.10

En un país multicolor...

Pandora es un planeta multicolor, igual que el país de la abeja Maya. Sus habitantes son como los Pitufos, azules, pero a lo bestia y con cola. Ellos viven en total comunión con la naturaleza hasta que, procedentes de la Tierra, llega un numeroso grupo de humanos dispuesto a arremeter con todo y quedarse con las riquezas minerales del lugar. Ésa es, a simple vista, la base argumental de Avatar, el experimento visual que James Cameron ha realizado quince años después de su Titanic. Y, como gran excusa temática, unos cuerpos inertes, en forma de Pitufazos, conectados a un marine minusválido y a unos cuantos científicos.

Dos horas y media interminables de proyección. Mucha paja y poca teca. Eliminando vuelos innecesarios sobre Pandora y paseillos por la jungla, en plan tarzanescos y de liana en liana, bien podría haber quedado en una horita y media ajustadita. Y todos tan contentos, a pesar de que el efecto visual se hubiera reducido bastante. Y es que a mi parecer, dejando a un lado la brillante tecnología aplicada, Avatar es una de las películas más vacías de esta década.

No explica nada nuevo. El truco está en traspasar al futuro a Pocahontas y a El Gran Combate, dándole rienda suelta al metraje a golpe de efectos especiales. La historia es lo de menos. La cuestión es epatar con el 3D y los colorines fluorescentes.

Los buenos son muy buenos y los malos muy malos. El término medio no existe. Más trillado, imposible. Básico, básico, básico. La inclusión de un love story resulta de lo más inevitable. Él es un Pitufazo, con el rostro de Woody Harrelson, cuyo cuerpo es teledirigido por un marine inválido; ella una Pitufaza con la misma cara que Silvia Munt. Y, para más INRI, durante la escena de amor, uno se queda con las ganas de ver el polvo entre los dos animalicos.

Un poco de ecologismo de estar por casa (eso siempre vende y hace más progre), un toque de pacifismo y otro de solidaridad. Y poca cosa más. Suerte ha tenido de sus nominaciones al Oscar, pues en un principio tenía pensado ahorrármela.

Si lo que buscan es un espectáculo de barraca de feria, Avatar tiene validez absoluta. Si esperan algo más, van daos.

4.2.10

Aeropuertos

Tras Gracias Por Fumar y Juno, el canadiense Jason Reitman propone Up In The Air, una historia con tres personajes, muchos aeropuertos y un puntito de cinismo. Su protagonista masculino, Ryan Bingham, es un tipo un tanto crápula especializado en recortes financieros. Su principal misión es la de dar la cara a la hora de despedir a empleados de aquellas empresas que le contratan. Por esa razón, se pasa media vida viviendo a contrarreloj, de aeropuerto en aeropuerto, durmiendo en hoteles de lujo y despreciando las relaciones de pareja.

El planteamiento de Up In The Air es exquisito. El modo de presentar al tal Bingham es sobresaliente: con unos cuantos planos tiene más que suficiente. Su rutina viajera en aeropuertos es toda una lección de cine. Casi sobran las palabras. Y allí, metiéndose en la piel de ese personaje, un excelente George Clooney que, junto a Vera Farmiga, se convierte en lo mejor de la cinta.

Dos mujeres y, en el centro, un hombre. Él tiene feeling con Alex Goran (Vera Farmiga), una ejecutiva de otro sector, tanto o más agresiva que él. En cambio, con la tercera en discordia, Natalie Keener (una sosa Anna Kendrick), no acaba de tenerlo nada claro. Ella ha entrado nueva en su misma compañía, pisando fuerte, y él ya es gato viejo como para tener que soportar ciertas intromisiones laborales. Con la primera, tendrá sus encuentros amorosos a lo largo y ancho del país; siempre en hoteles, aprovechando las citas de trabajo de ambos; con la segunda, Natalie, se verá obligado a adoptar el papel de educador.

Hasta aquí, todo funciona a la perfección. Una vez definidos sus tres personajes, la inspiración desaparece. La película da un giro imprevisible y pierde su ángel. Todo se vuelve demasiado previsible. Jason Reitman pone el freno de mano y se dedica a mostrar todo aquello que otros cineastas nos han enseñado con anterioridad; moralina incluida. La falta de originalidad se convierte en monotonía. Y lo que aún resulta más grave es querer hacer, del calavera de Ryan Bingham, un tipo simpático para el espectador. Y no sólo simpático, sino incluso una buena persona (en este aspecto, presten atención a las falsas escenas de la boda de su hermana).

Quédense con Clonney, Farmiga y su primera media hora de proyección, justo cuando los aeropuestos tienen un papel determinante en la historia. Y después paren de contar. Mucho ruido y pocas nueces.

1.2.10

Pedagogía interracial

Clint Eastwood se viste de maestro de escuela de primaria y, desde Invictus, imparte una lección de lo más básica y llena de momentos ciertamente nefastos. Un episodio sobre los primeros años de Nelson Mandela como presidente de Sudáfrica es la excusa. La empanada está servida: lo difícil es tragársela. Rugby y relaciones raciales son los ingredientes de la misma. La política, ni tocarla, no sea que luego salgan pústulas.

Morgan Freeman es Mandela y Matt Damon es François Pienaard, el capitán del equipo de rugby que apoyaron los blancos durante el apartheid; dos personajes que en 1995 iniciaron una labor social en conjunto. Era momento de hermanarse y hacer de aquel el equipo de todos. Blancos y negros bajo una misma bandera. Tocaba poner la carne en el asador e intentar llegar a la final de la Copa Mundial de Rugby, cuya final transcurriría en el estadio de Johannesburgo.

Freeman hace lo que puede en la piel del mandatario sudafricano, aunque por momentos pase por el tubo y caiga en el mayor de los ridículos (impagable lo de disfrazarse con las ropas del equipo durante el último partido). Pero hay que tomárselo bien, ya que es amigo personal del ex presidente. Matt Damon tan sólo pasa por ahí y, a la mínima de cambio y teniendo en cuenta que posee pocas líneas de diálogo, aprovecha para mostrar lo musculado que se le ha puesto el cuerpecito. Tanto da que su papel sea de lo más grotesco; lo importante es trabajar a las órdenes de Eastwood: eso siempre da prestigio, aunque se trate de un truño.

De guión poquito. La mínima expresión. Nulo. En cambio, de lecciones didácticas, todas las que quieran. Según Invictus, la clave para comprender la integración racial se localiza en el rugby. Y, como ejemplo introductorio, Eastwood extrapola buena parte de la historia y se centra en el cuerpo de seguridad de Mandela; un grupo de “élite” compuesto por agentes blancos y negros. Los primeros fueron los malos durante los quince años que Mandela estuvo en prisión; los segundos, sus más fieles seguidores. Del odio al amor tan sólo hay un paso con aspecto de pelota en forma de melón.

No busquen ni un mínimo de chicha en esta olvidable elucubración de más de dos horas de duración. En esta ocasión, al realizador de Gran Torino se le ha ido la bola y se ha creído eso de que él es el “último gran clásico vivo”. Y, como tal, ha hecho lo que le ha dado la real gana, incluso a la hora de invertir más tiempo necesario del metraje en infumables pasajes de partidos de rugby que no conducen a ninguna parte.

Acercarse al mundo de Mandela siempre puede resultar interesante. Pero acercársele para narrar su episodio más folclórico, ya es de juzgado de guardia.

28.1.10

YoGa 2009

Siguiendo la tradición, ayer noche el colectivo Catacric (Catalans Critics) se reunió un céntrico restaurante de Barcelona para otorgar los 21º premios YoGa a lo peorcito de la producción cinematográfica del 2009.

Por primera vez en la trayectoria catacriquera, nos hemos adelantado a los oficiales premios Goya y a los casi recién inaugurados premios de la Academia del Cine Catalán.

Empezamos por el cine español.

- Peor película: YoGa ¿Hacemos Una Porno? a Mentiras y gordas, de Alfonso Albacete y David Menkes.

- Peor director: YoGa Mauvais Èpoque a Fernando Trueba, por El Baile de la Victoria.

- Peor actor: Yoga Gomina Power a Rubén Ochandiano, por Los Abrazos Rotos.

- Peor actriz: YoGa Qué He Hecho Yo Para Merecer Tetro, a Carmen Maura, por idem (Tetro).

Seguimos con el cine extranjero.

- Peor película: YoGa La Tita Asustada a Anticristo, de Lars von Trier.

- Peor director: YoGa Festival de Canas a Jim Jarmusch, por Los Límites del Control.

- Peor actor: Yoga Lo Puto Gusiluz a Robert Pattinson, por La Saga Crepúsculo: Luna Nueva.

- Peor actriz: YoGa Meganvixen, Megan Fox, por Transformers 2 y Jennifer’s Body.

YoGa Uno de los Nuestros

A Boris Izaguirre, por A-ventura-rse ‘A la Deriva’.

YoGas Especiales

- YoGa Apaltamento Pala Ttles(*) a Jaume Roures, Isabel Coixet y Sergi López, por Mapa de los sonidos de Tokio.
(*) si recuerdan, la película transcurría en Tokio

- YoGa Un Xiguagua en Beverly Hills, a la Academia del Cine Catalán en Hollywood.

- YoGa La Chica Con Una Cerilla y un Bidón De Gasolina, a la ministra de Cultura.

- YoGa Arráncame la vida y arrástrame al infierno, donde viven los monstruos, ¡malditos bastardos! , a la SGAE.

Elemental mi querido Watson

Diversas y de todos los colores han sido las adaptaciones y elocubraciones que, sobre el inmortal detective creado por Arthur Conan Doyle, han sido llevadas al cine o a la televisión. Unas con mayor fortuna que otras, aunque pocas -a excepción de la mirada juvenil de El Secreto de la Pirámide- tan trepidantes como el Sherlock Holmes de Guy Ritchie, un film que, sin basarse en ninguna novela anterior, ofrece una visión distinta, más moderna y totalmente alocada del personaje, aunque sin olvidar por ello las constantes que han marcado la personalidad del mismo.

Guy Ritchie ha sido valiente y se ha acercado a Holmes sin renunciar, ni un ápice, a ese sincopado estilo visual y narrativo que viene cultivando desde Lock & Stock y del que siguió dando buena muestra en Rocka'n'Rolla, su anterior trabajo. La ciudad de Londres siempre le ha molado. No es de extrañar, por ello, que se haya hecho cargo del nuevo Holmes para, al mismo tiempo, darle un repaso al mundo suburbial de ese Londres victoriano al que tanto nos tienen acostumbrados las revisiones del universo holmesiano. Grisáceo, neblinoso, cochambroso y aún con la Torre de Londres, y su puente, en plena construcción; el escenario ideal para que el realizador británico de rienda suelta a su frenético y divertidísimo acercamiento a las investigaciones de Holmes y el Dr. Watson, una extraña pareja que, en esta ocasión, ve potenciada, en forma de ataque de celos, su camaradería y amistad. La misoginia está servida.

Un complot de connotaciones diabólicas y políticas conforman la excusa para entrar a saco en materia. La historia es simple, elemental, como diría Holmes, pero efectiva al cien por cien. No es necesario comerse el coco en exceso a la hora de construir un buen film de aventuras. Juega al fantástico, sin serlo, y acierta en la diana. Los toques de comedia son innegables; astracanados, aunque efectivos. Para sutilezas, ahí tenemos la maestría de Billy Wilder con La Vida Privada de Sherlock Holmes; pero esa es otra historia, y también funciona, aunque a distintos niveles.

El hombre del 21 de Baker Street se sube por las paredes, elocubra, experimenta y alucina pepinillos: el personaje ideal para que Robert Downey Jr. suelte todo el histrionismo que lleva dentro y se desmadre a su libre albedrío. Un personaje, éste, cuya desmesura se ve compensada por Jude Law quien, con total sobriedad, hace creíble y cercano a un Watson distinto a lo habitual. Y allí, amargando la vida a los dos investigadores, un malo de envergadura: Lord Blackwood, un tipo salido del infierno al que da vida un maravilloso Mark Strong, uno de los actores emblemáticos de la factoría Ritchie.

No busquen tres pies al gato y déjense atrapar por la película. La cinta sólo pretende distraer. Y lo consigue con nota alta, pues no posee ni un solo bache a lo largo de su metraje. Dos horas y pico para disfrutar como un enano. Lástima que Moriarty aún no haya alzado el vuelo.

26.1.10

Coleccionando clichés

Con Nine, un claro homenaje al 8 ½ de Fellini en clave de musical, Rob Marshall pretende repetir el éxito conseguido con la oscarizada Chicago en el 2002. Y, en realidad, a pesar del empeño y de contar con un atractivo casting, la película sólo anda a medio gas.

Una madre. Una puta. Una esposa. Una amante. Una amiga. Una periodista. Una musa. Y allí, en medio de todas ellas, Guido Contini, un reputado director cinematográfico en horas bajas quien, en plena falta de inspiración creativa, recurrirá a las mujeres de su vida en busca de ayuda para salir del bache.

Basándose en el musical de idéntico título que representaran Raúl Julia y posteriormente Antonio Banderas sobre los escenarios de Broadway, Marshall carga la mayor fuerza de su trabajo en el envoltorio visual. Mucho look pero poca chicha. Las relaciones de Guido con sus mujeres no son más que una alarmante colección de clichés, mientras que una gran parte de sus números musicales (a excepción de un par de compactos y bien resueltos) se me antoja sosísima, tanto coreográfica como musicalmente hablando. A veces, recurre al estilo de su propio Chicago mientras que, en otras, hurga descaradamente en el Cabaret de Bob Fosse. Y siempre, siempre, siendo insertados en la mínima trama que expone de forma poco natural, quedando totalmente distanciados de la parte no musical, como una especie de postizo obligatorio para que cada uno de sus intérpretes pueda tener su escenita de baile y de lucimiento vocal.

Daniel Day-Lewis, como siempre, hace de Daniel Day-Lewis; o sea, cara de puro restreñimiento y de pasarlo muy mal anímicamente. Penélope Cruz, fiel a la María Elena de Vicky Cristina Barcelona que le valió el Oscar, repite personaje y maneras sin pudor alguno, aunque al menos se marca el número más caliente de la función, mientras que Nicole Kidman, al igual que Day-Lewis, hace de ella misma, de una estrella conciente de ser una estrella; la ley del mínimo esfuerzo en toda regla.

Más estimulante resulta la recuperación mitómana de Sophia Loren (a pesar de contar con un rol, el de la madre, que aporta poquísimo a la historia) o el poder ver a una sorprendente Judi Dench danzando y cantando como si lo hubiera hecho durante toda su vida. Aunque, sin desmerecer en absoluto las esforzadas colaboraciones de la cantante Fergie y de Kate Hudson (sobre la cual recae uno de los números más brillantes del film), la que en realidad se lleva el gato al agua, en todos los aspectos, es Marion Cotillard, la excelente protagonista de La Vida En Rosa y que, en esta ocasión, corre con el rol de la cansada esposa del infiel Guido. Y es que esta mujer no necesita más que una sola mirada para expresar un montón de sentimientos.

Música. Baile. Erotismo. Un tributo a Fellini y, por extensión, al cine italiano. Con sus ingredientes, podría haber llegado muy lejos, pero su banal empeño en coleccionar tópicos y en no ligar de forma adecuada su parte musical con la más estándar, hacen de Nine uno de los musicales más aburridos que me haya tirado en cara.

25.1.10

Página en blanco

Un Narciso Negro abrió las puertas de Hollywood a su Cara de Ángel. Un Extraño Suceso, que podría haberse convertido en una Trágica Obsesión, hizo que se cumplieran sus Horizontes de Grandeza al lograr Vivir En la Cumbre. Su nombre, Jean Simmons. Anteayer, a la edad de 80 años, nos abandonó para siempre.

La Reina Virgen, debatiéndose entre El Fuego y la Palabra y tocada por La Túnica Sagrada, fue amante de Hamlet, Espartaco y Sinuhé el Egipcio. A pesar de dar ciertos Pasos en la Niebla y de codearse con Mujeres Culpables, esquivó alguna que otra Bala en el Camino. Desirée fue su nombre de guerra; un nombre que Ellos y Ellas respetaron Con Los Ojos Cerrados.

En los setenta, Después de la Oscuridad, vivió toda una Noche de Titanes al afianzarse en el mundo de la televisión tras haber declarado que Esta Tierra Es Mía”.

Descanse en paz.

20.1.10

El judío gafe

Los Coen rebobinan y con Un Tipo Serio regresan al cine de bajo presupuesto, igual que en sus inicios. Pillan a un sobrio Michael Stuhlbarg, me lo disfrazan de Harold Lloyd, le otorgan una identidad muy peculiar marcada por su condición de judío y lo meten, de lleno, en el ojo de un huracán plagado de insalvables problemas personales y familiares. Un nuevo gafe acaba de nacer.

Una sátira sobre el judaísmo llevada hasta límites insospechados. En este aspecto, ni Woody Allen ha llegado jamás tan lejos. De ritmo pausado y apostando por un humor ciertamente perspicaz, Un Tipo Serio se convierte en un claro ejemplo de sutilidad cinematográfica.

Los hermanos de marras, en la que aseguran se trata de la más personal de sus películas, huyen de la socarronería que en general inunda sus comedias y, de manera envidiable, buscan la sonrisa cómplice del espectador ante las penurias del vapuleado Larry Gopnik, su protagonista, un profesor de matemáticas que verá cambiar radicalmente su existencia en poquísimos minutos. Las desgracias y las malas noticias nunca llegan solas y, en el caso de Gopnik, lo hacen en manada.

No busquen una comedia alocada. Es un film extraño, reposado. Cuesta entrar pero, cuando se consigue, hay que disfrutarlo al máximo y tomarlo como una más de las parábolas, sin sentido, que los rabinos le recitan a un impotente Gopnik cuando éste recurre a ellos con el fin de aliviar sus penas acumuladas.

Algunos, sin mucha razón, dirán que se trata de una obra menor de los Coen. A mi parecer, se trata de un film pequeño dotado de un contenido inmenso y mucho más logrado que esa astracanada que significó su título anterior, Quemar Después de Leer. No es cine negro (al que tan habituados nos tienen sus autores), pero posee algunas de las constantes del mismo; no es un melodrama, pero poco le falta para ello; tampoco es una comedia en el sentido estricto de la palabra: es, sencillamente, la vida en forma de absurda parábola judía.

18.1.10

¡Mamá, quiero ser artista!

En 1980, un Alan Parker recién salido de El Expreso de Medianoche, se embarcó en Fama, un musical juvenil que no fue muy bien visto por la crítica de la época pero que, sin embargo, obtuvo el beneplácito del público. Tanto es así que la popularidad del film hizo que, un par de años después de su recorrido por las pantallas de todo el mundo, éste se convirtiera en una serie televisiva que resistió 6 temporadas seguidas en antena.

Ahora, 30 años después de su estreno y a pesar de mantenerse aún vigente, el fenómeno Fama regresa a los cines (de forma innecesaria) por la puerta grande. Kevin Tancharoen, un bailarín y coreógrafo que se pone por primera vez detrás de las cámaras, ha sido el encargado de su nueva puesta en escena.

La historia expuesta en Fama es prácticamente la misma que la de los 80, aunque sin ángel y forzando en extremo todo cuanto muestra con tal de huir de la fotocopia cinematográfica. Una escuela pública destinada a la enseñanza de futuros bailarines, músicos y actores, se erige en eje central de sus distintas tramas. Las relaciones que nacen entre los estudiantes y, ante todo, los miedos y frustraciones que denotan algunos de ellos, se convierten en los principales focos de atención.

Con la finalidad de actualizar sus diversas temáticas, Tancharoen ha intentado lavarle la cara al trabajo de Alan Parker aunque, por el contrario, da la impresión de haberla embadurnado de arriba a abajo. Los jóvenes protagonistas han pasado, de pertenecer en su mayoría a la clase baja, a convertirse en unos pijitos de armas tomar. Ha cambiado algunas de las historias, otorgándoles un toque políticamente más correcto: ni racismo ni homosexualidad que valgan. Ha mezclado ciertos conceptos y ha destrozado, sin muchos miramientos, la banda sonora original, colando nuevos ritmos un tanto machacones y sin sustancia. O sea, lo mejor del trabajo original de Parker, la música, se ha perdido casi en su totalidad, a excepción de una nueva versión de Out Here On My Own, una exquisita balada que, compuesta por Michael y Leslie Gore, interpretara en su día Irene Cara.

En definitiva, la Fama del siglo XXI mantiene las mismas coordenadas que la del siglo XX, aunque en legañoso, sin un ápice de originalidad, alarmantemente aburrida y habiendo perdido, por el camino, a la entrañable figura del profesor Sorowsky.

13.1.10

EN RESUMIDAS CUENTAS: Los que aguantan

(500) Días Juntos lleva casi tres meses en cartel, una permanencia más que merecida teniendo en cuenta que se trata de un film pequeño y que, al mismo tiempo, aborda un tema de lo más clásico y manido: el de chico conoce a chica y chico pierde a chica. Pero lo hace de manera completamente distinta a lo habitual, con mucha gracia y mediante un ritmo trepidante. Detrás de la cámara se encuentra el debutante Marc Webb, un joven procedente del mundo del vídeo-clip y la publicidad.

Amor y desamor; desamor y amor: el orden de los factores no altera el producto. Webb, con su narración desordenada y valiéndose de la relación sentimental establecida entre un joven arquitecto y la nueva secretaria de su jefe, no hace más que demostrarlo. Las flechas del amor, en ocasiones, pueden ser de lo más venenoso. Él piensa que ella es su mujer ideal; ella, por el contrario, no está de acuerdo con nada de lo que él opina. Sólo coinciden en su pasión mutua por la música de The Smiths. El resto es darle cancha ancha a su director: ahora un número musical, luego unas cuentas referencias a El Graduado, después una buena dosis de diálogos ingeniosos... Todo cuadra a la perfección. Joseph Gordon-Levitt está espléndido en el rol de bobalicón enamoradizo, mientras que Zooey Deschanel, mediante un personaje al que se puede odiar y amar a partes iguales, ha logrado por fin su papel más compacto y atractivo.


Algo Pasa en Hollywood es otro de los films mínimamente interesantes que aún aguantan en pantalla. Cine desde el propio cine, un género que a duras penas ha tenido el beneplácito del público pero que, en general, ha generado buenos trabajos. Un Barry Levinson aún en plena forma es el encargado de narrar los avatares de Ben, un productor de Hollywood que vivirá al borde del infarto a lo largo de una inacabable semana.

Levinson es gato viejo. Conoce como nadie el oficio de director y los intríngulis del Hollywood más frenético; en definitiva, se trata del tipo ideal para retratar los odios, rencores y fobias de aquellos que integran la industria hollywoodiense. Mostrándose frío con toda la jauría de personajes que inundan su metraje, urde una comedia ácida y crítica con un mucho de melodrama y, al mismo tiempo, saca de un sobrio Robert De Niro (el estresado Ben) una de sus mejores interpretaciones en tiempo, alejada totalmente de sus tics habituales. Atención a los cameos de Sean Penn y Bruce Willis y, ante todo, al sentido del humor que demuestra este último al aceptar cachondearse de sí mismo.


Un mes largo lleva ya en cartelera In the Loop, una sorprendente sátira política dirigida por el escocés Armando Iannucci quien, con su ópera prima, arremete sin piedad con la política exterior de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Todo se inicia con unas inapropiadas declaraciones sobre la posibilidad de una guerra contra Irak realizadas por Simon Foster, el inseguro Secretario de Estado británico para el Desarrollo Internacional. El resto no es más que una trepidante amalgama de intereses oscuros y manipulaciones de todo tipo: una partida que se jugará a ambos lados del charco.

Un film ágil y lleno de ingeniosos y punzantes diálogos, cuya mayor proeza estriba en la habilidad que posee a la hora de definir perfectamente a sus numerosos personajes con una única, pero precisa, pincelada. Pocos segundos le bastan al tal Iannucci para dibujar, de pies a cabeza, a sus protagonistas: un rugido, una sarta de tacos o una simple mirada, son más que suficientes para dar a conocer al espectador el carácter de cada uno de ellos. Añádanle al invento la gran creación interpretativa de Tom Hollander (Simon Foster) y la mastodóntica presencia de un James Gandolfini disfrazado de general, y sabrán lo que vale un peine. Lástima que su versión original subtitulada sea tan difícil de seguir: la velocidad de sus diálogos es realmente imparable... aunque bien vale la pena el esfuerzo.