
Morgan Freeman es Mandela y Matt Damon es François Pienaard, el capitán del equipo de rugby que apoyaron los blancos durante el apartheid; dos personajes que en 1995 iniciaron una labor social en conjunto. Era momento de hermanarse y hacer de aquel el equipo de todos. Blancos y negros bajo una misma bandera. Tocaba poner la carne en el asador e intentar llegar a la final de la Copa Mundial de Rugby, cuya final transcurriría en el estadio de Johannesburgo.

De guión poquito. La mínima expresión. Nulo. En cambio, de lecciones didácticas, todas las que quieran. Según Invictus, la clave para comprender la integración racial se localiza en el rugby. Y, como ejemplo introductorio, Eastwood extrapola buena parte de la historia y se centra en el cuerpo de seguridad de Mandela; un grupo de “élite” compuesto por agentes blancos y negros. Los primeros fueron los malos durante los quince años que Mandela estuvo en prisión; los segundos, sus más fieles seguidores. Del odio al amor tan sólo hay un paso con aspecto de pelota en forma de melón.
No busquen ni un mínimo de chicha en esta olvidable elucubración de más de dos horas de duración. En esta ocasión, al realizador de Gran Torino se le ha ido la bola y se ha creído eso de que él es el “último gran clásico vivo”. Y, como tal, ha hecho lo que le ha dado la real gana, incluso a la hora de invertir más tiempo necesario del metraje en infumables pasajes de partidos de rugby que no conducen a ninguna parte.
Acercarse al mundo de Mandela siempre puede resultar interesante. Pero acercársele para narrar su episodio más folclórico, ya es de juzgado de guardia.
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