
21 años después de
Las Amistades Peligrosas,
Stephen Frears vuelve a contar con
Michelle Pfeiffer para adentrarse de lleno en una historia marcada por los celos y un amor imposible. Comedia (cínica) y melodrama (pasional) se dan la mano en
Chéri, un film escrito por
Christopher Hampton y basado en una de las novelas más populares de la escritora francesa
Colette.
París, una ciudad en la cual las cortesanas, a principios del siglo XX, ocupaban un lugar destacado en la sociedad a pesar de que, al mismo tiempo, se veían apartadas de ciertas relaciones en sociedad. Muchas, por su belleza y
savoir faire, lograron con su carrera fortunas envidiables. Pero el inexorable paso de los años las obligó a retirarse del oficio antes de lo soñado. Una jubilación de lujo durante la cual, la bella
Léa de Lonval, vivirá la ocasión de mantener un idilio de lujo con un joven adolescente,
Chéri, el descentrado hijo de una de sus compañeras de profesión.

Éste es, en resumidas cuentas, el punto de partida de
Chéri, un producto que recupera a una
Michelle Pfeiffer que, aún en plena forma y a través de un papel de peso, demuestra su valentía al ponerse en la piel (arrugada) de una mujer que (al igual que la propia actriz) empieza a envejecer (atención, en este aspecto, a su impresionante, osado y largo primer plano final de su rostro). Una interpretación modélica que cobra su máximo esplendor en cada una de las ocasiones en las que comparte pantalla con
Kathy Bates, la
madame Peloux del film; o sea, la madre de
Chéri. Entre las dos mujeres saltan chispas, conviertiendo a sus encuentros en los mejores pasajes de la cinta. Sus numerosos cara a cara no tienen precio: un tira y afloja en donde los diálogos, mordientes e insolentes, cobran un protagonismo especial. Lástima, en este aspecto, que el joven
Rupert Friend, con su ambiguo personaje, no esté jamás a la altura de las dos damas.

El miedo a envejecer, un satírico tono de comedia vodevilesca y un puntito (final) de dureza (muy radical), son las principales constantes de un divertimento vitriólico punteado, en su versión original, por la impresionante voz en off del propio Stephen Frears, todo un inesperado maestro de ceremonias.
Chéri es la clara demostración de que no son necesarios interminables metrajes para narrar una historia mínimamente interesante. Frears ha tenido más que suficiente con hora y media. La sencillez, en ocasiones, vale un potosí.
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