
Tenía pendiente ver
La Vida En Rosa desde justo antes que se estrenara. Cada vez que intentaba asistir a uno de sus pases (incluido el de prensa), surgía algún imprevisto u otro que me alejaba de ella. Han pasado casi 5 meses sin que pudiera acercarme a la película, y eso que aun sigue en cartel en Barcelona. De todos modos, desde el pasado domingo, ya les puedo asegurar que se trata de un producto espléndido, pues,
¡por fin!, tuve la posibilidad de disfrutarlo.
Disfrutar quizás no sea el verbo más adecuado para definir mis sentimientos sobre
La Vida En Rosa, pues se trata de un film corrosivo, de esos que dejan
mal cuerpo; de los que necesitan ser visionados en compañía de ese pedacito masoca (e inconfeso) que la mayoría alojamos en el rincón menos accesible de la mente. Y no es porque se trate de una mala película, sino por todo lo contrario. La sobriedad con la que
Olivier Lahan se acerca a la vida de
Edith Piaf, es simplemente desgarradora; una vida sin milagros, aunque con una cínica carga religiosa a cuestas. Un ejercicio, tanto estilístico como psicológico, que resulta altamente recomendable para aquellos que añoran el espíritu melodramático del cine de antaño.

La biografía de
La Môme Piaf -tal y como se la bautizó en los inicios de su brillante trayectoria profesional- no es muy halagüeña. La mayor parte de su infancia-aparte de estar marcada por su endeble salud-, transcurrió en un burdel de mala muerte, lugar en el que fue dejada por su padre después de haber sido abandonada por su propia madre, una mujer alcohólica que emprendió su rumbo particular hacia la nada. Su adolescencia tampoco fue para echar petardos, ya que buena parte de ella se la pasó mendigando por las calles y en compañía de una amiga borrachuza. Las monedas que conseguía cantando tonadillas populares
a capella, las invertía en vino y cuatro mendrugos de pan que llevarse a la boca. Ambos episodios, tanto el referente a la infancia como el de la adolescencia, han sido trazados al más puro estilo
Dickens: Polanski ya hubiera querido esa misma y cuidada estética para su fallida (aunque visible) visión de
Oliver Twist.Hasta que le llegó la
suerte, la mujer fue trastabillando por la vida como mejor pudo y supo; una
“suerte” entrecomillada que la condujo, a trancas y a barrancas, hacia el estrellato, aunque para ello tuviera que echar mano de sus habituales dosis de morfina y de alcohol para paliar el dolor de su quebradizo cuerpo.
La película se centra, ante todo, en la citada infancia y en el tramo final de su carrera. En éste, los recuerdos de su vida anterior, vienen y desaparecen de la mente de la
Piaf un tanto sin orden ni concierto, aunque siempre enmarcados bajo el
mal rollo provocado por la imborrable figura de unos padres que la abandonaron a su suerte. Un cajón de sastre tan sólo en su apariencia, ya que esa ha sido la muy consciente elección de
Lahan para plasmar algunos de los singulares hechos que influyeron en el amargo carácter de una dama triste y enfermiza.

Sus números musicales (nunca abusivos y casi siempre en segundo plano); el modo de tratar la relación que sostuvo con
Titine (una magnífica
Emmanuelle Seigner) –la febril y sensible prostituta que sustituyó la ausencia de su madre-; la manera de mostrar los curiosos iconos que llevaron a
Edith Piaf a adoptar ese blanquecino maquillaje que la caracterizó en sus actuaciones en directo, o la emotividad con la que dibuja su pasional historia de amor al lado de un boxeador casado (y que, en definitiva, a través de ese único personaje, resume sus múltiples y frustrados romances), hacen de
La Vida En Rosa un producto fructífero en ideas, de brillantes imágenes y cuidada escenografía y que, en parte, ayudan a paliar algún que otro episodio, no del todo clarificado, a lo largo del metraje, tal y como sucede con ese fugaz acercamiento sobre el asesinato de
Louis Leplée (un inmenso
Gérard Depardieu), el descubridor y representante de la estrella durante sus pinitos sobre las tablas.

Nunca he sido seguidor de la música de Edith Piaf. Su estilo y su voz no llamaron mi atención. Gracias a La Vida en Rosa he empezado a apreciar el gran esfuerzo vital de una mujer marcada por el dolor. Y, sobretodo, aparte de la película en si misma, gracias también al excelente, sorprendente y creíble trabajo (transformista e interpretativo) realizado por Marion Cotillard para introducirse, al cien por cien, en el cuerpo y el alma de La Möme. Su torturada existencia y la persistencia innata para seguir luchando y salir a flote, son dignos de admiración y respeto; una fuerza tan impulsiva que incluso, en sus últimas horas, la condujo a pisar el escenario del Olympia de París. La misma admiración y respeto que ha demostrado Olivier Lahan al convertir en imágenes la historia de una voz que jamás llegó a ser comprendida del todo más allá de Europa y que, incluso, fue cuestionada en varias ocasiones por el público norteamericano. Una mujer que vivió al máximo y a tope, teniendo que cargar sobre sus espaldas (inclinadas) con una salud frágil y con múltiples (y obligatorias) adicciones; un sobrepeso excesivo que, al final, se la acabó llevando de este mundo a la edad de 48 años cuando, en realidad, su físico aparentaba ser el de una octogenaria.
No sé si ya ha salido en DVD. Si no es así, debe faltar muy poco para ello. Cuando puedan, denle una ocasión. A pesar del mal sabor de boca que les pueda quedar, vale la pena darle un vistazo.
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