


Por tratarse de una película de animación, rompe moldes con respecto a otras similares y, debido a ello, empieza por rehuir la aparición de esos guiños cinéfilos tan habituales (y a veces innecesarios) en este tipo de cine. Y, aún así, ante el trato del alumno Cody con el anciano maestro resurrecto, resulta casi imposible dejar de pensar en Kárate Kid.
Su humor es sutil, en exceso complicado a veces para el público infantil, pues incluso ciertas referencias a la drogadicción (aunque un tanto encubiertas) hacen acto de presencia durante el metraje. Un pollo aficionado al surf se coloca metiendo la cabeza justo encima de uno de los aventadores de una ballena, consiguiendo cierto efecto alucinógeno y anestésico cada vez que el cetáceo expulsa un fuerte chorro de agua; al mismo tiempo, el deprimido y acabado Big Z es un pingüino adicto a las ostras: sin ellas no puede sguir adelante.
Con la finalidad de llevar a cabo esta propuesta, la Sony contactó con Ash Brannon y Chris Buck, dos directores con una amplia experiencia como animadores al servicio de la Disney y la Pixar (antes de la unión de las dos casas). Buscando nuevos matices en el tratamiento de la imagen han conseguido, con ello, distanciarse visualmente del estilo de su rival más directa, la citada y maravillosa Ratatouille y, al contrario que ésta, en ciertos momentos, mostrándose espectacularmente real, tal y como sucede con las imágenes que plasman aquello que los surferos conocen como “el tubo”; o sea, pasar justo por en medio del hueco de agua que forma una ola gigantesca. Una sensación tan bien descrita y filmada que, aunque tratándose de animación, transmite al espectador los mismos sentimientos que a buen seguro recorren la mente de los que practican ese deporte.
Un film diferente que se caracteriza precisamente por ello: por ser distinto y atreverse, incluso, a sustituir la moralina final y apostar, en su lugar, por ridiculizar a una sociedad que, al igual que la nuestra, está basada en la competitividad más agresiva. No se trata de un título redondo al cien por cien, pero su (loable) empeño por distanciarse de la avalancha de animatronics que está invadiendo las pantallas, el (simpático) tratamiento narrativo a modo de falso documental y su (aplaudible) tono crítico, hacen de éste un trabajo un tanto entrañable. Y es que a las buenas intenciones siempre hay que tenerlas en cuenta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario