
París, la aute cuisine, un restaurante de 5 tenedores en declive tras la muerte de su chef, una herencia conflictiva y la presencia de una rata de paladar exquisito, son los principales ingredientes que ha manejado Brad Bird para dar cuerpo a tan suculento plato cinematográfico. Y es que meter a una rata de cloaca como cocinera de un restaurante de lujo... tiene su coña y su divertido puntito de mal gusto, ya que los movimientos de los numerosos roedores que pueblan la proyección parecen ciertamente reales, pues los mismos han sido estudiados y recreados con total credibilidad.
Perfilar, con solo cuatro esbozos, a todos los personajes tal y como hace Bird (incluyendo a los más secundarios), ayuda, sin lugar a dudas, a su mejor digestión. El empecinamiento de Remy -el roedor protagonista- por dejar a su basurera familia y dedicarse a la hostelería, o el dibujo un tanto histérico que hace del atolondrado e inseguro Linguini -el posible heredero del restaurante del difunto Auguste Gusteau-, son dignos de tener en cuenta, al igual que ocurre con la relación forzosa de amistad y supervivencia que se crea entre la ratita y el negado aprendiz de cocinero. No es de extrañar, por todo ello, que Ratatouille se digiera en un abrir y cerrar de ojos.


La descripción del poder olfativo y gustativo de la rata Remy, el asombro de ésta al descubrir, por vez primera, que está viviendo en París, o los delirantes ensayos que realiza con el inepto y bonachón Linguini para compaginar sus tareas en el local de Gusteau y pasar, al mismo tiempo, desapercibida, son momentos que, a buen seguro, pasarán a formar parte de la antología del cine de animación.
Divertida e ingeniosa, Ratatouille ha dado un fuerte empuje a un cine que empezaba a trastabillar y a caer en el tópico y la repetición. Y también ha servido para consolidar definitivamente a Brad Bird como uno de los mejores directores en su género. Una maravilla para disfrutarla al cien por cien y en la que, según cuentan, ha colaborado en el doblaje español el deconstructor Ferràn Adrià, tanto cediendo su voz a un personaje ocasional como supervisando la traducción de ciertos términos culinarios. Por suerte, este hombre no necesita de ningún roedor para llevar a cabo sus sabrosas experimentaciones diarias.
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