

En Calles de Fuego hay numerosos guiños al mundo del cómic y del western, uno tras otro y ensamblados bajo un envoltorio totalmente videoclipero. Corrían mediados los años 80 y, por lo tanto, la fiebre del clip musical estaba en plena euforia, con lo cual no es de extrañar que el director de The Warriors optara por veredas más modernas a la hora de plasmar en pantalla su nueva película; una película apta para todos los públicos, pues sus múltiples escenas de violencia resultaban bastante descafeinadas comparándolas con las de otros títulos del mismo realizador.


Gracias a la mano mágica de George Lucas, la mezcla del cine clásico de aventuras de toda la vida con la ciencia-ficción, arrasaba en todo el mundo. Y como lo de la princesita en apuros ya estaba demasiado sobado, Walter Hill, buscando una variación sobre el mismo tema, se sacó de debajo del sombrero a una sensual cantante pop que, secuestrada por un villano de tintes vampíricos, tendría que ser rescatada por un tipo duro y bien plantado, amén de ex amante de la moza en cuestión. Para consolidar aún más su cóctel cinéfilo, lo ambientó en un futuro indeterminado y bladerunniano, aunque con muchos puntos de contacto con la Norteamérica de principios de los 60, justo la misma que reflejó -de manera modélica- el realizador de La Guerra de las Galaxias en American Graffiti.

Los estereotipos estaban servidos. El guión era lo de menos. Cuatro escenas de acción bien metidas, disparos y explosiones a punta pala, varias decenas de moteros vistiendo chupas de cuero y unas cuantas hostias bien endilgadas, a los malvados de turno y de parte del soseras del Paré, se encargaron del resto. Y todo ello a ritmo de rock and roll. Pero sólo de rock and roll, pues el sexo y las drogas, en un film (en el fondo) tan blanco como este, no podían tener excesiva cabida... tan sólo la dosis mínima como para no molestar a los moralistas del lugar.
Vista de nuevo, aparte de sus indiscutibles aciertos visuales, Calles de Fuego se queda en muy poquita cosa. Su música (dejando a un lado un par de temas vibrantes) empieza a rechinar de mala manera y Diane Lane y Michael Paré, las dos estrellitas de la película, no desgranan química alguna como pareja cinematográfica, por mucho que Hill se empeñara en montarles un final a lo Casablanca.
Lo que no esperaba el bueno de Walter es que, al confeccionar este machiembrado genérico y cinéfilo, con el paso del tiempo acabaría adquiriendo fecha de caducidad. Curiosamente, todo lo contrario de lo que ocurre con Diane Lane, pues la mujer está mucho más hermosa y atractiva en su madurez que en sus años mozos... Al menos a mí, ahora me pone más que de jovencita...

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