
Está claro que el
Grindhouse de
Tarantino y
Rodriguez ha creado una moda. Esperando aún la entrega del realizador de
Pulp Fiction, los chicos de
Manga se han sacado de la manga (y valga la redundancia) un
Grindhouse de estar por casa. Dos títulos que tenían pendientes de estreno en solitario, han sido unidos para ser exhibidos –al menos en Madrid y Barcelona- como si se tratara de un programa terrorífico doble... Y es que
Tarantino, sin enterarse siquiera de ello, ha sido capaz de crear una nueva tendencia en nuestro país, incluso a la hora de diseñar el cartel promocional.

El doble programa abre con
Desmembrados, un film británico que da una nueva vuelta de tuerca a un tema ya muy manido en el cine de horror, pues su realizador, el mismo
Christopher Smith de la irregular
Creep, ha optado por aislar a un grupo de
yuppies y administrativos de una empresa armamentista, en un ruinoso caserón situado en medio de un solitario bosque de un inconcreto enclave de Europa del Este, convirtiendo su obligado descanso corporativo en un infierno de sangre y terror.
La película está montada a base de aglutinar tópicos del género, aunque su peculiar sentido del humor (negro, negrísimo), su extraño tratamiento y varias sorpresas inesperadas a lo largo de la proyección, logran romper con la rutina en este tipo de films, mostrándose, al mismo tiempo, como un producto capaz de crear momentos originales jugando con los elementos de siempre.

No se dejen engañar por su inicio, casi paralelo al de la desastrosa
Turistas (en el que un autocar deja a la deriva y en un país desconocido a sus pasajeros), ni por esas inexplicables ansias actuales de ambientar películas cercanas al
gore en la Europa del Este, como ocurre con
Hostel y su
secuela. Denle una oportunidad a este título, a pesar de que, para ello, tengan que soportar su complemento:
Ovejas Asesinas.

A pesar de que su cartel original (no así el español) pueda resultar divertido e incluso prometedor, la verdad es que, lo de las
Ovejas Asesinas, no tiene nombre. Es posible que, con su visionado, puedan llegar a disfrutar los seguidores (cada vez menos, supongo) de la casa
Troma, ya que las intenciones del neozelandés
Jonathan King no distan mucho de las del apayasado
Lloyd Kaufman y sus paupérrimas producciones. Su filmación, su comicidad escatológica y esa proximidad al cine más
zetoso, así lo atestiguan.
Y es que, lo peor que le puede pasar a una
película mala es intentar copia los tics de las
películas malas. En este aspecto,
Robert Rodríguez se ha mostrado genial con
Planet Terror, cosa que no le ocurre al tal
King quien, en su empeño por ser peor que
Kafman, ha gastado todo su presupuesto en gigantescas cantidades de mercromina y de caucho (simulando, este último, los numerosos miembros de cuerpos humanos amputados que aparecen por doquier), olvidándose, por completo, de cualquier coherencia cinematográfica. Hacía tiempo, por ejemplo, que no veía un montaje tan pésimo como el de las
ovejitas de marras.


Un pastor tocado de la chaveta y propietario, al mismo tiempo, de una de las mayores granjas de Nueva Zelanda, decide gastar todos sus ahorros en experimentar genéticamente con sus ovejas, cuando, en realidad, termina creando a sanguinarios monstruos descuartizadores quienes, con sus feroces mordiscos, convertirán a cuantos humanos se les aproximen en mutantes voraces y asesinos. Vaya: más de lo mismo y, además, sin una pizca de originalidad o ingenio.
En definitiva: un circo tan innecesario como aburrido.
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