
Hacía mucho tiempo que, a los responsables de
Los Simpson, se les proponía realizar un largometraje con sus personajes. Es más: tanto
James L. Brooks como
Matt Groening, durante una larga temporada, negaron taxativamente un posible paso a la pantalla grande. No deberían conocer eso del
"nunca digas nunca jamás", la frase que espetó la esposa de
Sean Connery a éste cuando, a principios de los 80, el actor escocés volvió a encarnar la figura de
James Bond. Y
Los Simpson, al igual que hizo
Connery en su día, han terminado por invadir las pantallas cinematográficas de todo el mundo con su película:
La Película; en mayúsculas
(pinchen en este enlace, la página oficial, pues no tiene desperdicio)
No es de extrañar el miedo, por parte de productores y guionistas de una de las mejores series de animación de la historia de la televisión, de dar el salto a la gran pantalla. De hecho, llevan ya 19 temporadas en antena y, en un principio, debido al éxito de audiencia, no era necesario ningún otro tipo de potenciación para su producto. Es innegable que, durante una larga década, los episodios de
Los Simpson resultaban brillantes en casi su totalidad. Y ahora, justo cuando la serie empieza a perder su frescor inicial y parte de su corrosiva fuerza, aparece el reclamado film.
Los Simpson: La Película adolece, en buena medida, de los defectos de las últimas entregas televisivas. Su hiriente sentido del humor se ha vuelto más
light, adquiriendo, al mismo tiempo, un tono más familiar y destinado a todos los públicos. Aún y así, en la cinta, hay detalles que recuperan ese lado crítico y punzante por el que se caracterizaron, tal y como ocurre con ese interrogante inicial que suelta
Homer Simpson, y desde el cual se plantea el porqué el espectador acude al cine cuando, desde el sofá de su casa, podría disfrutar igualmente de su presencia sin tener que pagar... Poco después,
Burt escribirá su habitual castigo en la pizarra de la escuela:
“no descargarás esta película de Internet”.
A pesar de ese matiz más suave, no se trata de una mala película; todo lo contrario. Entretenimiento y diversión a raudales. Quizás demasiado alargada en sus veinte minutos finales, pero llena de excelentes e inesperados
gags. El surrealismo y el espíritu gamberro se aúnan para ofrecer al espectador momentos de gran ingenio. Un sarcástico guiño a Disney (con animalillos del bosque incluidos) o la relación que
Homer mantiene con un cerdo recién adoptado, ya han pasado a formar parte -por derecho propio- del clásico y puro delirio
simpsoniano.


Su argumento es lo de menos, pero resultón. En esta ocasión se ha optado por una historia de
política-fanta-ficción, en la que la contaminación del planeta y una furibunda intervención del descerebrado Presidente de los EE.UU. (el propio
Schwarzenegger ocupando la butaca del Salón Oval), podrían borrar del mapa del mundo a la ciudad de Springfield. Una terrible tragedia cuya solución sólo se encuentra en manos de
Homer Simpson... aunque estén grasientas debido a múltiples restos de
Donuts y hamburguesas.
Una cachonda referencia al ahora mediático
Al Gore y su
Verdad Incómoda, y un montón de pasajes en los que domina totalmente un envidiable sentido del absurdo (la barrera
antiidiotas instalada para evitar el vertido de residuos en el río, o la fugaz aparición de una familia de total similitud física con los
Simpson), destacan entre todo tipo de incorrecciones políticas y sociales, al tiempo que salvan con creces el exceso de protagonismo de
Homer y la poca (o casi nula) explotación de esa galería irrepetible de
frikis secundarios que, en el fondo y con el paso de los años, han convertido a
Los Simpson en una serie gigantesca.

Un curioso complemento a los seguidores más fieles de la serie (entre los que me cuento) aunque, en conjunto, se muestre incapaz de superar a la mayoría de episodios televisivos que componían las primeras temporadas. Cada vez que recuerdo aquel capítulo en el que
Homer mantenía una conversación impagable con Dios, pienso que al largometraje le falta un pelín más de incorrección política. Pero es lo que hay. Y divierte y entreniene, que, en el fondo, es lo principal.
Para terminar, permítanme un consejo dirigido directamente a los espectadores más inquietos; a aquellos que se levantan de la butaca con la primera letra de los créditos finales: no abandonen la sala hasta que éstos terminen pues, durante los mismos, hay una grata sorpresa para la familia Simpson y su numerosa fauna de adeptos.
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