Empieza a caer la noche. Un campesino intenta cruzar la carretera y, ante esa avalancha de automóviles, le es imposible realizar tal acción. Cuando lo logra, ha de parar en medio de la calzada. Dos descapotables se han detenido, uno al lado del otro, y le impiden el paso. Sus conductores, dos humanos disfrazados de gorila, se cruzan varias instrucciones a grito pelado. Al arrancar, el campesino gira en redondo y regresa a su lugar de origen. A su izquierda, un joven con la cabeza rapada, a pecho descubierto y con una pistola en la mano, obliga a un hombre de color a tenderse sobre el asfalto. Tras hacerle morder con la boca el borde de la acera, le propina una fuerte patada en el cráneo.
Un dentista, viendo tal atrocidad, se frota las manos, al tiempo que una planta carnívora devora a unos cuantos peatones. El odontólogo deja la calle y regresa a su consulta. Un estudiante, maltrecho y atado a un sillón, le está esperando. Sólo viste los pantalones de su pijama; ni siquiera lleva zapatos. El sacamuelas coge uno de sus instrumentos, se acerca al joven maniatado, le fuerza a abrir la boca y empieza a barrenarle una muela sin anestesia alguna. En el edificio contiguo, un gángster de larga melena, justo después de realizar sus necesidades, se desploma malherido tras recibir el impacto provocado por una potente arma de fuego que él mismo, minutos antes de defecar, había dejado apoyada en una repisa. El fuerte impacto sonoro hace que un reloj de pulsera se balancee sobre un cangurito...

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