


El Gran Lebowski es un film de personajes, casi todos ellos al margen de la normalidad y subsistiendo gracias a su instinto de supervivencia, como esos tres amigos que no quieren meterse en líos pero que, instigados por las facultades crispadoras y temerarias del exaltado Sobchak, caen una y otra vez en el mismo error. Gente que aprovecha cualquier oportunidad para beneficiarse de sus congéneres, tal y como hace un surrealista grupo de nihilistas al intentar beneficiarse de un oscuro negocio, o un millonario inválido e influyente que, gracias al escatológico episodio de la alfombra del Nota, se vale de los servicios accidentales de éste para resolver ciertos asuntos personales.
La mayoría de ellos están directamente implicados en la trama que conduce por el camino de la amargura a Lebowski y a sus dos colegas. Otros, al igual que hizo Howard Hawks en El Sueño Eterno, aparecen y desaparecen de escena con una tranquilidad pasmosa; una opción, esta última, ideal para enmarañar aún más la trama policiaca y que, al mismo tiempo, les sirve a los Coen para dar rienda suelta a su espíritu satírico y gamberro: el hortera hispano Jesús Quintana, un irrepetible jugador de bolos con el careto de John Turturro, es una buena muestra de ello. A pesar de esos (raudos y celebrados) personajes, nada sobra ni falta en El Gran Lebowski, pues la ingeniosidad de su guión hace comulgar con ruedas de molino al espectador. Quedan muchos cabos sueltos en la historia, pero es tal la fuerza de sus diálogos y de las numerosas situaciones que plantea, que no es necesario cuestionarse ciertos detalles jamás resueltos. No se podía ser más fiel al trabajo (imperfectamente perfecto) de Hawks que dejando algunos puntos por aclarar.
El universo peculiar y distorionador de los Coen de los mejores tiempos volcado, al cien por cien, en este título. Un film hilarante y fascinante a partes iguales. Incluso, a veces, onírico (ver a Julianne Moore embutida en un disfraz de vikinga minifaldera y danzando con Jeff Bridges es toda una gozada. Con ésta, ya es la tercera vez que lo reviso. Y, al igual que en la primera ocasión, la profunda voz de Sam Elliott, ejerciendo de narrador en su versión original), ha logrado seducirme de nuevo y mantenerme enganchando a la pantalla durante dos deliciosas horas.
Espero y deseo que los hermanitos de Minneapolis vuelvan pronto a sus raíces cinematográficas.
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