

Ese es, a breves rasgos, el Bruce Willis que da vida al detective de la policía de Nueva York que, de la mano de Jim McTiernan y en 1988, debutara en la pantalla grande con Jungla de Cristal. Han pasado casi 20 años y el hombre aún se aguanta casi igual de fresco y lozano que el primer día, a pesar de sus constantes referencias al inevitable peso físico causado por dos décadas de ver sus mejores camisetas hechas trizas. El espíritu sigue siendo el mismo; incluso sus intenciones, pues entretener es la única meta que siempre ha buscado la serie cinematográfica.
Es innegable que La Jungla 4.0 distrae y, fiel a sus constantes y a la edad del personaje, apuesta por una realización más clásica y con menos efectos digitales que otros títulos de acción más actuales. Todo correcto hasta aquí, pues Len Wiseman, su director, ha sabido dejar a un lado la tecnología que utilizó para sus dos Underworlds y-sin renunciar al cien por cien a ella- adentrarse en un estilo mucho más formal y visualmente menos informático. La informática, en este caso, pasa a formar parte del núcleo argumental de la película ya que, a través de ella, un grupo de terroristas, capitaneado por un hacker resentido, está dispuesto a provocar, con su red de ordenadores, un insuperable caos a nivel mundial. Tal es el amor de McClane por la prehistoria que, en una determinada escena, llega a preguntar qué narices significa la palabra hacker; una escena desde la cual y aprovechando la curiosa presencia en ella de Kevin Smith, se homenajea a Clerks y por defecto a Star Wars.
El gran problema de esta cuarta entrega se localiza en la historia que plantea, pues resulta excesivamente inverosímil en demasiados aspectos. Todo parece pillado muy por los pelos y algunos de sus pasajes más trepidantes (como el desmadre automovilístico en el interior de un túnel o el del paseo de McClane por el ala de una avioneta), debido a su exceso, ofrecen una credibilidad nula. De todas formas, y siguiendo la tónica formal de toda la saga, ese generalizado desmelene acaba convirtiéndose en una de sus constantes (en el fondo) más atractivas.
La Jungla 4.0 ha perdido garra y vigor en cuanto a guión se refiere. Éste es casi nulo, mientras que sus diálogos y, ante todo, los comentarios de McClane cada vez que se ve en peligro, suenan a forzados; casi igual de forzados que la construcción que de su apayasado personaje hace Justin Long quien, recogiendo el testimonio de Samuel L. Jackson en la penúltima Jungla, da vida al compañero accidental de Willis. De hecho, este capítulo es un claro ejemplo de como aguantar una formula cinematográfica con el mínimo esfuerzo y, sin embargo, funcionar de modo correcto como mero pasatiempo y sin buscarle los tres pies al gato.
De Jungla sólo hay una, la primera, la genuina e insuperable Jungla de Cristal: un film modélico y el nacimiento de un héroe sinvergüenza y cachondo, modelado, casi en exclusiva, para el lucimiento de Bruce Willis quien, por suerte, y a lo largo de su carrera, ha demostrado que puede hacer más y mejores papeles al margen de sus celebrados héroes de acción. Después, la serie fue alargándose y degenerando, pero sin caer nunca en el error de ofrecer un producto aburrido que dejara a su público con ganas de distanciarse de su poli más chistoso y brutote. Precisamente y a pesar de sus errores, La Jungla 4.0 es un compendio de lo que han sido (y pueden ser) las aventuras de ese detective que una Nochebuena perdió sus zapatos y se quedó encerrado en el interior de un rascacielos ultramoderno. Aunque no se crea nada de lo que pueda ocurrirle a este tipo, dificilmente vaya uno a aburrise. Y ello es una buena garantía dentro de las coordenadas de un thriller de acción.
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