

Pero no sólo de imágenes alusivas se alimentan estos Abrazos Rotos ya que su trama, una mezcla de melodrama triangular, cine negro y comedia, recuerda, en muchos de sus pasajes, a películas anteriores del autor, como ocurre con La Mala Educación, Carne Trémula o La Ley del Deseo. Y es que el hombre, en su bache inspirativo, da la impresión de haberse encallado, organizando, como única solución para salir a flote, un mastodóntico puzzle a base de retales robados de su filmografía.
A pesar de sus defectos, que son muchos y casi todos ellos claramente onanistas, la cinta también posee sus aciertos. Aparte de la exquisita concepción visual de la historia (narrada en dos tiempos perfectamente delimitados), el bagaje de Almodóvar como director de actores (y, ante todo, actrices) hace que saque a flote lo mejor de casi todos sus intérpretes (a excepción de un forzadísimo Homar, demasiado afeminado para encarnar a un amante heterosexual y tocado por un cantarín pelucón color panocha). Por ejemplo, en la breve aunque sustanciosa colaboración de una magnífica (y robótica) Lola Dueñas, dando vida a una mujer especializada en la lectura de labios, se esconde uno de los mejores, ingeniosos y más divertidos pasajes de la cinta; una cinta que, entre otros detalles, sube unos cuantos enteros cuando el director aparca el folletín a un lado y da rienda suelta a su espíritu gamberro y transgresor: una buena prueba de ello, se localiza en las estrafalarias ideas que vierte uno de los protagonistas sobre la posible confección de un guión para una película de vampiros.
Realizadores desengañados, escritores al borde de un ataque de nervios, actrices novatas, un inmenso flash-back y el inevitable toque gay habitual (representado en esta ocasión por un cameraman aficionado y muy a lo Peeping Tom), componen uno de los cantos de amor al cine más narcisistas de esta década. De fondo, y con la intención de que el circo no suene demasiado almodovariano, unos cuantas citas al cine culto (que siempre da prestancia y elegancia), desde el Blow-Up de Antonioni al Te Querré Siempre (Viaggio In Italia) de Rossellini. No es lo peor del cineasta, ni tampoco es lo mejor de su colecta. La pretenciosidad que desgrana le hace daño, aunque tiene su puntito: sobre todo cuando se deja de lloriqueos y sale a flote ese Almodóvar más fresco y divertido que muchos echan en falta. ¿Para cuándo una comedia al cien por cien?

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