

El esfuerzo de Julianne Moore (de lo poco reciclable del evento) por dotar de entidad a un personaje imposible, resulta ciertamente loable. Y más teniendo en cuenta que su ridículo rol -el de la única persona de entre un numeroso grupo de invidentes que no ha perdido la vista y que finge estar igualmente ciega para estar en cuarentena al lado de su esposo-, no hay por donde pillarlo. Y allí, detrás de ella, tanto puteándola como arropándola (pues sus protagonistas son o muy malos o muy buenos, no hay termino medio), un abultado número de actores en nada inspirados, desde un vacío Mark Ruffalo a un histriónico Gael García Bernal, sin olvidar la insultante sosería de Alicia Braga o el desencanto de un Danny Glover tuerto.
Para romper la monotonía de la propuesta, Meirelles intenta otorgarle cierta inflexión fantástica al relato. La aproximación al género, llena de referentes muy cercanos (28 Semanas Después y Soy Leyenda), podría haber sido interesante sino fuera porque lo único que logra con ello es hacer aún más delirante la incomestible trama urdida por el escritor portugués; una historia llena de lagunas y nulas explicaciones sobre ciertos efectos (y no efectos) de la enfermedad y sobre los rocambolescos comportamientos de la mayoría de personajes.
Una cinta pedante y vacía que, además de estar cargada de escenas de un innecesario mal gusto, debido a su filosofía y las relaciones que presenta, huele a mormonismo que tumba de espaldas. ¿Un drama, un thriller, un film de ciencia-ficción, un panfleto mormón? A Ciegas lo es todo y nada al mismo tiempo. Personalmente, correré un tupido velo sobre ella. Total, “pa lo que hay que ver”...
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