7.12.11

Tres en un diván

David Cronenberg en su último trabajo, y tal y como hizo dos décadas atrás con la insufrible M. Butterfly, ha optado por disfrazarse de autor y adentrarse en una historia que, basada en un episodio real de la vida de tres ilustres psiquiatras, da un repaso a los primeros pasos del psicoanálisis como medicina curativa a principios del siglo XX. En Un Método Peligroso, nos acerca a la turbulenta relación entre Carl Junk y Sabina Spielrein, una nueva paciente rusa que, con el paso de los años, se convertiría en una de las psicoanalistas más influyentes de Rusia; una relación ésta seguida muy de cerca por el llamado padre del psicoanálisis, Sigmund Freud.

Con este título, Cronenberg se aleja del espíritu de sus dos últimos y brillantes trabajos (Una Historia de Violencia y Promesas del Este) para regresar a una de las constantes más presentes en su filmografía: la enfermedad. Si bien antes se acercaba a ella de manera más física y purulenta, amén de psíquica y buscando en general una óptica cercana al gore, ahora se aproxima desde una vertiente más intelectual y menos agresiva visualmente hablando. En este caso, buscando mostrar el dolor espiritual y de la mente e involucrando a los personajes de Junk y Freud en el tratamiento de sus pacientes, en eso que ellos califican como la “transferencia”.

Hasta aquí todo funciona mínimamente bien. Es más, la cosa promete. El problema se localiza en la insoportable pedantería que se destila de cada una de sus aburridísimas escenas y en la forma excesivamente lineal (y plagada de elipsis temporales) con que se desarrolla todo su metraje. La correspondencia tortuosa y enfermiza que se establece entre Junk y la futura doctora Spielrein está plasmada sin ángel, de manera forzada y sin terminar de definir ese (por otra parte existente) traspaso mutuo de fantasmas personales. Además, en este apartado, en muy poco ayudan las interpretaciones de Michael Fassbender y Keira Knightley. El primero se acerca a la figura de Carl Junk de modo desaborido (el único registro que hasta el momento ha revelado el actor), mientras que ella aborda a Sabina Spielrein a través de un histrionismo ciertamente apabullante: sus exageradísimos movimientos de mandíbula, acompañados de tics corporales y cierto tartamudeo, me hicieron pensar en el mismísimo Alien antes de zamparse a una de sus víctimas.

Completando el triángulo y de forma más breve (por no decir episódica), se encuentra lo mejor de la tediosa función: la contención interpretativa de Viggo Mortensen en la piel de Sigmund Freud; contención que rompe con la vacuidad de Fassbender y con el desmadre de la Knightley, por no citar la presencia de un desmelenado Vincent Cassel, visto y no visto (y no por ello menos irritable), dando vida a un degenerado paciente de Junk al que transmite su parte más oscura.

Un triángulo de ideas y pensamientos que se cruzan y entrecruzan en medio de conversaciones nada apasionadas o mediante simples envíos de cartas. Una cinta que, por su tratamiento, se me antoja como de otro tiempo, desfasada, justo cuando se inventaron eso del “arte y ensayo”; ese cine que provocaba bostezos a diestro y a siniestro y sólo gustaba a los gafapastas de la época (o eso al menos aseguraban por aquello del qué dirán). Personalmente, me quedo con el Cronenberg más ponzoñoso de sus inicios y, ante todo, con el de sus dos últimos thrillers.

1.12.11

Sospecha

El bonaerense Carlos Sorin, después de experimentar con un cine más cerrado y gafapastoso como hizo en La Ventana, a través de su nueva película, El Gato Desaparece, busca abrirse más al público mediante una claustrofóbica e inquietante historia protagonizada por un matrimonio dispuesto a empezar de cero tras haber vivido una experiencia desagradable.

El marido atiende por Luis. De profesión, profesor universitario. Recién acaba de regresar a su hogar tras pasar una larga temporada internado en un centro psiquiátrico. Un brote violento que le llevó a agredir a su socio en la cátedra fue la causa que le acercó hasta el manicomio. El alta médica le ha conducido de nuevo a su domicilio, aunque Donatello, el gato de la familia, no acepta cordialmente su retorno.

Ella atiende por Beatriz. De profesión, traductora. A pesar de la tranquilidad aparente de su marido tras la vuelta, la posibilidad de una recaída no dejará de inquietarla y los fantasmas personales se le aparecerán durante las primeras largas noches que pasará a su lado. Entre sus temores y la desaparición de su querido gato, la situación de la mujer se convierte en un sin vivir. La sospecha se acaba de apoderar de ella.

Planteada como una cinta de misterio al más puro estilo hitchckoniano, Sorin consigue excelentes escenas de suspense a partir de la más pequeña nimiedad aunque para ello, y de forma perdonable, tenga que colar algún que otro truco narrativo a lo largo de su desarrollo, tal y como hace con un par de pesadillas ciertamente turbadoras. A ello hay que sumarle el clima amenazador y enfermizo que se crea en el interior del otro tercer gran protagonista de la historia: la inmensa y lujosa casa en la que habitan; una vivienda que, rompiendo con uno de los tópicos del género, en lugar de ser lúgubre y oscura se muestra lujosa y luminosa. Un micro universo insano que abriga los malos pensamientos de ella y la aparente bondad y calma de él.

Melodrama, thriller psicológico y comedia; un brebaje interesante y sorprendente salpicado con gruesas gotas de humor negro. Añádanle a ello la excelente interpretación de Beatriz Spelzini en el rol de la esposa desconfiada y el mayúsculo trabajo de Luis Luque, el marido, un tipo que, de lanzar la mirada más terrorífica y amenazadora es capaz de pasar, en cuestión de segundos, a aparentar la más absoluta de las mansedumbres.

Un producto diferente y no por ello menos atractivo. Y es que las perturbaciones mentales no dejan indiferentes ni a los mininos. Saboréenla y disfrútenla como se merece. La ironía está servida.

29.11.11

Adiós al maestro del delirio

El gran transgresor del cine británico, Ken Russell, se ha ido para siempre. Ayer, a los 84 años de edad, desde La Guarida del Gusano Blanco y mientras dormía, El Novio de la perturbación emprendió el viaje de no retorno. El suyo era un Cerebro de un Millón de Dólares tocado por la extravagancia y siempre dispuesto a iniciar un Viaje Alucinante al Fondo de la Mente. Los más osados aseguraban de él que sufría una extraña enfermedad denominada Lisztomania que le obligaba a mezclar, en sus alucinaciones y a ritmo de Ópera Rock, lo Gótico con La Pasión de Vivir.

Admirador de Valentino y enganchando a las máquinas de millón por culpa de la afición desmesurada de su amigo Tommy a las mismas, en sus últimos años se alejó de los pinbals y recogió una Sombra En El Pasado que le atormentaba: empezó trabajando en televisión y terminó sus días realizando de nuevo telemovies.

El que muchos consideraban El Mesías Salvaje del Séptimo Arte, retrató de forma delirante la vida de una Puta en La Pasión de China Blue, una de tantas Mujeres Enamoradas que inspiraron su cine.

Hoy, Los Demonios querrían velar por él.

Descanse en paz. Echaremos en falta un poco de su locura en el cine actual.

28.11.11

Cazadores de nazis

John Madden, el realizador de Shakespeare In Love y La Verdad Oculta, ha regresado este año a las pantallas de todo el mundo con un thriller dramático, La Deuda, un remake de la homónima israelí de 2007 no estrenada en España. En ella se narra la historia de tres agentes del Mossard que, a mediados de los 60, viajaron hasta Berlín del Este para detener y entregar a las autoridades de su país a un nazi que había experimentado con los cuerpos de varios judíos en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

La película transcurre en dos tiempos: por un lado muestra los hechos acaecidos en los 60 y, por el otro, se acerca a los protagonistas, convertidos en héroes nacionales, en un presente inmediato ambientado en 1997, justo cuando los sucesos del pasado vuelven a salir a flote debido a la publicación de un libro que, sobre éstos, ha escrito la hija de la única agente femenina que tomó parte en la búsqueda del llamado Cirujano de Birkenau.

En comparación con el material original de Assaf Bernstein, la cinta de Madden se muestra más sólida y mucho mejor construida. El emblemático dibujo del perfil de los tres oficiales del Mossad le da mayor profundidad a la historia, potenciando al mismo tiempo un inesperado giro de guión bien avanzado su metraje, cosa que la película de Bernstein planteaba ya de buenas a primeras, rompiendo así parte de su intriga; intriga que el realizador británico sabe potenciar y dosificar en todo momento, sobre todo en aquellas escenas que hacen referencia a la estructura del plan para atrapar al nazi, en la ejecución del mismo y en su recta final, en donde una soberbia Helen Mirren destaca con luz propia.

La Deuda se mueve como pez en el agua a través de los dos tiempos de su narración, conjuga a la perfección los caracteres de los actores más jóvenes (Jessica Chastain, Marton Csokas y Sam Worthington) con sus equivalentes de más edad (Helen Mirren, Ciarán Hinds y Tom Wilkinson) y le otorga una entidad muy especial a la sorpresa que amaga su historia; un golpe turbador de guión que colocará al espectador en una perspectiva distinta a la hora de juzgar a sus personajes principales.

Un trabajo consistente, brillante en sus escenas de suspense y modélico por el interesante retrato que hace del trío cazador de nazis. Un remake estupendo que, gracias a su lúcido e inteligente guión, llega a superar en interés al ya de por sí correcto título original.

24.11.11

Cuando Dexter encontró a Emma

One Day era una de esas películas que a priori no me tentaban en absoluto. La estaba dejando escapar de cartelera y, por suerte, la he podido recuperar. Digo por suerte ya que, esta adaptación cinematográfica del best seller de David Nicholls Siempre el Mismo Día, se trata de un trabajo distinto, perfectamente acabado y con dos actuaciones soberbias, la de un Jim Sturgess más maduro que en otras ocasiones y la de una Anne Hathaway en alza quien, a pesar de forzar en exceso su acento para ponerse en la piel de una chica muy british, logra sacar adelante con nota alta su papel; un complejo rol que complemente a la perfección a la de su sorpresiva y modélica interpretación de una joven aquejada de Parkinson en la admirable Amor y Otras Drogas.

Vendida de forma engañosa como si se tratara de una comedia sentimental al uso, One Day es, en realidad, un melodrama amargo y triste escrito para el cine por el propio David Nicholls. Estructurado de manera poco convencional y demostrando un dominio total de la elipsis narrativa por parte de su directora, la danesa Lore Scherfig (la misma de la también interesante An Education), la cinta muestra la historia de amor que nace entre dos amigos a lo largo de dos décadas. Él es Dexter, un muchacho algo alocado, poco juicioso y con pretensiones de triunfador; ella es Emma, una chica idealista, de clase trabajadora y que sueña con mejorar el mundo.

La cinta se inicia un 15 de julio de 1988, justo la noche de graduación universitaria de ambos y durante la cual entablaron contacto por vez primera. Y, a partir de este punto, la película tirará de la elipsis para repasar, año tras año y siempre en la misma fecha (ese 15 de julio iniciático), la vida de los dos personajes durante veinte años. Encuentros, desencuentros, frustraciones y emociones, siempre en busca de la felicidad y de la posibilidad de encauzar su amor para siempre. Una mirada agridulce -en ocasiones fría y distante, y en otras cálida y conmovedora- a la existencia de dos seres humanos a través de sus contradicciones y debilidades más evidentes.

One Day empieza de forma un tanto dicharachera, como si se tratara de una nueva revisión de Cuando Harry Encontró a Sally, aunque pronto, casi al año siguiente, abandona su tono de comedia para entrar de lleno en el terreno del melodrama; un melodrama de tintes trágicos amparado en la originalidad y ternura de su tratamiento. Una sensibilidad que, por cierto, los detractores del film tildarán de cursilería. Y ello, como todo, es cuestión del color del cristal con que se mire.

23.11.11

Bienvenidos a Tontoland

Sí en Bienvenidos a Zombieland, su primera película, Ruben Fleischer se cachondeaba de las películas de zombis funcionándole el invento tan sólo a medio gas, en su segundo título, la recién estrenada 30 Minutos o Menos, apuesta por una sátira sobre las buddy movies que arrasaron los cines en los años 80. Y, al igual que hiciera con su ópera prima, lo hace a modo de comedia; una comedia que, a pesar de su pinta de tratarse de una gamberrada con tintes cinéfilos, no le funciona casi en ningún aspecto.

30 Minutos o Menos busca rizar el rizo sin conseguirlo en cada una de sus escenas y con cada uno de sus personajes quienes, en homenaje al género ochentero antes citado, actúan siempre en pareja. Por un lado, las víctimas teóricas de la historia: un repartidor de pizzas harto de su mal pagado empleo (Jesse Eisenberg) y su mejor amigo, un irritable aunque temeroso maestro de escuela (Aziz Ansari); por el otro, los malvados de la peli, un par de tipos descerebrados, discípulos directos de Beavis y Butt-Head: el perverso hijo de un militar retirado agraciado con la lotería (Danny McBride) y su fiel y leal escudero (Nick Swardson), un mentecato de muchísimo cuidado. Éstos, en su afán de contratar a un asesino a sueldo para que acabe con la vida del militar y así disfrutar de una tentadora herencia, deciden secuestrar al pizzero, arropar su cuerpo con una bomba de relojería y obligarle a atracar el banco local, con cuyo botín pagarían la elevada factura del sicario.

La ficción planteada y, ante todo su desarrollo, no es más que un desatino continuo. Sus numerosos chistes, aparte de forzados, resultan totalmente zafios, mientras que el par de delincuentes idiotizados, además de estar caricaturizados hasta extremos insoportables, se me antojan de lo más insufrible, tanto por la sobreactuación de sus dos intérpretes (ante todo un verborreico Danny McBride) como por el cliché con el que han sido construidos ambos personajes. Y ello por no hablar de la aparición de un tercero en discordia, un Michael Peña repitiendo en su sempiterno papel de matón latino y dejándose llevar por el mayor de los histrionismos.

Si algo resulta mínimamente salvable entre tanto desmelene apayasado es el correcto trabajo del siempre eficaz Jesse Eisenberg quien, repitiendo a las órdenes de Ruben Fleischer, lleva a buen puerto y de la mejor manera posible su imposible (y valga la redundancia) personaje, el del pizzero intimidado, convertido en hombre bomba y sobre el que recae el mejor y más sutil guiño cinéfilo de la cinta; un guiño que tiene mucho que ver con Facebook y, por extensión, con la espléndida La Red Social, cinta en la que el actor dio vida a su creador.

Simple y llanamente una gansada más, fruto de este imparable afán actual por confeccionar comedias disparatadas muy al estilo Apatow: es decir, sin sustancia y con muchas gilipolladas insertadas a saco. El cine políticamente incorrecto mola, eso está claro. Pero, en este caso, aparte de presentar a un sinfín de personajes y situaciones disfuncionales, no hay nada más. El vacío total. Suerte que la tontería no sobrepasa los 80 minutos.

22.11.11

La jubilación puede esperar

Asesinos de Élite significa la ópera prima de Gary McKendry, un film de acción al servicio de Jason Statham que, siguiendo las coordenadas enérgicas del cine de John Frankenheimer, acerca al espectador a lo que asegura ser “una historia real”. Lo de historia real, como casi siempre suele suceder, me suena a apostilla falsa para colar una crónica no demasiado creíble. Sea como sea, en EE.UU. no tragaron y se convirtió en un sonado fracaso de taquilla.

De veracidad y coherencia, la verdad es que hay muy poca. Eso sí, de desgaste de adrenalina y de viajes a lo largo y ancho de este mundo (en plan James Bond) hay un montón. No nos hemos de engañar: Asesinos de Élite es puro entretenimiento y, al argumento que nos propone, no hay que buscarle peras al olmo. Tan sólo se trata de dejarse llevar por el nervio imprimido al relato e intentar disfrutar con sus bien filmadas y numerosas escenas de acción. Peleas cuerpo a cuerpo, tiroteos, persecuciones automovilísticas y otras a pie por los tejados de la ciudad de Londres. Un poco de todo, sin apenas descanso y buscando un estilo más clásico que, por suerte, la aleja de esos montajes acelerados y sincopados en los cuales resulta casi imposible saber que narices sucede en pantalla cuando los protagonistas empiezan a atizarse.

Su personaje principal es Danny (o sea, el amigo Statham), un mercenario entrenado en el arte de matar que, justo cuando decide retirarse del oficio, ha de realizar una misión especial para un jeque árabe quien, como coacción para obligarle a aceptar el trabajo, tiene secuestrado a Hunter (un fugaz Robert De Niro), su buen amigo y mentor. El encargo consiste en eliminar, como si se tratara de un accidente, a los tres agentes del SAS (Servicio Aéreo Especial británico) que asesinaron a tres de los hijos del jeque, grabando su confesión antes de matarlos.

La película se deja ver. Y punto. Aparte de un giro argumental bastante previsible, no hay mucho misterio en la propuesta, aunque si varias incongruencias narrativas, sobre todo en el modo de conseguir las confesiones de los autores de los asesinatos ya que, alguna de ellas (en concreto, la de la tercera víctima), brilla por su ausencia.

A nivel actoral, Jason Statham hace lo de siempre: fruncir el ceño, disparar y repartir hostias a diestro y siniestro; dudo que este hombre funcione en cualquier otro registro que no sea el de héroe de acción brutote. De Niro pasa por allí y, con su nombre y (mínima) presencia, le da cierto empaque comercial al producto, mientras que Chris Owen, el tercero en discordia y dando vida a un obstinado y peleón miembro del SAS, con ojo de cristal y bigotito incluido, da la impresión de estar totalmente perdido en su delirante y poco definido papel.

Nada, que la cosa no molesta, pero tampoco lleva a ningún lado. Que de cintas de acción hay de mejores y más originales. Y es que ésta, a pesar de su trepidante ritmo, en su recta final acaba resultando pesada por reiterativa.

21.11.11

Entre cuatro paredes

Roman Polanski está en un momento creativo espléndido. Tras la contundencia de El Escritor regresa con la adaptación de Le Dieu du Carnage, la exitosa obra teatral de la francesa Yasmina Reza titulada en España Un Dios Salvaje. Escrita mano a mano entre Polanski y la autora en condiciones poco salubres mentalmente hablando (mientras el director permanecía en arresto domiciliario en Suiza), la cinta relata, en tiempo real, el encuentro de dos matrimonios en el apartamento de uno de ellos para hablar de la pelea callejera que ha enfrentado a sus dos hijos.

Lo que empieza como una visita cordial y afable, en donde la diplomacia priva por encima de todo, la cosa empezará a torcerse al salir a flote el lado más oscuro de cada uno de ellos. Las neuras personales y los rencores irán acumulándose a lo largo de 80 minutos. Las reglas del juego han terminado. Cada matrimonio se asocia y desasocia con su pareja según por donde sople el viento. En su dialéctica no hay aliados que valgan. El ego y la mala leche imperan en una trifulca en donde todos salen heridos psíquica y moralmente hablando.

Una comedia caustica y visceral tras la que se esconde una disección de las debilidades del ser humano. Un enfrentamiento que, a pesar de significar un drama tremendo, provoca las carcajadas del público y que, conteniendo diálogos espléndidos, se apoya principalmente en cuatro armas de gran envergadura: sus cuatro actores protagonistas. Ninguno de ellos hace sombra a los demás. Todos están en su lugar, manejando a sus conflictivos personajes a la perfección aunque, eso sí, siempre según los antojos de un Polanski en estado de gracia.

Jodie Foster y John C. Reilly forman el matrimonio cuyo hijo es la víctima del incidente; ella es una mujer intelectual comprometida con las causas sociales, mientras que él, un hombre más plano y totalmente dominado por ella, alardea de su profesionalidad como representante de productos de ferretería. En el otro bando se sitúan Kate Winslet y Christoph Waltz, los padres del atacante; ella es yuppie experta en temas fiscales y en teoría muy segura de su control, y él, un abogado elitista, engreído y siempre pendiente del móvil, que lleva entre manos la defensa de una empresa farmacéutica con un producto dañino en el mercado. Cuatro interpretaciones modélicas que, con sus subidas y bajadas de tono correspondientes, moldean con un rigor incontestable el mal rollo y el pésimo ambiente que se apodera del interior del domicilio neoyorquino de la primera pareja.

Polanski, un hombre en cuyo cine siempre ha dominado la sensación de claustrofobia (Repulsión, La Semilla del Diablo, El Quimérico Inquilino), se mueve como pez en el agua por las cuatro paredes que encierran al par de matrimonios en disputa y de las que, en claro homenaje a El Ángel Exterminador, no pueden huir por mucho que se lo propongan.

Un Dios Salvaje atrapa al espectador al igual que a sus cuatro únicos personajes, a pesar de que, por sus caracteres y acciones, resulte muy difícil simpatizar con alguno de ellos. Una mirada atroz y con un sentido del humor diabólico hacia una sociedad cansada y estresada. Un film totalmente recomendable del que es imposible renunciar.

19.11.11

Nazi Boy

Al barcelonés Christian Molina ya no se lo cree nadie. Tras debutar con la nefasta Rojo Sangre, insistió a continuación con la innombrable Diario de una Ninfómana y, posteriormente, con Estación del Olvido, un melodrama acartonado que a duras penas tuvo repercusión. Pero el hombre es persistente y, no contento con sus tropiezos, vuelve al ataque castigando a las plateas con su cuarto título, De Mayor Quiero Ser Soldado, un presunto alegato rodado en inglés en contra de la proliferación de la violencia en el mundo de la televisión que cuenta, como principal gancho, con dos secundarios de (dudosa) fama internacional, Danny Glover (a la vejez viruelas) y Robert Englund, el tenebroso Freddy Krueger de la saga Pesadilla en Elm Street.

A pesar de querer endilgarnos la plana de que la historia planteada sucede en una de esas urbanizaciones yanquis tan típicas en la filmografía de Spielberg, la cinta está filmada íntegramente en L’Hospitalet (Barcelona). Un engaño de lo más simplón e innecesario, ya que todo cuanto acontece bien podría ocurrir en nuestro país.

La cinta nos acerca al universo de Álex, un niño de 8 años que, de ser el rey de la casa, pasa a ser un segundón al tener que acomodarse a la llegada de un par de mellizos. Los celos y su fascinación por las imágenes bélicas que desgrana el televisor y por la iconografía nazi con la decora su habitación, harán de él un personaje iracundo y peligroso que se saltará a la torera a sus propios padres y a las normas de la escuela en la que estudia. Antes del nacimiento de sus hermanos tenía a un santurrón y angelical astronauta como amigo invisible; con la venida de los pequeños, su nuevo amigo invisible pasa a ser un militar enfebrecido y fascistoide.

La idea, a priori, resulta interesante y bienintencionada. Lo peor es que Molina la lleva a la pantalla de la peor forma posible. En su propuesta, resulta demagogo y en exceso efectista: tal y como pretende denunciar, no sólo es la televisión la que marca el carácter del joven, pues la poca atención que recibe de sus padres aún es mucho más alarmante; detalle éste que no queda bien reflejado en pantalla. Además hay que tener en cuenta que, desde un inicio, antes del presumible cambio de carácter, ya presenta a Álex como un tarado en potencia: ni su guión ha sabido perfilarlo, ni se ha sabido dirigir con inteligencia a Fergus Riordan (el chaval que lo interpreta) a la hora de descifrar correctamente a su personaje. Y ello sin hablar de los nefastos registros de los actores que dan vida a sus padres (Ben Temple y Jo Kelly) y de las ridículas (por tendenciosas) apariciones de Robert Englund en la piel de un psicólogo escolar.

Un quiero y no puedo más de Christian Molina quien, en su producto más ambicioso hasta el momento (y espero que desista en su empeño), no ha conseguido en absoluto sus objetivos. Ni cuela al espectador el más mínimo sentimiento afectivo por el agresivo Álex, ni logra hacer creíble su precaria crítica a la constante lluvia de bestialidad surgida de la televisión.

En definitiva, un film tan plano, desatinado e insostenible como el grotesco speech de Danny Glover insertado en los títulos de crédito finales; un Danny Glover, por cierto, más perdido que un gusano en medio de una plaza de toros, al igual que le sucede a Valeria Marini en sus insustanciales apariciones. Apaga y vámonos. La moralina barata y sin fundamento ya cansa.

18.11.11

El hermano empalagoso de Hanna

Sin Salida (el mediocre título español sustitutivo del original Abduction) no es más que un film de puro entretenimiento dirigido claramente al público adolescente y, al mismo tiempo, un producto construido con todo el descaro para el lucimiento de su joven protagonista, el sosísimo Taylor Lautner, el hombre lobo (o mejor dicho, lobezno) de la saga Crepúsculo. Todo tiene su explicación: el productor de la cosa no es otro que Dan Lautner, el padre de la criatura. Dirige el cotarro John Singleton, ese californiano afroamericano que debutó con la prometedora Los Chicos del Barrio y que, con el paso de los años, ha ido yendo a menos.

La película es una mezcla, en clave teenager, de las andanzas del amnésico Jason Bourne (incluso, en la película, se compara al actorcillo protagónico con el físico de Matt Damon) y los vericuetos educacionales de la sorprendente Hanna, esa niña, émula de Nikita, que desde su más tierna infancia fue aleccionada para salvar con solvencia todo tipo de obstáculos. De la serie sobre Jason Bourne extrae su sentido del ritmo y sus brillantes escenas de acción, mientras que de Hanna roba parte de su argumento, aunque eliminando cualquier atisbo de morbo o de violencia excesiva. Vaya, que tratándose de una cinta para quinceañeros entusiastas del cine de acción y ante todo del impúber del Lautner, hay que reciclarlo todo por el tamiz de la corrección política y la simplicidad argumental. Tanto es así que, en la única escena mínimamente tórrida entre el mozalbete y Lily Collins -su partenaire femenina e hija del cantante Phil Collins-, Singleton decide cortar por lo sano los arrumacos de la pareja (o sea, cuatro morreos y unos pocos sobeteos inocentes) para que no lleguen a mayores.

Aburrir, lo que se dice aburrir, no aburre. La mínima (minimísima) historia que propone, la de la huida del gazmoño del Taylor en compañía de su vecinita tras ver morir a sus (teóricos) padres en manos de una misteriosa organización, no hay por donde pillarla. Progenitores de adopción, organismos serbios sin escrúpulos, psicoanalistas reciclados en miembros de la CIA y agentes gubernamentales corruptos, se mezclan en una intriga delirante con muy poca lógica. Suerte que, en medio del caos organizado por su guionista (Shawn Christensen), allí está el pobre de John Singleton para arreglar el entuerto con sus correctas escenas de acción. De trama tiene poca (y altamente ridícula), pero de acción tiene un mucho.

Lo que aprieta el hambre (o la falta de buenos papeles) que hasta gente como Maria Bello, Alfred Molina o la reputada Sigourney Weaver, se ven metidos en un producto tan vacuo (aunque entretenido, repito) como éste.

17.11.11

Las que tienen que servir

De la mano de Tate Taylor llega Criadas y Señoras, una película muy de la época Obama que supone un fuerte alegato en favor de la integridad racial. Ambientada en la Norteamérica de los años 60 en Jackson, una pequeña localidad del estado de Mississippi, en ella se da un repaso a las tensas relaciones existentes entre las criadas de color y las señoras que estaban a su mando; una relación que no distaba mucho del esclavismo.

Narrada entre el melodrama y la comedia y dotada de una sustancial dirección artística pareja a la de la televisiva y encomiable Mad Men, la cinta se centra en la figura de Skeeter, una joven blanca, progresista y contraria a la xenofobia, que tras regresar de la Universidad a su ciudad natal, Jackson, opta por iniciar su prometedora carrera como escritora con un libro que retrate varias de las desagradables historias que marcaron la vida de muchas de las mujeres negras que trabajaban al servicio de influyentes familias sureñas del lugar. Para ello, ni corta ni perezosa, empezará una serie de entrevistas con algunas de las víctimas para luego plasmarlas, en forma de relatos, en su tratado.

Criadas y Señoras es una cinta antiracial y claramente femenina, ya que la presencia del hombre es puramente anecdótica. Ante todo se centra en dos sirvientas afroamericanas y sus encuentros con la escritora para narrarles sus experiencias, resaltando siempre la prepotencia y despotismo -excepciones a parte- con las que eran tratadas por sus patronas. En definitiva, un claro vehículo de lucimiento para un montón de buenas actrices, todas ellas muy comedidas y de entre las que cabe destacar la brillantez con la que Emma Stone afronta el papel de Skeeter y la fuerza con la cual Viola Davis da vida a Aibileen, la primera asistenta que abre sus sentimientos y recuerdos a la difícil petición de la incipiente literata.

A resaltar, por su positivismo, los personajes de la citada Skeeter (quien en su niñez fue criada por la mujer de color que asistía en su domicilio) y de Celia Foote (excelente y divertida Jessica Chastain), una mujer blanca, un tanto corta de entendederas y de muy buen corazón, que contrata a una doméstica de color con la que procede de forma cariñosa. Por el contrario, siguiendo en el lado blanco y como chivo expiatorio de la función, se aposenta la malvada figura de Hilly Holbrook, una tiparraca sin escrúpulos, manipuladora y racista hasta los topes a la que Bryce Dallas Howard interpreta de modo extremo, caricaturesco y con ciertos ramalazos a lo Cruella de Vil.

Quizás su tratamiento, un tanto jocoso por momentos y demasiado dulzón y (truculentamente) emotivo en otros, no sea el más adecuado para un film que se aproxima con desparpajo a un tema tan duro, aunque, en definitiva, se trate del más apropiado para llegar a un público más amplio. Y eso es lo que se supone pretendía su director.

Por cierto: atención a Sissy Spaceck haciendo de abuelita. No tiene desperdicio.

16.11.11

Malas calles

El guionista de Infiltrados y Red de Mentiras, el norteamericano William Monahan, debuta en el campo de la dirección desde la capital británica con London Boulevard, un thriller redentor tan aburrido como previsible. Su principal reclamo comercial se apoya sobre Colin Farrell y Keira Knightley, una pareja de la que, por mucho que se esfuerce su realizador, no desprende la química necesaria para hacer creíble la relación que nace entre los dos.

London Boulevard parte de la salida de la cárcel de un tipo que se ha ganado cierto estatus entre los bajos fondos de la ciudad por su fama de violento. Presionado por viejos colegas y por un capo mafioso (excelente Ray Winstone) para que vuelva a las andadas, sus ansias de redención son tan fuertes que decidirá pasar de ellos y entrar al servicio de una joven estrella del cine, presa de una fuerte depresión y encerrada en su gran mansión londinense, con la finalidad de ejercer como una especie de securata para ella y así librarla del acoso a que la someten los paparazzis. Inevitablemente, y a pesar de las intimidaciones que recibirá el ex convicto, entre él y la abatida actriz nacerá una fuerte atracción.

Su tema central, o sea, la historia de amor entre los dos personajes, resulta tan forzada que, a veces, hasta roza el ridículo en alguna de las situaciones plasmadas. Colin Farrell se pasea por la pantalla con cara de tristón, mientras que la Knightley usa y abusa de sus mohines de niña mimada. Un tête à tête imposible de digerir y cuyo final, por otra parte, está más que cantado desde su primer encuentro.

Monahan, al margen del insostenible love story planteado, se esfuerza en dotar a la cinta de una intriga paralela, mucho más visceral y en parte cercana a viejos thrillers británicos de los años 60 y 70, muy a lo Asesino Implacable, aunque, claro está, salvando las distancias; de aquellos en los que el ambiente soterrado de las calles de los suburbios de Londres se convertían en el alma mater del producto. En este apartado se recrea, ante todo, en los enfrentamientos del personaje de Farrell con su pasado como maleante y en los constantes problemas que le acarrea el tener que controlar a una hermana, con tendencias ninfómanas, que está como una puta regadera. En este aspecto la historia funciona un poco mejor, pues se muestra hábil resolviendo con solvencia sus pasajes más violentos (que haberlos, haylos), aunque sin brindar nada nuevo al género.

Un film irregular, aburrido y previsible, con ciertos (mínimos) destellos de lucidez en su vertiente más salvaje, que se ve marcado inexorablemente por esa sensación de déjà vu que transmite al espectador, por la poca credibilidad que ofrece su historia de amor y por el cansino (y nada original) matiz redentor y moralista que asoma en su recta final. Un mención al margen es necesaria para el patético personaje al que da vida David Thewlis, el otro “chico para todo” al servicio de la angustiada Keira Knightley.