20.1.09

EN RESUMIDAS CUENTAS: De polis neoyorquinos y mafias londinenses para todos los gustos

Cuestión de Honor recoge el testimonio del cine de Sydney Lumet pues, en la cinta, se recrea una de esas historias en la que se pone en duda la honorabilidad del cuerpo de policía de la ciudad de Nueva York y, al mismo tiempo, tal y como le gustaba al realizador de Serpico, a la posible rotura de las raíces que mantienen unida a una familia que lo ha dado todo por el "cuerpo". El director, en este caso, es Gavin O’Connor, un tipo que, en el desarrollo de su trabajo y como buen irlandés, no reniega de sus orígenes y costumbres, tal y como muestra en una de sus escenas finales, la protagonizada, a ritmo de gaitas, por Edward Norton y Colin Farrell.

La familia Tierney. Un padre, la madre y sus tres hijos, dos varones y una chica. Tres de ellos son policías. El progenitor ya no está en activo, aunque había sido un alto cargo de la Institución. Ahora, entre copa y copa, admira el trabajo policial de sus dos retoños y el de su yerno, un agente uniformado y bajo las órdenes directas de Francis, el mayor de sus vástagos. El asesinato a balazos de cuatro de los hombres de Francis, destapará la podredumbre de su grupo y, al mismo tiempo, conducirá a los Tierney hacia un grave dilema... justo en plenas fiestas navideñas.

Fiel al estilo de los thrillers urbanos que imperaban en los años 70, O’Connor urde una trama compacta aunque llena de tópicos. Todo cuanto expone suena a conocido. Lo de la corrupción policial ya es un tema en exceso sobado en el cine americano, pero la solidez y el academicismo con que lo cuenta le convierten en un trabajo digno y poseedor de un par de escenas de iracunda fiereza, como demuestra la de la visita de Colin Farrell y un par de compañeros al domicilio de un camello con la intención de interrogarle (y en donde una plancha juega un papel destacado). Norton, el citado Farrell, Noah Emmerich y un impresionante Jon Voight, se encargan del resto. Lo de siempre, aunque con oficio y una dignidad deslumbrante.


Otro thriller, aunque de coordenadas totalmente distintas y alocadas, es lo que propone el inglés Guy Ritchie en Rock'n'Rolla, un trabajo que, por sus constantes visuales y narrativas, entronca directamente con sus dos primeros largometrajes, Lock & Stock y Snatch, Cerdos y Diamantes. El hombre, empecinado en darle un ritmo trepidante a sus productos, sigue con sus vibrantes video-clips y sus mafias londinenses, estas últimas de todo tipo y color.

Hampones rusos recién llegados a Londres; gángsters cercanos al mundillo de las inmobiliarias, de los de la vieja escuela: un nutrido grupo de matones de barrio; una contable morena, ricachona, de buen ver y atraída por el morbo de los bajos fondos; un ídolo del rock al que se le da por muerto y un fetiche, en forma de valiosa pintura y capaz de pasar de mano en mano, se unen en una espiral de violencia y humor que ciertamente parece imparable. Pero tan sólo lo “parece” pues, en su última media hora y a pesar del enfebrecido compás otorgado, al Guy se le va en demasía la olla y desmonta un tanto la meticulosa construcción argumental (llena de diálogos inmejorables y situaciones jocosas) que ofrecía desde un principio.

De todos modos, dejando a un lado sus errores, se trata de un film potable en el que, ante todo, hay que prestar una especial atención a Jenny Cole, el resbaladizo personaje interpretado por un excelente Tom Wilkinson y, por defecto, a su hombre y basurero de confianza, el impagable e inalterablemente británico Archy, al que da vida un comedido Mark Strong, uno de los actores todoterreno de los últimos años. No tienen desperdicio.


Y, a tenor de que los representantes del mundo de la distribución resultan de lo más inesperado, han aprovechado el “supuesto” tirón comercial de Rock'n'Rolla para estrenar Revolver, un título igualmente de Ritchie, aunque realizado en el 2005; cinta que supuso para el cineasta el reencuentro con sus maneras habituales tras el descalabro comercial y crítico sufrido por Barridos Por La Marea, o la ingrata tarea de edificar un nefasto film para lucimiento exclusivo de la que por entonces, a principios del 2000, estaba casada con él: Madonna.

Revolver posee la cadencia sincopada de sus productos más logrados pero, en contrapartida, resulta un film irregular, pesado y bastante mal narrado. Las mafias vuelven a estar presentes, aunque en ella le toca el turno al mundo del juego. Casinos, cartas, venganzas y violencia están a la orden del día. Un tutifrutti exento de cualquier sustancia. Todo se me antoja tan confuso que ni la sugerente actuación de un grandioso Ray Liotta logra darle un mínimo empaque a la cosa. Totalmente ahorrable. Con la del Rock'n'Rolla tienen más que suficiente.

19.1.09

Ustedes lo han querido: PAT GARRET Y BILLY THE KID


Resulta muy difícil juzgar (por no decir imposible) una película como Pat Garrett y Billy The Kid, ante todo porque jamás llegó al espectador en las condiciones ideadas inicialmente por su director, un Sam Peckinpah que vio vilipendiado su montaje, en varias ocasiones, por distintas majors (desde la Metro a la Warner, pasando por la Columbia); un montón de sinvergüenzas que incluso, una vez desaparecido el realizador y hace tan sólo un par de años, volvieron a repasar lo que quedaba de la cinta para remontarla y presentarla en el Festival de Berlín alegando tratarse de la versión definitiva. De hecho, esta es la copia que se puede encontrar en la denominada edición especial en DVD: una copia recortada en su metraje y que, alucinantemente, posee unos subtítulos que, en demasiadas ocasiones, no corresponden fielmente a los diálogos que apoyan.

A pesar de tales inconvenientes, uno puede hacerse una idea aproximada de lo que pretendía Peckinpah en su repaso a las vidas de Pat Garrett y Billy El Niño, dos personajes que deambularon juntos al margen de la ley y que, tras su separación, volvieron a cruzarse en el mismo camino cuando, años después, el primero de ellos había decidido trabajar bajo las órdenes de un explotador sin escrúpulos como el ganadero Chisum.

Al igual que en la magistral Grupo Salvaje (aunque salvando las claras distancias), pretende narrar una historia sobre amistades truncadas y fidelidades dubitativas. La figura de Pat Garrett (excelente James Coburn), bien podría equipararse a la del Robert Ryan del citado film, un forajido que decide reciclarse y pasarse al (en teoría) lado bueno; mientras que Billy El Niño (un desconocido, jovencísimo y efectivo Kris Kristofferson), recuperaba el espíritu más libertario (y libertino) que lucía William Holden en la otra película.

Hasta aquí, todo bien. La lástima es que, por culpa de esos continuos remontajes, el largometraje de Peckinpah se ha convertido en una obra fragmentada, sin apenas continuidad narrativa, lo cual dificulta el seguimiento por parte del espectador. En definitiva, su visionado da la impresión de tratarse una colección de episodios unidos por un mínimo vínculo argumental, el del acoso al que somete Pat Garrett a su viejo compañero de fatigas.

Aun y así, en ciertos pasajes, es fácil adivinar la fuerza de un realizador visceral como la del autor de Perros de Paja. La escena que transcurre en un bar de mala muerte y en la cual James Coburn, durante una tensa partida de póker, interroga de forma sádica a un reducido grupo de malhechores, o toda la secuencia final, en plena noche y en donde se plasma el último encuentro, cara a cara, de los dos protagonistas, rezuman todo el estilo del director; un gran hombre de cine que, por desgracia y en más de una ocasión, vio tergiversada parte de su obra, tal y como le sucedió con anterioridad con la también denostada Mayor Dundee.


Pat Garrety y Billy El Niño, una cinta que, a buen seguro y en su integridad, tal y como la planificó el bueno de Peckinpah en su día, daría mucho más de sí. Inevitablemente, nos hemos de conformar con los retazos que de ella han dejado cuatro tipos sin escrúpulos, aunque aún podemos disfrutar al menos con lo mejor de la misma: la brillantez de la banda sonora compuesta por Bob Dylan, cantante que, con este largometraje, hizo sus primeros pinitos como actor mediante el personaje del controvertido Alias, un individuo incapaz de decantarse claramente por ninguno de los dos bandos.

16.1.09

Por fin, se han reencontrado

Descanse en paz, don Ricardo... que está en muy buena compañía.

Homofobia

Al Gus Van Sant le va lo gay. De hecho, no es la primera vez que se acerca a la homosexualidad en su cine. Ahora, a través de Mi Nombre Es Harvey Milk (el alargado título español del escueto Milk original), rescata la figura del primer gay (reconocido) que llegó a ocupar un puesto de responsabilidad pública en la política norteamericana. Un político que, al poco tiempo de ejercer como miembro del Consejo de Supervisores del ayuntamiento de San Francisco, fue asesinado a balazos, junto al alcalde George Moscone, por la misma mano ejecutora; un tema éste que ya fue tratado por Rob Epstein en The Times Of Harvey Milk, un documental que obtuvo el Oscar a su categoría en 1984.

Sin lugar a dudas, Van Sant ha recurrido en varias ocasiones al trabajo de Epstein para urdir la trama de su cinta, bien sea para documentarse o bien para motivar a sus actores. Según cuentan, antes de rodar la multitudinaria escena de la manifestación masiva que, en señal de duelo por la muerte de Milk y Moscone, recorrió las calles de San Francisco, el amigo Gus montó un pase privado de la película destinado al nutrido grupo de extras contratado. A buen seguro, y teniendo en cuenta la (jamás escondida) dependencia con el documento de los 80, el realizador de la insufrible Elephant ha optado por otorgarle a su nuevo título el aspecto de un docudrama, insertando incluso en su desarrollo imágenes reales.

En esta ocasión, ha orquestado un film mucho más abierto al gran público que otros trabajos suyos más recientes, como el irritante Last Days. El academicismo formal de la mayaría de sus pasajes, no ha significado ningún obstáculo para que el realizador de Kentucky no pierda su identidad como cineasta extraño y experimental pues, durante todo su metraje, no deja de jugar (acertadamente) con el montaje y la planificación narrativa y fotográfica (incluidos sus virajes de color)

La historia es una historia conocida. En realidad, no aporta nada nuevo que no sepamos de antemano. Películas con temáticas similares hay un montón. La lucha por salir de armario (empezando por la del propio Milk); el desprecio sufrido por el colectivo homosexual de parte del conservadurismo más radical; la defensa de los valores y las libertades individuales, o el nacimiento del movimiento gay como clara militancia combativa ante el poder establecido, son temas recurrentes (en exceso) dentro del (llamémosle) "celuloide oculto". Pero Van Sant se enfrenta a ello con oficio, mucha pasión y ritmo. Y, por si fuera poco, se atreve a otorgarle el papel de Harvey Milk a Sean Penn, un actor al que, teniendo en cuenta la mayor parte de su trayectoria anterior, cuesta imaginárselo en la piel de una loca reivindicativa y que, a pesar de ello, con su interpretación (a veces, conscientemente, rayana en el histrionismo), logra hacer totalmente creíble su rol.

Pero al Gus, en su particular (y necesaria) demonización de la homofobia, no todo le ha salido tan redondo como pretendía. Por ejemplo, tanto en la caricaturizada ambivalencia con que dibuja al rival político de Milk en el Ayuntamiento (un inseguro y nada comedido Josh Brolin), como en la indefinición con que afronta la construcción de ciertos personajes (como sucede en el caso del de Diego Luna), se han visto en parte mermadas sus buenas intenciones. De todos modos, y a tenor de las pocas sorpresas que ofrece su proyección, ha salvado con nota alta su vuelta a la normalidad tras demasiados títulos de corte molestamente empírico.

Mención aparte supone la excelencia de la banda sonora compuesta por un Danny Elfmann también diferente, huyendo de su estilo habitual y en busca de nuevas sensaciones. Atención a la partitura de los créditos finales: simplemente impresionante.

A pesar de sus defectos (que los tiene, aunque perdonables), Mi Nombre Es Harvey Milk se alza como un film ideal para apasionados por la lucha del colectivo gay y, ante todo, para interesados en conocer los inicios de tal movimiento en el barrio de Castro, en pleno San Francisco. Como curiosidad, resaltar la cita que el personaje de Cleve Jones (un gafotas Emile Hirsch) hace del nacimiento, de una lucha de similares connotaciones, en la Barcelona de mediados los años 70, justo después de la muerte del dictador.

15.1.09

EN RESUMIDAS CUENTAS: De la hija de Steve McQueen a los hijos de Los Angeles

Quien mucho abarca, poco aprieta. Actriz, guionista, directora y productora; demasiadas funciones para tan poca chicha. Cuando Ella Me Encontró es su título, una cinta en la que Helen Hunt se arma de valor y se coloca en todas partes, como Juan Palomo. A pesar del indiscutible esfuerzo y la buena voluntad vertida, le sale una comedia sin ángel y con demasiadas connotaciones televisivas. De hecho, cuando protagonizó la serie Loco Por Ti, ya se encargó de la realización de algunos de sus episodios.

No hay peor cosa que le pueda a ocurrir a una comedia que querer hacer gracia y no conseguirlo. Entre lo cursi que resulta en general la propuesta y la nula fuerza interpretativa de la que hacen gala sus protagonistas, Cuando Ella Me Encontró se acaba convirtiendo en un fiasco de mucho cuidado, empezando por la propia Helen Hunt quien nunca antes había demostrado tan poca inspiración en la creación de un personaje. Un problema, éste, que bien podría ser causa de trabajar al lado de una dama tan cargantemente insoportable como la histriónica de Bette Midler (¡qué lejos quedan los años de La Rosa!). Añádanle a ellas la sosería habitual de Colin Firth y el desencanto de un estrellado Matthew Broderick, y sabrán lo que vale un peine.

Embarazos, adopciones y fracasos sentimentales (con triángulo amoroso incluido) envuelven el hermético mundo de April Epner, una maestra cercana a los cuarenta que, justo durante su separación matrimonial, conocerá por vez primera a su madre biológica, una mujer un tanto cínica y estrella de un programa de la televisión local. Tan caradura resulta ésta que incluso le asegura a su redescubierta hija que su padre real fue el mismísimo Steve McQueen.

Basada en una novela de Elinor Lipman, se trata de un producto que, a pesar de los múltiples temas que aborda (aunque sin profundizar en ninguno de ellos), se me antoja totalmente vacío y cansino. Difícilmente podría funcionar ni como telefilm.

Por cierto, ¿se han dado cuenta que la Hunt se está convirtiendo en Mercedes Milá?


Otra comedia de lo más mediocre, aunque estrenada como cine casi de culto, es Buscando Un Beso A Medianoche, una cinta que se inicia de forma prometedora (y con cierto aire desinhibido a lo Clerks) para dar paso a una fórmula de lo más repetitiva e insulsa. Su fotografía en blanco y negro es el truco del director, Alex Holdridge, para atrapar en su sobadísima propuesta al gafapastas de turno.

El y ella. Wilson y Vivian. Dos jovencitos (aunque él ya apunta casi los 30) en el corazón de Los Angeles. Él pretende colarse como guionista en el engranaje de Hollywood. Ella tiene aspiraciones de convertirse en actriz. Lo nunca visto, ¿no? Ambos salen de dos experiencias sentimentales negativas. Han contactado mediante una página de corazones solitarios en Internet. Es 31 de diciembre, el último día del año y, antes de la medianoche, han de calibrar sus sentimientos. El toma y daca acaba de empezar. Todo sea por el polvo de fin de fiesta. De fondo, mientras pasean por las calles de la gran ciudad, un sinfín de diálogos artificiosos.

No contar nada y hacer un film que da la impresión de contar mucho, es la gran habilidad del tal Holdridge. Lo del Antes de Amanecer y de Atardecer le salió bastante bien al Linklaker, pero no hay que abusar de la receta. Las malas imitaciones se convierten en peligrosísimas sobredosis. Suerte que entre tanto despropósito, al menos le ha salido bien una cosa: el contundente retrato de la decadencia de una ciudad como Los Angeles. Y es que, en el fondo, lo que ha hecho este hombre con Buscando Un beso A medianoche es el anti folleto turístico de una gran capital. El resto, las palabrejas y su endeble pareja protagonista incluidos, quedan para el olvido.

12.1.09

El Norte también echiste

El norte y el sur de Francia, dos polos opuestos en demasiados aspectos. Según los del sur, la gente del norte es en extremo básica: hablan un dialecto extraño (el popularmente llamado ch’ti); soportan el frío de modo estoico y se muestran rudos en sus hábitos y comportamientos. Verdaderos trogloditas para el gabacho con aspiraciones elitistas. Para un hombre de la parte baja del país, no hay peor castigo laboral que ser trasladado a territorio ch’ti. Eso es lo que le ocurre precisamente a Philippe Abrams, un funcionario de correos que, de intentar truculentamente conseguir una plaza en una agencia de la Riviera, pasará a convertirse en el director de la sucursal de Bergues, una pequeña ciudad norteña.

Así se inicia Bienvenidos al Norte, una comedia que se ha convertido en el éxito del año en Francia y que, por sus constantes, puede repetir un logro similar en España; un país el nuestro que, en mayor o menor medida, también ha caído (y, generalmente, con bastante mala hostia) en eso de los tópicos a la hora de calificar a los habitantes de sus distintas comunidades.

Su director y guionista, Danny Boon (nacido en el norte francés), junto con un par de escritores más, juega con todos los tópicos habidos y por haber en la construcción de su guión, volcando en la descripción de los ch’tis cuantos chistes y habladurías existen sobre ellos. Y, a pesar de la sencillez y previsibilidad que denota su argumento, éste resulta ciertamente gracioso y acertado. De hecho, carga las tintas, ante todo, en la definición de los dos personajes que, en concreto, se acaban alzando como el alma mater del film: uno de ellos, interpretado por el propio Boon, es Antoine Bailleul, cartero y campanero de Bergues; el otro (magnífico Kad Merad), es el desterrado Philippe. Entre ambos, tal y como era de esperar, romperán fronteras y aproximarán diferencias.

Un divertido Danny Boon, de hablares atropellados y remarcando inevitablemente la “ch” en su dicción, se ve superado, en buena parte, por la mayúscula construcción que Merad hace de su atribulado funcionario, un hombre que, alejado de su esposa e hijo, ha de intregarse forzosamente en una sociedad que muchos considerarían el mismísimo infierno. Un dúo de actores que se ven apoyados, en todo momento, por un esmerado grupo de secundarios quienes, con su celebrada presencia, le otorgan un agradable toquecito coral a la cinta.

Debido a la (guasona) importancia de la aturullada pronunciación de los ch’tis (y, en buena parte, una de las claves humorísticas principales del film), recomiendo efusivamente su visionado en versión original subtitulada, y más habiendo visto por televisión un pequeño fragmento de su (¡apayasadísimo!) doblaje español.

Una cinta afable e inteligente, capaz de abogar por la diversidad cultural siempre con una sonrisa en los labios. Un canto a la amistad y al entendimiento, realizado lejos de cualquier petulancia y apostando directamente por la sencillez más absoluta. ¡Viva la inocencia!

11.1.09

La lista de Bielski

El holocausto judío de nuevo en la pantalla grande. Ahora de la mano de Edward Zwick, el realizador de Diamante de Sangre, quien para ello se ha basado en el libro de Nechama Tec en el que se relata, a través de testimonios reales, la odisea orquestada por los hermanos bielorrusos Bielski quienes, ante la invasión de su país por parte del ejército nazi en 1941, decidieron plantar cara e iniciar su particular combate al amparo de los bosques. Resistencia es su título español.

La cinta empieza bien, de manera contundente y prometedora. Un par de escenas de acción perfectamente resueltas y la presentación de los distintos caracteres de los cuatro hermanos protagonistas, sirven de preparación al espectador para que comprenda la lucha ideológica y el posterior posicionamiento de los dos mayores, Tuvia y Zus (Daniel Craig y Liev Schreiber, respetivamente). Hasta aquí nada que objetar, a excepción de las desorbitadas muecas utilizadas por el nuevo James Bond para sacar adelante su papel.

El gran problema de Resistencia (aparte del tour de force que supone resistir más de dos horas y cuarto de proyección), se localiza en la cargante lectura que ofrece su desarrollo, plagado de paralelismos bíblicos y explotando al máximo el victimismo y las bondades del pueblo judío; un pueblo que, curiosamente y durante estos últimos días, aparece en los titulares de todos los informativos por estar masacrando a los habitantes de Gaza. Pena, penita, pena.

Discursiva en exceso y tocada de pasajes ciertamente vergonzosos (como esa referencia oral y visual al milagro del Mar Rojo), posee la desfachatez añadida de convertir al “idealista” personaje de Tuvia Bielski en una descarada mezcla entre Robín de los Bosques y el mismísimo Moisés; un líder popular dispuesto a descubrir una tierra en la que puedan vivir sus (históricamente) errantes congéneres. Sólo faltan el Monte Sinaí y las Tablas de la Ley para completar la partida, pues incluso se atreve con la vuelta del hijo pródigo.

Edward Zwick siempre ha querido ser Steven Spielberg pero, por mucho empeño que le ponga, no le llega ni a la suela de los zapatos. Diez años le ha costado llevar a cabo este proyecto. Ahora, por fin, ha podido estrenar su particular Lista de Schindler, aunque en plan bosquimano y con la melaza bastante más subida de tono. Si a Spielberg se le fue la mano en los dulzones últimos minutos de su film, a Zwick se le ha ido la olla en prácticamente todo su metraje. En el siglo XXI, el cuento de la penita ya no cuela… y menos conociendo como se las gastan desde Israel.

Si van a buscar una película de aventuras, aquí encontraran muy poco del género (a excepción de cuatro episodios aislados). Eso sí: de religión, victimismo e idealismo de barraca de feria, hay por un tubo.

8.1.09

Ustedes lo han querido: ADIÓS, MIMÍ POMPÓN


Hasta ahora, nunca antes me había acercado a ¡Adiós, Mimí Pompón!. Y, a pesar de sus defectos, les puedo asegurar que, para mí, ha significado una grata sorpresa. Se trata de una película rara; atípica para una época en la que todo se examinaba con lupa antes de obtener el visto bueno para su estreno. Y es que, precisamente, en el curioso (y esperpéntico) film de Luis Marquina, el humor negro y la incorrección política campaban divertidamente a sus anchas en pleno 1961.

La historia, guionizada por el propio realizador, se ampara en una obra teatral del resbaladizo Alfonso Paso, un hombre adicto al régimen (franquista, que no el dietético) que, sin embargo, poseía un muy sanote sentido del humor. En este caso, con la finalidad de urdir una trama de los más delirante, estrambótica y al servicio de una familia disfuncional, se aplicó en su vertiente más cercana a la del estilo del surrealista y celebrado Enrique Jardiel Poncela.

Sus minutos iniciales, en todos los aspectos, resultan de lo más desconcertante: un claro canto al cine musical hispánico de la época; a aquellos melodramas protagonizados por cupletistas descaradas, aunque faltas de amor, que castigaban a las plateas con interminables y rancias canciones. Un homenaje en exceso alargado que, aparte de presentar a sus dos personajes principales, la Mimí Pompón del título y a don Heriberto, su estrafalario y millonario prometido, no aporta nada positivo al film. Tras tan espantosa y folletinesca entrada, me esperaba lo peor del trabajo de Marquina.

Pero por suerte, una vez superado ese preocupante envite inicial, la cinta cambia de rumbo y toma derroteros más divertidos (y al mismo tiempo atrevidos) al entrar a saco en el seno de la familia de Heriberto, un gañán que ha enviudado en varias ocasiones y que ahora acaba de acercar a su futura nueva mujer al domicilio materno. Lo suyo es asesinar a sus esposas, sea del modo que sea. Todo es válido en su enfermizo microcosmos. Un hachazo en la frente, un tiro en la sien, un poco de cianuro en una bebida, un mazazo en plena testa... cualquier método le pone a cien. Después, babea al obsequiar con las calaveras de sus víctimas a su anciana y estimada madre. Y es que la viejecita está hecha toda una morbosa coleccionista de calaveras humanas. Su último trofeo es la cabecita de un mongólico de muy tierna edad. Ahora le toca el turno a Mimí, la recién llegada, una artista también famosa por haber enviudado varias veces y que parece buscar su retiro escénico arropándose en la fortuna de Heriberto.

Heriberto es Fernando Fernán Gómez, mientras que la tal Mimí es la mejicana Silvia Pinal, la inolvidable Viridiana de don Luis. Ambos están que se salen. Él, de bufón histriónico; ella, de sutil y exagerada contención, tal y como mandaban los cánones del teatro burlesco que se estilaba en el país allá por los 50. El enredo está servido. Sólo queda disfrutar con las innumerables puertas que se abren y se cierran e, inevitablemente, con el consiguiente y sabroso desfile de secundarios a cual más alocado y estrafalario, como sucede con el calenturiento (¡y jovencísimo!) personaje que interpreta José Luis López Vázquez, don Gastón, el boticario del pueblo en el que reside don Heriberto y que, en secreto y seducido por las pérfidas artes de la Pompón, suministrará a ésta tantas pócimas letales como ella le solicite. Y, como otro gran aliciente más, con la posibilidad de gozar con la presencia de un Antonio Ferrandis o una Amparo Baró casi recién salidos del cascarón.

Mezclen en una coctelera unos cachitos de Monsieur Verdoux y otros de Arsénico Por Compasión; añádanle unas gotitas de esencia a lo Jardiel Poncela y agítenlo suavemente. Dejen correr el primer vertido y, a continuación, obtendrán una jugosa y macabra comedia capaz de hacer las delicias de la mismísima familia Munster.

Eso sí: aunque se trate de un producto made in Spain, toda su acción ha de transcurrir en Francia, el país vecino. En esos años, el Mal no existía en nuestra casa. O ello, al menos, es lo que ciertos alucinados (ciertamente malvados) nos querían vender.

5.1.09

Madre Coraje vs. Pinocho

Tras el bache que (para mí) supuso en su carrera como director el paréntesis formado por Banderas de Nuestros Padres y Cartas desde Iwo Jima, Clint Eastwood regresa tras la cámara con las baterías cargadas. Y lo hace a través de El Intercambio, un film de claros matices melodramáticos que, en muchos aspectos, se cruza (y complementa) con Mystic River, su gran obra maestra.

Un hecho verídico acaecido en Los Angeles de los años 20 es su punto de partida. Un niño desaparecido. Una madre desesperada. Cinco meses después, en plena canícula estival, la policía dará con él. El Departamento de Policía de Los Angeles no pasa por un buen momento; demasiados errores y cierta estela de corrupción han provocado que la ciudadanía se cuestione su seriedad. Es el momento de ofrecer una nueva cara a la opinión pública, y el haber resuelto satisfactoriamente el caso forma parte de su estrategia. Lástima que la alucinada madre del pequeño Walter, la señora Christine Collins, asegure que el chico que le han devuelto no es su hijo.

Una cinta sobria y oscura, en la que sólo destaca, entre tanta penumbra, el perfilado rojo del lápiz labial de una Angelina Jolie que huele a Oscar. Una Jolie austera, distinta y controlada. Llora y llora, pero sin abusar de recursos en exceso dramáticos. Toda una madre coraje que sólo pide justicia y el regreso de su hijo verdadero; una petición inútil, pues el agente de policía encargado del caso considera que él ha cumplido a la perfección con su cometido. Solución: la mamita está loca de atar. Expediente cerrado y a otra cosa, mariposa.

Eastwood, a medio camino entre el melodrama y el thriller policiaco y judicial, construye un meticuloso retrato de una mujer al límite, capaz de conservar su entereza hasta en los momentos más difíciles. Hurga en sus sentimientos más íntimos, siempre a cierta distancia y, al mismo tiempo, se ceba en la inutilidad de un departamento de policía que se mostraba más interesado en resolver cuestiones políticas que en indagar sobre la verdad del pequeño Walter... aunque para ello tuviera que echar mano del escudo de la mentira.

Y, a modo de gran regalo, un par de escenas de antología, de esas que hielan la sangre. Dos tête-à-têtes de lo más aterradores. Un interrogatorio y un cara a cara. El primero, entre un detective y un niño que se confiesa co-autor de varios asesinatos; el segundo, entre doña Angelina y un hombre condenado a muerte en la prisión de San Quintín. El dolor, la impotencia y la angustia filmados con un academicismo del que sólo es capaz un clásico como Eastwood.

Lástima de no haberla visto hace una semana. Posiblemente, ahora estaría situada entre las diez mejores del 2008.

Y en pocos días, a finales de febrero, Gran Torino, su nueva película y (según asegura) su última aparición ante una cámara. ¿Hasta dónde será capaz de sorprendernos el ex Harry Callahan? Espero y deseo que tengamos Eastwood por muchos años.

1.1.09

Recapitulando (y II): Lo más peor del 2008

Tal y como les prometí ayer, aquí tienen lo más pestilente del 2008... ordenadito de menor a mayor grado.

10.- My Blueberry Nights, o el vacío y aburridísimo debut del chino Kaw Wai Wong en tierras norteamericanas. Varias historias de amor y desamor, ligadas por una nimia conexión y fotografiadas a golpe de luces de neón. Si no fuera porque suena música yanqui de toda la vida (los clásicos standars) y sus actores ni son amarillos ni tienen los ojos rasgados, uno juraría, a pies juntillas, que se trata de uno más de esos films pretenciosos, made in Shanghai, a que tan acostumbrados nos tiene su realizador. Por cierto: la Norah Jones cantará muy bien... pero de actriz no tiene ni un pelo. A esta película no la levanta ni la presencia de una esforzada Natalie Portman.

9.- La Antena, o el sinónimo cinematográfico de la palabra pedantería. Un soporífero homenaje al cine mudo y, por extensión, al universo expresionista de Murnau y Fritz Lang. Un rocambolesco ejercicio de fatuidad cinéfaga que no conduce a ninguna parte. Ladrones de voces, gobiernos autoritarios y una cadena televisiva, son los principales ingredientes de un indigerible pastel cargado de ínfulas. En definitiva, es igual que las viejas aventuras de Los Chiripitifláuticos, pero cargada de simbolismos y de segundas y terceras lecturas. Ideal para gafapastas que añoren al Capitán Tan y a Valentina.
(ver crítica)

8.- Bella, o cómo hacer cine independiente con cierto tufillo reaccionario. Disfrazada de comedia sentimental, tras su piel de cordero se esconde uno de los films más diabólicamente antiabortistas de la década. Cinematográficamente hablando, es el polo opuesto a la sobriedad expuesta por 4 Meses, 3 Semanas, 2 Días. Pillen a un chef de cocina latino con un pasado oscuro a sus espaldas y a una joven soltera, embarazada y recién despedida del curro. Déjenlos sueltos por las calles de Nueva York y otórguenle a su relación un tonillo dulzón. Es imprecindible que el final rebose moralina por todos sus poros. Si el Papa dice no al aborto, es por algo...

7.- El Amor En Los Tiempos Del Cólera, o como hacer aún más plomizo el universo de Gabriel García Márquez (¡qué ya es decir!). Basada en la obra homónima del escritor colombiano, lo que tenía que ser un melodrama romántico como los de antes, se convierte en un patético hazmerreír totalmente desmembrado y en nada coherente. Añádanle a la cosa a un Javier Bardem haciendo de imitador barato de Charlot... ¡y sabrán lo que es bueno! Para más INRI, la Shakira pone su voz a la mayoría de canciones que adornan una historia en la que sobran amoríos y se echa en falta un poco más de cólera.
(ver crítica)

6.- En El Punto De Mira, o cómo filmar la misma escena (con el culo) desde diferentes puntos de vista y a lo largo de 90 minutos. El thriller más delirante y surrealista de la temporada. Un atentado al presidente norteamericano durante una visita oficial a Salamanca. Sus habitantes no son salmantinos; en realidad son todos mejicanos. Dennis Quaid hace de Dennis Quaid (o sea, patético) y el Whitaker da rienda suelta a su incontinencia interpretativa. Mientras, Eduardo Noriega acepta con la cabeza gacha el haberse convertido en una estrella estrellada. Un puzzle mal ideado y peor resuelto. En resumen: Salamanca queda cerca de Guanajuato, por Méjico. Yo ya me entiendo.
(ver crítica)

5.- Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, o cómo apellidarse Spielberg y columpiarse en los laureles. El de Indi es un regreso de lo más lastimoso. Muchos años en busca de un buen guión, para acabar haciendo un film sin cuerpo alguno. Su línea argumental es indefinida, al igual que sus efectos especiales (de baratijo y abusivos). Demasiados auto homenajes y muy poca chicha. Por no aprovechar, no saben ni sacarle el mejor partido a una gran dama del cine como Cate Blanchett. Un servidor (masoquista que es uno) ya se la ha tragado dos veces... y aún sigo preguntándome en dónde narices se esconde su historia. No tiene ni pies ni cabeza. Marcianadas, sí: muchas.
(ver crítica)


4.- Pozos de Ambición, o ¿qué he hecho yo para merecer tanto minimalismo? Más que una gran película épica, se trata de un puro ejercicio de petulancia cinematográfica. Un Paul Thomas Anderson de lo más pedante al servicio de un film igual de desafinado que los violines de la partitura escrita por Jonny Greenwood. Quiere ser Gigante, y no lo es. Quiere ser Ciudadano Kane, y no le llega ni a la suela de los zapatos. Petroleros y predicadores. Amor y odio. Religión y engaño. La cuestión parece interesante pero, al igual que con la desmelenada interpretación de Daniel Day Lewis, la película irrita hasta al más pintado.
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3.- Quantum Of Solace, o la vacuidad de 007. Al igual que ocurre con el retorno de Indiana, este James Bond no tiene cuerpo alguno. Mucho porrazo y persecuciones, pero de chicha "ná de ná". El guión brilla por su ausencia. A las Antípodas, en todos los sentidos, de las excelencias de Casino Royale. Una película sin ángel que incluso, por su falta de todo, hace que uno se cuestione la validez de Daniel Craig como nuevo Bond. Sufre mucho, ha perdido el cinismo y resulta demasiado brutote. Por si fuera poco, no le han escrito ni una línea de diálogo con un mínimo de trempera. Para rasgarse las vestiduras y pasarse a las filas de Spectra.
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2.- Vicky Cristina Barcelona, o el arte de hacer del cine un catálogo turístico. Woody Allen ha perdido los papeles y se ha vendido al mejor postor. Ya no es necesario para él urdir una buena historia. Los diálogos ágiles e inteligentes con los que antaño nos obsequiaba, han desaparecido por completo. Gaudí, el Tibidabo o Las Ramblas, entre otras postales urbanas, son sus sustitutos. De fondo, como mero adorno, una cuadrángulo amoroso. De la quema solo salvaría a Rebecca Hall y a Penélope Cruz. A esta última, ante todo, por castiza y vital (al menos, en su versión original)
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1.- Santos, o la desvergüenza de endosarnos un churro asegurando que se trata de una película. Caca de la vaca. La gente no es tonta y duró cuatro días en cartel. Sobran las palabras.
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Por cierto... ¿y El Caballero Oscuro?

Feliz 2009, buena gente.