
Al
Gus Van Sant le va
lo gay. De hecho, no es la primera vez que se acerca a la homosexualidad en su cine. Ahora, a través de
Mi Nombre Es Harvey Milk (el alargado título español del escueto
Milk original), rescata la figura del primer gay (reconocido) que llegó a ocupar un puesto de responsabilidad pública en la política norteamericana. Un político que, al poco tiempo de ejercer como miembro del Consejo de Supervisores del ayuntamiento de San Francisco, fue asesinado a balazos, junto al alcalde
George Moscone, por la misma mano ejecutora; un tema éste que ya fue tratado por
Rob Epstein en
The Times Of Harvey Milk, un documental que obtuvo el Oscar a su categoría en 1984.

Sin lugar a dudas,
Van Sant ha recurrido en varias ocasiones al trabajo de
Epstein para urdir la trama de su cinta, bien sea para documentarse o bien para motivar a sus actores. Según cuentan, antes de rodar la multitudinaria escena de la manifestación masiva que, en señal de duelo por la muerte de
Milk y
Moscone, recorrió las calles de San Francisco, el amigo
Gus montó un pase privado de la película destinado al nutrido grupo de extras contratado. A buen seguro, y teniendo en cuenta la (jamás escondida) dependencia con el documento de los 80, el realizador de la insufrible
Elephant ha optado por otorgarle a su nuevo título el aspecto de un docudrama, insertando incluso en su desarrollo imágenes reales.

En esta ocasión, ha orquestado un film mucho más abierto al gran público que otros trabajos suyos más recientes, como el irritante
Last Days. El academicismo formal de la mayaría de sus pasajes, no ha significado ningún obstáculo para que el realizador de Kentucky no pierda su identidad como cineasta extraño y experimental pues, durante todo su metraje, no deja de jugar (acertadamente) con el montaje y la planificación narrativa y fotográfica (incluidos sus virajes de color)

La historia es una historia conocida. En realidad, no aporta nada nuevo que no sepamos de antemano. Películas con temáticas similares hay un montón. La lucha por
salir de armario (empezando por la del propio
Milk); el desprecio sufrido por el colectivo homosexual de parte del conservadurismo más radical; la defensa de los valores y las libertades individuales, o el nacimiento del movimiento gay como clara militancia combativa ante el poder establecido, son temas recurrentes (en exceso) dentro del (llamémosle)
"celuloide oculto". Pero
Van Sant se enfrenta a ello con oficio, mucha pasión y ritmo. Y, por si fuera poco, se atreve a otorgarle el papel de
Harvey Milk a
Sean Penn, un actor al que, teniendo en cuenta la mayor parte de su trayectoria anterior, cuesta imaginárselo en la piel de una
loca reivindicativa y que, a pesar de ello, con su interpretación (a veces, conscientemente, rayana en el histrionismo), logra hacer totalmente creíble su rol.
Pero al
Gus,
en su particular (y necesaria) demonización de la homofobia, no todo le ha salido tan redondo como pretendía. Por ejemplo, tanto en la caricaturizada ambivalencia con que dibuja al rival político de
Milk en el Ayuntamiento (un inseguro y nada comedido
Josh Brolin), como en la indefinición con que afronta la construcción de ciertos personajes (como sucede en el caso del de
Diego Luna), se han visto en parte mermadas sus buenas intenciones. De todos modos, y a tenor de las pocas sorpresas que ofrece su proyección, ha salvado con nota alta su vuelta a la normalidad tras demasiados títulos de corte molestamente empírico.

Mención aparte supone la excelencia de la banda sonora compuesta por un
Danny Elfmann también diferente, huyendo de su estilo habitual y en busca de nuevas sensaciones. Atención a la partitura de los créditos finales: simplemente impresionante.
A pesar de sus defectos (que los tiene, aunque perdonables),
Mi Nombre Es Harvey Milk se alza como un film ideal para apasionados por la lucha del colectivo gay y, ante todo, para interesados en conocer los inicios de tal movimiento en el barrio de Castro, en pleno San Francisco. Como curiosidad, resaltar la cita que el personaje de
Cleve Jones (un gafotas
Emile Hirsch) hace del nacimiento, de una lucha de similares connotaciones, en la Barcelona de mediados los años 70, justo después de la muerte del dictador.
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