

A medio camino entre Gigante y Ciudadano Kane, Pozos de Ambición plasma el camino que deberá recorrer Daniel Plainview, un circunspecto buscador de petróleo, en su lucha por conseguir la posesión de unos terrenos cuyas tierras parecen plagadas del preciado oro negro. Haciendo alarde de su espíritu solitario y huraño, acudirá al lugar tan sólo en compañía de su hijo; un niño que, convertido en la sombra de su padre, intentará comprender y aprender de éste todo tipo de ardides para tirar adelante el negocio. Un juego en el que valen todo tipo de estrategias y en el cual, la mentira y la avaricia, adquieren un papel importante. Amor y odio. Religión y engaño. Falsedad y codicia. Crimen y castigo... Conceptos, todos ellos, que van apareciendo y confrontándose a medida que el personaje de Daniel Plainwiev va tornándose más irritante y abusivo.

Sin lugar a dudas, éste es el trabajo más pretencioso (y al mismo tiempo fallido) de Paul Thomas Anderson, tanto por su hermetismo visual, argumental y escénico como por la nula definición otorgada a la mayoría de personajes secundarios que aparecen (y, sobre todo, desaparecen) a lo largo de su dilatado y exagerado metraje. Y digo exagerado ya que, debido a lo poco que cuenta, Pozos de Ambición acaba siendo un producto vacío, repetitivo y totalmente aburrido.
Casi siempre me ha resultado difícil entender la política de nominaciones al Oscar, aunque nunca hasta ahora me habían parecido tan ilógicas como las ocho que ha obtenido este film. Tutatis aumente las dioptrías a los miembros de la Academia.
Según cuenta el propio realizador, antes de emprender el rodaje y durante un año entero, cada noche le daba un vistazo a El Tesoro de Sierra Madre. Quizás hubiera necesitado tres o cuatro años más para hacerse a la idea de lo que significa el buen cine.
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