
Tampico, México. Un boleto de lotería premiado. Una inversión casi segura. Dos jóvenes y un anciano: tres norteamericanos desarraigados, sin oficio ni beneficio, en busca de fortuna y en medio de una ciudad hostil para ellos. La fiebre del oro. Y, a varios días de viaje, una cordillera por descubrir; la de Sierra Madre, un lugar plagado de posibles filones vírgenes. En los alrededores, una sanguinaria banda de mejicanos dispuesta a todo por conseguir un par de botas nuevas. Un dispar número de conceptos que, aunados, formaron uno de los títulos más celebrados del hoy llamado
cine clásico,
El Tesoro de Sierra Madre.

Con la mano inocente de un niño -portador del boleto que permitirá a los tres hombres iniciar su particular descenso al infierno-, se inicia una de las aventuras más amargas y desesperadas de la filmografía de
John Huston. Una película que, por numerosas razones, entronca muy directamente con
El Hombre Que Pudo Reinar, título del que les hablaba la semana pasada. Cine de perdedores, en donde la avaricia, la sinrazón y la paranoia se ven perfectamente reflejadas.


Tres tipos marcados por la fatalidad.
Humphrey Bogart,
Tim Holt y
Walter Huston, Éste último, a parte de ser el padre del realizador en la vida real, es la verdadera
alma mater de la cinta. Él es
Howard, un anciano duro y curtido; un astuto buscador de oro que conoce muy de cerca el terror de la mezquindad. Sabe, a ciencia cierta, que el hombre es egoísta por naturaleza y que el oro, en grandes proporciones, potencia los más bajos instintos de éste. Tiene dudas sobre
Dobbs y
Bob Curtin, sus dos nuevos e inexpertos compañeros. Cualquiera de ellos puede transformarse en su mayor enemigo.

Una película emblemática. Un guión soberbio, elaborado por el propio
John Huston y basado en la novela homónima del misterioso escritor mejicano
B. Traven. Una obra
casi maestra en la que el concepto de aventura se mezcla, a grandes dosis, con el de melodrama. La fuerza visual de su excelente fotografía en blanco y negro potencia la angustia de ese terceto, abocado a una tragedia anunciada desde los primeros minutos de proyección. El bisturí del realizador disecciona, al milímetro, cada una de las características de sus tres protagonistas. Y, al igual que en otros de sus films, su atinada disección apunta hacia una solución desoladora: el ser humano es una bomba de relojería, dispuesto a estallar en el momento más impensado.
Lagartos hambrientos; bandoleros mejicanos sin escrúpulos; la falta de agua y de enseres y las desagradables sorpresas de la madre naturaleza. Todo cuanto les envuelve huele a muerte, a desesperación, a podredumbre. Y lo peor de todo es que, ellos mismos, por sí sólos, son sus propios y peores enemigos. El
chip de la codicia puede conectarse en cualquier momento. Y de la codicia a la locura hay un paso mínimo, por no decir insignificante.


Para aclararnos todo ello, allí estaba la omnipotente presencia (y la ayuda) del gran
Walter Huston con una de sus interpretaciones más brillantes; una interpretación por la que obtuvo un merecido Oscar, al igual que ocurrió con la dirección y el guión. Su personaje es uno de los más entrañables que se han visto jamás dentro de la dilatada (e irregular) carrera de
John Huston. Ese anciano
todoterreno, de hirsuta barba blanca, facciones agradables, sagaz y comprensivo, fue el mejor regalo que podía hacerle un hijo a su padre. Un personaje que, por otra parte, destacaba sobremanera por encima de la fragilidad de
Tim Holt y del histrionismo con el que
Humphrey Bogart construyó el personaje del enajenado
Fred C. Dobbs, quizás el único punto débil de un film mayúsculo y, al mismo tiempo, uno de los peores trabajos del espléndido protagonista de
Casablanca; un
Bogart de mirada desorbitada, aspavientos frenéticos y compulsivos movimientos bucales.

Un título mítico, de aquellos que sería obligatorio proyectar cada año en las academias y escuelas de cine. Compacto, sin fisuras y con un
crescendo sorprendente y bien cimentado. Un nuevo viaje a ese tipo de utopías que tanto le gustaban a su realizador, un
John Huston que abría su propia película a través de una de sus numerosas y amadas incursiones como actor, tocado -a modo de ángel- con un traje de algodón blanco e impoluto... ¿Un ángel o un diablo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario