
Una enigmática llamada telefónica, realizada por su ex novia, pondrá
Brendan Frye -un joven estudiante de un instituto californiano- en pie de guerra. Decidido a reencontrarla, iniciará una muy particular investigación que le llevará a descubrir una oscura trama digna de las novelas de
Dashiell Hammett y
Raymond Chandler; una intriga en la que se barajan el tráfico de estupefacientes con un cruento asesinato.

No se puede negar que resulta original realizar una cinta de cine negro localizada en ambientes estudiantiles y protagonizada, íntegramente, por adolescentes picados de acné. Una revisión
teenager del género que, a pesar de su teórica dureza, se me antoja alarmantemente descafeinada (tal y como me suele ocurrir con la mayor parte de productos recién salidos del sobrevalorado
Festival de Sundance). Todos los tópicos del género han sido amontonados en el film, uno encima del otro, sin orden ni concierto: drogas, asesinatos, desapariciones, secuestros y algún que otro mamporro, están a la orden del día. Pero
Brick, a pesar de sus claras intenciones por revitalizar el
noire desde un ángulo distinto, se queda tan sólo en eso: el homenaje a un tiempo y a una manera distinta de hacer cine.


Su trama, aparte de resultar en exceso enmarañada, está llena de lagunas y de situaciones tan ilógicas como imposibles. Una sensación de vacío (argumental y estético) envuelve la mayor parte de sus escenas, muchas de ellas salpicadas con un sinfín de innecesarios detalles minimalistas que, en el fondo, denotan cierta pedantería por parte de su director, el debutante
Rian Johnson quien, erróneamente, parece preocuparse más por otorgarle un aspecto fantasmagórico a la escenografía y efectos de su película (calles vacías de gente, silencios sepulcrales), que por definir con un poco más de claridad a sus colgados personajes.
La sosería y nula desenvoltura de sus intérpretes en nada ayudan a una posible mejora de
Brick, una cinta que decae a marchas forzadas a medida que va avanzando su proyección (al menos, a mí, me provocó un desinterés total; un aburrimiento descomunal).
Joseph Gordon-Levitt es un actor ñoño, sin entidad alguna, que se muestra incapaz de cargar con el peso del rol de
Brendan Frye, su protagonista principal; un actor insulso que, a pesar de los pesares, sintoniza al cien por cien con las desangeladas actuaciones del resto del elenco, de entre los que valdría la pena destacar la patética composición de
Lukas Haas, aquel enternecedor niño orejotas de
Único Testigo que, en este film, encarna a un enfermizo villano copiado, descaradamente, de las frágiles maneras con las que
Samuel L. Jackson dotó a su peculiar y cristalino
Elijah Price de
El Protegido.
Brick: cine independiente al gusto de
Sundance: cine hecho por y para
gafapastas; una vacuidad disfrazada de gran orgasmo intelectualoide. ¿Qué quieren que les diga...? Antes reviso de nuevo
El Sueño Eterno, aunque tampoco me entere de mucho También era un embrollo (en ese caso consciente), pero tenía una clase y un
savoir faire que ya querrían para sí bufonadas pretenciosas como
Brick.
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