Durante más de tres años, Jarecki estuvo siguiendo y entrevistando a varios miembros de la familia Freidman para mostrar, a la luz pública, lo fácilmente que se puede derrumbar la esperanza de ese tan cacareado sueño americano en el seno de una típica familia acomodada, de clase media –con tres hijos varones-, que, de la noche a la mañana, dejó a un lado su apacible existencia para verse sumida en un verdadero infierno. Todo empezó cuando la policía descubrió, casualmente, que Arnold Friedman, el padre de familia, recibía, a través de su correspondencia diaria, alguna que otra publicación sobre pornografía infantil. Una orden de registro le confiscó centenares de revistas pedófilas y, casi al momento, acabó siendo detenido, junto a Jesse, su hijo mediano, acusados de pederastia. Sobre los dos pesaban varias inculpaciones en las que se mezclaban todo tipo de abusos sexuales, practicados durante más de cuatro años, con menores de edad. Ello ocurría en la pacífica y encantadora localidad de Great Neck, en Long Island.
La cinta es sobria, seca, concisa. Por momentos estremecedora. Capturing the Friedmans no sólo se sustenta de las conversaciones con miembros de esa familia y gente cercana a ellos. Cuenta con otro tipo de documento inapreciable. Valiosísimo y cínico a la vez, ya que el realizador ha tenido acceso, por una parte, a las viejas películas familiares que rodó, durante muchos años y antes de explotar el escándalo, el propio Arnold Friedman, pudiendo asistir de este modo a viejas fiestas familiares en donde demostraban ser una unidad compacta ejemplar y, por otra parte, a todo el material filmado que, a modo de docudrama, fue captando David Friedman, el hermano mayor, a partir de ese descubrimiento que marcó, para siempre, la integridad de esa estirpe y que empezó a resquebrajarse por completo.
Las pésimas (o nulas) relaciones sexuales con su esposa, el reconocimiento de ésta de abrigar pequeñas sospechas sobre la vida privada de su marido, la sorpresa del cuñado de estos al enterarse de la realidad que escondía su propio hermano e, incluso, la pequeña esperanza de que todo fuera un complot policial urdido contra ellos, lo va desgranando Andrew Jarecki como quien no quiere la cosa, manteniendo las distancias y no tomando partido en ningún momento, dejando que sea el propio espectador, por sí solo, quien pueda despejar la sombra de aquellas dudas que la historia le pueda ofrecer. Momentos ciertamente escalofriantes, como las confesiones solitarias de David, el mayor de los hermanos, ante su propia cámara, los enfrentamientos de toda la familia con la madre Elaine, la presencia –en espera de su juicio- de unos dubitativos y distantes Arnold y Jesse en su domicilio o las clarificadoras declaraciones del abogado de Jesse, el mediano inculpado, hacen de éste un documento único que, a momentos, puede llegar a golpearles furtivamente, como aquellos en que el viejo Arnold se digna a abrir la boca y, gota a gota, va reconociendo su secreta perversión. Espeluznante.
Esa sociedad yanqui, modélica e intachable, tal y como nos la quieren vender sus insolentes gobernantes, día tras día, queda completamente reflejada, en su lado más oscuro y morboso, por un film durísimo, cautivador y singular en su género.

Jesse y Arnold Friedman esposados
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