31.3.05

Guardianes de la Tierra

Con un retraso considerable se ha estrenado en España Team America: La Policía del Mundo, el nuevo largometraje de los creadores de la estimable South Park. En esta ocasión, han dejado a un lado la animación habitual de sus productos para entrar de lleno en el mundo de las marionetas. Y, además, han optado por los muñecos más cutres pero, al mismo tiempo, entrañables, pues su innegable referente se encuentra en una añeja serie infantil, de culto entre los más frikis, Thunderbirds, conocida entre nosotros bajo el título de Guardianes del Espacio.

Como los Thunderbirds, también son un grupo especializado, pero de coordenadas totalmente distintas a las de nuestros héroes infantiles. Si esos se dedicaban a misiones fantásticas e interplanetarias, a bordo de sus sofisticadas naves espaciales, estos, Team America, conforman un grupo especial, de elite, adiestrado por el gobierno norteamericano para erradicar el terrorismo mundial, sin reservas de ningún tipo.

La película sirve a sus responsables más directos para verter todo tipo de incorrecciones, tal y como hacen desde su millonaria serie televisiva de animación. No se frenan ante nada, y tanto disparan a un lado como al otro. No tienen escrúpulos de ningún tipo y eso, en el fondo, es totalmente loable. Allí no queda títere con cabeza (nunca mejor dicho): politicastros, el mundo del cine, la sociedad civil de a pie e, incluso, el colectivo gay (a través de un gamberrísimo número musical en el que el SIDA cobra especial relevancia), reciben, cada uno de ellos, su correspondiente bofetada, sin olvidarse tampoco de derribar ciertos emblemas físicos de muchos piases, como por ejemplo la idolatrada Torre Eiffel o algunas de las pirámides más turísticas de Egipto. Y es que la cizaña envenenada que esgrime Team America no tiene límites.

Pero, sin embargo, en donde mejor resulta, dejando a un lado los chistes sobre instituciones y personajes populares (como los del sindicato izquierdoso de actores hollywoodienses o el hiriente ensañamiento sobre la sosez de Matt Damon), es cuando empieza a jugar con sus propias marionetas, explotando sus defectos al máximo. Hace que sus protagonistas, conscientes de estar manipulados a través de unos hilos (a propósito muy visibles durante el metraje), empiecen a mostrar sus tremendas dificultades de movimiento, convirtiéndolos en risibles y ridículos peleles tan torpes como bobos, o bien sometiéndolos a los mismos problemas físicos que cualquier humano, exagerando ciertas situaciones; así, por ejemplo, asistimos a la vomitada más grande e interminable de la historia del cine (la competencia más directa a la regurgitación de El Sentido de la Vida) y a una escena de sexo duro, en la cual, dos de esos monigotes, una hembra y un macho, se entregan a todo tipo de placeres carnales a través de un número indeterminado de alucinantes posiciones. Un delirio divertidísimo.

Su realizador, Tray Parker, no se decanta por ningún color político en concreto. Se muestra por encima de todos y de todo. Él sólo dispara a matar, ponga quien se ponga en su campo de tiro. Disfruta con ello, pues la cuestión es convertirse en el más travieso de la clase, aunque para ello tenga que cortarle la cola al gato del vecino. Y es tanta esa obsesión por ser el más políticamente incorrecto que acaba olvidando que una película necesita del sustento de un guión para llegar a buen término. Eso sí, a falta de éste, consigue un cúmulo de gags destroyers absolutamente desproporcionado. Y ese cúmulo de chistes (a veces repetitivos y poco sorpresivos) acaba dañando una propuesta en principio interesante.

Personalmente, achacaría esos errores anteriormente expuestos a su precipitada realización, pues la película se filmó en un tiempo mínimo, como crítica a la política exterior del gobierno norteamericano a raíz de los atentados del 11-S y, principalmente, para ser utilizada como un arma clave desestabilizadora en las pasadas elecciones estatales y, por esa misma prisa, en su parte final, se convierte en uno de tantos clichés más de las películas de aventuras actuales, con malvado a lo James Bond incluido.

En definitiva, se trata de una película curiosa para un público muy determinado. En concreto, aparte de los más inciviles y gansos del lugar, puede hacer las delicias de todos aquellos que, en su juventud, disfrutaron con los Guardianes del Espacio (yo incluso tuve algunas de las naves en casa) y a los que no les importe, en absoluto, asistir a una violenta destrucción de aquellos viejos mitos, ahora un tanto carrinclones y ridículos.

Sirva, sin embargo, como un homenaje mucho más válido a los Thunderbirds que no el de ese largometraje, con insulsos personajes de carne y hueso, estrenado el pasado verano. Al menos, los responsables de Team America demuestran haber sido verdaderos fans de esa serie, respetando su estética en todos los sentidos. Y es que a unos episodios que se presentaban, semana a semana, anunciando estar filmados gracias al sistema Supermarionation (tal y como figuraba en sus títulos de crédito), bien merece un mínimo respeto. Aunque sea bajo el punto de vista más sarcástico y desmitificador.

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