

La cinta de David Ayer, aparte de contar con la colaboración inestimable de Ellroy, tiene a un Keanu Reeves distinto e impresionante como actor principal; un Reeves mucho más maduro y un tanto envejecido que, por fin, apuntala a un buen personaje a través de una interpretación sobria y cargada de matices pues, el policía al que da vida, un detective de la brigada antivicio de Los Angeles que atiende por el nombre de Tom Ludlow, es un tipo acabado y marcado por la muerte accidental de su esposa y por su desmesurada afición a la bebida. Un hombre que se toma su trabajo de forma expeditiva, saltándose las normas y actuando siempre de modo visceral. Entre sus camaradas se le conoce como “el chico del listín”, ya que los interrogatorios que lleva a cabo son famosos debido a los mamporros que suelta a los sospechosos con la ayuda de una gruesa guía telefónica.

Un producto brillante y trepidante, en el que la carga melodramática que lleva consigo el personaje de Keanu Reeves y todo cuanto le rodea, se ve amplificada gracias a un buen número de escenas de acción dignas del mejor cine de género. Un par de tiroteos escalofriantes y furibundos –ambientados ambos en localizaciones interiores-, el contundente ajusticiamiento de un agente fuera de servicio o una vibrante persecución, a pié, por las calles más desangeladas de Los Angeles, son una buena muestra de la fuerza narrativa que le ha otorgado su director.
En Dueños de la Calle no queda ni un solo cabo suelto en su historia. Todo está perfectamente coordinado a través de un guión sencillo pero altamente conciso. Tal y como demuestra esta cinta, no es necesario complicar en exceso un argumento para que éste resulte efectivo. El poder de síntesis llevado al máximo. En muchas ocasiones, con una sola línea de diálogo, aclara varios de los puntos oscuros que han ido saliendo durante su desarrollo; una genialidad que se manifiesta, ante todo, en la milimétrica escena en que el agente Tom Ludlow comparte mesa en un restaurante, cara a cara, con Hugh Laurie, el televisivo doctor House dando vida, de manera imponente, a un capitán de la brigada de Asuntos Internos.
Un thriller de los de visión obligatoria, tanto por su planteamiento como por su sorpresiva resolución final. Lástima, de todos modos, de un Forrest Whitaker un pelín desmesurado y que, por culpa del desmelene con el que construye a su personaje, acaba regalando demasiadas pistas al espectador sobre las intenciones de su papel; un “pero” que, sin embargo, no rompe en absoluto el juego a lo déjà vu mantenido por los responsables del film; al contrario, pues aseguraría que aún potencia más las coordenadas narrativas elegidas, al tiempo que distancia a la platea del verdadero e inesperado the end.
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