

A pesar de contar con una historia sobada y de coordenadas geográficas y escénicas similares a las que utilizó Roger Spottiswoode en la estimulante Dispara a Matar, la cinta de Beresford posee un prometedor inicio. Un hombre frío y cínico y dos teóricos pardillos, enfrentados cara a cara y con un decorado, al aire libre, en el que puede ocurrir cualquier cosa. La caza del hombre (o, mejor dicho, de los hombres) acaba de empezar. El espíritu de aquella serie B en la que primaba, ante todo, el entretenimiento y la acción se deja entrever, pero jamás abre la puerta de par en par. Sólo se queda en un esbozo de gran aventura, pues rápido pierde su ingenio y se adentra en una serie de lances a cual menos creíble. Para evitar el spoiler, no citaré la ingente cantidad de detalles imposibles de cuadrar en el devenir de los sucesos que enmarcan The Contract, pero sí que les puedo avanzar que el realizador y, ante todo, sus dos guionistas (Stephen Katz y John Darrouzet), se han quedado lucidos (que no lúcidos...)
Siendo la chicha tan escasa (y en muchas ocasiones hasta ridícula), de nada sirven las hirientes, graciosas y bien colocadas réplicas de Morgan Freeman a John Cusack para levantar el interés del espectador. Ni siquiera llega a motivar la trabajada y brillante fotografía de un clásico como Dante Spinotti. Y es que el gran problema estriba en que se trata de una película sin ángel, más cercana a un telefilm barato que a un buen producto de acción en el que, para más INRI y a pequeñas dosis, se cuelan retazos de cursilería en pos de la unidad familiar y de la gente de buen corazón.
Una sencilla suma de títulos define, a la perfección, las intenciones y los despropósitos del film de Beresford: Dispara a Matar + Los Albóndigas En Remojo + Shooter = The Contract.
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