

El calor, las moscas y la sordidez de los oriundos del lugar, supondrán la primera toma de contacto, con la tierra de los canguros, para un reducido grupo de turistas norteamericanos dispuestos a vivir su primera aventura en el país. Un angosto río, rodeado de terrenos selváticos, será la única visita que realicen, pues la brutal arremetida de un cocodrilo gigantesco dejará encallado, en un islote, al pequeño barco que los transportaba. Cae la noche. Las moscas continúan, y el saurio lleva días sin probar bocado. Los recién llegados, aislados en la diminuta isla, se convierten en apetitosas tapitas al olfato de la alimaña.
Con una premisa tan acotada, resulta magnífico lo que llega a orquestar Greg Mclean. No necesita caer en truculencias baratas para tener al espectador enganchado a la pantalla. Cuatro trazos con los que definir a sus personajes y un crescendo narrativo constante, son los elementos básicos con los que mantiene el suspense propuesto; una tensión acumulativa en la que entran en juego, al mismo tiempo, la destreza de los supervivientes y las mandíbulas del cocodrilo. Cruzar el río y pisar tierra firme es la única manera de dejar atrás el inseguro islote... pero el río es propiedad de la bestia.

Un film recomendable a los amantes del cine con monstruos incluidos. Y es que éste, además de contar con un engendro anfibio que hace bailar a sus montaditos al son que más le apetece, posee en su haber a centenares de moscas, una cucaracha, un perrito y ¡por si fuera poco! a la Radha Mitchell..., la única (y potente) bella al lado de tanta bestia. ¡Quién fuera cocodrilo pá echarle un mordisco!

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