25.10.06

La ronda

En 1950, Max Ophüls, basándose en la obra teatral de Arthur Schnitzler, dirigió La Ronda. Ésta era una película circular, en la que varias historias de amor y desamor se iban encadenando, una detrás de otra, para finalizar con el protagonismo del mismo personaje que la abría. Curiosamente, ese mismo año, algo similar ocurría con un film del norteamericano Anthony Mann, Winchester 73, en el que un rifle se convertía en el eje central de su argumento, pasando de mano en mano durante todo el metraje para terminar de nuevo en poder de su propietario inicial.

Con los años, esta estructura ha acabado convirtiéndose en un modelo narrativo ya clásico para muchos realizadores, tal y como ha hecho Wayne Kramer en La Prueba del Crimen, su nueva película tras ese estupendo trabajo, de género negro, que fue The Cooler. En esta ocasión, el hombre ha estado un pelín menos atinado aunque, sin ser un producto muy original, ha sabido impregnarle cierta personalidad y, ante todo, dotarlo de un ritmo trepidante que a duras penas deja un mínimo descanso al espectador.

Al igual que en Winchester 73, un arma se convierte en el principal señuelo de la película. Se trata de una pistola con la que un mafioso, durante una escaramuza, ha asesinado a un policía; una pistola que intentarán hacer desaparecer del mapa pero que, por error, pasará a manos de un niño, el cual la utilizará para pegarle un par de balazos a un padrastro que no hace más que maltratarle. A partir de aquí -y al tiempo que el arma empieza a cambiar de propietarios-, La prueba del Crimen se centra en el personaje de Joey Gazelle, uno de los hombres de confianza del asesino que, tras ver desaparecer el revolver del escondite en el que lo había depositado, iniciará una carrera contrarreloj para evitar verse en problemas ante la policía y su propia gente, así como para resguardar a su familia de los nocivos efectos que les podría provocar su oscuro oficio.

Para contar esta historia, Kramer (también guionista del film), a través del montaje y su cuidada fotografía, ha buscado un estilo muy paralelo al del cómic. La cinta está encadenada a base de rápidas viñetas, insertadas una detrás de otra de forma vertiginosa y, por suerte, sin caer jamás en el absurdo de esa estúpida moda (a lo Tony Scott) de la narración videoclipera. En ese aspecto resulta totalmente brillante. Tanta velocidad le ha impregnado a la película que, en general, da la impresión de haberse olvidado del guión (a veces demasiado truculento) y de perfilar muy poco a sus personajes. De todos modos, eso es lo que menos importa en un producto de estas características. El hombre busca el propósito de entretener, y ello lo consigue con nota elevada. La violencia es radical, contundente. A veces, en los múltiples asesinatos que muestra, se acerca a las coordenadas de los cartoons de la Warner, tal y como ocurre con una escena que transcurre en un lavabo público y en la que un artefacto explosivo está escondido en el interior de una bolsa.

Kramer, con la ayuda de su cámara, suple a la perfección esa citada falta de guión. La imagen es concisa, perfectamente filmada. Cuando es necesario, la ralentiza o, en su defecto, repite el mismo plano desde distintos ángulos. Todo resulta muy visual -como en un tebeo-, aunque poco ingenioso. Incluso posee algún que otro pasaje ciertamente brutal e inesperado: la resolución del episodio en el que un par de pederastas tienen secuestrado a un niño, es de una crudeza inusual y sorprendente.


Su final, demasiado blando, facilón y acomodaticio, no pega ni con cola con el resto del metraje. Toda la dureza y violencia empleada a lo largo del film, se pierde en cuestión de quince minutos, convirtiéndolo en un título más de buenos y malos. Es una pena que no haya sido más consecuente con su the end pues posiblemente, y tratándose de cine de evasión, podría haberse convertido -dentro de su género- en una película de culto. Tal y como dijo acertadamente Joe E. Brown en Con Faldas y A lo Loco, “nadie es perfecto”.

Eso sí: no se pierdan los títulos de crédito finales, pues en ellos, aparte de resumir la totalidad del film mediante estampitas animadas, se refuerza aún más ese claro homenaje en toda regla al mundo del cómic.