18.1.08

Tras los pasos de River Phoenix

A pesar de haber debutado a los 12 años de edad y al lado de Susan Sarandon en El Cliente, su paso por el cine fue como una exhalación. Brad Renfro era su nombre. Anteayer se le encontró sin vida, en su domicilio, debido a causas aún no clarificadas. Según cuentan, estaba enganchado a todo tipo de drogas y alcohol. Tenía tan sólo 25 años en el momento de su muerte.

Una carrera no muy brillante que le brindó, sin embargo, algún que otro papel protagonista en títulos como el citado El Cliente, el espléndido Sleepers o, entre otros, Verano de Corrupción, film, este último, que vino a presentar personalmente al Festival de Sitges en 1998. De esa época aún le recuerdo, por los pasillos y el hall del Hotel Meliá, paseando la insolencia típica del joven adolescente que empieza a saborear la fama al tiempo que, debido a un artículo publicado en el diario oficial del certamen, todos los asistentes comentaban su cantado momento de intimidad en la población catalana con un miembro (¿o ya era ex miembro?) de la organización. Y cuando digo “miembro”, no lo hago con segundas intenciones (¿o sí?). Sea como sea, se trataba de un MIEMBRO en letras mayúsculas. Tómenlo como quieran.

Llegó al mundo del cine pensando en convertirse en el sustituto de River Phoenix y, al final, logró su objetivo. Al menos, según parece, antes de su traspaso ingirió un cóctel de características similares. Descanse en paz.

16.1.08

Orgullo, prejuicios y mentiras

Expiación, el nuevo film del británico Joe Wright, vuelve a retomar alguno de los temas plasmados en su anterior trabajo, el eficiente y académico Orgullo y Prejuicio. Pero lo hace de una forma diferente, mucho más ambiciosa y, por ente, rayana en la pretenciosidad. De una plasticidad magnética y de una realización casi perfeccionista, cae en el error del uso y abuso de la virguería visual; numerosos -y, a veces, descontrolados- movimientos de cámara (en los que el recurso del travelling resulta un tanto excesivo) seguirán sin descanso los pasos de sus protagonistas.

La cinta se abre con unos 45 minutos iniciales cargados de buen cine; de cine al cien por cien. Un cine innovador y distinto que, por su originalidad, hace pensar que uno se encuentra ante una nueva obra maestra, de las que cuesta descubrir hoy en día. La utilización de la cámara, los encuadres milimétricos de su cuidada y sofisticada fotografía o su atípica narrativa (en la que juega, de forma acertadísima, con los distintos puntos de vista de algunos de sus personajes), rezuman una técnica y un savoir faire que en poquísimas ocasiones se aprecian ya en una pantalla grande. Detallista y minuciosa en la presentación de sus protagonistas, y apoyándose en una embriagadora banda sonora (en la cual resalta, a modo de peculiar instrumento musical, el teclear de una máquina de escribir), Joe Wright prepara al espectador para afrontar un melodrama de dimensiones trágicas.

Un drama en el que los celos, la mentira y la irresponsabilidad separarán, de por vida, a una joven pareja de amantes en celo. Una historia de amores imposibles, ambientada en tiempos de guerra y en la que una trastocada y engreída aristocracia, en plena decadencia, cobrará un relieve especial. Corre el año 1935. La sombra de la II Guerra Mundial asoma hasta en el último rincón de una Inglaterra sumida en la angustia. Es justo allí en donde Expiación empieza a caminar. A paso lento y, en buena medida, a través de los ojos de la pequeña Briony Tallis, una niña de 13 años, aficionada a la escritura y con su cabeza atiborrada de fantasías inimaginables e incluso perversas.

45 minutos de ensueño, de gran cine, en los que los sentimientos de sus personajes brotan a flor de piel. 45 minutos hipnóticos e irrepetibles. 45 minutos que, tras el primer impacto emocional, dan paso a la borrachera imaginaria de su director; una borrachera difícil de superar desde el patio de butacas. Los efectos de la guerra, plasmados a través de un dantesco escenario situado en un punto de la costa francesa, provocan el caos en lo que, hasta ese momento, había supuesto su “contenida” (entre comillas) y larga introducción. La cámara se trastoca y no aparenta ningún tipo de control a la hora de adentrarse en largos, interminables e innecesarios travellings. La exageración de la propuesta, en este aspecto, resulta excesiva. El tiempo narrativo se alarga hasta extremos increíbles, y el aburrimiento hace peligrar ese vaso al que sólo le falta una gota para desbordarlo.

Por suerte, cuando parece perdida en medio de un mar de escenas oníricas y, en algún caso, hasta cargadas de cierto misticismo religioso (el lavado de pies de una madre fantasmagórica a su hijo enfermo), la cinta vuelve a retomar su fuerza inicial. Todo regresa a su cauce: la expiación del título, fotograma a fotograma, alcanza su máximo esplendor. Y, para compensar tanto delirio central -y a pesar de la aparente tragedia planteada-, toma cuerpo uno de los finales más bellos y sensibles que haya parido el Séptimo Arte en tiempo.

Una película vibrante (aunque descompensada por su intermitente desmesura), en donde su atractivo visual es comparable al de la sensualidad que emana una espléndida Keira Knightley, su protagonista femenina principal. El orgullo y los prejuicios han vuelto a brotar de la mano de un Joe Wright dispuesto a donar sus mejores intenciones en forma de celuloide. Una montaña rusa cinematográfica, en la que se puede subir hasta lo más alto para luego (narrativa y formalmente hablando) caer en picado y, finalmente, alzarse de nuevo. Aunque sólo sea por su largo y maravilloso prólogo y su imaginativo the end, vale la pena darle un vistazo. Además, la Knightley aparece mojadita y en cueros. Ya lo dicen los más sabios del lugar: París bien vale una misa. Y esta, al menos, es una misa con un buen número de selectos cantos celestiales.

14.1.08

EN RESUMIDAS CUENTAS: Dos mujeres (una dibujante y una pajera)

Nacer mujer en Theherán y vivir los primeros diez años de la infancia entre revoluciones, dictaduras fundamentalistas y guerras interminables con el país vecino, no es moco de pavo. Ésto y más es lo que cuentan, desde Persépolis, el francés Vincent Paronnaud y la iraní Marjane Satrapi. De hecho, este atípico film de animación, está basado en los cuatro cómics autobiográficos publicados por la propia Satrapi a partir del 2000.

Muy respetuoso con la estética y la historia del material original, se trata de un producto ciertamente original y cáustico. En su primera parte, cuando se plasma la niñez de Marjane en un Teherán revuelto y cruento, la cinta se acerca, en espíritu, a las Mafaldas más reivindicativas. Todo cuanto expone pasa por el prisma de una niña inocente que, influida por el espíritu liberal de sus padres, prefiere escuchar discos de Iron Maiden antes que panfletarias canciones islámicas.

Un sentido del humor cínico y muy negro da paso, en su segunda mitad, a una cinta más seria e incluso, por su temática, asfixiante. La manera de reflejar las largas temporadas que una adolescente Marjane pasó en Europa -para huir del malestar bélico y violento de su país-, resultan de una dureza fuera de lo normal en una película de dibujos. La añoranza, el sentido de culpabilidad por haberse alejado de los suyos y sus insostenibles frustraciones amorosas convierten, a la que había sido una niña feliz e ingenua, en una mujer al borde de la depresión y el suicidio, la cual intentará sanar sus dolencias regresando a su hogar.

Un biopic diferente que, manteniendo un firme pulso narrativo y sin decaer ni un solo ápice, expone, de modo inteligente, a pequeñas dosis y sin sobrecargar jamás al espectador, un montón de cuestiones políticas, sociales y religiosas de lo más punzante. El temor que profesan los occidentales a cuantos islámicos pretenden integrarse en nuestra sociedad, o el machismo radicalizado a que se ven sometidas esas mujeres en su tierra natal, son sólo algunas de las candentes materias que se plantean desde Persépolis.

Un trabajo excelente, milimetrado en todos sus aspectos y que avanza siempre en línea recta, sin perderse jamás en laberínticas historias que no conducen a ningún lado: va directo al grano, contando para ello con un guión sólido y una imaginería visual repleta de grises, sombras y grandes relieves. En definitiva: un perfilado retrato de una mujer marcada por el extremismo y los velos, enfundado en un magistral guiño pictórico al expresionismo alemán.


Otra mujer con problemas (aunque de connotaciones muy distintas) es Maggie, una viuda británica de mediana edad que, dispuesta a paliar los gastos del urgente tratamiento médico que necesita su sobrino, acepta trabajar como pajera en un puticlub del Soho londinense. O sea, encerrada a solas en una sobria habitación y valiéndose de sus suaves manos, masturbará a cuantos penes asomen en la estancia a través de un pequeño agujero en la pared. Su nombre de guerra (y al mismo tiempo el título de la película) es el de Irina Palm.

Irina, con sus manolas, se convertirá en toda una institución en el Sexy World, el local en el que presta sus servicios. Sus pajas las realiza de manera tan sofisticada y delicada que, ante su cabina, se formarán largas colas de varones dispuestos a ceder, por un rato, sus miembros a las artes de la tal Irina Palm. Ni su familia ni sus amigos más allegados saben nada de su empleo, pues el secretismo es la única arma que puede sanar a su pequeño sobrino.

A breves rasgos este es el núcleo central y argumental del sobrio y sarcástico film del bávaro Sam Garbanski quien, desde Gran Bretaña, ha urdido un producto en el que se mezclan, con total funcionalidad, un sentido del humor de lo más perverso con un melodrama de tintes familiares. Lo mejor del film, aparte de la indiscutible y brillante interpretación de una madura Marianne Faithfull, es que, a pesar de lo escabroso de su tema, nunca llega a caer en el mal gusto ni en la escatología evitando, al mismo tiempo, profundizar demasiado en lo que, por otra parte y en cuanto a sus relaciones familiares se refiere, podría haberse convertido en una dramón lacrimógeno y excesivo. Está claro que, para Garbanski, la moderación no está reñida con el morbo.

Una cinta espléndida, aunque sólo recomendable y apta para mentes cachondas y con ganas de descubrir historias totalmente distintas en una gran pantalla.

12.1.08

Séanme malos

Al igual que cada año por estas fechas y justo después de la entrega de los premios Goya, El CataCric, un colectivo formado por un desalmado grupo de críticos catalanes, desaliñados y sin afeitar, se reúne para otorgar unos suculentos premios a lo peor de la cinematografía española y extranjera de la temporada. Dichos premios, como muchos de ustedes ya saben, llevan el nombre de YoGa.

En esta ocasión, y como miembro de tal colectivo, me permito el placer de invitarles a que también ustedes propongan sus candidatos para lo más caótico del 2007. Pinchando sobre éste link, se trasladarán directamente a un formulario sencillísimo de rellenar y en el que podrán dejar constancia de sus víctimas preferidas. Les aseguro que, todas sus proposiciones, serán tenidas en cuenta durante la reunión anual para establecer los ganadores de los premios YoGa.

Si lo prefieren, antes de ponerse de lleno con el formulario, pueden darle un vistazo a la página de los CataCric, lugar en el que tendrán la oportunidad de conocer a todos los ganadores de las 18 ediciones anteriores.

Séanme malos, al menos por hoy, y ensáñense sin reparos con lo más nefasto del cine actual. Cuando se metan en la cama por la noche, descubrirán que están mucho más relajados que de costumbre. En ciertas ocasiones, ser malo, es un placer inenarrable.

9.1.08

El bisoñé que luchó por el honor de su tatarabuelo

Hace unos tres años, y por estas mismas fechas, se estrenó La Búsqueda, una sencilla comedia de aventuras cuya única (y conseguida) pretensión era la de entretener. En ella, Ben Gates, un tipo inconformista y de buena familia, emprendía la búsqueda de uno de los tesoros más preciados de la Humanidad: el de los Caballeros Templarios. Para ello, antes de iniciar su periplo, era imprescindible apoderarse de un mapa que permanecía oculto tras la carta de la Declaración de Independencia. La cinta, sin ser nada del otro mundo, se dejaba ver con tranquilidad. No era muy creíble pero, a pesar de ello, las aceleradas peripecias del tal Gates y sus compañeros accidentales, poseían un cierto punto de lógica, ante todo a la hora de descifrar las innumerables pistas que, a manera de jeroglíficos, se cruzaban en su camino. El éxito de público y las ansias de la Disney por repetir la taquilla, hacían inevitable una secuela. Ésta acaba de llegar, hace un par de semanas, a nuestras pantallas.

La Búsqueda: La Carta Secreta es el título que, dirigido de nuevo por el irregular Jon Turteltaub, ha colocado otra vez a Nicolas Cage y a su notable peluquín en la piel del intrépido Ben Gates. Con él repiten la mayoría de actores de la entrega anterior y, por si fuera poco, se le añaden dos nombres de peso en su reparto, los de Ed Harris y Helen Mirren; el primero como el malo de la función, y la segunda como la madre de Cage; o sea, la ex exposa de Patrick Gates, el padre de Ben, el cual aún sigue siendo interpretado por un cachondo y ya mayorcito Jon Voight (sin lugar a dudas, de lo poco salvable del producto).

No sólo el diseño del cartel publicitario es similar al de La Búsqueda original, pues la película también repite esquema y fórmula, pero sin un mínimo de inspiración ni coherencia. La cuestión es exprimir al máximo las constantes de la anterior. Tanto da que el argumento no tenga pies ni cabeza... "Sí ya es suficiente con la ley del mínimo esfuerzo, ¿para qué narices quemarse las neuronas?", debió pensar Turteltaub... Y así le ha salido el pastiche.

Un par de personajes nuevos y algún que otro cambio en lo que se refiere a las relaciones personales entre sus protagonistas, son las máximas novedades que ofrece. El resto es un déjà vu de pésimos resultados. Abre igualmente con un prólogo de matices históricos (lo de histórico es un decir), para continuar luego, y con total descaro, copiando el estilo de las escenas de acción más relevantes de La Búsqueda: dos persecuciones, tres (patéticos) momentos a lo Mission: Imposible de baratijo y una escena final de esas que no acaban nunca. Y es que sus guionistas han sido tan vagos que ni siquiera, respecto a la primera, han cambiado el orden cronológico de las mismas. La única salvedad se encuentra en los viajecitos turísticos que se han pegado para colocar al bisoñé de Cage (y a él, claro está, pegado bajo el postizo) ante la torre Eiffel o en el Palacio de Buckingham.

Con la intención de añadirle algún que otro aliciente inédito más, aparte de perseguir uno de los tesoros más codiciados del mundo, el avezado Ben, con la ayuda de un ancestral diario presidencial y top secret, pretende limpiar de calumnias el nombre de su difunto tatarabuelo, un hombre al que acusan de haber participado en el asesinato de Abraham Lincoln. La excusa ideal para poner, en boca de Nicolas Cage, unos cuantos discursos en los que, impepinablemente, no faltarán ni la vena patriotera más pro yanqui ni la defensa a ultranza del honor. Un tufillo a republicano rancio que tumba de espaldas, vaya.

Pasearse como Pedro por su casa por la Casa Blanca e incluso colarse, sin problema alguno, en la Sala Oval (o en el mismísimo despacho de la reina de Inglaterra en Buckingham), es de lo más normal que puede suceder en la película. Otro cantar, también de lo más normal, es el pueril modo de descifrar los jeroglíficos que van localizando a lo largo de su recorrido. La lógica, en este caso, no aparece ni por asomo. Sus descubrimientos, más que por un mínimo de raciocinio intelectual, se deben a que ello está escrito en el guión y los actores han de creérselo y recitarlo tal cual. Que Nicolas Cage meta cara de convencido mientras se le tuercen la peluca y la boca, tiene un pase (el chico ya posee cierta solvencia en este tipo de papeles de tres al cuarto); pero que una mujer como la Mirren haga el papanatas sin inmutarse, hasta me resulta un tanto grotesco.

Añádanle, para redondear y como complemento, al graciosillo de turno (Justin Bartha), a una bella jovencita ejerciendo de mujer florero (Diane Kruger), a un comprensivo presidente de los EE.UU (Bruce Greenwood) y a un bobalicón agente del FBI con aspecto de pintor bohemio parisino (un Harvey Keitel en una de sus horas más bajas): con todo ello tendrán una tontería también de lo más normal. Resulta preocupante que se haya necesitado la friolera de cinco guionistas para urdir tan pésima fotocopia de La Búsqueda. O el tóner de la fotocopiadora se había agotado o sus cinco guionistas (¡cinco!) se anticiparon en Hollywood a la huelga de los de su gremio.

8.1.08

Ustedes lo han querido: HASTA QUE LLEGÓ SU HORA


Una estación de ferrocarril, vieja y destartalada, en medio del desierto. Tres indivíduos aparecen en escena; uno de ellos es de piel negra. El anciano que ejerce las funciones de jefe de estación se teme lo peor. Las miradas entre unos y otros son constantes. Nadie dice ni una palabra. Silencio total. Los recién llegados se separan. Cada uno de ellos toma una posición estratégica. Un elevado depósito de agua gotea sobre la despejada cabeza del hombre de color. Éste cubre su calva con un sombrero. El continuo y lento impacto de las gotas sobre la tela rompe el mutismo del lugar. Uno de los otros dos, opta por sentarse en un banco y jugar con su revolver, mientras una mosca no para de danzar sobre su sudado y sucio rostro. Los tres otean el horizonte y, de vez en cuando, se observan entre ellos. Esperan a alguien. A lo lejos suena un tren que se acerca a la estación. Los forasteros abandonan sus puntos estratégicos y avanzan hasta las vías del ferrocarril, el cual se detiene ante ellos. Ningún pasajero sale de él. Los tres sujetos parecen extrañados. El convoy arranca de nuevo y, cuando deja libre la visión del horizonte, al otro lado del andén se atisba a un nuevo fulano con un par de maletas en el suelo. Entre los cuatro se cruzan algunas palabras. De golpe, todos desenfundan sus armas al unísono y disparan. Sólo sobrevive al tiroteo el pistolero del tren; el de las maletas.

Esta es la escena magistral con la que se abre Hasta Que Llegó Su Hora, una de las películas de Sergio Leone más apreciadas, en general, por la crítica. En cambio, a mi parecer, se trata de una de las más sobrevaloradas del director italiano. Y ello no quiere decir, ni mucho menos, que la considere un mal trabajo, aunque si denota (a lo largo de su exagerado metraje) una fórmula un tanto cansina y aburrida. En ella, durante sus casi tres horas de duración, Leone mezcló lo mejor y lo peor de su filmografía. Capaz de abrir la cinta con un momento tan brillante como el anteriormente narrado cae, al mismo tiempo, en el abuso de una exagerada cantidad de tiempos muertos tan innecesarios como reiterativos. Y de vez en cuando, tras cargar baterías con sus siestas, obsequia al espectador con una secuencia tanto o más impresionante que la inicial.


Está claro que Leone sabía colocar la cámara de modo perfecto. Su concepción escénica y visual era única. Pero, por esa misma concepción y tal y como le ocurrió en este film, a veces se emborrachaba demasiado de su propio talento. Así lo demuestran, por ejemplo, la innumerable cantidad de primerísimos e inmóviles primeros planos en los cuales, el objetivo, se centraba únicamente en los ojos de sus protagonistas. No contento con tanta profundidad milimétrica, también se decantó por una atmósfera sonora plagada de irritantes silencios, rotos tan sólo por el sonido ambiente. Sumándole a estas constantes una enervante parquedad de diálogos, da a pensar que la historia que cuenta le importaba muy poco al realizador. La búsqueda minuciosa, casi microscópica, de los poros de la piel de cada uno de sus personajes, le interesaba más que la simple trama planteada. Una trama en la que se barajan pistoleros a sueldo, una viuda hermosa en busca de su herencia, vengadores polvorientos, un par de bandas de malhechores y un perverso magnate de los ferrocarriles aquejado de una enfermedad incurable.

El apreciado Carlos Pumares, ante tal número de tiempos muertos y miradas perdidas, afirmó en su día, no sin cierta razón, que “si Bergman hubiera hecho un western, habría realizado Hasta Que Llegó Su Hora”. Por mi parte, cambiaría la figura de Ingmar Bergman por la de Bernardo Bertolucci, quien consta acreditado como uno de los guionistas al lado de Dario Argento y el propio Leone. Es innegable que el cine del director de El Último Tango en París está muy presente en esta película; desde su adormecida narrativa hasta su habitual y acentuado retrato de seres marginados y atormentados. Su presencia no fue pura coincidencia.


Por suerte, tal y como he avanzado anteriormente, a lo largo de la angosta proyección hay varios soplos de cine en estado puro. De ese gran cine en el que se aúnan, a la perfección y como un único cuerpo, todos los elementos técnicos, de guión e interpretativos de una producción. Curiosamente, son los instantes anteriores y posteriores a los fragmentos más crudos y violentos. Leone sabía crear tensión al límite y, justo allí, a modo de herramienta psicológica, es cuando utilizó modélicamente los silencios y las perennes miradas. Un sudoroso Charles Bronson recordando, a través de un flash-back, un crudo suceso del pasado en el que una armónica tenía un fuerte peso específico; un malvado (e histriónico) Henry Fonda, atemorizado al verse desamparado en medio de un tiroteo; la “forzada” intimidad sexual entre éste y una tentadora Claudia Cardinale o la muerte violenta de una familia en manos de un grupo de criminales armados, son imágenes que, tanto por su inspiración visual como narrativa, han pasado a formar parte, por derecho propio, de la historia del Séptimo Arte.

C’era Una Volta Il West es su título en original; un título que, a pesar de sus errores, abrió nuevos frentes de expresión para lo que se dio en llamar spaguetti-western. Aquí, cuatro iluminados, le cambiaron su epígrafe por el teóricamente más comercial de Hasta Que Llegó Su Hora, destrozando así las intenciones de un Sergio Leone que, por aquel entonces, ya pensaba en su gran obra maestra, Érase Una Vez En América, y también en la posibilidad de cerrar la hipotética trilogía con Érase Una Vez En Rusia. Un infarto mortal, a la pronta edad de 60 años, acabó con tal proyecto. De hecho, repasando de nuevo la película que abría este fresco histórico, y prestando una especial atención a la maravillosa banda sonora de Ennio Morricone, se intuyen pasajes musicales que, con variaciones y nuevos arreglos, volvió a utilizar en la citada Érase Una Vez en América, su trabajo póstumo.

7.1.08

El musical gafapastas

Once es, ni más ni menos, que el musical de moda entre los gafapastas. Un musical diferente, sin coreografías ni orquestaciones, que surgen de la nada, para que los actores canten y dancen en compañía del charcutero del barrio. Un musical que busca el realismo en su puesta en escena y en el que, en ciertas ocasiones (demasiadas), se ha de echar mano de unas gafas especiales para leer su partitura.

Una historia de amores y desamores que avanza al son de las muy particulares canciones que compone su protagonista masculino, un tipo desengañado por culpa de un fallido romance y que, para desahogarse, opta por aporrear su guitarra y cantar en una esquina de la ciudad de Dublín. Por las mañanas, ejecuta temas conocidos de otros músicos y, al caer el sol, se decanta por su faceta más intima al desgranar sus propios trabajos. Su resentimiento amoroso provocará que le cueste, muy mucho, descubrir que la nueva chica que se asoma en su vida está loquita por sus huesos.

No quisiera desengañar a nadie, pero todo cuanto ofrece Once suena a manido; a la típica película de autor con ínfulas intelectualoides. Lo visto una y mil veces anteriormente, aunque con la particularidad de que sus dos personajes principales expresan sus sentimientos más personales a través de la música; en el fondo, éste es el único toque que la diferencia de otras cintas de temática similar. Un acierto a medias puesto que, de entre los dieciséis temas que suenan, tan sólo un par o tres resultan de verdad atractivos. El resto es pura rutina repetitiva, llena de acordes desafinados y alaridos de angustia vital.

Su director, el irlandés John Carney, se ha querido dar el pegote mediante esta (en teoría original) variante musicovocal y callejera, otorgándole así un halo distinto a aquellos habituales y desarraigados personajes que suelen pasearse por este cine de vis tan urbanita. Es indiscutible que sus intenciones son buenas; no tanto sus resultados. Es uno de esos títulos en los que cuesta entrar; primero, por la endeblez de su argumento (chico pierde chica y encuentra a otra, aunque sigue pensando en la primera) y, segundo, por ese machaque continuo de cantos cargados de letras amargas (también, en teoría, de una profundidad abismal).

Personalmente, sólo entré en ella por momentos. Muy pocos; esporádicos y aislados, pero he de reconocer que, algunos, hasta incluso brillantes. Y, en general (excepto raras excepciones), me ocurrió en aquellos pasajes en los que la música desaparece para dar paso al diálogo y a las situaciones cotidianas, tal y como ocurre con un paseo por las calles del centro de Dublin, durante el cual su protagonista femenina arrastra una aspiradora por el suelo, mientras el guitarrista carga con su instrumento colgado a la espalda. Toques de normalidad que, al mismo tiempo, chocan con la pretenciosidad con la cual afronta otras escenas, como la de un travelling nocturno (e innecesario), en el que la joven del electrodoméstico va camino de su domicilio, portando como calzado una de esas horteras zapatillas en forma de muñeco de peluche. ¿Pedantería y transgresión, o sencillamente pedantería a secas?

Para musicales gafapastas, me quedo con Corazonada (One From The Heart), aquel que arruinó a Francis Ford Coppola a principios de los años 80, obligándole a vender, con posterioridad, los estudios Zoetrope de su propiedad. Intelectualilla; a veces igualmente pedantilla, pero ampliamente mágica y visualmente maravillosa. Y es que, a Once, le falta ese toque mínimo de fantasía que el género en cuestión pide a gritos. Con él, sería un producto mucho menos aburrido y más estimulante.

5.1.08

Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Este año no me he portado muy bien. Y como he sido un poco malo, os prometo que a partir de hoy seré más bueno. Para demostrarlo, además de los juguetes que os pedí en la carta del otro día (la de 25 páginas que le mandé al Baltasar), querría que de mi parte les llevéis unos regalos a otros niños. Me encantaría que mis amiguitos se lo pasaran super bien viendo las películas que he elegido para ellos. Os dejo la lista con sus nombres y los títulos de los deuvedés que les tocan.

Para Don Juan Carlos I, Rey de España, Abuelo Made In Spain.

A la señora Magdalena Álvarez, ministra de Fomento, Los Apuros de un Pequeño Tren.

Para Marianito Rajoy dos peliculas: Querelle y Mi Primo Vinny.

Para Ángel Acebes, Pinocho.

Al dúo formado por Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, una copia de La Pareja Chiflada.

A José Montilla, el president de la Generalitat de Catalunya, El Rey Pasmao.

A Fidel Castro, Con la Muerte en los Talones.

Al José Luis Rodríguez Zapatero, el presi, El Coronel Macià.

Para Josep-Lluís Carod-Rovira, Con Él Llegó el Escándalo.

A Patricia Gaztañaga, Jack El Destripador.

A don Manuel Fraga Iribarne, El Monstruo de Tiempos Remotos.

A Santiago Segura, Todo Por la Pasta.

Al alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, le lleváis un tebeo de Pepe Gotera y Otilio, Chapuzas a Domicilio y una copia en DVD de El Chulo.

A Julián Muñoz, El Expreso de Medianoche.

Para La Pantoja, Toma el Dinero Y Corre.

A don Carlos Pumares, Blade Runner.

A Esperanza Aguirre, La Tonta del Bote.

A José Luis Moreno, la colección íntegra de Chucky, el Muñeco Diabólico.

A Jordi Pujol, la película Temblores.

A Pasqual Maragall, El Último Gran Héroe.

A la Duquesa de Alba, Abre los Ojos.

Al Hugo Chávez, Menudo Bocazas.

Para Jaime de Marichalar, Terminator.

Y por último, La tentación Vive Arriba para Patricia Conde, esa niña con la que me gustaría jugar cada noche a médicos y enfermeras.

De verdad os prometo que el año que viene seré más bueno.

Antoñito

P.D.: un beso a los camellos.

3.1.08

Más allá de Imaginarium

Tras haber escrito el guión de la sorprendente y muy peculiar Más Extraño Que La Ficción, Zach Helm se estrena ahora como realizador con una obra dirigida, en especial, a los más pequeños de la casa. Un film infantil que, por su temática, originalidad y el surrealismo vertido en él, puede incluso enganchar al público adulto. Mr. Magorium Y Su Tienda Mágica es el título del mismo y está protagonizada por dos estrellas de excepción y de distintas generaciones, Dustin Hoffman y Natalie Portman. Sólo por ellos dos bien merece un repaso.

Hoffman, de todos modos, sigue potenciando esa colección de tics que le ha caracterizado durante los últimos años de su carrera. Unos tics que le dan un toque demasiado histriónico a sus personajes pero que, en el caso de Mr. Magorium, parecen hasta incluso bien aplicados. Él, en la cinta y tal y como indica su título, es el propietario de una tienda mágica de juguetes; un establecimiento que, según cuenta el propio Helm, está inspirado directamente en la cadena de jugueterías Imaginarium, en uno de cuyos locales de Chicago trabajó temporalmente el director en su adolescencia.

Mister Magorium es un tipo mágico y alegre, igual que su propio negocio. A pesar de ser un hombre ya mayor, no aparenta los 243 años de edad que asegura tener. Afirma que ha vivido su tiempo y que toca hacer las maletas para desaparecer para siempre de este mundo. Incluso tiene una fecha pensada para iniciar su viaje y ceder la juguetería a su joven empleada, Molly Mahoney, una chica con ganas de triunfar como concertista de piano. Ella no entenderá la extraña y firme decisión de su jefe, por lo cual intentará, por todos los medios, que éste siga al frente del negocio que ha regentado durante tantos años.


Un film que, a pesar de estar destinado al público infantil, plantea, con mucha delicadeza, un tema candente que ha sido (es y será) debatido por todos los gobiernos del mundo: el de la opción ha elegir una muerte digna. Lo hace con suavidad y de modo muy sutil, sin ningún tipo de morbosidad y de forma elegante, siempre buscando la sonrisa y la complicidad del espectador. Su realizador y guionista tiene muy claro que hay que afrontar el tema de la muerte desde un punto de vista en nada lacrimógeno. Y así es como lo lleva a cabo: de manera inteligente y natural.

La imaginería visual de Mr. Magorium Y Su Tienda Mágica no tiene límites. Todos los juguetes del local de Hoffman cobran vida y comparten la ilusión de las decenas de críos que lo visitan a diario. Y no sólo los juguetes y los muñecos están imbuidos del encantamiento, pues el propio edificio está poseído del mismo hechizo. Habitaciones con vida propia, paredes que se llenan de humedad ante la inminente marcha de su propietario y libros gigantescos capaces de sorprender al más pintado desde cada una de sus páginas.

Un ingenioso, emotivo y divertido tratado de fantasía en el que, por supuesto, los efectos digitales tienen un papel importante. Unos efectos perfectamente aplicados, bien sea para reforzar el sentido de ciertas escenas o, sencillamente, para ofrecer algún que otro guiño (en este caso no cinéfilo) al universo de los juguetes y juegos infantiles de toda la vida.

Un trabajo valiente que, por su argumento, demuestra tener muy claro que los niños de hoy en día no tienen ni un pelo de tontos. El valor de la amistad, la sensibilidad vertida en su creación o la idea de volcar en pantalla la quimera de muchos pequeños, convirtiendo a una tienda de juguetes en un parque temático fabricado a su justa medida, hacen de este un film que removerá positivamente la imaginación de cualquier niño. Los mayores podrán igualmente disfrutar de él, a pesar de que la Portman no esté tan atractiva como en otras ocasiones. Y es que esa corte de pelo y la delgadez extrema que me luce, no le hacen ningún favor. Lástima.

2.1.08

Recapitulando (y II): Lo más peor del 2007

Con cierto retraso respecto a lo prometido antes de ayer (aunque no tan desastroso como el de la patética llegada del AVE a Barcelona), aquí tienen, a continuación, las que han sido, a mi parecer, las 10 peores películas del 2007. Y, como siempre, colocadas de la más soportable a la más soporífera.

Y que conste que, al igual que con las buenas, hay un buen número de cintas que han quedado en el tintero, como por ejemplo la tercera entrega de los Piratas del Caribe o el último Harry Potter.

Sin más dilación, aquí las tienen:

10.- Dos Días En París. O el insufrible debut en el campo del largometraje de una histérica Julie Delpy quien, además de directora y actriz, se atreve también a ejercer de productora, guionista y montadora. Todo un magistral ejemplo de cómo jamás ha de colocarse una cámara y, asimismo, un genuino compendio de diálogos para besugos que, sin conseguirlo en lo más mínimo, intenta aproximarse al universo dialogante de Woody Allen, sobre todo a través del cargante personaje interpretado por Adam Goldberg. Filmada en el París natal de la realizadora, la cinta se centra en una visita relámpago que su personaje perpetra para ver a sus familiares y amigos más allegados. Una visita de dos días que, en compañía de su nuevo compañero sentimental (un neoyorquino graciosillo), se convertirá en un desbarajuste crispante para el espectador. Un trabajo repetitivo que, si en algo avanza durante su proyección, siempre es hacia atrás. Un montón de innecesarias citas culturales e intelectuales le sirven a la Delpy para demostrar que ella es una rata sabia en todos los sentidos y, al mismo tiempo, para paliar un tanto su rocamboleca pasión por enseñar lo que que significan los ataques de celos masculinos.

9.- Bajo las Estrellas. Un melodrama existencialista, de lo más pedante y aburido, que llegó precedido de un aluvión de buenas críticas y premios del último Festival de Málaga. Un grupo de personajes desarraigados y solitarios, al servicio de un trabajo gélido y totalmente previsible. Lo peor de todo es que el film podría haber demostrado maneras, pero su realizador, Félix Viscarret, fue incapaz de conjugar adecuadamente sus buenas intenciones con los interesantes temas que se llevaba entre manos. Tan mínimo es el sentimiento que vierte al intentar retratar a sus protagonistas que éstos, para el espectador, son tan sólo cuatro sombras lejanas que se mueven a trompicones y lentamente, al tiempo que no cesan de hablar por los codos para nunca llegar a decir nada que valga la pena recordar. Todo muy bucólico y rural, como en esos productos con los que Saura, en los años 70, les comía el coco descaradamente a su parroquia, pero en moderno y a golpe ralentizado de imáganes fragmentadas. Una buena muestra de que la calma chicha sigue siendo la mejor manera de crear el tedio en la platea.
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8.- La Fuente de la Vida. O el arte de querer decir mucho y de manera profunda para, en el fondo, terminar sin contar absolutamente nada. La pedantería de Aronofsky metida con calzador en cada una de las imágenes de su película. Mientras algunos sacaron decenas de conclusiones metafísicas y existenciales al salir del cine, un servidor se quedó tan sólo con la idea de que Lobezno daba vida a un científico con ínfulas de conquistar mundos recónditos y, al mismo tiempo, ejercer de viajero astral por excelencia. Cine culto, del de autor, plagado de simbolismos religiosos y desde el que se nos enseña que, levitar a bordo de una burbuja de jabón, no es tan difícil como lo que parece a simple vista. Un árbol plantado por la mano de Dios y la citada pompa pululando entre nubes, son los toques definitivos para consolidar una de las mayores tomaduras de pelo de la temporada. Tutatis les pille confesaos.
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7.- María Antonieta. La extravagancia de su realizadora, la niña mimada de Coppola, domina por encima de cualquier atisbo de buena narrativa. De ritmo indeciso y vacilante, la Sophia pierde el tiempo en interminables planos en los que nada ocurre o, por el contrario, se enfrasca en trepidantes video-clips al más puro estilo MTV para retratar, entre otras sandeces, la pastelería versallesa de la época o el armario de los zapatos de una reina que perdió la cabeza por gobernar de espaldas a su pueblo. Una película cuyo envoltorio está lleno de detalles suculentos y brillantes, pero que, en su interior, resulta como una caja vacía con la única presencia de una sosísima Kirsten Dunst, una actriz que se muestra incapaz de llevar a buen término a uno de los personajes femeninos más tentadores de la Historia. Con cuatro pucheros y potenciando esa cara de pijita que luce, la chica tiene más que suficiente para llevar a cabo su interpretación. Perfilando unos cuantos secretos de alcoba y varias chafarderías de pasillo entre las cortesanas de turno, la pequeña Coppola resuelve todos los intringulis de la decadencia de la Corte de Versalles. Como el Tomate de Tele 5, pero en formato de época.
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6.- Last Days. Más que una película al uso, se trata de una herramienta de tortura en toda regla. Gus Van Sant tiene problemas y, en lugar de acudir al psicoanalista, usa al espectador para hacer su terapia. Inspirada en los últimos días de vida de Kurt Cobain, el que fuera líder del grupo Nirvana, en Last Days no hay guión ni nada que se le parezca. Pura experimentación cinematográfica, narrada sin orden ni concierto y repitiendo escenas íntegras, cada dos por tres y sin lógica aparente. Su personaje principal, Blake (el teórico Cobain), apenas habla; como mucho, susurra. Y anda sin parar. Anda por la casa, por el bosque, entre helechos, se tira por los suelos, se desmaya y, a veces (demasiadas), hasta se queda pasmado mirando a puntos inconcretos. Otro título cargado de simbolismos, segundas lecturas y helechos. Muchos helechos. O, al menos, la cámara pasa una buena parte de su metraje plantada ante ellos. La pedantería de Van Sant no tiene límites..., pero la paciencia de los espectadores, sí.
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5.- El Jefe de Todo Esto. El Lars Von Trier es otro tipejo al que, de vez en cuando, también le gusta experimentar con su cine. En esta ocasión, aparca a un lado sus dramones habituales y se mete de lleno en una comedia (si es que se le puede llamar comedia) de tintes laborales. Como de una manera u otra el hombre tenía que marear a la platea, para rodar este film se sacó de la manga un nuevo sistema de fotografía: el Automavisión; un método informatizado que logra que el objetivo, tras haber sido colocado correctamente por el director de fotografía, funcione de manera autónoma, desencuadrando, enfocando o inclinando la imagen a su bola. Actores parcial o totalmente fuera de cuadro e infinitos planos rocambolescos, significan el insoportable resultado de un invento de lo más desastroso. Una papanatada al servicio de una sátira pedantilla y falsamente inteligente. Está claro que Von Trier se desenvuelve mucho mejor en su típico universo melodramático que en los cánones de la comedia. Y es que el frío que cae sobre su país, le ha congelado la sonrisa. Zapatero, a tus zapatos.
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4.- El Número 23. Normalmente, Joel Schumacher es un cineasta al que se le va la olla en más de una ocasión. Pero, en este caso, se la ha ido totalmente desde el primer segundo de su metraje. Un thriller psicológico (o no), en donde Jim Carrey vuelve a desmelenarse a través de su más cargante faceta de histrión. Un número místico (el 23) y una obsesión enfermiza, serán la excusa ideal para que el realizador alucine, sin lógica alguna, durante su inacabable y confuso metraje. Lo único evidente de la cinta es que Virginia Madsen, partenaire de Carrey en la misma, ya no tiene 23 años... pero aún se conserva de muy buen ver.
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3.- Las Películas de mi Padre. Un producto que, según su realizador, el ex crítico cinematográfico de El País Augusto M. Torres, tiene mucho de autobiográfico. Tras Las Películas de mi Padre se esconde uno de los títulos más prepotentes del cine español del 2007. En realidad no es más que un descarado e insultante autobombo: el de un escritor y realizador frustrado que aún vive del recuerdo de haber producido una de las películas más pesarosas (y por otro lado, sobrevaloradas) de nuestra filmografía: Arrebato. Lo que más claro queda, después de su visionado, es que el tal M. Torres tiene un mucho de viejo verde pues, durante la mayor parte de su proyección, obliga a la joven actriz Karme Málaga a paserase desnuda, sin coartada alguna, por la pantalla. La única explicación mínimamente pausible a tal desnudez es que sirvió de solaz contemplación, y estudio de la anatomía femenina, para su director (es de suponer que siempre situado detrás de la cámara). Un trabajo egocéntrico, inundado de forzados guiños al citado Arrebato y con un puntito de sospechosa apología sobre la pederastia y el incesto. De juzgado de guardia.
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2.- Shortbus. Dominatrixs, automamadas, ninfómanas, chorros de semen en primer plano, orgías liberales y un elevado grado de homosexualidad al rojo vivo. De guión, muy poco. De provocación, un mucho. Y chicha, la que quieran y más, en sobradas cantidades: penes erectos, culos en pompa, vaginas empapadas y pechos de todos los tamaños y colores. Un canto a la promiscuidad realizado con la punta del capullo. Cuatro toques intelectualoides, y en teoría muy profundos, son la excusa que Cameron Mitchell, su realizador, utiliza para que su trabajo no sea tachado directamente de película guarra sin más. Hubiera salido ganando con menos coartadas culturales y progresistas, metiéndose de lleno en una producción directamente porno. Atención al número musical final que, en plan “¡Viva la Gente!”, apuesta por un peligroso (y nada integrador) canto de hermandad a favor del mundo gay. Patético.
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1.- Inland Empire. La última gran tamadura de pelo, por el momento, de un David Lynch de lo más alucinado. Quién la entienda, me la explique. Yo, personalmente, poseo mi propia teoría sobre los visibles desfases mentales del cineasta y es que, tal y como dije en su día, se trata de la barñofla en plastrullo, aunque sin llegar a plastruflete. Si aún no tienen claras las intenciones de Lynch, tan sólo les añadiré que la arbolla es golla y algo más, pero poco.
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