
Voldemort ha regresado de entre las tinieblas, mientras Potter -por utilizar la magia fuera de la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería, en defensa de su odioso primo Dudley- puede ser castigado con la posible expulsión del centro. Los malos rollos se instalan en su cabeza: la muerte de un compañero de estudios; el recuerdo de sus padres asesinados; la sed de venganza y el desprecio personal al que se ve sometido por el director Hogwarts, tras haberle readmitido éste en su academia, harán que se convierta en un ser triste, gris y solitario.


Si algo positivo tiene este capítulo, se localiza en la buena intención de romper un tanto con el clásico esquema argumental definido por los cuatro títulos anteriores. De hecho, la cinta se inicia y finaliza en la ciudad y los subsuelos de Londres, dándole menos protagonismo al ya familiar recinto de la Escuela Hogwarts, lugar en el que se desarrolla la parte central (y más pesarosa) de la misma.
Un prólogo espléndido y prometedor, filmado al aire libre y mediante un tono muy cercano al del cine de Steven Spielberg; una maravillosa y muy visual escena en el interior de una gigantesca y ensombrecida estancia, plagada de estanterías llenas de bolas de cristal, y la delirante presencia de una inmejorable Imelda Stanton en el rol de una patética mujer con ansias dictatoriales, es lo más remarcable de un trabajo que denota el cansancio de una serie a la que aún le faltan dos capítulos por realizar.
Harry Potter ha perdido el sentido del humor y, al mismo tiempo, ese arte casi mágico que enganchó a millones de espectadores de todas las edades. Hay que animar a este chico que se está haciendo mayor a marchas forzadas, aunque sea a base de Prozac o similares. Una visita al psiquiatra no le iría nada mal. Alguien tiene que sacarle del pozo en el que se ha hundido. Y, a buen seguro, siempre que se logre, ganaremos todos de cara a próximos títulos.
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