
En un principio,
Miedo y Asco en Las Vegas, la adaptación cinematográfica de la novela homónima y con toques autobiográficos de
Hunter S. Thompson, parecía el producto ideal para que
Terry Gilliam vertiera su habitual imaginario visual y alucinante en pantalla. Los ingredientes eran perfectos pero, a pesar de ello, al ex
Monty Python se le escapó la película de las manos.
Miedo y Asco en Las Vegas denota una falta de guión y de cuerpo argumental que acaba pesando en el espectador. La verdad es que casi no hay historia que contar. Es por ello que la cámara sólo se preocupa de seguir los movimientos y los actos de un par de tipos colgados y enganchados a las drogas y al alcohol que, en pleno 1971 y para cubrir un acontecimiento deportivo en Las Vegas, iniciaron un viaje, a bordo de un descapotable, que les llevaría desde Los Angeles hasta la ciudad de los casinos y las luces de neón. El desmesurado cargamento de estupefacientes y ácidos varios que llevaban, les fue más que suficiente para hacer totalmente llevadera su alucinógena estancia en el lugar.


Uno de ellos es
Raoul Duke, claramente el
alter ego del autor del libro en que se basa la cinta: un reportero desengañado y pasota, de andares y de movimientos rápidos y siempre dispuesto a catar cualquier tipo de fármaco que le ponga a tono. Un desmadrado
Johnny Depp que, precisamente por la manera histriónica con la que lleva a cabo la construcción de un personaje tan desbordado (y con ciertos tics sacados del mismísimo
Groucho Marx), se convierte en lo mejor (y más divertido) de un producto con muy poca sustancia.

Su amigo y compañero de viaje es el barrigón
Dr. Gonzo, su propio abogado (apellido, el de éste, que abriga un claro guiño al estilo literario adaptado por S. Thompson): un letrado que alterna sus casos judiciales con su desmesurada afición por las drogas y las mujeres. Sí estas últimas son menuditas, menores de edad y se llaman
Lucy -en honor al
Lucy in the Sky with Diamonds de
The Beatles, tal y como ocurre en el caso de
Christina Ricci-, mejor que mejor. Un engordado
Benicio del Toro se encarga de dar vida al tal
Gonzo, aunque su desmedida bufonería interpretativa resulta excesivamente forzada en comparación con el trabajo de
Depp. Y es que la figura de ese hombre de letras, se me antoja demasiado fatigosa.

El problema estriba en que no tan sólo el rol de
Benicio del Toro es lo más cargante del film, ya que los rocambolescos planos que utiliza
Terry Gilliam para retratar los colocones continuos del par de colegas, son de lo más enervante que me he tirado en cara. Planos picados, contrapicados, y grandes angulares a
tutti plen, sin un mínimo segundo de descanso: un agresivo festival visual que se hace difícil de soportar durante más de media hora seguida. Y
Miedo y Asco en Las Vegas, por desgracia, se acerca a los 120 minutos de proyección. Un par de horas que se basan, única y exclusivamente, en mostrar los viajes lisérgicos de
Hunter y
Gonzo.
Es cierto que, conociendo el tipo de realización habitual del cine de
Gilliam, su esperpéntica planificación podría haber sido la manera más acertada para introducir a la platea en el psicotrónico universo en el que viven inmersos sus dos protagonistas. Lo que en realidad me parece abusivo, es afrontar todo su metraje de este modo y sin intentar ir más allá de las narcotizadas experiencias de éstos.

También es innegable que su escenografía resulta brillante, y que algunas de sus escenas poseen un envidiable puntito de genialidad, como aquella en la que el experto
Rob Bottin se encargó del diseño de un grupo de lagartos monstruosos y borrachos, poniéndose a gusto en el bar de un casino. Por otra parte, situar a
Raoul Duke y a
Gonzo en el mismo hotel de Las Vegas en el que se realiza un congreso de policías y fiscales para debatir sobre el narcotráfico, es una de las ideas más perversas, deliciosas y delirantes del particular mundo del director. La lástima es que se queda sólo en eso: en cuatro esbozos bien trazados y punto.
Un film sobrevalorado, alargado de modo inexplicable y en el que, sus buenas intenciones, se diluyen por culpa de su falta de guión y de una aplastante y crispante puesta en escena. Un esforzado y loable apunte central, sobre aquella combativa generación de los 60 (entre los que engloba al personaje de
Johnny Depp) que perdió su fuerza y espíritu de lucha para caer en el desencanto y el abatimiento, no es recurso suficiente para enderezar un producto que se desvía hacia derroteros en exceso caricaturescos, grotescos y repetitivos.
Tras haber
charlado hace un mes con el propio
Gilliam con motivo del estreno de
Tideland, les puedo asegurar que este segundo visionado lo inicié con un cariño especial. Tenía verdaderas ganas de redescubrir un título que, en su día, me pareció abusivo e innecesario. Tristemente, poco (o nada) he cambiado en mi parecer sobre
Miedo y Asco en Las Vegas. Pero que conste que lo intenté.

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