

Muchos fans de
James Bond pusieron el grito en el cielo por la elección de
Daniel Craig como nuevo
007. Debo decir que a mí tampoco me gustaba su imagen de malvado ni las duras facciones del actor inglés. Pero de sabios es rectificar y, una vez visto el film, creo que los productores han vuelto a acertar con la elección del mítico agente secreto. Me explicaré: los responsables de la saga no creo que estuviesen descontentos con
Pierce Brosnan, ni mucho menos. El irlandés era un buen
Bond pero, tras muchos años de evoluciones y revoluciones del personaje, han querido volver a los orígenes, un retorno al pasado y, para ello, necesitaban cambiar muchas cosas para que, en el fondo, todo quedase igual.
Basada en la primera novela escrita por
Ian Fleming en la década de los 50, y debidamente actualizada,
Casino Royale nos traslada a la época en la que el agente secreto aún no tenía asignados sus dígitos
00; o sea, su licencia para matar. En el
teaser (o aventura inicial), filmado en un sobrio blanco y negro, se nos narra, de forma casi espartana, cómo nuestro héroe obtiene la codiciada licencia.

En este inicio, ya se empieza a intuir el porqué de la elección del actor: han vuelto a un
Bond más duro, cínico y, porque no decirlo, más cabrón; lo más cercano posible a
Connery, aunque despojándole de la elegancia que lucía el escocés. Han hecho un filme sin concesiones infantiles, sin los
gadgets que caracterizaban la serie desde hacía décadas y apenas sin efectos especiales. Las escenas de acción son las típicas peleas y persecuciones en las que lo más importante se localiza en el trabajo de los especialistas. Vemos a un
Bond que corre, que sufre, que suda y que sangra (¡sangra mucho!). Incluso, en algún momento, lo humanizan y lo adornan con unos sentimientos que pocas veces había tenido y que, en las ocasiones en que los mostraba, parecía un tanto ridículo (vale la pena recordar, en este aspecto, el patético enamoramiento de
Timothy Dalton en
007: Alta Tensión).

Para dirigir el film han vuelto a elegir a
Martin Campbell, un funcional director que ya intervino en el debut de
Brosnan como
007. Pero lo más importante de esta película se encuentra en su excelente guión, escrito por la pareja
Neal Purvis y
Robert Wade, los cuales ya tenían experiencia en otras adaptaciones cinematográficas del mismo personaje (
Muere Otro Día,
El Mundo Nunca Es Suficiente). Además, en
Casino Royale, para dotar a la historia de un toque de distinción, ha colaborado con el citado par de guionistas el oscarizado
Paul Haggis, director de
Crash y guionista de los dos últimos títulos de
Clint Eastwood,
Million Dollar Baby y
Banderas de Nuestros Padres. En este caso,
Haggis es el máximo responsable de los chispeantes diálogos del film, los cuales llegan a su más alto nivel de brillantez en el duelo dialéctico entre
James Bond y
Vesper Lynd (
Eva Green), una
chica Bond menos espectacular que otras veces pero excelente
partenaire del protagonista.

No podían faltar algunos de los personajes habituales de la serie:
Judi Dench repite como
M y, al mismo tiempo, se descubre cómo conoció
Bond a
Felix Leiter, el agente de la CIA que, en muchas de sus aventuras, ha sido el amigo y compañero en sus incursiones por las Bahamas, personaje éste que ha sido interpretado (casi siempre) por actores distintos y sobre el que no han tenido el reparo, en alguna ocasión, de cambiarle incluso el color de la piel. De todos modos, eché de menos la presencia de la entrañable
Miss Moneypenny y del ingenioso
Q.
El film está lleno de homenajes y autoparodias, empezando por la aparición del propio
Daniel Craig saliendo del agua y emulando a las mismísimas
Ursula Andress y
Hale Berry. Los
Aston Martin, la marca de vehículos preferida desde años ha por
Bond, han sido personificados en el nuevo
DBS, aunque con una pequeña aparición del modelo del 64, el mismo automóvil que lucía en
Goldfinger.

Capítulo aparte merece la mención del malvado
Le Chiffre, un individuo frío y desagradable interpretado por un no muy conocido actor danés,
Mads Mikkelsen. Éste inversionista de terroristas debe jugar una memorable partida de póker con
Bond, la cual se realizará a través de un juego psicológico muy cercano al de la llamada
guerra fría; una
guerra fría de la que aún siente añoranza el personaje de
M, según muestra uno de los diálogos del film.

En definitiva, se trata de una nueva visión del personaje, ni mejor ni peor, sólo distinta; una nueva visión, amparada por un magnífico film, que marca las bases para nuevos capítulos en los que veremos a un
Bond igual de duro pero más cínico y resabiado. El único problema que se le puede achacar a este
Casino Royale es su excesiva duración, debida –sin lugar a dudas- a su dilatado final.
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