Milos Forman ha tropezado. Con
Los Fantasmas de Goya se ha pegado un batacazo de mucho cuidado. Y la verdad es que resulta muy difícil de entender como un director, con una brillante filmografía como la suya, ha caído ahora en un film tan penoso como éste. Una especie de continuación melodramática de
Alatriste pues, al igual que éste, el número de actores de nuestro país que hacen su pequeña aparición en pantalla (aunque la misma sea sólo de tres segundos) es asombroso. En el fondo, por mucho
Forman que haya tras la cámara, se trata de una producción española... y en algo se ha de notar, aunque sea enchufando al cien por cien de los intérpretes nacionales de las teleseries actuales o bien reciclando, como aquí también ocurre, a viejas glorias de nuestra cinematografía, como por ejemplo
Víctor Israel o
Jack Taylor. Está claro que lo de los cameos, en el cine español, no es propiedad exclusiva de
Santiago Segura.
Lo de colar el nombre de
Francisco Goya en el título es una fantasmada gigantesca, ya que el personaje del pintor es totalmente secundario dentro de la trama. Es más: podría haber sido cualquier otro en lugar de
Goya, pues la cinta no ofrece nada nuevo sobre su figura, centrándose ante todo en los personajes interpretados por
Javier Bardem y
Natalie Portman. De hecho,
Los Fantasmas de Goya parece una película realizada únicamente para el lucimiento exclusivo del protagonista de
Mar Adentro; un
Bardem que nos ofrece su peor trabajo en años a través de una actuación tan desmelenada y exagerada que, por sí sola, definiría a la perfección el significado de la palabra histrionismo.
Bardem es el
Hermano Lorenzo, un monje inquisidor que queda prendado de la figura de
Inés, una chica a la que la Santa Inquisición acusa falsamente de hereje y a la que, tras torturarla, encierran de por vida en una lúgubre mazmorra. La tal
Inés es
Natalie Portman, totalmente perdida en un doble papel, ya que además de dar vida a la citada
Inés se encarga también de interpretar a
Alicia, la hija de ésta.


La película ni siquiera profundiza en un tema tan suculento como el que podría ofrecer la Santa Inquisición. Esa terrible institución, al igual que
Goya, es un mero elemento más para potenciar la relación del monje con la chica; una relación a la que tampoco le sabe exprimir todo el jugo necesario, rehuyendo cualquier atisbo de morbosidad en ella. A
Forman, en todos los aspectos, se le escapa la película de las manos. Incluso, el único actor mínimamente correcto dentro de tal despropósito,
Stellan Skarsgard, no resulta en absoluto creíble como
Goya.
Y por si fuera poco, el departamento de maquillaje en pleno se le debió plantar en huelga al pobre del
Milos Forman: en el film hay una elipsis narrativa de 15 años... ¡quince años en los que sólo envejece
Inés!, pues el resto de personajes, empezando por el de
Bardem y el de
Skarsgard, siguen frescos como una rosa. Y ello sin tener en cuenta que, de la inmensa lista de vejestorios que formaban la Santa Inquisición en su primera parte, no muere por el camino ni uno sólo. Allí están todos ellos, sanotes como el que más y sin una sola cana encima. Tal y como digo: o fue cuestión de una huelga o gastaron demasiado del presupuesto otorgado en destartalar la figura la inocente muchacha interpretada por
Natalie Portman.

Cuesta pensar que su director sea el mismo de
Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco o de esa maravilla, entre otras, que llevaba por título
Man on the Moon. Éste es un film plano, aburrido y sin chicha, incapaz de reflejar el mal estar de una época ciertamente oscura de nuestra historia. Un inmenso despropósito del que sólo salvaría sus títulos de crédito finales, en los que se hace un espléndido repaso a la obra pictórica del artista zaragozano.

1 comentario:
Que critica tan chafa, peor de lo que describe.
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