
Sé que uno de sus mejores empleos fue el de proyeccionista en un viejo cine de pueblo; más tarde, tras pasar por una época excesivamente misógena al lado de Jean Rochefort, intentó probar fortuna como poeta, época en la que inició una gran amistad con un cartero de buena pasta. Aunque de todas sus experiencias, la que recordó siempre con mejor agrado es la de una bacanal orgiástica (y letal) que compartió, mano a mano, con Mastroianni, Piccoli y Tognazzi. Y es que, en el fondo, el bueno de Noiret, ¡por suerte!, siempre se dejaba llevar por las malas influencias.
Desde que en 1975 le descubriera dando vida al gamberro personaje de Giorgio Perozzi en Habitación Para Cuatro (el insólito título español de Amici miei), supe que jamás podría desembarazarme de una presencia como la de Noiret. Al igual que él en ese film, me hubiera encantado realizar algunas de sus hazañas junto a mis amigos de corrererías. Siempre he soñado con emular las gansadas que realizaba al lado de gente como Tognazzi o Adolfo Celi.
Ayer me dijo adios. Yo le contesté con un simple au revouir. Esta misma tarde, para recordarle mejor que nunca, voy a cumplir una de las mayores fantasías de mi vida. Llamaré a mis colegas y, con ellos, nos plantaremos en el andén de la barcelonesa estación de Francia y, desde allí, al igual que hizo Noiret en su día, despediremos a los viajeros del tren.
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