7.11.05

Ustedes lo han querido: DÍAS DE VINO Y ROSAS

Siempre es un placer volver a ver un film como Días de Vino y Rosas. Realizado por Blake Edwards justo un año antes de embarcarse en La Pantera Rosa, una de sus comedias más reputadas, el director norteamericano sorprendió a propios y a extraños con uno de los melodramas más desgarradores y tristes de la década de los sesenta y que, al mismo tiempo, se ha convertido en uno de los mejores tratamientos cinematográficos (por no decir el mejor) sobre el tema del alcoholismo.

Un guión sobrio y maravilloso, lleno de diálogos ingeniosos y de situaciones reales y escalofriantes amparan, en todo momento, a su insuperable pareja protagonista: Jack Lemmon y Lee Remick. Ella, Remick, ya estaba acostumbrada a asumir papeles dramáticos y con cierto aire trágico (Anatomía de un Asesinato o El Largo y Cálido Verano son un buen ejemplo de ello), lo cual le ayudó a afrontar el personaje de la alcoholizada Kirsten con total perfección. El reto fue mucho más duro para Jack Lemmon quien, aparte de su trabajo en El Apartamento, pocas veces había entrado tan a saco en el género. Y en Días de Vino y Rosas logra una de sus interpretaciones más compactas y recordadas, dejando a un lado sus inevitables tics de caricato y metiéndose en la piel de un borracho empedernido que, por culpa de sus continuas melopeas, acaba descubriendo que está destrozando su vida familiar y laboral.

La cinta de Edwards abriga una cruda historia de amor entre dos seres desarraigados que no son nada sin la ayuda de la bebida. Tanta dependencia tiene el uno del otro como de la propia botella. Una triángulo enfermizo y absorbente. Si cualquiera de los dos está sobrio, el otro se siente abandonado. Por lo tanto, para ver funcionar correctamente el engranaje que les mantiene juntos, se verán obligados a compartir sus largos tragos a todas horas. La mayor parte de las veces en secreto; otras sin esconderse ante nadie. La magia entre ambos se romperá cuando uno de los dos decida arrinconar la botella.

Días de Vino y Rosas habla de las dependencias. Lo hace de manera amarga, a pesar de que el personaje de Lee Remick, antes de probar el alcohol, estuviera enganchada a las chocolatinas. Sin ningún tipo de tapujos se adentra en el dantesco infierno que viven los alcohólicos, dejando claro que la bebida es una droga tanto o más adictiva y dura que otras sustancias consideradas ilegales. Una buena muestra de la locura y la ansiedad en la que puede desembocar los alcohólicos, se encuentra en una magnífica escena que transcurre en el interior de un invernadero, en la cual Joe Clay (al que da vida Lemmon), angustiado ante la posibilidad de quedarse sin más bourbon, ofrecerá un magnífico (aunque cruento) festival interpretativo en el que, sin pasarse en absoluto y evitando cualquier tipo de histrionismo, llorará, reirá, bramará y gesticulará con la ayuda de todos los poros de su piel. En ese instante, la locura se apoderará de él, arrinconará toda su vertiente humana y acabará convirtiéndose en un animal violento y avaricioso. A veces, visionando la citada escena, resulta difícil entender de que manera Edwards – un tipo glorioso a la hora de orquestar secuencias cómicas-, consiguió impregnarle tanto dramatismo. Verdaderamente de piel de gallina.

La tragicomedia está servida. Nada suena a ridículo. Todo resulta escalofriantemente verídico. No es necesario recrearse en el morbo, tal y como hacen ciertos directores actuales para narrar temas similares. Aparte de un sólido guión (firmado, en este caso, por J. P. Miller, un habitual del cine de Edwards), vale la pena enmarcar toda la historia en una fotografía única, de esas que queden retenidas en la memoria del espectador durante largo tiempo. Y eso es exactamente lo que consiguió Philip Lathrop, su cameramen. Al menos, a mí, siempre me quedará grabada la última escena. Una escena que habla por sí sola, sin la necesidad de diálogos y en la que un letrero luminoso e intermitente formando la palabra BAR, junto con una calle mojada y un reflejo en una ventana, acaban componiendo uno de los momentos antológicos, por excelencia, de la historia del Séptimo Arte. Y, por su fuera poco, en matizado blanco y negro. Una maravilla.

Si a todo ello le añadimos la genial partitura musical del legendario Henry Mancini, ya está todo dicho. Una cosa más: si no la han visto nunca y deciden enfrentarse por primera vez a Días de Vino y Rosas, háganlo con un pañuelo bien cerca. Y no es que sea una película que busque la lágrima fácil; todo lo contrario. Lo que ocurre es que si ustedes tienen su corazoncito y un mínimo de sensibilidad, les resultará bastante imposible mostrarse indiferentes ante la propuesta.

Otro día, cuando me sienta inspirado, les contaré una anécdota de mi infancia respecto a la primera vez que vi en pantalla grande este pedazo de película.