8.11.05

La patética familia Zorro

Era inevitable que, después del éxito taquillero obtenido con La Máscara del Zorro, apareciera una secuela de este personaje ya mítico. Martin Campbell repite en la dirección, arropado igualmente por la Amblin -la productora de Spielberg-, al tiempo que Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones retoman los personajes de la primera entrega. Todo parecía pintar bien, pues la cinta inicial tenía su encanto. Bebía directamente de las fuentes del cine clásico de aventuras e insertaba, de manera acertada, algún que otro guiño a la trilogía de Indiana Jones. E incluso tenía su sentido del humor, cosa que siempre es de agradecer.

La Leyenda del Zorro, por desgracia, es otra historia. Con un solo calificativo se podría definir, de arriba abajo, todo el film. Y patético es el más ideal. La verdad es que no hay por donde coger esta película. No hay guión; no hay historia... no hay nada de nada. Un cúmulo de despropósitos, a cual peor, que no conducen a ninguna parte. Y, para más INRI, en esta secuela, hay un niño. Un niño igual de patético que el resto de la producción. Un chavalito mejicano al que sólo le faltaría cantar para convertirse en el alma gemela de Joselito.

La realización es plana, por no decir inexistente. Usa y abusa de retoques informáticos en la postproducción de las mal filmadas escenas de acción, sin cuidar ciertos detalles pues, por ejemplo, en los momentos en que Banderas y Zeta-Jones se lían a tortazos con el primero que pasa, los dobles de ambos cantan a un kilómetro de distancia.

Nunca he considerado a Antonio Banderas un buen actor; sólo eficaz en ciertas ocasiones. Pero en este caso, puedo asegurar que se trata de una de sus peores interpretaciones. Sólo tienen que fijarse en la escena de la borrachera y entenderán perfectamente tal afirmación. Patético (perdonen, pero es la única calificación que me viene a la mente). El hombre sólo luce palmito; bueno... y una media melena muy bien moldeada, mientras su doble de acción se pasa más de media película dando cabriolas ciertamente absurdas e innecesarias. Y ella, la Zeta-Jones, aparte de guapísima, también actúa muy poco. Eso sí: exhibe escotes, muchos... y eso, al menos, siempre es de agradecer. Y, para no ser menos, al igual que en la primera, la parejita de marras se marca un nuevo baile. La originalidad ante todo, ¡faltaría más!

Su director, el Campbell, no contento con no ofrecer nada nuevo al espectador, opta por darle un toque de comedia a la película. Un (patético) toque que, en realidad, tumba de espaldas al más pintado. Los chistes (patéticamente baratos) se suceden uno detrás de otro. Banderas bien podría ser un émulo de Cantinflas, mientras que el caballo del Zorro, Tornado, cobra un inesperado y patético protagonismo especial: al animalejo sólo le falta hablar.

Las ansias por ser original y cinéfilo, llevan al realizador a urdir un penoso y lastimero homenaje a Encadenados, una de las obras maestras de don Alfred Hitchcock. Una mujer capaz de casarse con otro hombre para desbaratar sus planes y unas botellas de vino, llenas de nitroglicerina, son una buena muestra de ello. Pero la verdad es que la cinta, más que acercarse al universo del genial director británico, entronca directamente con otra de las grandes bufonadas del cine de “aventuras” (fíjense bien en las comillas): Wild Wild West.

Y entre cuatro luchas a espada, doscientos mamporrazos, trescientas cuarenta y dos cabriolas del justiciero enmascarado y una interminable escena a bordo de un tren desbocado (en el que sólo faltarían los hermanos Marx exigiendo ¡más madera!), era de esperar -en un producto de la Amblin- la típica alabanza a la unidad familiar. La familia que hace piruetas unida, permanece unida. El Banderas, la Zeta-Jones y el Joselito.

Para evitar que a más de uno se le indigesten las palomitas, les recomiendo que, en lugar de esta nefasta Leyenda, repasen el Zorro del Tyrone Power (El Signo del Zorro) o la trepidante La Marca del Zorro, la muda, de 1920, con el Fairbanks padre desmelenándose a gusto. Saldrán ganado.

Bufffff!!!!! ¡Qué descansado me he quedado!

Patético...