Darkman supuso el cuarto largometraje, como realizador, en la filmografía de
Sam Raimi. Y, tras volverlo a revisar, sigue tratándose de un trabajo excelente, de espíritu gamberro y plagado de guiños cinéfilos. Un cómic no basado en ningún cómic en la que el realizador vuelca toda su sabiduría cinéfila. Creado directamente para la gran pantalla, aunque lleno de homenajes a todos los superhéroes que han nacido en formato de tebeo. Una pequeña joya en bruto que hay que conservar y respetar, pues se mantiene igual de fresca que el primer día.
La historia de
Darkman mezcla el humor negro y salvaje con el trepidante ritmo de un film de aventuras fantásticas. Hora y media le fue más que suficiente al director para deslumbrar con su experimento y, al mismo tiempo, ensañarse un tanto con el personaje del científico
Peyton Westlake, un gafe de tomo y lomo. Un pobre tipo que, sin comerlo ni beberlo, tras una explosión, queda con todo su cuerpo desfigurado. De allí a convertirse en el vengador
Darkman sólo hay un paso. Un hombre oscuro, habitante de las sombras y enfundado en un atuendo granguiñolesco y peculiar. Su particular manera de andar y su arqueada silueta, así como su citada vestimenta, remiten directamente al también deforme
Vincent Price de
Los Crímenes del Museo de Cera, hijo asimismo de otro monstruo de la literatura y del cine,
El Fantasma de la Ópera.
Darkman bebe directamente del estilo visual y del sentido del humor con que el mismo
Raimi planificó uno sus films anteriores,
Ola de Crímenes, Ola de Risas (Crimewave). A diferencia de éste, tiene un argumento más perfilado: simple pero efectivo. Directo al grano. No se anda con rodeos a la hora de hundir en las penumbras al desgraciado
Darkman, un héroe con muy poco de superhéroe. Al igual que
Batman, no posee superpoderes de ningún tipo. Sólo cuenta con su inteligencia y sus experimentos científicos para vengarse de los que le dejaron tullido. Y, como el propio
Batman o
Spiderman, se tortura mentalmente relamiéndose con su desgracia. Un llorón en toda regla. A la que pilla un rincón solitario, aprovecha para echarse unas lagrimillas. Sutil y descarnado al mismo tiempo.

Un tebeo cinematográfico al cien por cien. Una serie B revestida de gran cine. Se nota su poco presupuesto y
Raimi no lo intenta disimular en absoluto. Al contrario, aprovecha para llenar la película de cantarinas transparencias al más puro estilo
Hitchcock y, de manera inteligente, le otorga ciertos paralelismo con
Vértigo: desde la banda sonora de
Danny Elfman (cercana a las sonoridad de
Bernard Herrmann) hasta la historia del
muerto no muerto.
Un joven y correcto
Liam Neeson (tres años antes de convertirse en
Schlindler) da vida al atormentado
Peyton Westlake, mientras que
Frances McDormand (perfecta como siempre) se coloca en la piel de la entristecida novia de éste. Ya se sabe: todo queda en familia. Los hermanos
Coen y
Raimi han ido juntos de la mano en muchos proyectos. Y como en
Darkman no constaba la presencia de estos por ninguna parte, le cedieron a la esposa de uno de ellos, al tiempo que (hablando de amistades eternas) le regaló un
cameo de lujo a
Bruce Campbell, su actor fetiche y uno de los mejores descubrimientos de su ópera prima,
Posesión Infernal.

Un entretenimiento maravilloso. Poco presupuesto, mucha imaginación y una estética impagable. Y que, por atreverse con todo, incluso aprovecha para satirizar al entrañable
Hombre de Hojalata de
El Mago de Oz.
Me quedo con este
Raimi más sencillo que con la ampulosidad de sus multimillonarios
Spidermans. Aunque, la verdad, a éstos tampoco hay que hacerles ascos.
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