14.11.05

La otra jungla

El cine de acción es ciertamente conflictivo, peliagudo, pues se trata de un género en el que se da cabida a todo tipo de productos, en los que los efectos especiales y el afán de rizar el rizo sin motivo aparente, acaban convirtiéndose en los únicos protagonistas de los mismos. Pocos son los títulos, en los últimos años, que han sabido alternar un guión mínimamente atractivo con la espectacularidad demandada por el público menos exigente. Cintas como Jungla de Cristal o la primera Arma Letal son aves raris difíciles de encontrar. Y ambas, cada una en su estilo, conjugan una historia interesante con una trepidante dosis (bien dosificada) de acción, intriga y aventura.

Lo que voy a decir a continuación podría parecer a algunos un poco pedante e incluso elitista, pero tanto uno como el otro de los films citados se han convertido en títulos emblemáticos por un motivo muy concreto: ambos han llegado a contentar a todo tipo de espectadores, desde los cinéfilo más recalcitrantes hasta aquellos que no saben apreciar la diferencia entre cualquiera de los dos y uno de Steven Seagal. Y es que, en el fondo, resulta muy difícil hacer un buen producto de género sin caer en la ridiculez o la exageración.

Hostage, el último film de acción protagonizado por Bruce Willis, no es precisamente un film redondo aunque, a pesar de sus límites y errores, resulte una cinta digna y entretenida que se sitúa bastante por encima del nivel actual de este tipo de productos. Rompe con ciertos cánones, como el atreverse a acabar con la vida de un niño en los primeros minutos de proyección, un hecho no muy bien visto en el moderado Hollywood de una década en la que todos andan con pies de plomo ante ciertos temas y matices.

El planteamiento argumental de Hostage es típico y tópico, pero resultón; tiene empaque. Un secuestro un tanto desorbitado y pésimamente planificado, un policía con ganas de superar un trauma personal y un grupo mafioso involucrado casualmente en la trama, son los tres puntos que conforman la historia. Las sorpresas son mínimas, pero todo acontece de manera natural, a pesar de alguna que otra salida de tono un tanto imposible pero perdonable.

Bruce Willis juega bien su cometido. Al igual que la película, su interpretación tampoco ofrece nada nuevo ni sorprende en absoluto, pues el hombre está ya tan acostumbrado a este estereotipo de héroes de acción (poli duro e insatisfecho) que salva la papeleta con muy poco esfuerzo aunque de manera solvente. Y es que el tipo, a pesar de todo, sigue dando el pego en estos papeles. La verdad es que, en la actualidad, no hay nadie como él para dar vida a ciertos personajes.

Los guiños a Jungla de Cristal son inevitables, pero tienen su gracia. Jeff Talley, un ex negociador de la policía de Los Angeles reconvertido en marshall rural, se encuentra en el exterior de la casa en la que toda una familia ha sido retenida por tres violentos individuos. Ese hombre, encarnado por Willis, será quien deba sacarlos de allí con vida, al contrario de lo que le ocurrió en el celebrado film de John McTiernan. Desde el interior de la casa, un niño será quien acabe adoptando el rol de John McLane, el detective atrapado y solitario de la Jungla, pues éste, a escondidas de sus raptores, conseguirá comunicarse con el móvil del policía. Lástima, de todas maneras, que el joven actor protagonista resulte un tanto repelente e insoportable... Ya lo decía Hitchcock: ni perros, ni niños, ni Charles Laughton...

El resto es lo de siempre. Ciertos momentos recuerdan a otro interesante thriller, La Habitación del Pánico, a pesar de que su estructura sea mucho más simple y formal que ésta. El estilismo y la característica concepción de la imagen que tiene el cine de David Fincher no se encuentra, ni por asomo, en la manera de filmar de Florent Emilio Siri, a pesar de que en Hostage no le haga ningún tipo de ascos a la manera de afrontar la violencia. Ésta se muestra, en varias ocasiones, de manera seca y brutal, sin muchas concesiones.

Una pena, de todos modos, que el final sea tan acomodaticio y previsible. Es lo que hay y, en parte, lo que el público espera. Y el tal Siri lo ha servido de la mejor manera posible, sin extralimitarse demasiado en su narración y consiguiendo un producto mínimamente entretenido y formal. Y eso, a pesar de los pesares, siempre es un punto a tener en cuenta. Personalmente no me esperaba más del film. No me aburrí. Y eso, en este género, ya es mucho.

Más sobre DÍAS DE VINO Y ROSAS

Corrían los años 60. Para ser más exactos, era el invierno del 64. Un invierno frío y gris, como todos los de esa España encallada en el oscurantismo y los malos rollos. Yo tendría, por aquel entonces, 6 añitos recién cumplidos. El cine ya empezaba a apasionarme, sobre todo los Disneys, como a cualquier infante a temprana edad.

Mi madre, una mujer de 35 años en esa época, estaba cansada de andar todo el día por casa cargando con un enano revoltoso. Las tardes, para ambos, se hacían interminables pues, en esa década, sacar un matrimonio con un hijo pequeño adelante no era moco de pavo, por lo que mi padre llegaba tarde a casa para ganarse cuatro perras más en un mísero pluriempleo.

La solución, para entretenernos los dos (o sea, mi madre y su diablillo canijo), se encontraba en un cine cercano a nuestro domicilio. Se trataba del Río, un salón, hoy ya desaparecido, de los que llamaban de reestreno preferente. Allí, ambos pasábamos largas horas viendo películas, normalmente comedias o de animación.

Una tarde de esas, la buena mujer vio que en esa sala proyectaban una película de Jack Lemmon, Días de Vino y Rosas, un actor que en esos tiempos estaba encasillado en todo tipo de comedias. Ella, pensando que se trataba de un film distendido y, al mismo tiempo, ignorante de que en realidad era un crudo melodrama sobre el alcoholismo, decidió llevarme a uno de sus pases.

Dicho y hecho. Fuimos al cine. Días de Vino y Rosas me aturdió. Para mí se convirtió en una cinta que quedó grabada en mi mente durante largos años, pues cuando la volví a ver en televisión, mucho tiempo después, aún recordaba ciertos pasajes de la misma.

Ese tenso drama, en el que un matrimonio -con una hija pequeña- se veía destrozado por culpa de la afición desmesurada al alcohol, impactó profundamente en un pequeñajo de seis años como yo. Vaya, que entendí perfectamente la situación por la que pasaban en el film Jack Lemmon y Lee Remick. Las lágrimas caían por mis mejillas, mientras mi madre sufría en silencio pensando que no tendría que haberme llevado jamás a ver una película con ese contenido.

Con el The End se encendieron las luces de la sala. Mis lágrimas ya iban acompañadas de bramidos irreprimibles. Mi desesperación era tan grande que gemía y lloraba a moco tendido. Me imaginaba una situación similar en casa y me atemorizaba. Y, a grito pelado, cogido fuertemente a la mano de mi madre, empecé a implorarle “¡Mama, no beguis mai!, ¡Mama, tu no beguis mai” (mama no bebas nunca). Mi consternación era cada vez mayor, con lo que mis berridos fueron subiendo de tono. Mi madre, desolada viendo a su pequeño en ese estado de nerviosismo, al tiempo que intentaba inútilmente consolarme, empezó a sentir vergüenza al pensar que muchos de los allí presentes pudieran pensar que se trataba de una borracha empedernida. “Nen , no ploris, que la mama i el papa no beuen. Això és una pel·lícula” (niño no llores, que ni mamá ni papá bebemos; esto es sólo una película). Y yo, a pesar de sus palabras, seguía sintiéndome cada vez más desolado, pues pensaba en una posible situación similar en el seno de mi familia. Una mujer, un tanto cabreada, se acercó a nosotros. “¿Cómo se le ocurre llevar a una criaturita así a ver una película como ésta?”. Continué berreando durante largo rato y no me calmé hasta que regresamos a casa.

Quizás se trató, por mi parte, del descubrimiento -por vez primera- de que el mundo en que nos ha tocado vivir no es ninguna tontería; que la cosa iba en serio. Por suerte, jamás tuve que vivir nada similar al film de Blake Edwards en mi casa. Por mucho Jack Lemmon que saliera, está claro que no se trataba de una comedia. Un disgusto mío y un error de mi madre hicieron, de todas maneras, que, a partir de ese momento, empezara a apreciar mucho más el cine. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Pues eso.

Justo hoy, ella cumple 75 años. El otro día la convencí para que se hiciera una foto conmigo rememorando ese extraño (y al mismo tiempo encantador) episodio de mi infancia. Aquí abajo tienen el resultado.

Gracias a Blake Edwards por ese inolvidable título. I, felicitats, mare, en el dia del teu aniversari.

11.11.05

Alea Jacta Est

Match Point, es el nuevo título de Woody Allen; ese título que muchos aseguran, de manera equívoca, ser totalmente distinto a toda la filmografía del realizador. Nada más falso que esa afirmación pues, nos guste o no, sigue teniendo todas las constantes de su cine. Hay variaciones. Mínimas, pero las hay. Y esos pequeños cambios se encuentran, ante todo, en su ambientación geográfica. Nueva York se convierte en Londres. Y la jet set neoyorquina deja paso a la aristocracia británica. Casi todo el resto sigue siendo lo mismo de siempre, a excepción de su brillante parte final.

Match Point tiene un poco de Hanna y Sus Hermanas y un mucho de Delitos y Faltas. De la primera recoge las relaciones familiares, con infidelidades y engaños entre los miembros de las mismas. De Delitos y Faltas, uno de los títulos más amargos y redondos de Allen, coge la parte más cínica y amoral. El caos de las relaciones humanas vuelve a ser observado desde las gruesas gafas de miope del director.

Un jugador de tenis, una pareja a punto de casarse y la hermana de su nuevo amigo. Entre esos cuatro personajes se desarrollará la historia. Las relaciones de pareja y las matrimoniales volverán a ser el eje central, al igual que en numerosos de sus anteriores films. Como en Interiores, September o Another Woman no hay casi concesiones a la comedia. Al menos, en esta ocasión, no ha jugado a ser Ingmar Bergman, lo cual hace que la película sea, por momentos, un poco más fresca que la plomiza trilogía citada.

La película avanza a ritmo cansino. Todo suena a ya visto. Casi no hay sorpresas. Allen se recrea en la descripción de sus personajes principales. Y lo hace bien, muy bien. Pero, por momentos, resulta excesivo y reiterativo en el análisis de sus protagonistas principales: un profesor de tenis un tanto trepa y arribista; dos hermanos (chico y chica), hijos de familia aristocrática y un tanto pedantillos y, por último, la novia del hermano, una atractiva y sensual norteamericana con ganas de triunfar en los escenarios. El universo alleniano habitual vuelve a estar presente, aunque sea con acento inglés. Una nueva vuelta de tuerca a los mismos temas de siempre. Incluso Londres, la ciudad, podría ser sustituida por el Nueva York de siempre, ya que tampoco cobra un protagonismo especial su ubicación geográfica. Una mera cuestión personal, por parte de Allen, para acercarse más al público que le adora. No en vano, su próxima cinta se realizará en Barcelona. En Europa están sus mayores seguidores.

Y cuando la película ya empieza a aburrir, Allen da un interesante cambio narrativo y de tercio. Un hecho crucial (aunque no sorpresivo) da un nuevo tono al producto. Patricia Highsmith y Alfred Hitchcock hacen su aparición en escena. No es mera casualidad: en Extraños en un Tren (la simbiosis perfecta entre la escritora tejana y don Alfredo), uno de los personajes principales es un jugador de tenis. Y es allí en donde Match Point se convierte en un título original y que, en parte, rompe un tanto con toda su obra anterior (a pesar de seguir conservando ciertos paralelismos con Delitos y Faltas).

De Hitchcock roba ciertos detalles policiales que recuerdan a algunos pasajes de Frenesí (no en vano, la cinta transcurría igualmente en Londres). Y, a través del mundo oscuro y enfermizo de Highsmith, se recrea en un proceso de desesperación que desemboca en una escena violenta muy poco corriente en el universo del director neoyorquino.

La suerte no tiene color ni tendencias políticas. Como muy bien cuenta en su prólogo, la pelota se decanta hacia un lado u a otro cuando roza la red durante un match de tenis. Eso puede favorecer a uno u a otro jugador. Todo depende de ello. Y en la vida ocurre exactamente lo mismo, como en el caso de Match Point. La pelota se pasa una buena parte de su metraje montada sobre la red, vacilante hacia que parte desplomarse. ¿Derecha o izquierda?. Y al final cae hacia el lado que favorece al realizador, pues su ingeniosa y calculada media hora final salva totalmente la mediocridad general que envuelve a la película.

Y eso sólo lo pueden hacer los genios.

10.11.05

American Dream

Ya muy pocos apostaban fuerte por la carrera de David Cronenberg, un interesante cineasta que, con el paso de los años, parecía ir acabando sus baterías. Sorprendentemente, resucitado de entre las cenizas, vuelve a la carga con Una Historia de Violencia, una excelente película que, basada en la novela gráfica de John Wagner y Vince Locke, se convierte en uno de esos títulos magnéticos que atrapan al espectador desde sus primeras imágenes.

En esta ocasión, el director canadiense ha dejado a un lado el cine fantástico, con mejores resultados que los que obtuvo con la cargante M. Butterfly. Renovarse o morir. Y Cronenberg, de manera indiscutible, ha optado por renovarse, aunque sin renunciar por ello a seguir manteniendo viva una de las constantes más visibles de su irregular (pero tentadora) filmografía. La degradación de una familia típica y tópica sustituye, en este caso, a la atracción que sentía el realizador por plasmar en pantalla, de manera morbosa, todo tipo de enfermedades degenerativas, tanto psíquicas como físicas.

Una Historia de Violencia muestra la madurez de Cronenberg. Dispara, con dardos envenenados, a esa corriente de cine yanqui que, en los últimos tiempos, idealiza y ensalza a la familia como uno de los mejores valores morales y socio-políticos del país. Y lo hace desde el mismo corazón de Norteamérica. El cacareado American Dream, tan idealizado por ese cine, queda por fin al desnudo, a punto para ser diseccionado con la ayuda de un fino y preciso bisturí que, en forma de meticuloso guión, expone al respetable lo que significa vivir al amparo de una gran mentira. Y, además, creérsela. Es cuestión de guardar las apariencias y fingir que todo funciona a las mil maravillas.

La película tiene estilo. Es fría y concisa, desde su primera y brutal secuencia. Se toma su tiempo pero, al contrario que en la de Jarmusch, ésta avanza paso a paso. Cada escena aporta un dato nuevo a la trama. Nunca se queda encallada. Todo liga a la perfección. La lógica se sitúa en primera línea. Y el realismo acaba siendo mucho más estremecedor que aquellas fábulas fantásticas y gores con las que antaño disfrutara el propio Cronenberg. Y es que el terror, a veces, puede habitar muy cerca de nosotros. Incluso podría dormir en nuestra propia cama, a nuestro lado.

Y, al igual que en la vida real, la violencia que expone es seca, cortante, inesperada y rauda. Como un cegador golpe de flash. Disparan, mueren y sangran. No hay ni superhéroes ni tipos ágiles haciendo piruetas. Sólo seres de carne y hueso, dispuestos a sobrevivir al precio que sea. El engaño siempre funciona, a no ser que un hecho aislado e imprevisto lo acabe dejando al descubierto, en pelota picada. Y es aquí cuando el melodrama y el thriller se aunan en perfecta armonía. Algo similar a lo que consiguió Clint Eastwood con la magistral Mystic River.

Imáginense si es buena esta película que incluso Viggo Mortensen da el pego. Con un look a lo Kirk Douglas de los años 50, recrea a un personaje totalmente creíble, salido directamente del cine negro más emblemático; por no hablar de los siempre magníficos Ed Harris y William Hurt, el par de secundarios de lujo que se merecía un brillante producto como éste. Y ya, como remate final, la presencia de Maria Bello, una mujer que cada día que pasa resulta mucho más atractiva (tanto en el plano físico como en el interpretativo).

A veces, como en este caso, vale la pena perder un rato en el cine.

9.11.05

Flores mustias

Jim Jarmusch nunca ha sido santo de mi devoción. Siempre le he encontrado un punto en exceso pedante en su filmografía. Y más después de enfrentarme a su último producto, Flores Rotas, todo un cargante tratado sobre el aburrimiento y la falta de ritmo narrativo en una película, la cual, a pesar de no llegar a las dos horas de proyección, parece no querer acabar nunca.

Ésta habla de un hombre acomodado y apenado que, tras ser abandonado por su última compañera sentimental, recibirá una extraña carta con un comunicado personal que aún le dejará más aplastado. Achuchado por un vecino con ínfulas de detective, despertará de su letargo depresivo e iniciará un largo viaje por el país que le obligará a enfrentarse con su pasado y sus antiguas amantes. Y ese hombre entristecido y que a duras penas habla no es otro que Bill Murray. Un Bill Murray que repite, desde hace unos cuantos años, el mismo papel. Y es una lástima, pues es un tipo que me cae bien y que en varias ocasiones ha demostrado saber desenvolverse ante la cámara mucho mejor que en ésta.

No explico nada más sobre el argumento para no desvelarles el par de puntos clave que enmarcan su mínima trama. No crean que Jarmusch cuente mucho más. Lo que ocurre es que alarga las situaciones hasta límites increíbles. La cámara se duerme en largos planos enfocando a un alelado Bill Murray sentado en un sofá o, sin ir más lejos, en un largo travelling (al inicio del film) siguiendo a un cartero durante la entrega de cartas por todos los portales de una interminable calle.

Flores Rotas no arranca en ningún momento. Algún que otro toque aislado y gracioso (como el del personaje del vecino del protagonista o el guiño a Lolita) no son suficiente aliciente como para conseguir despejar la modorra del espectador. Su guión es simple y plagado de diálogos y situaciones repetitivas. Con aire de road-movie, posee la misma estructura que podría tener un film construido a base de pequeños episodios: un prólogo de presentación, cuatro actos (uno par cada una de las mujeres a las que Murray visita) y un epílogo. Un epílogo, por cierto, de lo más pretencioso que me he tirado en cara últimamente aunque, por otro lado, siguiendo las constantes habituales del cine del realizador.

Y claro, como el hombre le debe un respeto a sus feligreses habituales, para contentar a estos (que por cierto son poquitos pero le adoran un montón) y como responsable directo del guión, esboza cuatro guiños pseudointelectualoides y habla de los demonios personales, del temor al futuro de cada cual y de lo peligroso que es dejarse atrapar por una obsesión. Con esos toques (falsamente) inteligentes y con la cara de pasmao que mete el Murray todo el rato, muchos ya tienen la excusa ideal para cantar maravillas de Flores Rotas.

Aparte, me ha dado mucha pena ver como han envejecido Sharon Stone y Jessica Lange. Es lo que más me ha dolido de este título tan plomizo como vacío.

8.11.05

La patética familia Zorro

Era inevitable que, después del éxito taquillero obtenido con La Máscara del Zorro, apareciera una secuela de este personaje ya mítico. Martin Campbell repite en la dirección, arropado igualmente por la Amblin -la productora de Spielberg-, al tiempo que Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones retoman los personajes de la primera entrega. Todo parecía pintar bien, pues la cinta inicial tenía su encanto. Bebía directamente de las fuentes del cine clásico de aventuras e insertaba, de manera acertada, algún que otro guiño a la trilogía de Indiana Jones. E incluso tenía su sentido del humor, cosa que siempre es de agradecer.

La Leyenda del Zorro, por desgracia, es otra historia. Con un solo calificativo se podría definir, de arriba abajo, todo el film. Y patético es el más ideal. La verdad es que no hay por donde coger esta película. No hay guión; no hay historia... no hay nada de nada. Un cúmulo de despropósitos, a cual peor, que no conducen a ninguna parte. Y, para más INRI, en esta secuela, hay un niño. Un niño igual de patético que el resto de la producción. Un chavalito mejicano al que sólo le faltaría cantar para convertirse en el alma gemela de Joselito.

La realización es plana, por no decir inexistente. Usa y abusa de retoques informáticos en la postproducción de las mal filmadas escenas de acción, sin cuidar ciertos detalles pues, por ejemplo, en los momentos en que Banderas y Zeta-Jones se lían a tortazos con el primero que pasa, los dobles de ambos cantan a un kilómetro de distancia.

Nunca he considerado a Antonio Banderas un buen actor; sólo eficaz en ciertas ocasiones. Pero en este caso, puedo asegurar que se trata de una de sus peores interpretaciones. Sólo tienen que fijarse en la escena de la borrachera y entenderán perfectamente tal afirmación. Patético (perdonen, pero es la única calificación que me viene a la mente). El hombre sólo luce palmito; bueno... y una media melena muy bien moldeada, mientras su doble de acción se pasa más de media película dando cabriolas ciertamente absurdas e innecesarias. Y ella, la Zeta-Jones, aparte de guapísima, también actúa muy poco. Eso sí: exhibe escotes, muchos... y eso, al menos, siempre es de agradecer. Y, para no ser menos, al igual que en la primera, la parejita de marras se marca un nuevo baile. La originalidad ante todo, ¡faltaría más!

Su director, el Campbell, no contento con no ofrecer nada nuevo al espectador, opta por darle un toque de comedia a la película. Un (patético) toque que, en realidad, tumba de espaldas al más pintado. Los chistes (patéticamente baratos) se suceden uno detrás de otro. Banderas bien podría ser un émulo de Cantinflas, mientras que el caballo del Zorro, Tornado, cobra un inesperado y patético protagonismo especial: al animalejo sólo le falta hablar.

Las ansias por ser original y cinéfilo, llevan al realizador a urdir un penoso y lastimero homenaje a Encadenados, una de las obras maestras de don Alfred Hitchcock. Una mujer capaz de casarse con otro hombre para desbaratar sus planes y unas botellas de vino, llenas de nitroglicerina, son una buena muestra de ello. Pero la verdad es que la cinta, más que acercarse al universo del genial director británico, entronca directamente con otra de las grandes bufonadas del cine de “aventuras” (fíjense bien en las comillas): Wild Wild West.

Y entre cuatro luchas a espada, doscientos mamporrazos, trescientas cuarenta y dos cabriolas del justiciero enmascarado y una interminable escena a bordo de un tren desbocado (en el que sólo faltarían los hermanos Marx exigiendo ¡más madera!), era de esperar -en un producto de la Amblin- la típica alabanza a la unidad familiar. La familia que hace piruetas unida, permanece unida. El Banderas, la Zeta-Jones y el Joselito.

Para evitar que a más de uno se le indigesten las palomitas, les recomiendo que, en lugar de esta nefasta Leyenda, repasen el Zorro del Tyrone Power (El Signo del Zorro) o la trepidante La Marca del Zorro, la muda, de 1920, con el Fairbanks padre desmelenándose a gusto. Saldrán ganado.

Bufffff!!!!! ¡Qué descansado me he quedado!

Patético...

7.11.05

Ustedes lo han querido: DÍAS DE VINO Y ROSAS

Siempre es un placer volver a ver un film como Días de Vino y Rosas. Realizado por Blake Edwards justo un año antes de embarcarse en La Pantera Rosa, una de sus comedias más reputadas, el director norteamericano sorprendió a propios y a extraños con uno de los melodramas más desgarradores y tristes de la década de los sesenta y que, al mismo tiempo, se ha convertido en uno de los mejores tratamientos cinematográficos (por no decir el mejor) sobre el tema del alcoholismo.

Un guión sobrio y maravilloso, lleno de diálogos ingeniosos y de situaciones reales y escalofriantes amparan, en todo momento, a su insuperable pareja protagonista: Jack Lemmon y Lee Remick. Ella, Remick, ya estaba acostumbrada a asumir papeles dramáticos y con cierto aire trágico (Anatomía de un Asesinato o El Largo y Cálido Verano son un buen ejemplo de ello), lo cual le ayudó a afrontar el personaje de la alcoholizada Kirsten con total perfección. El reto fue mucho más duro para Jack Lemmon quien, aparte de su trabajo en El Apartamento, pocas veces había entrado tan a saco en el género. Y en Días de Vino y Rosas logra una de sus interpretaciones más compactas y recordadas, dejando a un lado sus inevitables tics de caricato y metiéndose en la piel de un borracho empedernido que, por culpa de sus continuas melopeas, acaba descubriendo que está destrozando su vida familiar y laboral.

La cinta de Edwards abriga una cruda historia de amor entre dos seres desarraigados que no son nada sin la ayuda de la bebida. Tanta dependencia tiene el uno del otro como de la propia botella. Una triángulo enfermizo y absorbente. Si cualquiera de los dos está sobrio, el otro se siente abandonado. Por lo tanto, para ver funcionar correctamente el engranaje que les mantiene juntos, se verán obligados a compartir sus largos tragos a todas horas. La mayor parte de las veces en secreto; otras sin esconderse ante nadie. La magia entre ambos se romperá cuando uno de los dos decida arrinconar la botella.

Días de Vino y Rosas habla de las dependencias. Lo hace de manera amarga, a pesar de que el personaje de Lee Remick, antes de probar el alcohol, estuviera enganchada a las chocolatinas. Sin ningún tipo de tapujos se adentra en el dantesco infierno que viven los alcohólicos, dejando claro que la bebida es una droga tanto o más adictiva y dura que otras sustancias consideradas ilegales. Una buena muestra de la locura y la ansiedad en la que puede desembocar los alcohólicos, se encuentra en una magnífica escena que transcurre en el interior de un invernadero, en la cual Joe Clay (al que da vida Lemmon), angustiado ante la posibilidad de quedarse sin más bourbon, ofrecerá un magnífico (aunque cruento) festival interpretativo en el que, sin pasarse en absoluto y evitando cualquier tipo de histrionismo, llorará, reirá, bramará y gesticulará con la ayuda de todos los poros de su piel. En ese instante, la locura se apoderará de él, arrinconará toda su vertiente humana y acabará convirtiéndose en un animal violento y avaricioso. A veces, visionando la citada escena, resulta difícil entender de que manera Edwards – un tipo glorioso a la hora de orquestar secuencias cómicas-, consiguió impregnarle tanto dramatismo. Verdaderamente de piel de gallina.

La tragicomedia está servida. Nada suena a ridículo. Todo resulta escalofriantemente verídico. No es necesario recrearse en el morbo, tal y como hacen ciertos directores actuales para narrar temas similares. Aparte de un sólido guión (firmado, en este caso, por J. P. Miller, un habitual del cine de Edwards), vale la pena enmarcar toda la historia en una fotografía única, de esas que queden retenidas en la memoria del espectador durante largo tiempo. Y eso es exactamente lo que consiguió Philip Lathrop, su cameramen. Al menos, a mí, siempre me quedará grabada la última escena. Una escena que habla por sí sola, sin la necesidad de diálogos y en la que un letrero luminoso e intermitente formando la palabra BAR, junto con una calle mojada y un reflejo en una ventana, acaban componiendo uno de los momentos antológicos, por excelencia, de la historia del Séptimo Arte. Y, por su fuera poco, en matizado blanco y negro. Una maravilla.

Si a todo ello le añadimos la genial partitura musical del legendario Henry Mancini, ya está todo dicho. Una cosa más: si no la han visto nunca y deciden enfrentarse por primera vez a Días de Vino y Rosas, háganlo con un pañuelo bien cerca. Y no es que sea una película que busque la lágrima fácil; todo lo contrario. Lo que ocurre es que si ustedes tienen su corazoncito y un mínimo de sensibilidad, les resultará bastante imposible mostrarse indiferentes ante la propuesta.

Otro día, cuando me sienta inspirado, les contaré una anécdota de mi infancia respecto a la primera vez que vi en pantalla grande este pedazo de película.

4.11.05

Muertos muy vivos y vivos muy muertos

Por fin, la Capilla Sixtina va tomando forma en mi domicilio. Sólo faltan cuatro detalles para poder morar en él con total comodidad. Es por ello que, con más tiempo y menos cansancio encima, podré volver a actualizar con normalidad esta página. Así que regreso al cine. Hay numerosos estrenos aún por ver y comentar. Irán cayendo poco a poco. Todo tiene su tiempo. Y para muestra, empiezo con una de las propuestas más interesantes (que hay varias) de la cartelera actual. Se trata del nuevo film de Tim Burton.

Tras ver La Novia Cadáver, me he reconciliado totalmente con el director. Su versión sobre el universo de Willy Wonka me dejo frío, indiferente. Pero con esta ingeniosa y macabra fábula que, por momentos retoma el estilo de la magistral Pesadilla Antes de Navidad, ha vuelto a situarse en el lugar de honor que se merece.

Esa visión gótica, fúnebre y oscura de nuestro planeta está más acentuada que en otras ocasiones. Y para obtener ese efecto depresivo, juega con dos mundos totalmente diferentes: el de los Vivos y el de los Muertos. Mientras el de los vivos está retratado a través de una fotografía de colores pálidos y grises (casi, casi, en blanco y negro), el de los muertos es totalmente colorista. Un contraste singular y atípico que, en parte, demuestra el carácter lúgubre que se esconde tras su autor, pues visionando la película a uno le apetecería más integrarse en el alegre y gamberro ambiente en el que se mueven los difuntos protagonistas que en el frío y estresado terreno por el que deambulan los vivos.

La animación es laboriosa, filmada fotograma a fotograma. El nervio otorgado a su narración es digno de tener en cuenta. Y su ajustado metraje (menos de 80 minutos) acaba resultando ideal. Cuenta lo justo y necesario, sin necesidad de irse por la ramas. Conciso y sarcástico, siempre yendo al grano.

Al contrario que otras producciones de animación recientes, se frena a la hora de hacer guiños cinéfilos. Haberlos, haylos, pero sin pasarse. Son muy sutiles, con lo que no agobian en absoluto. El terror de la Universal de los años 30 es su referente más claro. Sus decorados, por ejemplo, remiten al Frankenstein original y algún que otro número musical se acerca, inevitablemente, al más puro Cabaret de Fosse, pero en cutre y cadavérico.

Su historia es simple, sencilla, pero bien perfilada. Una boda pactada; una putrefacta mujer asesinada y resucitada a destiempo; una cínica caricatura de la aristocracia más decadente y una especie de emulo patoso de Jerry Lewis (el personaje de Victor Van Dort, al que en su versión original pone la voz Johnny Depp), son los principales ingredientes que utiliza Tim Burton para consolidar su producto. Y a partir de ahí, las diferencias entre el País de los Muertos y el de los Vivos se convierten en el principal atractivo del mismo.

Una cinta compacta y sin fisuras en la que, al mismo tiempo, vuelve a brillar la banda sonora compuesta por Danny Elfman, uno de los colaboradores habituales del realizador californiano. Menos repetitivo que en sus últimas partituras, la banda sonora de La Novia Cadáver se convierte en otro de los elementos maravillosos del film. Elfman libera su espíritu. Parece haber disfrutado de lo lindo poniendo música a las imágenes de Burton. Y ello se nota en el resultado final, mucho más fresco y desinhibido que en trabajos anteriores.

Véanla, a poder ser, en su versión original. Mucho me temo que el doblaje castellano no debe respetar las canciones como es debido. Si no es así, que alguien me rectifique, por favor.

1.11.05

La Consti, la Leo y los polacos

Pensaba que ayer estaría de nuevo dándole a la tecla. Pero no. Una pared del salón ha salido complicada. Una pared de esas que escupe la pintura. ¡A rascar se ha dicho! Todo se ha atrasado más de lo debido. Y yo, entre tantas brochas y rodillos, empiezo a plantearme el cambio de profesión. ¡Qué bonito resulta estar manchado de blanco cada dos por tres!

Desde las alturas de mi escalera de pintor, ahí arriba, rozando el techo con mis cuatro pelos de punta, añorando mi sofá, mi DVD y el cine, he recapacitado profundamente sobre un par de temas de actualidad con un punto en común.

Por un lado el Estatut de Catalunya; por el otro, la Leonor (que no la Watling). Tanto uno como el otro necesitan ciertas reformas en la Constitución. La cuestión catalana ofende a miles. Las sucesiones monárquicas seguramente no provocarán la misma tergiversación informativa y malestar político. Los que se sienten vilipendiados por tener que retocar la Constitución y que, al mismo tiempo, aprovechan para enfrentar a ciertos sectores del país, serán los primeros que no pondrán ningún impedimento para que la hija del Príncipe de España pueda acceder a la Corona.

¿Un bebé monárquico es mucho más que miles de personas? Sandeces. Todos tienen sus derechos. Si la niñita puede reinar en un futuro, el pueblo catalán ha de exigir la pertinente reforma de la Constitución para que el nuevo Estatut sea aplicable de una puñetera vez. Y ésta es una cuestión que tendría que entrar en la cabezota de ciertos individuos que, durante demasiados años, han gobernado de espaldas a su país y mintiendo (aunque sea amparándose en vidas humanas) para seguir agarrados al poder.

Desde lo alto de mi escalera, con la perilla empapada en pintura, lo proclamo bien alto: ¡déjennos vivir en paz: A unos (aunque hablemos en polaco) y a otros. ¡Joder...!

28.10.05

Themroc

Ñores, ñoras: siento mucho no actualizar a diario en los últimos días. Me sabe muy mal no hablar de cine y de los estrenos más recientes. Aún tengo una dolorosa cita pendiente con Torrentetrés y, por otra parte, me apetece mucho (¡¡¡muchísimo!!!) ver el nuevo trabajo de Cronenberg, Una Historia de Violencia. Pero todo ello no será posible hasta la próxima semana. Me he convertido en un cavernícola urbano, sin un puto lugar en donde sentarme a descansar. Ahora, Spaulding’s House no es más que un terrible y desangelado agujero sin muebles .

Mi televisión y otros enseres habituales están retenidos y desconectados, colocados en los boxers provisonales en espera de disparo de salida. En estos precisos momentos, ir a un cine a ver una película, salpicado el rostro y el cuerpo de numerosas gotas de pintura, me parece una utopía, El salon-living-comedor (o como quieran llamarle al espacio más recurrido del domicilio) está vacío, en pelota picada. La pintura es lo primero. Y, aparte, a mi mujer y a mí (por qué negarlo), nos ha entrado la neura por renovar el decorado de la estancia, con lo cual nos hemos visto obligados a desmontar todos los muebles. Y ello implica, por ejemplo, tener que vaciar las estanterías de deuvedés, compactdiscs y viejos vinilos. Un esfuerzo del que aún se resiente mi ajada columna vertebral. Abajo tienen una muestra fotográfica del montón de material acumulado... Y todo ello sin contar con los más de dos mil uvehacheses aposentados en otros lugares estratégicos de la casa.

Sábado y domingo. Dos días anhelados por la mayoría de gente y que, en este caso, serán una tortura física para mí. Hoy hemos empezado con la primera capa de pintura del salón. Y sólo hemos terminado un tercio del mismo... ¡Joder, qué complicado resulta esto de la brocha y el rodillo! El fin de semana no será precisamente de descanso... Y cuando pienso que aún falta todo el techo, cada vez tengo más claro que, o bien, Miguel Ángel estaba como una cabra o era un masoquista de tomo y lomo.

Por cierto. Reciclando he visto que tengo varios vinilos de The Beatles, Rollings y Elton John (en bastante buen estado), entre otros muchos, que a lo mejor serían de interés para alguno de ustedes.

Me parece que hasta el lunes me pido fiesta de éste (su) blog.

Un beso en la frente a todos. Y vigilen no les manche.

25.10.05

Pepe Gotera y Otilia

Pensaba que ésta sería una semana normal. Pero no. La cotidianidad al carajo. Mi esposa decidió ponerse a pintar el piso. La santa empezó ella sola. Toda una profesional. Lleva ya dos habitaciones de un blanco luminoso que deslumbra.

Aún faltan muchos metros cuadrados por pintar, estanterías llenas de deuvedés y cedés de audio que vaciar. Estamos con el salón. Y aquí es donde, finalmente, me he decidido a acudir en su ayuda, no sea que la buena mujer se me vaya a romper en mil pedazos.

Toda la tarde he estado vaciando el inmenso mueble del salón. Estoy dolorido por todas partes. Y mañana me estrenaré en el arte de la pintura casera. No se extrañen si la página no se actualiza a diario, pues el nivel de visionado de películas (como es lógico) bajará enormemente.

De todas maneras, les iré informando, más o menos, de mis avances (o retrocesos) con el pincel. La verdad es que nunca he sido muy dado a los trabajos manuales y bricolages varios. Pero si Miguel Angel pudo con el techo de la Capilla Sixtina, yo podré con las paredes del comedor... como mínimo.

Les dejo, pues voy a prepararme un gorrito con papel de periódico para no llenarme la calva de goterones.

24.10.05

¡El cielo se me cae encima!

Como bien saben, nunca he sido muy amante de los cómics. A pesar de ello, nací y crecí con dos tebeos que me marcaron profundamente: Astérix y Tintín. O sea, me declaro públicamente Tintinista y Asterixta. Incluso Obélix, ese eterno y entrañable grandullón, me da la impresión de que, con los años, se ha acabado convirtiendo en uno más de mi familia. Ese tipo, peleón y de mente infantil, bien podría ser hermano mío. ¡Por Tutatis, les juro que a un personaje como ese le daría cobijo en mi casa! (aunque ahora esté hecha unos zorros porque estamos pintando).

Cada libro nuevo que sale sobre ese maravilloso par de galos, inevitablemente pasa a formar parte de mi colección. Hoy ha caído la última entrega, ¡El Cielo Se Nos Cae Encima! No la he leído aún. Y no creo que lo haga, pues las últimas me defraudaron tanto que no quiero romper los buenos recuerdos a los que me remontan esos tebeos. Desde que Goscinny murió, sus historias no son las mismas. La inteligencia que rezumaba el desaparecido guionista no la ha sabido reciclar Uderzo. Una lástima. Sus dibujos siguen siendo brillantes y únicos. Pero esa pequeña aldea gala, rodeada por los campamentos romanos de Aquarium, Babaorum, Laudanum y Petibonum, nunca volverá a ser la misma sin Goscinny.

Por suerte aún quedan los numerosos libros realizados entre ambos. Los iconos en los que se han convertido las figuras de Astérix y Obélix seguirán vivos durante toda la vida. Y, al mismo tiempo, tal y como he hecho hoy, cada vez que Uderzo publique nuevas historias de los dos galos, seguiré comprándolas. Todo un ritual emotivo.

Esta mañana, cuando estaba en una inmensa área comercial y he visto la portado del nuevo Astérix, el corazón me ha dado un vuelco. Un vuelco de alegría que, al mismo tiempo y durante unos segundos, me ha transportado muchos años atrás. Olor a tiza, a niños saliendo del colegio, el sabor de las primeras castañas calientes, batas blancas con gruesas rayas azules, apellidos bordados en los bolsillos... Astérix y Obélix, en esos años, estaban allí conmigo, con mis compañeros de escuela y con mis seres más queridos y allegados. Para mí, sus libros se convertían en uno de los más preciados regalos en fechas muy señaladas: aniversarios, onomásticas, la maldita primera comunión (vestidito de blanco, como un fraile), los Reyes Magos...

Les parecerá una tontería, pero Astérix y Obélix significan mucho para mí. Siempre los he asociado con un periodo que lamentablemente jamás volverá a repetirse. Esos familiares y amigos que ya han marchado... esas ilusiones nunca cumplidas. Es jodido, pero en esta época siempre me da un bajón. El sol desaparece demasiado temprano. Todo tiene un color grisáceo bastante desapacible. Y, a veces, en estos momentos un tanto desnivelados, me viene esa terrible y puñetera añoranza difícil de vencer.

Cuanto daría, ahora mismo, para estar compartiendo una cerveza con mis dos primos, Josep Maria y Paquito, hojeando el nuevo libro de Astérix. Se fueron demasiado pronto. Por suerte, a ellos ya no les podrá caer el cielo encima.

22.10.05

Juegos de Otoño (III)

Fahrenheit 451 era la película fantasma del último Juego de Otoño. Deblin, como es habitual en él, dió en la diana de manera certera.

Vamos a por otra película, aunque antes les voy a dar un pequeño consejo para que puedan acertarla a la primera de cambio. A ser posible, reflexionenan ante la foto y la frase en horas nocturnas. Es la mejor manera de adivinarla.

Después del estrés, vale la pena relajarse un poco.

20.10.05

Fechas malditas

Dos años y un día después de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán, otro gran pensador y escritor ha decidido abandonarnos. Se trata de Eduardo Haro Tecglen.

Difícil es escribir algo sobre una persona cuyo mundo eran las letras y que se expresaba, a través de ellas, de manera tan extraordinaria.

Lo mejor es recurrir a sus propias palabras.

Putas, quinquis y pasteleros

Ramón de España es un tipo que siempre me ha caído bien. En todo momento, su postura provocadora, insolente y coñona, me ha resultado muy atrayente. Y más desde que lo conocí personalmente, hace algún tiempo, cuando él aún frecuentaba el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges. Hace un par de años, unos meses antes de que se estrenara su ópera prima como director, me concedió una larga y divertida entrevista para una publicación mensual ya desaparecida. El hombre disfrutaba hablando de su película y, con esa alegría que denotaba por su criatura cinematográfica, me contagió las ganas por verla.

Finalmente, ésta se estrenó y, desafortunadamente, pasó sin pena ni gloria por las pantallas españolas. Quizás fuera por culpa de su pésimo y poco atractivo título, Haz Conmigo Lo Que Quieras, pero la cuestión es que desapareció de la cartelera en menos que canta un gallo. Y un servidor, ansioso por conocer el trabajo del reputado periodista, se quedó con las ganas de visionarla.

Ayer, gracias a Canal +, pude descubrir finalmente que había tras ese título tan espantoso que, por lo que parece ser, fue debido a una imposición de la productora. La película se inspira lejanamente en una de esas noticias pequeñitas que aparecen, a diario, en los periódicos y que, en el fondo, forman parte de la sustancia más agridulce, macabra y cutre de nuestro país. Para entendernos (y desde el punto de vista más cinéfilo), el film de Ramón de España habla de un caso con ciertos paralelismos con la historia que Fernando Fernán Gómez plasmó en una de sus obras maestras, El Extraño Viaje.

Putas, delincuentes, vividores, estafadores, criminales, detectives y pasteleros son algunos de los personajes que dan cuerpo a Haz Conmigo Lo Que Quieras. La calentura de un viudo solitario y pueblerino, las triquiñuelas de una joven muchacha dispuesta a vivir gracias a la segura rentabilidad de su sexo y las memeces de un tipo peleón, expulsado de la Legión, enamoradizo y que se gana la vida persiguiendo a morosos disfrazado de conejo, son los principales ejes sobre los que se mueve el film.

Hay que reconocer que, por tratarse de una primera película, Ramón de España consigue una parte inicial muy atractiva. Presenta a todos sus protagonistas y los define a la perfección, con sólo cuatro trazos. Prepara los ingredientes a conciencia y dispone al espectador para que, cuando estos empiecen a mezclarse, pueda ocurrir de todo. Habla de la España cañí y más callejera y, al mismo tiempo, deja bien claro que, entre esos personajes cutrones y la gente “más normal” (entre comillas), hay una distancia mínima, igual que entre el modo de vida en un pequeño pueblo o el de una gran ciudad (Vilassar de Mar y Barcelona, en este caso, los dos enclaves geográficos del film). Decantarse a un lado u a otro es cuestión de milímetros. O de unos pocos kilómetros.

La cinta está narrada bajo el punto de vista de la comedia. Su humor es cínico, ácido y negro. Podría ser mucho más negro y haber apostado por el gran guiñol, una de las características que, en parte, definió la cinematografía de nuestro país durante muchos años (como ejemplo la citada El Extraño Viaje y la excelente La Semana del Asesino de Eloy de la Iglesia). Pero es en este punto que -precisamente cuando tendría que haber optado por la óptica más macabra y brutal-, Ramón de España se queda un tanto anquilosado y opta por suavizar su parte final. El enfant terrible de la prensa española demuestra no ser tan terrible y decide enseñarnos su aspecto más plácido y bonachón. Por suerte, no hay moralina, pero no entra a saco como hubiera debido y, de manera equívoca, evita caer en la tragicomedia que esperaba el espectador. Se muestra demasiado benévolo con sus personajes principales (ante todo con el personaje del ex legionario) e incluso, a algunos de ellos, les ofrece una salida beneplácita para purgar sus pecados.

Como debut cinematográfico no está mal. Una comedia amable a la que, sin embargo, le falta un pelín de mala leche. El film se puede ver, sin ser una gran obra. La cinta tiene gracia y, a pesar de mostrar algunos pasajes durillos pero necesarios (como todo lo que hace referencia a una prostituta vieja y yonqui) posee, al mismo tiempo, la virtud de contar con un buen plantel de actores, de los que destacaría, ante todo, a su pareja principal: Alberto San Juan (magnífico como quincorro tontainas) e Ingrid Rubio (maravillosa en su papel de trepa), por no hablar de la profesionalidad de alguien como el gran Emilio Gutiérrez Caba.

Se nota que el realizador mimó a sus actores. Y posiblemente ésto fuera debido al cariño que cogió a sus personajes hace tiempo, pues parió a los mismos cuando escribió la novela en la que se basa. Y vivir con ellos tanto tiempo hace que después uno se muestre encantador con éstos.

19.10.05

Ustedes lo han querido: LA PATRULLA PERDIDA

John Ford, en 1934, se adentró en los parámetros del melodrama psicológico gracias a La Patrulla Perdida, una original y tensa historia bélica que transcurría en plena Primera Guerra Mundial y que, al mismo tiempo, dejaría marcadas muchas de las constantes de su producción posterior. El marco geográfico protagonista es el exótico desierto de Mesopotamia, lugar en el que los integrantes de una patrulla del ejército británico, tras ver morir de un balazo enemigo a uno de sus oficiales, perderán el rumbo hasta acabar totalmente perdidos en medio del extenso y seco arenal. Una casa en ruinas y una vieja iglesia, situadas al lado de un frondoso oasis, servirán de refugio para los hombres que componen la partida. El acoso del enemigo no se hará esperar.

El planteamiento de Ford es atractivo y nunca visto en esa época. Pero los años no han pasado en balde. Es por ello que la cinta, vista hoy en día, puede parecer demasiado desfasada. La mayor parte de sus actores, procedentes del cine mudo, aún no se habían adaptado al sonoro con lo cual, sus interpretaciones, resultan exageradamente teatrales y casi mímicas. En este aspecto, se ha convertido en un film un tanto rancio y desfasado. Boris Karloff, por ejemplo, es quien más se resiente con su histriónica interpretación, pues el llamado por muchos el hombre de las mil caras hace gala, de manera involuntaria, de su mote pues en cada uno de los planos en los que aparece demuestra que dominaba, como nadie, las muecas de terror y pánico, aunque fuera tan forzado y falso en sus ademanes y posturas que con ellos rompiera cualquier atisbo de realidad en su personaje.

Una pena, pues tras La Patrulla Perdida se encuentran un sinfín de ideas magníficas, casi magistrales, empezando por el poder de síntesis del realizador, ya que la cinta no traspasa los 75 minutos de metraje. Fue la primera en convertir al cruel enemigo en un grupo de personajes invisibles; verdaderos fantasmas de carne y hueso dispuestos a acabar con su presa. Con esa figura volátil y desconocida (tanto para el espectador como para sus protagonistas) plasmó en imágenes, de manera cruda y sin concesiones, el proceso desgarrador que, debido al terror a lo desconocido, puede acabar acercando al ser humano a la locura.

A lo largo de toda su carrera John Ford fue acusado, de manera bastante injusta, de mostrarse excesivamente militaristas en la mayoría de sus películas. En contra de esas acusaciones, en esta cinta en concreto, volcó su personal discurso sobre la absurdidad de las guerras, al tiempo que denunciaba lo cazurros que, en determinados momentos, pueden resultar algunos militares de alta graduación en momentos de crispación. Precisamente por culpa de uno de ellos y de la ineptitud profesional demostrada por éste, el batallón del título acaba perdido y al amparo del enemigo.

Nueve años más tarde, Tay Garnett (uno de los artesanos menos reconocidos de Hollywood), contando con la figura de Robert Taylor, incidió en el tema con la película Bataan. Se trasladó a la Segunda Guerra Mundial y enclavó a un pequeño destacamento de soldados norteamericanos en la espesura de la selva filipina. El mensaje era el mismo. aunque en el caso de Garnett, cambió el desierto por el bosque y, al contrario que Ford, se decantó más (erróneamente) por la ensalzación militarista. El enemigo seguía siendo invisible pero, en general, resultó un film mucho más fresco y dinámico que el del realizador de La Diligencia, aunque sin la originalidad del de éste. De algo han de servir los referentes. Y más si éstos son debidos a un maestro.

Años más tarde, John Ford iría superándose así mismo de manera asombrosa, convirtiéndose en uno de los directores más reputados (y también discutido por ciertos sectores) de la historia del cine.

18.10.05

Una magistral clase de interpretación

En su último trabajo, Michael Radford huye del intimismo de una de sus cintas más aclamas, El Cartero (y Pablo Neruda), para adentrarse en el personal mundo de William Shakespeare, adaptando una de las obras a las que menos se ha recurrido desde el Séptimo Arte, El Mercader de Venecia.

La corrección con que Radford afronta el reto es envidiable, a pesar de que en su metraje (más de dos horas de proyección) haya más de un altibajo en su narración. Le cuesta pasar del melodrama implícito en la historia al sutil toque de comedia con que el inmortal escritor inglés adornó su obra. Y ese latente desnivel se acentúa, aún más, cuando salta de la tensa relación entre el judío Shylock y el comerciante Antonio al dicharachero y humorístico tratamiento con que plasma el caricaturizado universo de la bella Portia y sus adinerados pretendientes.

Es innegable que la ciudad italiana protagonista es uno de los platós cinematográficos naturales más atractivos existentes hoy en día. Y de ello, el realizador británico (nacido en la India), saca un partido exquisito. El siglo XVI aparece ante nuestros ojos con todo lujo de detalles. Los canales venecianos, sus oscuros y sombríos pasadizos, la humedad reinante en el lugar, la suciedad, la pobreza en las calles y cierto racismo exacerbado hacía los judíos que moraban en un gueto de la ciudad, son algunos de los mejores puntales sobre los que se aposenta esta adaptación de El Mercader de Venecia.

La película habla de la usura, arremete contra la avaricia y deja bastante mal parado al colectivo judío de aquella época. Un juego de mentiras, trucos y engaños -en los que la ambigüedad sexual también está presente- componen los principales ingredientes del menú. Y, delante de éstos, dos grandes actores: Al Pacino y Jeremy Irons. Cada vez que aparece cualquiera de ellos, el film cobra una entidad especial. Y cuando lo hacen juntos, cara a cara, el silencio más estremecedor recorre el patio de butacas. Toda una inolvidable lección interpretativa de la que sale ganador el norteamericano. Al Pacino está SOBERBIO (con mayúsculas). Tanto es así que la buena e indiscutible labor de Irons queda un tanto difuminada al lado de la majestuosidad con que Pacino construye el personaje de Shylock. Ríe, llora, sufre, maquina y despotrica de la manera más natural. No hay sobreactuación que valga. Y es que ese tipo, desde hace años, está despuntándose como el mejor de los actores de toda una generación muy concreta.

Si la película tiene algún bajón (que los tiene... y varios), se compensa al momento cada vez que este actor vuelve a salir en pantalla. Da gusto ver una interpretación como la de esta ocasión. Con la ayuda sólo de la mirada y unos pocos gestos meditados y meticulosos, consigue que el espectador le odie o le ame. Tan genial está que, en un momento concreto, el tipo anda de espaldas a la cámara, a oscuras y en medio de una calle mojada y actúa igualmente de manera perfecta, apoyándose en el movimiento de su espalda y sus piernas. Realmente mágico. Hacía tiempo que no veía a nadie expresarse tan bien andando en una película desde que un cojitranco Hoffman se pateara las calles neoyorquinas bajo el disfraz de "Ratso" Rizzo. En realidad, en el trabajo de Pacino está lo mejor del film. Una clase de interpretación insuperable, impartida por uno de los grandes (a pesar de su pequeña estatura).

Lástima que el guión no acabe de acompañar tan sublime actuación. Y lástima, también, de la presencia de un soso Joseph Fiennes en el rol de Bassanio, el amigo del alma del mercader Antonio. Un Fiennes que, a marchas forzadas, se está convirtiendo en un clon de Jordi Mollà y que, en poco ayuda, con su inexpresividad, a profundizar en la esbozada relación entre él y el citado Antonio.

Y un apunte final: atención a la pelirroja Lynn Collins, la Portia de Michael Radford. Aparte de una presencia atractiva e interesante, la chica realmente promete.

17.10.05

Sitges en 5 imágenes (The End)

Como sabrán, el Festival de Sitges ha llegado a su fin. De todas maneras, para mí terminó el lunes pasado (aunque el viernes hice una pequeña incursión, disfrazado de lampista, para poder ver a Jodie Foster en persona). Para aquellos que estén interesados en el Palmarés de esta edición, les dejó el link pertinente.

Con la siguiente colección de fotos, doy por terminada mi rauda misión en las costas del Garraf. Mañana esta página volverá a su normalidad habitual. La cartelera cobrará una relevancia especial y, ¡cómo no!, retomaré lo de Ustedes Lo Han Querido... Y eso que pronto toca un Bergman (Persona)... ¡y me da una pereza espantosa!


La Jodie,. con o sin..., estaba guapísima. Valió
la pena subir de incógnito


Esta especie de mini croissant, picante como un
diablo, fue de los pocos canapés comestibles en la
cena de inauguración... ¡Imagínense el resto!


Quien quiera helado... que se tire al suelo. Tal cual.
La alimentación, en Sitges, está por las nubes...
aunque se coloque la comida a ras de suelo.
Y los encopetados incluso se agachaban por
conseguir una mísera ración...
¡Se han perdido las buenas costumbres!


Mireia Ross: toda una musa del destape a finales de
los 70 y una simpatiquísima y agradable dama en el
2005. Aún no entiendo que significa esa chapa
numérica que llevaba en la solapa.


La Extraña Familia. La señora pelirroja no es
Aramís Fuster. Según nos contó, se trata de una
escultora especializada en moldear estatuas de
hombres desnudos. Una fauna peculiar, sí señor.
El del centro es el Doctor Muerte (no se fíen de él
aunque lleve colgado un estetoscopio) y su
acompañante, el de la barba, un pariente lejano del
entrañable profesor Shorofsky.

16.10.05

Sorprendido por Mateu (La Extraña Pareja)

Fue hace una semana, la noche de inauguración del Festival de Sitges. Primero fue Álex Angulo. Después me di de bruces con Mateu, Sergi Mateu, el actor del Método (de su propio método, vaya), el hombre de las mil poses... siempre tieso, inamovible. Arqueando una ceja y torciendo sutilmente el labio lo tiene todo resuelto. Qué tierna escena, ¿no?

15.10.05

Cine en 30 segundos

Hoy les dejó un link curioso y muy divertido, aparte de original. Un espacio ideal para que se paseen todos aquellos que se hayan quedado con las ganas de asistir al Festival de Sitges.

Se trata de Angry Alien Productions. Unos conejos animados son los protagonistas de varias películas. Pero, ¡cuidado!, no se trata de películas cualesquiera, ¡qué va! El Resplandor, Tiburón o Alien, entre otras muchos, son algunos de los títulos elegidos para que esos animalillos, en menos de 30 segundos, representen las constantes más recordados de los mismos.

Entren y pasen una tarde de sábado en compañía de clásicos "diferentes". Pulsen sobre la imagen del conejo en el momento en que les apetezca cruzar el espejo. Les aseguro que conocerán otro mundo, similar al nuestro aunque un tanto distorsionado. Vale la pena el viaje.