13.10.05

El fantasma y la callista

Mañana se estrena, en toda España, la última de Jaume Balagueró, Frágiles, una de las pocas películas que vi este año en Sitges.

¿Qué decir de Balagueró? Este hombre tuvo un inicio, en el campo de los largometrajes, ciertamente esperanzador. Los Sin Nombre significó su debut. La película bebía directamente de la fuente de Seven y de la estética oscura de Expediente X (muy de moda en esa época), La historia era sorprendente, bien narrada y, en parte, original. Pero lo que más destacaba de la misma era el cuidado y atractivo tratamiento de la imagen, así como la impactante manera de crear atmósferas y ambientes opresivos y sombríos. Darkness, su siguiente film, fue la primera decepción: un producto tratado al estilo del star system norteamericano y realizado para vender directamente al público de ese país. Un producto sin pies ni cabeza que, a través de un cocktail un tanto forzado -en el que se mezclaban diversos títulos ya clásicos en el género fantástico- intentó construir un argumento que no se aguantaba por ninguna parte. Mucho artificio y poca chicha.

Frágiles ya es otra cosa, aunque igualmente fallida. No tan falsa como Darkness, apuesta por una revisitación de aquellos títulos en los que grandes y viejas mansiones están poseídas por un espíritu maligno. El edificio, en este caso, se trata de un viejo hospital infantil en el que, a punto de ser cerrado al público, empezarán a sucederse extraños y violentos fenómenos paranormales.

Sólo empezar, y apuntando hacia el cine con casas encantadas como principal excusa, Balagueró hace un claro y larguísimo homenaje a uno de los títulos más valorados (o sobrevalorados, para quien esto escribe) de Stanley Kubrick, El Resplandor. La cámara sigue, a través de un amplio travelling y desde lo alto de un helicóptero, al automóvil que llevará a su protagonista -la televisiva Calista Flockhart-, al centro hospitalario en cuestión. Una angosta carretera de curvas, plagada de acantilados, es el marco ideal para trasladarnos hasta el clima fantasmagórico del aclamado film del director norteamericano.

El resto es lo de siempre. No hay sorpresas, aunque sí varios sustos bastante bien planificados; pero tramposos. Balagueró juega bien su planteamiento. Sabe crear situaciones tensas, domina la imagen como nadie y demuestra estar seguro tras la cámara. Estética y técnicamente, Frágiles es un título impecable que se apoya en sus momentos más tensos, de manera inteligente, en la maravillosa banda sonora de Roque Baños, éste último cada vez más cercano al estilo de Bernard Herrmann a la hora de afrontar sus personales y compactas orquestaciones. El desarrollo de la historia funciona, hace creíble lo increíble e, incluso, tiene su pequeño toque gore que no pienso desvelar. Domina el género y le saca el máximo provecho a la Calista, la imponderada Ally McBeal. Tanto respeta el nombre de la serie que la lanzó a la fama que incluso aquí la bautiza como Amy. De Ally a Amy hay un solo paso en el abecedario. Y ella, a pesar de haberse operado el rostro de manera desorbitada (deshinchándose un tanto esos labios que parecían inmensas salchichas de frankfurt), cumple con su rol perfectamente, cosa que no ocurre con la forzada interpretación de la española Elena Anaya.

Pero Jaume Balagueró sólo llega hasta un punto muy concreto. A partir de allí se le desmonta la historia, precisamente en el momento en que finalmente desvela el previsible misterio que se esconde tras ese hospital maldito. Un abuso desmesurado de fuegos artificiales y tracas valencianas rompe todo el trabajo realizado hasta ese instante. Su desmadre es demasiado falso, muy de cara a la taquilla yanqui. Y ese desmadre convierte el apartado final de Frágiles en un pasaje insustancial. No aprovecha ciertos elementos atractivos (como la figura del escalofriante fantasma) tal y como hubiera debido hacer. Y, por el hecho de no saber condensar y mimar esa parte, acaba rompiendo todas las intenciones del producto. Una lástima. Aún y así, por suerte, queda a años luz de la olvidable Darkness, aunque sólo sea para reconciliarse con la Calista y por disfrutar de la música del gran Roque Baños. Menos da una piedra.

12.10.05

Desde otro ángulo

Este año, en Sitges, uno de mis principales objetivos era conseguir fotografiarme al lado de Jodie Foster. Un meta que no podré alcanzar al haber abandonado el certamen.

Siempre queda un consuelo para paliar la decepción. Y éste ha sido el poder observar, desde otro punto de vista distinto, a un señor bajito que, al igual que un servidor, asistió a la cena de inauguración.

11.10.05

Goodbye Sitges

Siempre había sido muy escéptico sobre el tema, pero definitivamente creo en fantasmas. Y más ahora, recién llegado del Festival de Sitges. Rectifico. No sólo creo en fantasmas; añádanle también muertos vivientes, caníbales, depredadores, chupasangres y desorbitados Oompa Loompas procedentes de embrujados bosques asturianos.

Normalmente, la organización del Festival ha sido siempre el caos más desorganizado de todos los certámenes cinematográficos habidos y por haber. Pero en esta ocasión he descubierto que, de ese mismo caos, se han contagiado algunos de los asistentes habituales al evento.

Quizás haya sido debido al cansancio acumulado por acudir a Sitges desde hace mucho tiempo. Quizás haya sido culpa de que, psíquica y mentalmente, no fuera el año más apropiado para mí. El caso es que Sitges y alguno de sus satélites me han sobrepasado. La cuestión es que no he aguantado en el lugar más de dos días. La paz y la intimidad de mi domicilio me han acabado tentando más que el jolgorio festivalero y la mala milk de ciertos personajes (o personajillos).

Perdonen que les haya utilizado para desterrar algunos fantasmas personales. Necesitaba vomitar el malestar de dos días agobiantes. Borrón y cuenta nueva. Renovarse o morir. Siempre el mismo ambiente, las mismas caras y los mismos soplapollas. No es una manera agradable de ver cine. Fui a Sitges con la intención de disfrutar, de asistir sólo a los pases que me apetecieran y de pasar por alto las tonterías de la organización. Conseguí sólo dos de los tres propósitos: vi las películas que quería y pasé por altos los errores de los responsables del certamen.

El objetivo de disfrutar se vio bastante mermado por culpa de algún diablillo que, con aspecto de Ernest Borgnine, es capaz de trastornar al más pintado.

De todos modos, en estos dos días fugaces, con excesivas horas obligadas a la intemperie y poco tiempo para descansar, también han habido momentos inolvidables: la cena inaugural al lado del profesor Shorofsky y compañía, el encuentro con el colega REFO (con el cual nos intercambiamos nuestras propias gafas) o un pase de prensa al lado de centenares de niños, han sido algunos de ellos.


Spauldfo y Refaulding

Por hoy no les molesto más. Durante esta semana les iré contando alguna que otra anécdota y, el fin de semana, les colgaré un post gráfico de lo más curioso y spauldiniano.

A la buena gente que, año tras año acude a Sitges (que de haberla hayla y en cantidad) un besazo en la frente. Y a todos ustedes también, por aguantar mis manías y tozudeces y, sobre todo, por seguir leyéndome.

8.10.05

Juegos de Otoño (II)

Pues nada, que el anterior jueguecito me lo adivinó Semanue a la primera de cambio. La película misteriosa era Bowling for Columbine, el interesante documental de Michael Moore.

El de hoy (y sirve ya como pista) va encaminado hacia el cine fantástico. Mañana empieza el Festival de Sitges. Ésta será una semana extraña en la que viviré un poco a salto de mata. No podré estar todos los días, aunque intentaré cubrir lo máximo posible lo que ocurra en ese pueblo costero. No se extrañen si algún día notan mi ausencia en esta página, pues el cansancio de bajar y subir, casi a diario desde Barcelona, acabará gastándome un poco las pilas.

Vayamos al grano. Aquí tienen una fotografía de la película incógnita y una frase alusiva a la misma.

No hay letras y algo, en el ambiente, recuerda a Alfred Hitchcock.

6.10.05

Siete hombres sin piedad

Marcelo Piñeyro, el realizador de la emotiva Kamchatka, ha sido el responsable de llevar a la pantalla grande la obra teatral de Jordi Galcerán, El Método Grönholm, con el título más abreviado de El Método.

Jamás llegué a ver la obra de Galcerán, con lo cual, a pesar de tener excelentes referencias sobre la misma, no puedo entrar en la polémica creada en los últimos días a raíz del estreno del film. Según el escritor teatral, el guión cinematográfico, confeccionado por el propio Piñeyro y Mateo Gil, se aleja totalmente de las intenciones del libreto original. Por lo que parece, sólo coge la idea principal y, a partir, de ahí navega a su libre albredío. Las quejas de Jordi Galcerán pueden ser ciertas pero, tal y como decía el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, desde el momento en que alguien vende los derechos de su obra ha de aceptar plenamente los cambios que su nuevo propietario pueda hacer sobre ella. Y la verdad es que el padre de Pepe Carvalho nunca llegó a despotricar de la irregularidad de la mayor parte de las adaptaciones cinematográficas y televisivas que sufrieron sus textos.

Centrándome ya en el film -y aparcando a un lado la controversia-, no se puede negar que éste está cargado de buenas intenciones. El Método carga, con bastante mala leche, contra los nuevos sistemas de selección de personal en muchas de las empresas actuales. Para ello reúne, en torno a una mesa, a siete personajes (dos mujeres y cinco hombres) dispuestos a conseguir –al precio que sea- una sola y codiciada plaza para un puesto de relevancia dentro de una sofisticada entidad. A estos se les someterá a varias pruebas, todas ellas de un nivel ciertamente cínico y peligroso para la salud mental, que los irá eliminando, de manera sistemática, uno a uno. La cuestión es que gane el más perverso; el que tenga menos escrúpulos.

El Método posse una primera hora brutal, prometedora, magnética, capaz de atrapar al espectador en una trama malvada en la que el juego sucio, el engaño y la mentira son las únicas fichas que se moverán sobre el tapete. Maquiavelo, en lugar de Grönholm, podría haber sido el ideólogo de tan siniestro método. Siete hombres sin piedad. El sálvese quién pueda está a la orden del día. La astucia y el desmontar al rival cobran una relevancia importante. Y los más débiles, a medida que vayan cayendo, tendrán que ir abandonando la nave, aunque sin un puto salvavidas al que agarrarse.

Pero la película de Piñeyro se queda aquí, en su primera hora. De golpe y porrazo, toda esa estructura perfectamente montada, tanto de guión como interpretativa, se hace añicos. La credibilidad que ofrecía hasta ese instante desaparece por completo. Esas cartas, tan bien barajadas y meticulosamente expuestas en su apartado inicial, se desmoronan como un castillo de naipes. Una situación demasiado exagerada (y absurda) acaba con la aparente seriedad. Un descanso en el juego, una visita al lavabo y una paja a destiempo son algunos de los fallidos y forzados ingredientes que se encargan de acabar con el buen ritmo de la propuesta.

A partir de ese punto todo puede ocurrir. El Método empieza a zozobrar y ciertos actores, como en el caso de Ernesto Alterio y Eduard Fernández, pierden el norte y apuestan por sobreactuar sin pudor alguno. Por su parte, el soseras del Noriega aprovecha para seguir demostrando que él hace muchos años que lo perdió, aunque por suerte, gente de la entidad de Carmelo Gómez, Adriana Ozores o de una espléndida Najwa Nimri no se olvidan de su profesionalidad en momento alguno, a pesar de que para ello tengan que sujetarse bien fuerte a una tabla para no hundirse con el naufragio general. Pero quien de verdad se salva totalmente de toda la acumulación de despropósitos es el argentino Pablo Echarri, uno de los protagonistas de Plata Quemada, otro de los títulos del realizador.

Y les puedo asegurar que es una lástima que un producto como El Método, con una carga ideológica y crítica destacable, acabe despeñándose por culpa de un cambio de ritmo y de estilo tan brusco. Una pena, de verdad.

5.10.05

"V"

Montxo Armendáriz es un realizador irregular, capaz de lo mejor y de lo peor. Por ejemplo, de la sensibilidad de Secretos del Corazón pasó a la olvidable y rutinaria Silencio Roto. Y ahora, con Obaba, su nuevo film, sigue manteniendo esa rutina un tanto asfixiante y repetitiva de la mayoría de sus productos.

Es innegable que el hombre sabe poner la cámara. Tiene oficio. Y eso se nota en Obaba. Retrata los ambientes rurales mejor que nadie. Juega con esa carencia de tiempo, un tanto bucólica, que existe en la mayoría de pequeñas aldeas españolas. Y lo utiliza tan bien que, esa falta de ritmo, acaba contagiando al espectador. La somnolencia parece uno de los rituales de la filmografía de Armendáriz. Y en este trabajo, abusa tanto de esa lentitud que acaba convirtiéndose en algo irritante.

¿Qué es Obaba? Obaba es un minúsculo pueblo enclavado en medio de las montañas del norte de España. Sus habitantes son un tanto peculiares, igual que las historias que les envuelven. Una joven estudiante de audiovisuales, para realizar una de sus prácticas académicas, se instalará en la población durante unos días. Allí hablará con los vecinos, les filmará y entreabrirá sus secretos más profundos. Obaba le atraerá y la atemorizará a partes iguales. Sin embargo, acabará descubriendo que, tras algunos de secretos que esconden ciertos vecinos, existe algo mágico y encantador que hará que Obaba se convierta en uno de los puntales de su propia existencia.

La cinta transcurre con cierta pesadez. Armendáriz urde un guión básico y sin complicaciones, aunque con una fuerzanarrativa casi nula. Su estructura no sorprende en absoluto. Tres son las historias que se van desvelando ante la joven estudiante en prácticas, convertida, para el caso, en la maestra de ceremonías del film. Tres historias que parecen robadas de viejos títulos del cine español de los años 70 y 80, empezando por el Tasio del propio realizador y terminando con El Amor del Capitán Brando, de Jaime de Armiñán.

Las viejas leyendas que se han apoderado de la población van asomando poco a poco. "Los lagartos entran por la oreja de las personas y les comen el cerebro", asegura una de las mujeres del lugar. El halo fantástico y casi sobrenatural, que envuelve al film en sus primeros minutos, desaparece muy pronto. El director vuelca su poca inspiración en contarnos tres hechos del pasado que han marcado a algunos de los habitantes de Obaba. De este modo, la antigua maestra, sus alumnos y un alemán afincado en el pueblo, acaban convirtiéndose en los ejes principales sobre los que se sustenta su mínimo (por no decir inexistente) argumento. Y todo lo cuenta sin fuerza alguna, de manera casi mecánica; sin emoción; casi con desgana.

La película ni tiene un final aparente. En lugar de 100 minutos, podría haber durado 4 horas. La sucesión de anécdotas sobre los habitantes del lugar podría haber sido infinita. Y al terminar la proyección, la sensación de tedio que se apodera del espectador hubiera sido la misma, pues parece no querer acabar nunca. Armendáriz siempre tiene una excusa u otra para alargar la cinta. Y es lo peor que se puede hacer cuando hay muy poca cosa que relatar. Todo es vacío; mil veces visto antes en productos similares. No importa su final, sea cual sea. Ni siquiera motiva su cuidada fotografía, capaz de plasmar maravillosamente la belleza de los escenarios naturales en los que transcurre la acción... Bueno, lo de "acción" es mucho decir...

Suerte ha tenido el director del buen plantel de actores de los que se ha rodeado, los cuales, por sí solos, salvan muchos de los pasajes de Obaba. Todos están perfectos, desde Pilar López de Ayala (la moderación interpretativa hecha mujer), como la maestra solitaria, hasta la sobrecogedora composición de Héctor Colomé, dando vida a un inquietante personaje, reservado y amante de los lagartos. Incluso Juan Diego Botto, a pesar de su corta colaboración, parece más controlado de lo normal (quizás porque se trata de eso: de una corta colaboración). Lástima, de todas maneras, de Eduard Fernández -uno de los mejores actores del panorama actual-, el cual, en esta ocasión, ha optado por desmadrarse en exceso a la hora de afrontar el papel de un hombre amargado y violento que arrastra, en sus entrañas, el remordimiento causado por un funesto suceso ocurrido en su adolescencia.

Les aseguro que hacía cierto tiempo que no me aburría tanto dentro de un cine... Les dejo, pues voy a alimentar a los lagartos.

Spot

Ayer noche falté a la cita habitual con todos ustedes. La razón es que estaba en el cine. Me tragué dos películas, una detrás de otra, con un bocata entre sesión y sesión. ¿Y saben la verdad? Lo que más me gustó fue un anuncio.

Espeluznante, ¿verdad? De las películas les hablaré durante estos días. De una de ellas, esta misma noche. Pero ahora me parece necesario resaltar ese spot, pues al mismo tiempo es el que promociona la edición de este año del Festival de Sitges que, por cierto, empieza el próximo domingo día 9.

En esta ocasión el leif motif que mueve todas las promociones del certamen es el Tiburón de Spielberg. Tal y como ya les comenté hace un tiempo, el bichejo marino cumple la friolera de 30 años. Y el anuncio citado aprovecha la figura del cetáceo, la tensa música de John Williams y el ambiente playero del film, para recrear una pequeña historia francamente sorprendente. Tan sorpresivo resulta que incluso me llegué a identificar con el monstruo en cuestión. Si lo pillan estos días en algún cine, disfruten con la ingeniosa propuesta. Muchos largometrajes actuales ya querrían tener el nivel de originalidad de este spot publicitario.

Aprovechando la ocasión, les recuerdo que si quieren más información sobre toda la programación del Sitges 2005, pueden acceder a ella pulsando aquí.

3.10.05

El Ceniciento

Hace ya varios días que la última película de Ron Howard está en cartel. Se trata de Cinderella Man, un film para lucimiento (casi exclusivo) de Russell Crowe quien, con su moderada interpretación, se convierte en lo mejor de un título previsible y tan soso como el resto de la producción de su director.

Sin lugar a dudas, este biopic pugilístico está mucho mejor acabado y pulido que el anterior trabajo –inexplicablemente oscarizado- del tándem Howard-Crowe, Una Mente Prodigiosa. Mientras Cinderella Man anda por unos derroteros mucho más aceptables (empezando por el excelente trabajo del actor), la biografía del matemático esquizofrénico John Nash se perdía en medio de la histriónica e insoportable labor de Crowe (también con Oscar) y, al mismo tiempo, estaba dotada de un guión tan poco creíble como lamentablemente aburrido.

Cinderella Man narra una historia típica y tópica. Un producto que no esconde sorpresa alguna pero que, en contra de lo esperado, se deja ver con cierto agrado. Una especie de déjà vu que funciona a la perfección, gracias a la formalidad escénica y narrativa que en este caso ha empleado Ron Howard. Teniendo en cuenta que se trata de un realizador muy poco arriesgado (y, en exceso, sobrevalorado), se trata de uno de sus títulos más redondos y soportables; cosa que, por otra parte, no es mucho decir.

El film mezcla el mundo del boxeo con la sobada descripción de la superación personal de un individuo acabado y arruinado. Un Capra sin Capra. Y eso se nota. La falta de maestría y originalidad del director hace de Cinderella Man un producto más, muy cabal en sus planteamientos pero poco atractivo en sus resultados finales. El Ceniciento, el tipo en cuestión, es Jim Braddock, un boxeador en la cima del éxito y nadando en la abundancia que, tras las crisis económica del 29, perdió todas sus propiedades al tiempo que se esfumaba, para el público, su atractiva estela de popularidad. Acarrear con hijos pequeños, aguantando a una esposa tan insoportable como la Renée Zellweger y morando en una pequeña barraca de madera -subsistiendo a base de pequeños y desastrosos combates en el ring-, no es empresa fácil para nadie. Pero su fortaleza moral (y espiritual) harán de él un hombre nuevo, capaz de afrontar cualquier problema por muy duro que éste sea.

El mundo del boxeo ha dado grandes e inolvidables títulos al Séptimo Arte. Marcado por el Odio, Fat City, Toro Salvaje o Million Dollar Baby son, entre otros, buenos ejemplos de ello. Cinderella Man nunca conseguirá alistarse al lado de éstos, a pesar de su apreciado esfuerzo en intentar plasmar algo más que el mero ambiente pugilístico. Howard, con muy buena intención, se aproxima (sin profundizar demasiado) al ambiente de pobreza y desesperación que marcó a la ciudad de Nueva York durante los años de la Gran Depresión. La pincelada sobre Hoowertown (un pequeño poblado de indigentes, construido por ellos mismos en el corazón de Central Park) es ciertamente loable, así como ese empeño en destacar, ante todo, la relación de amistad entre Braddock, y Joe Gould, su entrenador (un envidiable Paul Giamatti).

De todos modos, ese esfuerzo en ir más allá queda un tanto superficial; muy de cara a la galería. Y lo peor de todo es que la película ha de aguantar un par de defectos capaces de derrumbar toda su endeble formalidad. Por un lado está el exagerado y malicioso personaje de Max Baer (interpretado por Craig Bierko), un púgil sanguinario que parece escapado de las páginas de un tebeo barato. Y por el otro, el peor error de todos, se encuentra en la irritante presencia de ella, la Zellweger, una mujer que, en cada una de las escenas en las que sale, quiere convertirse -contra viento y marea- en el centro de atención del espectador, a pesar de que para ello tenga que hacer mil y una muecas diferentes y robarle planos a un controlado y mesurado Russell Crowe. ¿Por qué esa chica no se retira de una vez del cine?

2.10.05

¡México lindo!

¿Se acuerdan de la larga anécdota del obispo de Glasse y la mejicana? Desde que edité esos posts, cada día he navegado, de manera compulsiva, por un par de páginas que cuelgan fotografías del rodaje de El Perfume en Barcelona. La intención era encontrarme a mí mismo con el ropaje de obispo. Y no ha habido manera. A pesar de ello, seguiré persistiendo.

He visto cientos de fotografías. Salto de ¿Está Grabando? a El Perfume y, de éste, paso a otro ejemplar álbum de imágenes confeccionado, igualmente, por los propios figurantes del film. Pero el obispo Spaulding no aparece por ningún lado. Tendremos que esperar al estreno de la película... aunque allí salga con la vestimenta descoyuntada y por los suelos.

Pero, el otro día, en uno de esos links, el de El Perfume, me topé de frente con esa linda mejicana con la que me tocó en suerte compartir cartel. Les dejo con su foto. De las dos chicas, en concreto, es la que tiene la calabaza entre sus manos.

1.10.05

Juegos de Otoño (I)

Cerré los Juegos de Verano con una película maravillosa, La Semilla del Diablo; título que, por cierto, adivinó finalmente la amiga Sally, quien se hizo con su soñado Gallifante.

El estío ha terminado, por lo tanto el nombre de esta sección cambia un poco. Inaugurados quedan pues -siguiendo el mismo sistema de antes-, los interesantísimos Juegos de Otoño. La novedad radica en que, respecto a los anteriores, no hay novedad alguna. O sea, un fotograma de una película y una frase alusiva que les ayude a adivinar de cual se trata.

Sin más dilaciones, ¡vayamos al grano!

Parecen de verdad. ¡Y suenan como las de verdad!

30.9.05

Ale hop!!!

Problema arreglado. Ha costado lo suyo, pero al final he restaurado el sistema. Ayer estuve, dándole que te pego, hasta las tres de la madrugada. Obsesivo que es uno. Format c y todo lo que ustedes quieran. Pero el conflicto informático persistía.

Format c e instala. Y de nuevo format c e instala. Una y otra vez. Algo no tiraba. Pero, finalmente, encontré la solución. Ni Linus, ni Mac, ni hostias...

Un consejo: cuando se les cuelgue el sistema y no puedan hacer nada, he descubierto la solución definitiva y más rápida. Les aseguro que aplicando la fórmula, el PC funciona a las mil maravillas.

¿Qué cual es la manera de solucionarlo? Pinchen aquí y sabrán como actuar en un caso similar.

Por cierto. Un par de temas más:

1) Sally: no era ningún montaje. El problema era real. El ordenador no respondía a mis órdenes (valga la redundancia).

2) El otro día recibí, en el correo electrónico particular, un e-mail de uno de ustedes, solicitando la dirección de mi domicilio para enviarme, por correo ordinario, un DVD con un cortometraje suyo. Antes de poder contestarle, realicé el format c sin acordarme de salvar la agenda de Outlook ni los e-mails recibidos. Por favor: si el interesado me está leyendo, vuélvamelo a enviar, buen hombre.

Mañana, este blog volverá a la normalidad. Supongo, vaya. Una normalidad aparente, aunque de fin de semana. O sea, adivinanzas y tonterías varías. Y, a partir del lunes, les iré comentando varias películas acumuladas en los últimos días.

29.9.05

Desperado ¡¡¡Alerta Roja!!!

En estos momentos estoy metido de lleno en un círculo vicioso. El sistema, el puto XP, se ha vuelto loco y no tengo manera humana de conseguir crear una conexión para Internet. Ni a tiros. Es por ello que ayer no actualicé la página. Como ven, sigo vivo y coleando, aunque desesperado.

Estoy posteando desde casa de mis padres. Si ésto no se soluciona rápido tendré que ir solicitando ordenadores de gañote que me ayuden, al menos, a informales de mi patética situación personal, física y psíquica. Llevo un par de días soñando con drivers, instalaciones, USB... Creo que empiezo a necesitar la ayuda de un psicólogo más que la de un informático. Al menos apaciguaría mi mala leche actual.

Seguramente, una vez colgado este post, no pueda leer, durante el día de hoy, los comentarios pertinentes que ustedes hagan. Aprovechen la ocasión y descarguen la ira contenida. Desacredítenme y maltrátenme, pues no podré defenderme. Eso sí: piensen que, el día menos pensado (espero que sea pronto), volveré a la carga y descubriré las sandeces que han escrito sobre mí. Y la venganza será terrible.

Esta noche, antes de tomarme la medicación, optaré por un format c y luego, posiblemente, todo se vaya a tomar por culo.

Un beso en la frente a todos. Y crucen los dedos para que el format c y la reinstalación funcione como es debido.

27.9.05

Un zapatófono sin línea

Una parte de mi infancia se ha volatilizado hoy. De golpe y porrazo. Un referente menos. Don Adams, el gran Don Adams, ha muerto. O lo que es lo mismo: nos hemos quedado sin Maxwell Smart. El Superagente 86 se ha ido. Barbara Feldon, la Agente 99, musa de mis sueños eróticos en la pubertad, se ha quedado viuda. Aún recuerdo, como si fuera hoy, el día en que la pareja de agentes secretos contrajeron matrimonio.

Se acabaron los zapatófonos y todos los curiosos gadgets que envolvían al espía más estúpido de la historia de la televisión y del cine. Qué panzones de reír me llegué a pegar, ante el televisor, viendo las divertidas aventuras en que se inmiscuía el bobalicón de Maxwell Smart. En esa época era en blanco y negro. Ahora, gracias a los canales autonómicos y locales, he descubierto que estaba filmada en fermoso color. Guiones alocados, situaciones delirantemente surrealistas y cientos y cientos de situaciones jocosas conformaban Superagente 86.

Un personaje y una serie que años después -cuando ya empezaba a tener cierto uso de razón-, caí en la cuenta de que había sido creada por Mel Brooks, el artífice de El Jovencito Frankenstein. Se estrenó a mediados de los 60, en plena fiebre James Bond y justo en el momento en que Napoleon Solo e Illya Kuryakin empezaban a triunfar, en las teles de todo el mundo, protagonizando otra serie inolvidable, El Agente de C.I.P.O.L. Si ésta ya tenía cierto toque satírico en referencia al cine de espías más típico y tópico, Superagente 86 aún llegó más lejos, rompiendo cánones y decantándose, de manera directa, por la vía humorística.

Quiero seguir guardando, durante muchos años, el entrañable recuerdo de una serie ya mítica para mí. Por ese motivo nunca he vuelto a mirarla. No quiero que me decepcione jamás. He tenido varias ocasiones para volver a revisarla pues, en Catalunya, el Canal 33, la ha emitido varias veces. De manera consciente me he mantenido alejado de ella. El recuerdo siempre es mucho mejor. Ya me quedé bastante frío cuando, a finales de los 80, vi El Disparatado Superagente 86. una adaptación cinematográfica dirigida por Clive Donner.

Don Adams, un actor con casi un solo y magistral personaje: Maxwell Smart. Siempre que oigo cualquiera de esos dos nombres, por mi cabeza asoman unas imágenes y una música muy concretas. Un largo e interminable pasillo, plagado de puertas metálicas que se abren y se cierran automáticamente. Y allí, andando, un tipo un tanto desgarbado y patoso que acaba estrellándose contra una de ellas. Y de fondo, una sintonía maravillosa, todo un clásico indiscutible compuesto por Irving Szathmary. Pulsando sobre la portada del CD de Get Smart, podrán bajarse y oir este tema musical en formato mp3. La mejor y más elegante manera de despedir a nuestro espía favorito.

26.9.05

Atrapado

Tal y como deben haber observado, este blog, en los últimos días, no ha tenido su actividad normal. Ha bajado las pilas. Y no por falta de ganas. Todo lo contrario. Me parece a mí que las fiestas de Barcelona no me han sentado muy bien... que digamos...

Llevo tres días de puta pena. Tomen nota y lo entenderán perfectamente. ¿Saben aquello tan popular de que “no hay dos sin tres”? Pues eso... pero sin cuatro... hasta el momento.

Sábado por la tarde. Comida con unos amigos en un restaurante argentino. Buena carne y buen ambiente. Antes de regresar a casa, acompaño a estos a su domicilio. Allí, aprovecho la parada para cambiar el CD de mp3 del reproductor del coche. Y, ¡craso error! (burro que es uno), en lugar de insertar un CD... ¡introduzco dos al mismo tiempo!. El aparatejo se los traga. Luego se bloquea. No hay manera de expulsarlos. Total, con la ayuda de un benévolo vecino, armado de destornilladores, pinzas y todo tipo de objetos alargados, paso el resto de la tarde empecinado en la patética y ardua tarea de sacar los malditos discos del interior del lector. Y es que, a veces, soy muy tozudo y duro de mollera. Al final acabo desistiendo. Misión imposible. Aparcada hasta el lunes.

Domingo por la tarde. Encuentro una curiosa foto de Dustin Hoffman en un dominical. Decido escanearla para colgarla en la página. Y, ¡maldición!, el escáner no funciona. Aún no tiene dos meses. Instalo y desinstalo compulsivamente hasta altas horas de la madrugada. Y nada. El cabroncete del Epson Perfection 2480 siempre me da el mismo mensaje de error. “Su escáner lo está utilizando otra aplicación”. Pues me cago en la madre que parió a la otra aplicación, sea cual sea. Y hoy sigue sin resolverse el conflicto. ¿Será un defecto del aparato? ¡Y yo qué sé!

Hoy, lunes, decido ir al concesionario en donde compré el coche para solucionar el problema del reproductor de mp3. Y cuando bajo al parking y veo allí a mi nuevo y flamante automóvil aparcado, me he puesto de los nervios. Me he transformado en el mismísimo Louis de Funes. Aspavientos, tacos en voz alta, patadas en la pared... De todo un poco. El coche estaba allí, aparcadito, en su plaza habitual... ¡pero con la puta rueda delantera de la derecha totalmente pinchada! ¡Los huevos de Mahoma!

Cambio de rueda. Visita a un taller para repararla. Diez euros y un problema menos. Podría haber sido peor. Me dirijo hacia el concesionario, con el reproductor de mp3 y los dos discos secuestrados. Mejilla con mejilla, aplastaditos el uno contra el otro. Los mecánicos lo miran y remiran. Hurgan en su interior, con la ayuda (de nuevo) de destornilladores y pinzas. Y ellos, los emepetreses, callados y sin respirar, inamovibles ante el ataque de tanta arma punzante. Me ha parecido oir una vocecita salir del interiordel dispositivo: “Si este gordo de mierda no nos hubiera encerrado juntos, otro gallo nos cantara”.

Desmontan el artefacto. Me aseguran que tendrá que llevarlo a la casa Blaupunkt para poder iniciar el rescate. Tardarán de tres semanas a un mes... ¡¡¡¿Cómorrrrrr?!!!... Si, tal y como lo leen: un mes largo para sacar dos nimios CDs. Alegan que el taller de Blaupunkt está en Portugal. ¿Portugal? Sí. De Barcelona a Portugal, para una estracción de mp3. Pero... ¿no hay algún taller oficial en Barcelona?... Dicen que sí, pero su convenio les obliga a llevarlo a Portugal... Surrealismo puro y duro. Kafkiano. Y eso es la empresa privada. Para que luego digan del funcionariado... Temo pensando en el día que privaticen la Sanidad. A lo mejor tendremos que viajar hasta Tombuktú para que nos extirpen las amígdalas.

Total. Me llevo a casa el mecanismo y sus emepetreses atrapados. Éstos no viajan a Portugal. Hablo por teléfono con un taller oficial de la marca y mañana mismo lo llevó allí. A sólo quince minutos de casa; en la misma ciudad de Barcelona. Y a devolver antes del sábado con el problema arreglado.

¿Portugal? Aún sigo asombrado.

Continúo dándole vueltas al escáner. Mañana, si Tutatis lo permite, este blog volverá a la vida normal. O no.

24.9.05

Putos príncipes

Les había prometido hablar de la película del boxeador. No he cumplido la promesa. Soy un ser malvado e indeseable, poco cumplidor. La resaca de las fiestas, que aún continúa, hace mella en quien esto escribe. Y casi sin moverme de casa. Cinderella Man queda para otro día. Próximamente caerá.

Hoy, para compensar, voy a dar una alegría a las féminas que visitan este rincón. Últimamente daba un repaso a las prostitutas más célebres del séptimo arte. Pero no sólo hay princesas en el mundo del cine; algunos de ellos también se han dedicado al mismo oficio. Aquí tienen a unos cuantos chaperos.


Julian (American Gigolo)


Bruno (Hotel y Domicilio)


Querelle (Querelle)


Byron (Servicio de Compañía)

22.9.05

Jour de fête

En Barcelona el fin de semana empieza hoy. Tres días de fiesta. Viernes, sábado y domingo. Las fiestas de la ciudad. Petardos, petardas, música en directo, pasacalles... De todo un poco. Un servidor seguirá viendo cine, tomándose la medicación y actualizando el blog.

Hoy, de todas maneras y con su permiso, me tomo un pequeño descanso. Y si no me lo conceden, me lo pillo igualmente. Para que no se queden muy desamparados, les dejo con un espléndido link dedicado al genial Jacques Tati: Tativille. Que lo disfruten.

Mañana les hablo de la película del boxeador ceniciento y de la nefasta Zellweger. Hoy me monto mi guateque privado al que, sin embargo, están invitados... por muy privado que sea.

21.9.05

El gran engaño

Esta tarde he recuperado uno de los pocos films de Robert Benton que no había visto. Se trata de La Mancha Humana, un melodrama con todas las de la ley, realizado de manera formal y académica como es habitual en su cine. Un cine que, en general, siempre ha recurrido a muy pocos personajes, otorgándole una relevancia especial a sus actores y, sobre todo, al guión.

No es de extrañar que Robert Benton empezara introduciéndose en el mundo de Hollywood como guionista. Tres títulos tan dispares y reconocidos como Bonnie and Clyde, El Día de los Tramposos y ¿Qué me pasa, Doctor? llevan su firma como escritor. Y en pocas de sus películas como director ha dejado de acreditarse como responsable del libreto. Sólo en dos de ellas: Billy Bathgate y La Mancha Humana. Y precisamente es en donde más cojea esta última, a pesar de estar escrita por el también respetable Nicholas Meyer. Basado en una novela de Philip Roth, su historia contiene demasiados poros argumentales y, a pesar de ser interesante lo que intenta contarnos, acaba convirtiéndose en un film farrogoso, excesivamente lento y cargado de ideas desordenadas y mal plasmadas en pantalla.

La Mancha Humana narra la vida de Coleman Silk (Anthony Hopkins), decano de una prestigiosa Universidad norteamericana y maestro de literatura clásica que, tras ser retirado de su cargo y perder su trabajo, verá morir a su esposa a las pocas horas de su despido. Tras todo ello queda una acusación de racismo por parte del claustro de profesores. Sus antiguos compañeros de trabajo le evitan el saludo, mientras que su imagen de eficiencia y sabiduría se derrumbará como un castillo de naipes. A punto de cumplir los setenta años, buscará refugio en la amistad de un joven escritor (Gary Sinise) y se transformará, con la ayuda de la Viagra, en el apasionado amante de Faunia (Nicole Kidman), una apetecible mujer de 34 años con un pasado tormentoso y demasiados secretos que esconder.

La cinta de Benton se centra en la relación sentimental nacida entre el viejo Coleman y la atractiva Faunia. Una relación que, aunque no lo crean, resulta totalmente creíble. Ella, poco a poco, irá desvelando su turbulento pasado ante él. Y él, a través de la sinceridad aplastante de ésta, descubrirá que su propia vida ha sido construida gracias a una gran mentira, aunque es el peor momento para desvelarla, pues los sectores más reaccionarios de la sociedad norteamericana cabalgan sobre el puritanismo más estoico. En esos días, el escándalo de la becaria mamona y el presidente Clinton estaba en los titulares de los periódicos y en los televisores de todos los hogares.

Es una lástima que, con un material tan prometedor como éste, la película se pierda en medio de innecesarios flash-backs para ir descubriendo el oscuro secreto que amaga el ex decano. Al igual que hace con el personaje de Faunia, despejando su pasado al espectador sin necesidad de recurrir a los flash-backs, Benton podría haber optado por el mismo sistema a la hora de enfrentar al espectador con la verdad de Coleman, Y tal como acaba haciéndolo, la realidad que se esconde tras el personaje de Anthony Hopkins resulta incluso ridícula y risible para el espectador.

La película no da para mucho más, pero su realizador se empeña en hablar de todo un poco. No tiene suficiente con relatar las mentiras en las que se sustentan ambos personajes y de recrearse en las inevitables pajas mentales de estos dos. Aparte retrata la hipocresía de la sociedad en la que vivimos, habla del daño que causan las guerras a los que intervienen en ellas, de la injusticia social, de la lucha de clases, de la soledad y del temor a la muerte. Demasiados conceptos para una sola película. Demasiada dispersión acumulada. Y su apurado metraje y su ritmo cansino no dan para tanto: 100 minutos escasos y todo ello comprimido allí adentro.

De poco vale que sus actores estén espléndidos (que los están, del primero al último), ni que sus intenciones sean sanísimas y loables. Su academicismo habitual tampoco salva a La Mancha Humana de ser tan falsa como la mentira sobre la que se sustenta su propio protagonista. Y es una lástima, ya que tiene momentos ciertamente brillantes, como su parte inicial o la significativa escena en que la pareja acude a un concierto de música clásica. Alguien como Robert Benton, de eficacia más que probada, podría haber aspirado a algo más. Sencillamente, habría quedado más bonita puliendo asperezas y siendo un poco menos pretenciosa.

Les aviso: por mucho que se empeñen, no les voy a desvelar que amaga el personaje de Hopkins. ¡Faltaría más!

Por cierto, no tengo nada en contra de la Kidman, al contrario, pero ¿productores y directores no han pensado que hay otras actrices tanto o más válidas que ella? ¡Es que sale hasta en la sopa!

20.9.05

Ustedes lo han querido: ZULÚ

Uno de los valores positivos que se le pueden atribuir a Zulú es la presencia de Michael Caine en una de sus primeras y más relevantes interpretaciones como co-protagonista y que, con su presencia, logró incluso robarle algunos planos a Stanley Baker, por aquel entonces uno de los actores más prestigiosos de Inglaterra y, al mismo tiempo, productor de la película.

La cinta, dirigida con una eficacia cuestionable por Cy Endfield, narra uno de los episodios verídicos que ocurrieron en Sudáfrica, en 1879, durante una las numerosas guerras coloniales que sostuvo el ejército británico. En concreto, Zulú se centra en los avatares de un pequeño batallón militar que –compuesto por poco más de un centenar de soldados resguardados en un pequeño puesto militar-, tuvo que enfrentarse a 4.000 indígenas con ganas de sangre.

Caine y Baker son los dos oficiales al mando de la compañía. Sobre ellos recaen las máximas labores interpretativas, consiguiendo un recordado duelo actoral del que, como he citado anteriormente, salió ganador el primero. Baker es ampuloso y recto, extremadamente militarista. Caine es un bon vivant, hijo de familia aristocrática y que tendrá que enfrentarse, por primera vez, con el enemigo en el campo de batalla. Los dimes y diretes entre el uno y otro se convierten en uno de los platos fuertes de la función. Y, a veces, tanta verborrea discursiva, acaba antojándose repetitiva.

El film tiene un grave error. Para ser una película de aventuras al uso, le cuesta mucho entrar a fondo en el espíritu del género. Posee un arranque fenomenal para, posteriormente, bajar su ritmo inicial y entrar en un tiempo muerto y somnoliento difícil de digerir. La cámara busca a esos dos oficiales para mostrarnos sus diferentes puntos de vista ante la batalla que se avecina. Por otra parte, también se acerca al resto de soldados confinados en esa especie de fuerte. Y, tanto en un caso como en el otro, se muestra un tanto forzado en el dibujo de los personajes.

De todos modos y a través de sus secundarios, espléndidos todos ellos, consigue un crítico retrato sobre el terror y el miedo a lo desconocido. La muerte y la absurdidad de la guerra se ven reflejadas en sus rostros descompuestos y en sus diálogos. Pero, a pesar de ello, el ritmo sigue sin subir, sin cesar de darle vueltas, una y otra vez, a los mismos conceptos. John Ford, a esas alturas del relato, y teniendo a varios oficiales del Séptimo de Caballería sitiados por los indios, ya habría entrado directamente en materia. Y Endfield, sabedor del ansia del público por la espectacularidad de la contienda, alarga demasiado ese momento.

Pero cuando la esperada explosión de violencia llega, el film da un cambio radical. Su ritmo se vuelve frenético. A pesar de las cantidades ingentes de zulúes rodeando el puesto británico, los indígenas se convierten en el vivo retrato del anonimato. Sus rostros y figuras son etéreos. En el campo de batalla, el enemigo siempre es etéreo. No importa quién es. Mejor no saberlo. Los disparos y golpes de bayoneta serían mucho más duros sin ese anonimato. Matar a un número, siempre es más sencillo que matar a un cuerpo con sentimientos. Y Endfield retrata a la perfección este aspecto.

Teniendo en cuenta que se produjo hace ya unos cuantos años, en 1964, las escenas de violencia y lucha están perfectamente filmadas y coreografiadas. El acoso y derribo le queda fenomenal, lo cual es una prueba fehaciente de que, sin los efectos especiales y la informática actual, se podían filmar vibrantes escenas de acción. Mucho más artesanales y meritorias que las de ahora. Eso sí, menos efectivas pues, por ejemplo, las luchas cuerpo, rematadas con la inserción de una aguda lanza o de una bayoneta en el cuerpo del rival, quedan mucho más falsas y teatrales que la de los detallistas toques informáticos del cine actual. Aún y así, me quedo con esa antigua manera de filmar. A veces no es necesario recrearse tanto en los aspectos más morbosos (y un tanto gore) como hacen ciertos realizadores de hoy en día. Vale la pena que el espectador ponga un poco más de imaginación por su parte para que, como en el caso del film que ahora nos ocupa, los aplausos en la platea no se hagan de rogar. ¿Se acuerdan, hace unos años, de qué manera eran vitoreados los héroes por el público cuando realizaban una sublime proeza? ¡Qué tiempos aquellos! Y Zulú, precisamente, pertenece a ese tipo de películas.

Por desgracia, después de la tormenta llega la calma. Puede estar basada en un caso verídico, pero su epílogo final, tal y como la plantea Endfield, resulta difícil de tragar. Precipitado y, al mismo tiempo, capaz de romper la crítica antibélica con la que había puntualizado ciertos pasajes de la proyección. Cambia de tercio y, a pesar de los sentimientos de desolación de sus protagonistas ante tanto cadáver innecesario, termina desviándose hacia el militarismo más radical. Y precisamente, por culpa de esa dualidad benevolente con la que cierra el film, éste finalmente acaba conviertiéndose en un producto irregular, aunque plagado de momentos brillantes. Podría ser mejor. E incluso peor.

19.9.05

A partir de hoy, un café cada noche

Ayer por la noche me lo pasé muy bien ante el televisor. Sé que se trata de un formato ya visto en otras cadenas, pero tras ver el primer capítulo de Camera Café, doy un pleno voto de confianza a esa nueva teleserie.

Uno de sus guionistas es uno de los nuestros, Putokrío (Jorge Riera). Una labor loable e ingeniosa, pues la fuerza de la serie radica precisamente en el guión. Sus diálogos y situaciones son ciertamente graciosos, rozando a veces el surrealismo más puro. Su humor es gamberro, un detalle muy de agradecer ante tanta sit com nacional, descafeinada y repetitiva que está invadiendo nuestras pantallas. Pero, ¡ojo!, gamberro pero no ofensivo, a pesar de que cuatro maniáticos -los mismos de siempre- ya se han sentido agraviados por un par de divertidos chistes negros sobre animales de compañía. O al menos, eso es lo que dan a entender los comentarios de algunos telespectadores en la página web de Tele 5, lugar en el que se aloja la información sobre esta serie.

El formato es sencillo. Una cámara en el interior de una máquina de café. Y ante ésta, los empleados de una empresa dan rienda suelta a sus neuras, en el momento en que acuden a tomar sus cafetitos diarios a modo de escaqueo. La cámara, como es lógico, se mantiene quieta, en plano único, guardando la mayor parte de su mérito para sus guiones y, ante todo, para sus envidiables actores, a cual mejor. Y detrás de esa cámara, Luis Guridi, el director, uno de los integrantes de La Cuadrilla, los creadores del cinematográfico Justino.

Les aconsejo que le den una oportunidad. Tiene un ritmo increíble, por momentos delirante. Y un gran punto a su favor: corta. No llega a la media hora. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y, por favor, si se acercan a Camera Café no se queden tan sólo con los actores que se sitúan en primer plano. Detrás, al fondo de ellos, también ocurren cosas extrañas.

De lunes a jueves, a partir de las 09.30 P.M., en Tele 5. Háganme caso. Al menos ayer disfruté de verdad. Espero que siga con ese ritmo.

18.9.05

Juegos de Verano (XVI)

El Oso era el título de la última película fantasma. Los prismáticos de la foto eran los del cazador que, en ese momento, atisbaba un árbol que era balanceado por un oso que rascaba su espalda en él.

Vamos a por otro film a descubrir. Como siempre, una imagen del mismo y una frase alusiva.

Hierbas y arquitectura.

Más vale tarde que nunca

Si alguno de ustedes tiene la suerte de conectarse a este blog antes de la 01.00 P.M. de hoy domingo y, además, la posibilidad de ver en su casa Galavisión, a través del satélite o de la televisión por cable, les voy a dar una noticia espeluznante.

Sí al igual que yo están enfermos y deliran por las películas de luchadores enmascarados mejicanos, hoy, a esa hora (no se fíen mucho de los horarios de Galavisión), proyectarán Las Luchadoras Vs. El Robot Asesino. Mujeres rudas y celulíticas (entre las que se encuentra Isela Vega) contra un autómata criminal. Dirigida por René Cardona, un hombre acostumbrado a lidiar con Santo El Enmascarado de Plata en los sets de rodaje.

Siento avisarles tan tarde, pero hace pocos minutos que lo acabo de descubrir. De todas maneras sepan que, cada domingo y en el mismo horario, emitirán una película de enmascarados. Hace unas semanas, por lo que me han contado, dieron una de Blue Demon. Y antes, en cada una de esas sesiones, emiten varios combates de lucha libre. Alucinante.

A poder ser, a partir de ahora, les iré informando con un poco más de antelación de los próximos títulos a emitir. Vale la pena ese delirio psicotrónico.

Les dejo. Voy a preparar el vídeo.

17.9.05

Princesas (II)

La semana pasada les colgué un post titulado Princesas. En él expuse 4 fotografías de 4 bellas actrices que, en alguna de sus películas, se pusieron en la piel de una ramera. En el fondo, se trataba un pequeño homenaje al duro mundo de la prostitución femenina.

La inesperada acogida, por parte de ustedes, de ese guiño cinéfilo, me ha llevado a iniciar una serie de posts en los que irán apareciendo las princesas que, a través de sus comentarios, me propusieron mostrar. Intentaré hacerlo en el orden en que fueron sugiriéndolas. Si alguna de sus preferidas se queda en el tintero, es por falta de imágenes del film en el que interpretaron ese papel.

Va por todos ustedes. Aquí tienen las cuatro de esta semana. Se admiten más sugerencias para sucesivas entregas


Iris (Taxi Driver)

Hildy (La Balada de Cable Hogue)

Vivian (Pretty Woman)

Myra (El Puente de Waterloo)

16.9.05

Sólo falta Shrek

Todo hacía pensar que el invento funcionaría bien. En principio, apoyándose en la vida y en los cuentos urdidos por los alemanes Hermanos Grimm, la historia parecía irle como anillo al dedo a la mente descontrolada de Terry Gilliam. El Secreto de los Hermanos Grimm prometía muchas satisfacciones, pues se trata de una fantasía, mezclada con la tenebrosidad de algunos relatos infantiles y dotada de una intriga cercana al cine de terror, que nos podría haber acercado a los productos más celebrados del cineasta. De hecho, la cinta, tiene momentos visuales y temáticos que trasladan directamente al espectador a ciertos pasajes de Los Caballeros de la Mesa Cuadra y de La Bestia del Reino, aunque también, por desgracia, a uno de sus peores films, Las Aventuras del Barón Muchausen.

Gilliam ama el exceso. Su imaginería visual está por encima de todo. Si algo interesante y loable posee El Secreto de los Hermanos Grimm es su impecable factura estética. El fantasmagórico bosque en el que transcurre la mayor parte del film, es ciertamente prodigioso. Árboles con vida propia, lobos hambrientos, castillos en ruinas y reinas embrujadas se mezclan, entre sí, para darle un aire escalofriantemente lóbrego. Da la impresión que, para la confección definitiva de ese bosque, el ex Monty Python haya recurrido a las imágenes de dos títulos en parte paralelos a sus intenciones, En Compañía de Lobos y Sleepy Hollow. Junten la oscuridad del film de Neil Jordan (y sus referencias a Caperucita Roja) con el concepto del horror del de Burton y añádanle, al mismo tiempo, esos planos, un tanto rocambolescos y gran angulares, marca registrada de la casa Gilliam. Una maravilla de ambientación, vaya. Nada que decir en contra de ella; sólo elogios.

Pero la película se queda ahí. Bueno, para ser benevolente, le sumaré sus cuidados efectos especiales y la presencia de una belleza intachable (y de impacto), la de Lena Headey, poco más que correcta en su papel. El resto hace agua por todas partes. Su guión es de perogrullo. La historia que nos ofrece es mínima y peligrosamente previsible. La trampa del mismo se basa en barajar varios de los cuentos y leyendas publicadas por los Grimm (Hansel y Gretel y Caperucita Roja, entre ellos), insertar varias referencias más a ciertos tópicos sobre el tema (como el del necesario beso de un príncipe para despertar a una doncella muerta) e intentar, al mismo tiempo, darle un tono diferente a la película para distanciarse de Shrek, el título más innovador y fresco en este aspecto. De todos modos, y pese a querer conservar las distancias con la película de la Dreamworks, acaba haciéndole un guiño inconsciente a la misma, al utilizar un monstruo animatrónico, pegajuntoso y negruzco, que se desparrama y vuelve a restaurarse ante los rotundos mamporrazos que le suelta la Headey.

Uno de los grandes errores de esta paranoica visión sobre el universo de los Grimm se encuentra en la manera de afrontar su tratamiento. Terry Gilliam se ha quedado a medias tintas en muchos aspectos, pero el peor de todos ha sido el no haberse centrarse en un único género. La película, sin orden ni concierto, salta de un estilo a otro. Comedia, fantástico y cine infantil se aúnan formando un bebedizo poco sustancioso. Su innecesario tono de comedia barata es molesto; las pretensiones de querer orientar la trama hacia los más pequeños son fallidas y sólo le funcionan, a medias, sus toques más sombríos. El resto es pura pantomima por parte de unos actores demasiado apayasados, llevándose la palma de todos ellos Peter Stormare. Tenía a este hombre por un buen actor, pero después de ver la manera de moldear su personaje en El Secreto de los Hermanos Grimm creeré un poco menos en él. La verdad es que, durante toda la proyección, sus exagerados gestos y las tonterías que realiza me sacaron un tanto de quicio.

Matt Damon y Heath Ledger son, respectivamente, Wilhelm y Jacob Grimm. Una versión americanizada de los Hermanos Malasombra. Mientras Ledger salva más o menos su cometido, Matt Damon hace gala de su innata sosería y se le nota más perdido que a un pez fuera del agua. Y ambos, en su delirio interpretativo, intentan hacerle sombra, en todo momento, al insoportable personaje de Stormare, al igual que le ocurre al siempre excelente Jonathan Pryce, en esta ocasión rasado a la misma altura que sus compañeros. Por no hablar ya del patético rol encarnado por Monica Bellucci, en un homenaje -un tanto forzado- a la maquiavélica bruja de Blancanieves y los 7 Enanitos.

Definitivamente, me quedo con el Gilliam de El rey Pescador y 12 Monos.