
La cinta, dirigida con una eficacia cuestionable por Cy Endfield, narra uno de los episodios verídicos que ocurrieron en Sudáfrica, en 1879, durante una las numerosas guerras coloniales que sostuvo el ejército británico. En concreto, Zulú se centra en los avatares de un pequeño batallón militar que –compuesto por poco más de un centenar de soldados resguardados en un pequeño puesto militar-, tuvo que enfrentarse a 4.000 indígenas con ganas de sangre.

El film tiene un grave error. Para ser una película de aventuras al uso, le cuesta mucho entrar a fondo en el espíritu del género. Posee un arranque fenomenal para, posteriormente, bajar su ritmo inicial y entrar en un tiempo muerto y somnoliento difícil de digerir. La cámara busca a esos dos oficiales para mostrarnos sus diferentes puntos de vista ante la batalla que se avecina. Por otra parte, también se acerca al resto de soldados confinados en esa especie de fuerte. Y, tanto en un caso como en el otro, se muestra un tanto forzado en el dibujo de los personajes.
De todos modos y a través de sus secundarios, espléndidos todos ellos, consigue un crítico retrato sobre el terror y el miedo a lo desconocido. La muerte y la absurdidad de la guerra se ven reflejadas en sus rostros descompuestos y en sus diálogos. Pero, a pesar de ello, el ritmo sigue sin subir, sin cesar de darle vueltas, una y otra vez, a los mismos conceptos. John Ford, a esas alturas del relato, y teniendo a varios oficiales del Séptimo de Caballería sitiados por los indios, ya habría entrado directamente en materia. Y Endfield, sabedor del ansia del público por la espectacularidad de la contienda, alarga demasiado ese momento.

Teniendo en cuenta que se produjo hace ya unos cuantos años, en 1964, las escenas de violencia y lucha están perfectamente filmadas y coreografiadas. El acoso y derribo le queda fenomenal, lo cual es una prueba fehaciente de que, sin los efectos especiales y la informática actual, se podían filmar vibrantes escenas de acción. Mucho más artesanales y meritorias que las de ahora. Eso sí, menos efectivas pues, por ejemplo, las luchas cuerpo, rematadas con la inserción de una aguda lanza o de una bayoneta en el cuerpo del rival, quedan mucho más falsas y teatrales que la de los detallistas toques informáticos del cine actual. Aún y así, me quedo con esa antigua manera de filmar. A veces no es necesario recrearse tanto en los aspectos más morbosos (y un tanto gore) como hacen ciertos realizadores de hoy en día. Vale la pena que el espectador ponga un poco más de imaginación por su parte para que, como en el caso del film que ahora nos ocupa, los aplausos en la platea no se hagan de rogar. ¿Se acuerdan, hace unos años, de qué manera eran vitoreados los héroes por el público cuando realizaban una sublime proeza? ¡Qué tiempos aquellos! Y Zulú, precisamente, pertenece a ese tipo de películas.

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