Zodiac es, con diferencia, la película más completa y madura de
David Fincher, uno de los cineastas más interesantes y polémicos de la actualidad. Un título que rompe con su habitual vertiente excesiva y que, a pesar de recurrir de nuevo a la figura de un
serial-killer, se distancia totalmente del estilo empleado en la brillante
Seven. Tras
Zodiac se esconde otro modo de afrontar el género, en donde la austeridad y la minuciosidad cobran un protagonismo especial.
En realidad no ha inventado nada nuevo. Sencillamente ha buscado otros recursos narrativos que jamás había empleado hasta ahora en su cine. Y, para ello, toma como modelos ideales la sobriedad detallista con la que
Alan J. Pakula plasmó la investigación periodística sobre el escándalo
Watergate en
Todos los Hombres del Presidente y el tono, estético y documentalista, con el que
Richard Fleischer orquestó su maravilloso
El Estrangulador de Boston. Al igual que sus referentes,
Fincher acude a otro caso verídico que marcó a la sociedad norteamericana de los años 70; el de un asesino en serie que provocó el pánico y la ansiedad entre los habitantes de una amplia zona de la Bahía de San Francisco. Allí, justo en el condado de Vallejo, un tipo sin escrúpulos, apodado
Zodiac, inició sus perversas acciones en el verano de 1969 y, con sus múltiples crímenes, mantuvo en jaque a la policía y a la prensa durante muchos años más. Hoy en día, aún se desconoce la identidad del asesino.

Elegante, inteligente y meticulosa; en una palabra, magistral. El clasicismo cinematográfico aflora en cada una de las escenas de
Zodiac. No hay ni un sólo detalle que tenga desperdicio alguno. Todo está controlado hasta el último milímetro. Teniendo en cuenta que la historia transcurre durante dos largas décadas, sus obligadas y numerosas elipsis narrativas son un ejemplo de la manera perfeccionista con la que el director ha planteado su producto. En esos saltos temporales (que, a veces, engloban varios años de una sola tacada), nunca queda un cabo suelto por el camino. Incluso, en todo momento y de forma sutil, está presente la descripción socio-política de un país en sus diferentes etapas. Una maravilla.

Y, al contrario que otras cintas similares, en lugar de centrarse principalmente en la personalidad del asesino, indaga en los efectos psicológicos que marcaron la vida de aquellos que, durante ese dilatado periodo, estuvieron tras los pasos del escurridizo
Zodiac. Es por ello que el objetivo primordial de la cámara de
Fincher recae sobre las figuras de
David Toschi -el inspector real de policía que inspiró a
Peter Yates para crear a
Bullitt-,
Robert Graysmith y
Paul Avery –un joven caricaturista y un periodista del
The San Francisco Chronicle, respectivamente-, los tres individuos que más se implicaron en la persecución del criminal, Una excelente manera de demostrar que, aparte de aquellos a los que asesinó,
Zodiac -con sus provocaciones y juegos encriptados- también consiguió otro tipo de víctimas.

Más que un
thriller al uso es un film que, a dos niveles distintos, analiza los efectos causantes de una gran obsesión; aquella que nace en todo cazador empecinado por conseguir a sus presas al precio que sea, convirtiendo tal empeño en el único objetivo de su vida. Y digo
a dos niveles porque, aparte del autodestructivo retrato de la personalidad de los investigadores y su entorno directo, también indaga –aunque con menos profundidad- en la mente de un asesino dispuesto a matar por el puro placer de matar. La diferencia estriba en que
Zodiac conseguía siempre sus propósitos, mientras que sus rastreadores sólo conocían la impotencia de enfrentarse a un verdadero fantasma. No es de extrañar que, con estas constantes,
El Malvado Zarov sea un título citado en varias ocasiones a lo largo de la cinta. Y es que, además de tratarse del film preferido del asesino (según cuentan, un cinéfilo en toda regla), define a la perfección la relación establecida entre los
cazadores y sus
presas.
Más de 2 horas y 40 minutos de cine en estado puro; cine de ese que se disfruta en muy pocas ocasiones. Y es que, en ese calibrado (y en nada pesado) metraje, tiene cabida un poco de todo. Cuando toca enfrentarse a momentos íntimos,
Fincher se toma su tiempo y se relame (un tanto sádicamente) con la frialdad y distancia con la que maneja a sus protagonistas. Afronta las escenas de tensión con una corrección majestuosa; en ellas, brilla por su ausencia la artificiosidad empleada en otras ocasiones por el director. En ningún momento busca trucos baratos y efectos espectaculares, ni siquiera cuando plasma en pantalla los asesinatos perpetrados por
Zodiac, ya que éstos están reflejados de modo muy realista con lo cual, el impacto causado sobre el espectador es aún mayor.


Todo está perfectamente encajado en el film, empezando por sus contenidas interpretaciones, de entre las que merecen una especial atención las creaciones de
Jake Gyllenhaal y
Robert Downey Jr., los dos hombres de la redacción del
The San Francisco Chronical quienes, con ese caso, cambiaron radicalmente su existencia; el dibujante y el reportero, ambos atrapados por la misma obsesión, pero afectados física y psíquicamente por magnitudes diferentes. Y ello sin desmerecer la sobriedad con la que un camaleónico
Mark Ruffalo da vida al propio
Bullitt en persona.
Un trabajo modélico que, sin lugar a dudas, abre de par en par las puertas al
salón de los maestros a un nuevo
David Fincher. Una obra superior e inteligente, cuyo máximo responsable, a partir de ahora, ya puede ir tuteándose con los grandes clásicos del Séptimo Arte. Por fin, el claro sucesor de
Clint Eastwood ya tiene nombre y apellido. No en vano,
Harry el Sucio, además de estar inspirada en una de las constantes de
Zodiac, es objeto en la película de un merecidísimo homenaje.

Como dato final, les citaré que el otro día pude ver
The Zodiac, un film norteamericano, producido hace un par de años (no estrenado en España) y basado en la misma historia recogida por
Fincher. Sé que las comparaciones son odiosas pero, en este caso, inevitables. Es curioso descubrir como, con un material
idéntico sobre la mesa, el director de
El Club de la Lucha logra romper moldes gracias a un insuperable ejercicio de estilo, mientras que el otro realizador, un tal
Alexander Bulkley, no va más allá de un simple
thriller del montón plagado de connotaciones televisivas.
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