

Las únicas novedades argumentales destacables se encuentran en ese anunciado lado oscuro del héroe (muy forzado y mal explicado) y, ante todo, en el enfoque de la relación entre Peter Parker (el alter ego de Spider-man) y su novia, Mary Jane Jackson, tras que ésta descubriera su doble personalidad. El resto es más de lo mismo, empezando por la rivalidad creada entre el protagonista y el vengativo hijo del Duende Verde, Harry Osborn, quien, siguiendo los pasos de su progenitor, evocará las peripecias de éste para deshacerse del hombre araña.

Siempre me he considerado un defensor (a capa y espada) de los dos primeros títulos de la serie, ante todo del segundo, el cual hacía gala de un guión excelente que, en este caso, se echa de menos. Quizá sea por ello que esta entrega me haya defraudado tanto. Esperaba mucho más de un Sam Raimi que, por desgracia, parece haberse acomodado demasiado -y de manera fácil- con el personaje, olvidándose de trazar una historia bien definida y conformándose, tan sólo, con mostrar, una y otra vez, las mismas escenas de siempre. Al final, uno acaba cansándose de aquellas (bien) filmadas secuencias en las que Spider-man, a modo de Tarzán urbanita, va saltando de rascacielos en rascacielos. Y más si Tobey Maguire -por vez primera desde que dio vida al personaje-, da la impresión de no encontrarse muy cómodo en su papel.
De todos modos, es innegable que, a pesar de sus defectos, la cinta posee momentos únicos y dignos de un cineasta que (cuando quiere) sabe poner la cámara adecuadamente. Un buen ejemplo de ello se encuentra en el momento en el que el superhéroe debe salvar a una mujer que, por culpa de una grúa desbocada y colocada en lo alto de un gran edificio, está a punto de caer al vacío.
A veces, la informática, un excelente montaje y un director con garra, hacen maravillas. La pena es que se olviden del guión. Para muestra, un botón.
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