8.1.07

Ustedes lo han querido: TORO SALVAJE

Martin Scorsese y Robert De Niro, dos nombres que siempre irán asociados a varios productos ya clásicos del Séptimo Arte. Toro Salvaje es uno de ellos pues, con la biografía del legendario Jake La Motta, lograron uno de los títulos más emblemáticos sobre el mundo del boxeo, comparable incluso a la brillantez con la que el maestro Robert Wise, 24 años antes, adaptara la vida de Rocky Graziano a la pantalla grande con Marcado Por el Odio.

A pesar de ser un film que gira en torno al universo ensombrecido de los cuadriláteros, Toro Salvaje no es una película de género al uso. Va mucho más allá del simple espectáculo pugilístico, pues la cámara de Scorsese se centra, ante todo, en las tensas relaciones que Jake La Motta mantuvo con su propio hermano y con su segunda esposa, Vicky Thailer. El primero ejercía las funciones de representante y entrenador, mientras que ella –con el paso de los años y a pesar de sus negativas-, acabo aceptando el papel de sumisa geisha a las órdenes de un marido déspota, machista y bravucón, al que de vez en cuando se le escapaba algún que otro derechazo.

La cinta analiza al controvertido personaje de Jake al detalle. Hurga en sus partes más oscuras y violentas; pero lo hace con tanto cariño que, a pesar de tratarse de un tipo impresentable y cargado de reacciones iracundas, consigue que el espectador acabe tomándole aprecio; un poco lo mismo que han hecho, con posterioridad, los creadores de la magnífica Los Soprano con su protagonista principal, el polémico Tony Soprano. Convertir a un monstruo en un ser entrañable puede parecer un milagro, pero para el realizador de Taxi Driver es sólo cuestión de un pequeño toque de magia visual, tener entre manos un soberbio guión y disponer de unas interpretaciones envolventes. Cuentan que el propio La Motta, al asistir a la premiere de Toro Salvaje en compañía de su ex esposa, al finalizar el pase, ésta le preguntó si se sentía identificado con un personaje tan negativo; él, sorprendido, le respondió que en la vida real era mucho peor que el recreado por De Niro.


La magia visual la puso Martin Scorsese con su brillante concepción escénica; la cuidadísima fotografía en blanco y negro corrió a cargo de Martin Chapman, mientras que el milimétrico montaje con que se trataron las escenas de combate sobre el ring fue debido a Thelma Schoonmaker. En ningún momento se abusó de cargar la cinta con interminables combates pugilísticos, entre otras cosas porque el tal La Motta era un púgil que solía vencer por KO a la mayoría de sus contrincantes. Pero cuando hubo que colocarse en el epicentro del cuadrilátero, Scorsese lo hizo al cien por cien; en cuerpo y alma. Nunca antes de Toro Salvaje se habían filmado las hostias de los boxeadores de manera tan cercana y buscando, al mismo tiempo y en cada una de sus tomas, el detalle más significativo. Una crueldad extremedamente veraz, en la que destaca la excelente coreografía de los luchadores sobre la lona y la perfecta utilización de la cámara en pos de los pasos de éstos. Primeros planos, planos medios, planos generales, planos picados, contrapicados...; un poco de todo para después ser mezclado, de manera magistral, en la mesa de montaje. Inesperados y rotundos chorros de sangre, saliendo a borbotones de cejas y narices reventadas, son el plato del día en los pocos combates que muestra, pues los mismos están utilizados (en general) a modo de ilustrativas elipsis narrativas que van marcando el paso del tiempo. Una genialidad más urdida por la mente de su realizador: hacer un film sobre boxeo en el que no haya excesivo boxeo. Y el poco que hay, aparte de contundente y brutal, resulta inolvidable.

Seguramente, sin Robert De Niro, Toro Salvaje no habría tenido la misma fuerza, ya que el actor, a través de uno de sus trabajos más controlados, hizo creíble la fiereza innata de Jake La Motta, un tipo que se movía más por impulsos que de manera cerebral. Un hombre desconfiado y celoso, malpensado con su mujer y que no duda en destrozarle el rostro a puñetazos, sobre el cuadrilátero, a un rival del cual sospecha pueda entenderse con ella. Una bestia por domesticar servida en bandeja de plata por un De Niro en plena forma, capaz de engordar la intemerata con tal de demostrar la degradación física y psíquica en la que cayó el pugilista; una cebadura y una inolvidable interpretación que le valieron un merecido Oscar.


Complementado la exquisita labor de De Niro, ahí estaban, al pie del cañón, el todoterreno Joe Pesci y la exhuberante Cathy Moriarty. Él, en el film, es Joey La Motta, el hermano de Jake, el individuo que tuvo que lidiar, día y noche, con los arrebatos de la indomable figura; un Joe Pesci espléndido del que nadie sospechaba, por aquel entonces, que con el paso del tiempo se acabaría convirtiendo en el inaguantable hazmerreír de las innecesarias secuelas de Arma Letal: una especie de sosias gruñón de Louis de Funes, pero a la americana. Y, por supuesto, ella, la citada y comedida Cathy Moriarty, la rubia platino, muy de los años 40, que robaba el corazón de Jake La Motta para después tener que soportar sus insostenibles ataques de celos.


Una visión dura y cruda sobre la ascensión y caída de un mito. El boxeo es lo de menos, pues su protagonista, al igual que el mismo Scorsese, también podría haber sido -en lugar de un pugilista- un director de cine que, tras estrellarse con una de sus películas (como le ocurrió a él con New York, New York), podría haberse quedado en el olvido, hundido en el fango y la mierda provocados por su propio vómito. De hecho, La Motta terminó solo y alejado de los suyos, paseando por la vida un gigantesco barrigón y contando chistes baratos en locales de mala muerte. Y es que Toro Salvaje, en parte, fue el salvavidas que nos devolvió a un Scorsese más entregado que nunca.

En 1981, Toro Salvaje fue nominada al Oscar en ocho categorías; sólo obtuvo los correspondientes a mejor actor y montaje, quedando desbancada como mejor película. A pesar de ello, la gran mayoría recordaremos siempre este título, cosa que no ocurre con Gente Corriente, esa insulsez dirigida por Robert Redford que se alzó como ganadora en esa ocasión. Para que luego algunos vayan diciendo por ahí que los Oscar tienen mucha validez...

Por cierto: la edición de coleccionista en DVD de la MGM es de juzgado de guardia. Su imagen deja bastante que desear, mientras que hay numerosos momentos en los que los subtítulos en castellano brillan por su ausencia. Una copia hecha con el culo. Luego las multinacionales se quejarán si, en lugar de comprar sus películas, la gente opta por bajárselas con ayuda de la mula. Antes pirata que imbécil. Y, en este caso, ya fui lo suficientemente imbécil como para caer en el cínico reclamo de la falsa etiqueta de coleccionista.

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