

Un nombre sin duda asociado a los grandes directores. El italiano Marco Ferreri le sirvió en bandeja de plata su bautismo de fuego; un bautismo doble (El Pisito y El Cochecito) que, sin lugar a dudas, llamó la atención de Luis García Berlanga, realizador con el que logró algunos de sus guiones más valorados. Y es que el particular universo del escritor congeniaba al máximo con las ideas más berlanguianas. Juntos crearon un estilo, valiente y cachondo que, en los años 60 y en plena dictadura, rompió moldes y se saltó a la torera la severidad de las tijeras del régimen.
Humor negro, incisivo y social. Un logroñés sencillo y afable que en sus libretos supo reflejar, a la perfección, lo que significaba (y significa) vivir en un país en donde el folklore, las paellas y la horterada han ido, e irán siempre, cogidos de la mano. Un hombre que se mantuvo en el anonimato físico durante muchos años, siempre a la sombra, hasta que a mediados de los 90, colgó su timidez en el armario y decidió salir a la luz pública, demostrando ser de carne y hueso, como los demás... pero con un cerebro inmenso.

Con Rafael Azcona, maestro de maestros, se nos va lo mejor de lo mejor. Siempre nos quedarán sus trabajos, unos guiones que, por derecho propio, ya han pasado a formar parte indiscutible de nuestro patrimonio nacional.
¡Viva Azcona!
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