
Crimewave quiere ser mucho y no es nada. Con su apariencia de thriller estrambótico, se acerca un tanto a las coordenadas de la excelente ¡Jo, Qué Noche! de Scorsese, película curiosamente realizada el mismo año. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Tanto en una como en la otra, la acción transcurre en una sola noche. Una noche delirante en la que un inocente acabará convirtiéndose en el centro de un sinfín de malentendidos, complots y asesinatos.
Faron Crush, el bobalicón protagonista de Crimewave, está tan implicado en la trama que, pocos minutos antes de su ejecución y a través de un largo flash-back, contará a los guardianas y al verdugo de la penitenciaria los sucesos que le llevaron a estar sentado en la silla eléctrica. El eterno falso culpable del cine de Hitchcock revisitado por la visión deformante de Raimi y la de sus dos coguionistas, Joel y Etan Coen quienes, aparte del guión, aportaron al trabajo su particular óptica visual.


Un cúmulo de gags, sin prácticamente guión alguno y con varios guiños cinéfilos de lo más forzados, conforman la tónica dominante de Crimewave. Ni siquiera el estimable Bruce Campbell (el actor fetiche del realizador) supo mantener su digno nivel habitual, ya que su composición de chuloputas se ha convertido en una de las actuaciones menos inspiradas y cargantes del actor. Olvidable al cien por cien. Una lástima, pues esa equívoca interpretación marcó en parte su declive cinematográfico.
Curiosamente, éste es un título que entronca más con la filmografía posterior de los Coen que con la del propio Sam Raimi, a pesar de que sus nombres han ido ligados en muchas ocasiones. Igual que también me atrevería a afirmar que Crimewave es, sin lugar a dudas, la peor de sus películas. Incluso el peculiar e “innovador” manejo de la cámara ha acabado resultando un tanto pedantillo. Y es que la serie B, para ser buena, no necesita demasiado maquillaje. Sólo el justo y necesario.
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